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Nación Ideológica y Nación Política
Colaboraciones nº 2215   |  14 de Marzo de 2008
 
1. La inevitabilidad de las naciones
 
Puede que el nacionalismo ya no esté de moda. Aunque los rebrotes particularistas se producen con cierta frecuencia en algunas partes del planeta, la experiencia del siglo XX ha producido el recelo de la manera nacionalista de concebir los fundamentos de los vínculos políticos. El mundo intelectual tiende a considerar el nacionalismo como un mal extirpable o una enfermedad congénita a las sociedades modernas (Gellner, 1998: 168). Todos están de acuerdo, en cambio, en que se trata de un mal necesario o prescindible, de un egotismo inmaduro transplantado al ámbito político. El nacionalismo sería algo así como el ideal del niño mimado trasladado a la realidad política. Puede tardar más o menos en desaparecer, puede que nunca abandone nuestro mundo político, pero creemos conocer con claridad las razones por las que el nacionalismo se merece las críticas y el rechazo. Quizá esta afirmación sea representativa de la visión que el mundo intelectual guarda del nacionalismo: «Más tarde empecé a sospechar que la catadura moral está más o menos igualmente repartida por todas las latitudes, pero sigue siendo un hecho que hay personas a las que les tranquiliza ser atracadas por personas de su mismo barrio. Son un poco como las madres, que siempre prefieren la compañía del hijo calavera y sablista a la del exquisito y servicial yerno» (Arana, 2005: 37).
 
Cierta visión del nacionalismo parece poco plausible. No cabe duda de que existen tipos que prefieren que les desvalijen los de su etnia antes que recibir un trato justo por los de la contraria, sin embargo, esta forma de mirar el nacionalismo ni siquiera recoge el comportamiento de gran parte de los propios nacionalistas. Aunque estos casos de patología estén presentes en muchas personas ‘nacionalistas’, no se puede estudiar el nacionalismo desde este punto de vista privado-moralista. Los banqueros nacionalistas, por muy nacionalistas que se consideren, no prestan dinero sin aval por muy idénticamente nacionalista que sea el solicitante. El desprecio de las ideologías nacionalistas puede provocar el olvido de que, da igual cuánto nos desagrade, el nacionalismo propone un modelo de racionalidad. Este modo de pensar la política que tiene como base la nación ha obtenido, además, un completo éxito histórico. No hay alternativa a la nación como factor práctico de reconocimiento político en nuestros días.
 
La nación sigue considerándose como el primer elemento de reconocimiento político. Como actores políticos, nos consideramos principalmente vinculados y pertenecientes a un tipo determinado de comunidad: la nación. Políticamente somos españoles, franceses o vascos antes que cualquier otra cosa. Algunos autores defienden que la nación se convierte en el primer fundamento de la unión de las comunidades políticas tras la Revolución Francesa (Berlin, 1993: 425-426; Cruz, 2005: 17) y como Edgar Morin ha señalado «El Estado-nación es, a la vez, creación y creador de la Europa moderna» (Morin, 1993: 451). Otros han juzgado que la necesidad de la nación se produce sólo en una época moralmente fragmentada, donde la nación viene a cubrir el vacío creado por la crisis de la moral y de la religión (Smith, 2004: 33). Quizá la nación y el nacionalismo no constituyan un error político, un sentimiento equivocado cualquiera.
 
Se descubre el irresistible atractivo que, para la teoría y la organización política contemporánea, ha ejercido la nación en el hecho de que muchas ideologías y concepciones de lo político que originariamente se entendían como universalistas no han podido librarse de este influjo particularista de la nación. Se puede rastrear esta necesidad de la nación en manifestaciones especialmente representativas de la teoría y de la historia política del siglo XIX y XX, como la tradición marxista y socialista. Pocas concepciones políticas muestran en sus fundamentos un universalismo tan decididamente antinacionalista como la doctrina de Karl Marx. En principio, la única distinción válida para comprender la historia política nos la otorga el concepto de clase. No sólo la sociedad sin clases se deshará de las naciones sino que los continuos intercambios del propio mundo burgués borrarán las diferencias nacionales. Sin embargo, el propio marxismo se vio sometido a la necesidad de incluir y precisar qué relación guardaba su proyecto político con la nación.
 
