(Publicado en La Razón, 14 de marzo de 2008)
Desgarrarse o no desgarrarse, esa es la cuestión para el Partido Demócrata y de ella depende quién sea el próximo presidente americano y mucho más. Si una encarnizada lucha intestina escinde el partido en dos, el republicano McCain tiene una oportunidad de oro a pesar de los muchos pesares en contra. Si los demócratas consiguen preservar su unidad, Obama o Hillary, parten con una inmensa ventaja. Cuál de los dos, es todavía imposible de decir, pero Obama va por delante.
La ilimitada capacidad de la izquierda americana para chingarla –así, en mejicano, quizás no suene tan mal- es siempre un factor del cálculo de sus rivales conservadores. Claro que lo primeros les devolverían el piropo escupiéndoles a la cara una sola palabra: Bush. Pero lo cierto es que en más de un año, y sin duda en todo lo que queda hasta las elecciones, un Congreso dominado en ambas cámaras por los demócratas ha sido completamente incapaz de ponerse de acuerdo para imponerle al presidente una política sobre Irak. Fuera cual fuera se trataba de una política de fracaso, a cámara lenta o a marchas forzadas, y en cualquiera de sus versiones ha fracasado, tanto en el Capitolio y como en Mesopotamia.
A pesar de su altanero desprecio por la derecha y su actual encarnación en la Casa Blanca, los demócratas se conocen y se saben con frecuencia sus peores enemigos. Un reciente artículo de uno de los suyos se refiere al resurgimiento de los “viejos desórdenes de personalidad del partido”.
En la convención de Denver a fines de agosto los superdelegados tendrán que decidir. Si es Hillary habrá negros y jóvenes que se queden en casa. Si Obama, el abstencionismo será entre mujeres y blancos de clase obrera.