(Publicado en Expansión, 20 de marzo de 2008)
Todos sabemos quien es Zerolo, así que me ahorro su introducción. Al hasta ahora concejal socialista y defensor del matrimonio gay le ha caído un deber que, por su condición, no puede eludir. Esta es la historia que le juzgará: Seyed Medí Kazemi es un joven iraní, aventajado estudiante en Inglaterra. Su “pecado”, ser gay en un país en el que los homosexuales no existen, como dice su líder fundamentalista Mahamud Ahmadinejad. Porque los ajustician. Una de sus parejas fue detenida en Irán, torturada y obligada a confesar el nombre de sus amantes, antes de ser sentenciado a muerte y ejecutado. Seyed estaba en esa fatídica lista. Por eso se decidió a solicitar asilo político en Londres, donde la justicia se lo negó, ya que las leyes de asilo no contemplan concederlo por causas de orientación sexual. Los jueces no quisieron tener en cuenta la condena a muerte que le espera si regresa a su país. Con el permiso de residencia para caducar, marchó a Alemania, donde la policía misma lo redirigió a la más tolerante Holanda. Volvió a solicitar asilo, que volvió a serle denegado. Pero en esta ocasión no por razones de fondo, sino procedimentales: las autoridades holandeses se acogieron a la normativa de la UE por la que el asilo debe tramitarse en el país por el que se entró al espacio europeo. Auténticamente kafkiano el drama del joven iraní homosexual. Y, lo peor, en estos momentos, espera recluido en los países bajos ser enviado al reino Unido de donde será debidamente expulsado rumbo a su país, Irán. Esto es, rumbo a su encarcelamiento y muerte.
El caso de Seyed Kazemi lo dice todo sobre una sociedad como la europea que se reinterpreta cuando le viene en gana a fin de no tener que enfrentarse a sus enemigos, el Islam intolerante y radical. Más sangrante cuando no hay delito alguno de por medio, sino simplemente vivir de acuerdo a su orientación sexual. Indigna su expulsión porque equivale a hacernos cómplices de su asesinato a manos de los ayatolas. Curioso, además, que la izquierda, siempre tan dispuesta a abrazar las causas más surrealistas, no se haya movilizado a favor de Seyed. Puede que el concejal Zerolo, entre los orgasmos que le proporcionan su marido y su presidente, no se haya enterado. Pero no tiene excusa. Si de verdad quiere pasar por un dirigente que promueve los derechos de las minorías, debería interceder ante sus camaradas de partido y defender que España le conceda el asilo al joven gay iraní que vergonzosamente le niegan nuestros vecinos. Zerolo debería acudir con urgencia a ver a su ministro de Interior y arrancarle esa medida de gracia para un joven inocente y de los suyos. Zerolo es, además, el dirigente de la asociación de musulmanes que hace un año creó en Madrid el PSOE. Nadie mejor que él para abanderar este caso por la vida y la libertad. De no hacerlo, se descubrirá su verdadero rostro.