Las disputas fueron agrias, no hay que olvidar que una de las grandes socialistas, Rosa Luxemburg, nunca aceptó la validez del proyecto nacionalista ni reconoció la conveniencia de que Polonia se independizara de Rusia (Haupt, 1982: 73). Aunque la nación y los proyectos nacionalistas de secesión tardaron en aceptarse más de medio siglo desde que Marx escribió sus obras más importantes, el marxismo no ha podido renunciar al concepto de nación, ya sea en un sentido culturalista como el de Bauer (Löwy, 1982: 104) o de una manera más estratégica como la del propio Marx en algunos escritos o la de Lenin (Haupt, 1982: 16). De hecho tan sólidamente se ha sedimentado el nacionalismo en la teoría marxista que algunos ortodoxos han temido que «la empresa justificadora [del nacionalismo] adquiera las proporciones de Amedée en la obra de Ionesco en la que el inquilino (el nacionalismo) acaba por invadir todo el espacio de la casa (el marxismo)» (Haupt, 1982: 13). El propio marxismo no ha podido evitar el poderoso influjo de la nación. Puede defenderse que esta vinculación entre nación y marxismo resulta sólo estratégica, que no tiene una validez sistemática y conceptual. Quizá la unión se produzca de manera exclusivamente estratégica, sin embargo, no se debe olvidar cómo, en teoría política, lo estratégico deviene a veces en estructural. Cabe sostener, además, que el marxismo podría haberse aliado con otra serie de conceptos, como el de raza, y sin embargo optó por el de nación. 
 
Esta atracción y necesidad del nacionalismo también la ha sufrido otro tipo de ‘universalismo político’. Al constitucionalismo liberal, que también profesa un generalismo quizá tan intenso como el marxismo, le acabó seduciendo el concepto de nación. Parece que la nación se niega a desaparecer. En este caso la contradicción entre universalismo y nación se encuentra casi en el primer momento. Hay autores que encuentran en el constitucionalismo uno de los principales valedores del nacionalismo moderno (Greenfeld, 2005: 18). En la mayoría de las declaraciones constitucionales existe una tensión entre universalismo y particularismo. Por un lado, encontramos que los derechos pertenecen a los seres humanos por ninguna otra condición que su humanidad. Así dice la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano de 1791: ‘Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos’. A pesar de esta apariencia universal, esta declaración posee un carácter obligadamente nacionalista cuando se descubre sobre quiénes gobierna la propia constitución. Por mucho que la constitución se declare universal y quiera legislar sobre todos los hombres, al final, sólo regula la vida de un grupo determinado de hombres: los nacionales. Esta tensión entre universalismo y nacionalismo, la encontramos en todas las constituciones modernas y la española del año 78 no se libra de esta resistencia. Desde un punto de vista práctico, parece que el elemento nacional ha vencido al universal. Las constituciones, como bien saben los habitantes de Cuba o de China, no aseguran los derechos de todos los hombres.
 
Tan irresistible encanto ha alcanzado el concepto de nación que Isaiah Berlin ha llegado a sostener que incluso en Immanuel Kant, principal defensor del ‘universalismo político’, se encuentra uno de los orígenes secretos del nacionalismo europeo. La doctrina de Kant no influyó por su carácter racional sino por el tipo de mandatos, inexorables y absolutos, que prescribía (Berlin, 1998: 350). Este tipo de preceptos habrían resultado de gran atractivo para los primeros nacionalistas, quienes sólo debían trasladar las máximas kantianas al orden nacional y así obtener una ideología nacionalista radical. Aunque la interpretación de Berlin admite varias objeciones, muestra lo inevitable del discurso de la nación que éste se haya podido apropiar de parte del legado de un convencido universalista.   
 
Por este motivo, por esta extrema plasticidad de la nación y el nacionalismo, no se puede rechazar este par de conceptos sin más, como una especie de desarreglo fácilmente evitable, en el que sólo caerían los menos iluminados. Aun si reconocemos que el nacionalismo es un mal, no lo podemos extirpar de nuestra argumentación política con tanta facilidad. Puede existir un nacionalismo extremo y risible –el de aquellos que prefieren ser robados por los de su nación antes que agasajados por los de la contraria–, pero no se debe olvidar que la gran mayoría de las disposiciones legales y políticas se apoyan sobre el concepto de nación. Quizá se trate de pura ideología, quizá nuestras constituciones no hayan sido capaces de reconocer sus debidos fundamentos, pero no nos encontramos, en caso de que lo sea, ante una ideología irrelevante.
 
