(Publicado en La Razón, 18 de marzo de 2008)
Cuando las fallas ardían en el 03, el bombardeo de una casa en Bagdad pretendiendo decapitar al régimen precipitaba el inicio de la guerra.
Estamos todavía en lo que entonces empezó. Desastre, catástrofe, debacle y todo lo demás pierden sentido cuando se afirman día a día durante años. Si fuera exacto, no quedaría nada entre el Tigris y el Éufrates. Pero en el curso del 06, tras la voladura del santuario chií de Samarrá el 22 de febrero, las más negras descripciones parecieron hacerse realidad. Desde el principio lo que se buscaba era la guerra civil. Una nueva estrategia americana, el surge, enunciada a comienzos del 07 y en pleno funcionamiento desde junio, ha conseguido retrotraer la violencia a los niveles del segundo año. No es la victoria, pero la hace pensable. Mientras tanto, otra endiablada complicación. La mano de Irán no ha hecho más que intensificarse. Y Teherán pone sobre la mesa sus aspiraciones nucleares.
Pero no es esa la única dimensión internacional. La ha tenido desde el comienzo en el más amplio sentido imaginable. Buena parte de la comunidad internacional contra la preeminencia americana. Con el ridículo pretexto de que las guerras sólo son legales -¡como las revoluciones!- si a Rusia, China o Francia les conviene, se ha librado en el mundo una encarnizada batalla de propaganda que ha conseguido deslegitimar la iniciativa americana a los ojos de muchos.
La informal coalición era inevitable en cuanto América ejerciese su poder. Su relativa parálisis militar es un éxito adicional de los coaligados. Por mucho que les disguste, su victoria no la pueden conseguir más que a costa del triunfo del terrorismo en cualquiera de sus versiones o en todas. La pregunta es ¿y Ud quien quiere que gane?