(Publicado en el Diario Palentino, el 25 de abril de 2004)
Es un error creer que la democracia acaba per se con el terrorismo. Es más, la historia demuestra que las sociedades libres tienden a ser en ocasiones más vulnerables frente al terror que los regímenes autoritarios. Pero es un error aún mayor creer que para poder derrotar al terrorismo es necesario renunciar a nuestros principios democráticos. La libertad es de hecho nuestra principal arma frente al terror. Así, para poder vencer al terrorismo salvaguardando nuestra libertad, es necesario que los demócratas estemos dispuestos a realizar un gran esfuerzo y asumir un gran sacrificio. La derrota del terrorismo es imprescindible para la supervivencia de la democracia, pero lamentablemente la mera existencia de democracia no garantiza por si sola la victoria frente al terror.
El caso de ETA es un buen ejemplo de cómo la democracia no acaba por si sola con el terrorismo. Muchos creyeron que ETA sólo tenía viabilidad frente a una dictadura, pero que una vez culminada la transición democrática perdería su razón de ser. Grave error. El terrorismo etarra ha atacado con más saña a la democracia española de lo que fue capaz de atentar contra el régimen de Franco. El número de victimas de su barbarie ha sido mucho mayor en los años de libertad que en los años de dictadura. Sólo cuando los demócratas se han atrevido a gritar basta ya es cuando ETA ha comenzado a ser derrotada.
Hay dos razones fundamentales por las que las democracias tienden a ser más vulnerables al terror. En primer lugar, porque los terroristas aprovechan las libertades y las garantías de una sociedad abierta para poder ejecutar su actividad criminal con mayor facilidad. En segundo término, porque combatir la democracia está en la esencia de cualquier movimiento terrorista. Los terroristas nunca han luchado por la democracia porque sus métodos y sus principios son incompatibles con el respeto a los principios democráticos. Todo lo más, los terroristas han aspirado a sustituir una tiranía por otra probablemente peor.
En la guerra global contra el terrorismo que actualmente libramos esta es una lección importante para diseñar nuestra estrategia. La expansión de la democracia no constituye el primer escalón para derrotar el terrorismo, sino que es más bien la derrota del terrorismo lo que resulta un requisito esencial para poder consolidar nuevas democracias. Es más, mientras el terror no sea plenamente derrotado, la democracia será siempre imperfecta.
Este principio es especialmente aplicable al mundo árabe en nuestra lucha común contra el terrorismo islamista. Así, los regímenes autoritarios de países musulmanes, Pakistán es el mejor ejemplo, resultan hoy aliados imprescindibles en la lucha de las democracias contra el terror. Es más, ellos se encuentran aún en mayor medida en primera línea de combate frente a esta amenaza porque el derrocamiento de sus gobiernos constituye para los radicales islamistas su primer objetivo estratégico, que no el último. Estos países tienen además una capacidad de penetración en estas redes terroristas que resultan mucho más difícil para los servicios de inteligencia de los países occidentales.
Sería por tanto un grave error abrir en estos momentos un segundo frente a estos regímenes. Sus gobiernos no sólo no constituyen una amenaza contra nuestra seguridad, sino que resultan aliados esenciales contra el terror. Sus sistemas políticos están lejos de ser democracias perfectas, pero en muchos casos suponen un mal menor para sus pueblos en comparación con los regimenes totalitarios que tratan de imponer los islamistas radicales. Si nuestro deseo por imponer la democracia en esos países termina provocando una mayor vulnerabilidad de sus gobiernos frente a los extremistas islámicos, o peor aún, termina por inclinarlos hacia el radicalismo que ahora combaten, nuestros buenos deseos terminarán siendo contraproducentes para la causa de la libertad. Las potencias democráticas no deben ser vistas por estos países como una amenaza, sino esencialmente como aliadas en una lucha común y como una ayuda para la transformación y el progreso de sus sociedades.
En la guerra contra el nazismo los países democráticos firmaron una alianza con el totalitarismo soviético que resultó esencial para poder derrotar a Hitler. En la lucha contra el imperialismo comunista las democracias usaron a los radicales islámicos como un factor decisivo en el desmoronamiento de la Unión Soviética. El desafío ahora es como ser capaces de vencer al terrorismo islámico sin engendrar en esta victoria una nueva amenaza para el futuro, pero sin poner en riesgo la victoria que tan esencialmente necesitamos en el presente.