¿Qué otra comunidad posee más capacidad de reconocimiento que la nación? ¿El continente, el planeta? ¿Quizá el pueblo, el barrio, la aldea, intentando resolver el problema por abajo? ¿Es el individuo, acaso, la verdadera institución política? Incluso en casos como el europeo en los que existe una cierta voluntad de superar la nación, se puede dudar de que esa voluntad haya logrado su objetivo. ¿Quién se reconoce políticamente como europeo antes que como español, francés o letón? ¿Se tienen los derechos por pertenecer a la Unión Europea o más bien por que algunas naciones europeas han decidido integrarse en esta comunidad internacional? Además, conviene recordar que cuando se ha querido dotar de fuerza política al proyecto de la Unión Europea el primer paso que se ha dado ha consistido en el intento de promulgar algo así como una constitución ‘nacional’. O Europa se convierte en nación o carecerá de relevancia como actor político.
 
Sea esta o aquella nación, más etnicista o más política, más anclada en el pasado o más centrada en el proyecto común, la nación, con todas sus dificultades, ejerce como principal factor de reconocimiento político. Es posible que la gente ya no esté dispuesta a perder la vida por su país y que el afecto a la nación no se sienta tan intensamente como en otros tiempos, pero las naciones siguen configurándose como el principal factor de reconocimiento político. El propio Ernst Gellner, quien no es precisamente de un nacionalista radical, sostenía que «el nacionalismo bajo una u otra forma es el destino inevitable del mundo moderno» (1998: 12).
 
La noción de destino parece demasiado necesitarista, da la impresión de que busca quitar la responsabilidad a la acción política. Aceptado el destino nacional, al hombre sólo le quedaría mirar la historia con indiferencia, sin participar. Sin embargo, el término destino se puede entender de otra manera. El vincular nación con destino significa que el nacionalismo no es exclusivamente una teoría. Quizá demostremos que algunos elementos del nacionalismo, cuyo contenido no se puede justificar, provienen de la ideología. Sin embargo, esto no quiere decir que, demostrada la falsedad de alguna de sus premisas, el nacionalismo y la nación vayan a desaparecer. La teoría política no es metafísica y demostrar la falsedad o la debilidad de algún concepto político sólo contribuye a crear nuevas posibilidades menos ideológicas de organizar la política. Es posible que si comprobamos, en metafísica o en teoría del conocimiento, que un concepto que se emplea es falso, obtenemos el derecho de prescindir de él. La filosofía política, al mantener una relación mucho más compleja entre teoría y práctica, no puede renunciar tan drásticamente a un concepto que, aun siendo falso, se entiende como principio de acción. Además, por mucho que rebatiéramos el concepto nacionalista de nación, la realidad política se seguiría organizando de acuerdo a esta categoría. En suma, más que desnacionalizar la política, el objetivo de este escrito consiste en politizar la nación.
 
2. Ideología y singularidad
 
Es común que muchos autores distingan dos tipos de nacionalismo, en los que a uno se le otorgue el papel de bueno y a otro el de malo. Para desarrollar estas descripciones, unas teorías utilizan términos más morales mientras que otras emplean conceptos más históricos, incluso geográficos. Ernest Gellner pertenece a la primera clase y describe dos tipos de nacionalismo: el primordialista y el modernista (Gellner, 1997: 161). Mientras que los ‘primordialistas’ defienden que las naciones han existido desde siempre, los ‘modernistas’ juzgan que la nación constituye una de las principales creaciones políticas de la modernidad.
 
Esta misma línea, aunque en términos más geográficos, la sigue Hans Kohn, quien «argumentaba que las formas de nacionalismo occidentales se basaban en la idea de que la nación era una asociación racional de ciudadanos unidos por unas leyes comunes y por un territorio compartido, mientras que las variedades del este se basaban en la creencia en una cultura y unos orígenes étnicos comunes, por los que tendían a ver la nación como un todo orgánico y sin fisuras, que trascendía sus miembros individuales y los marcaba ya desde su nacimiento con un indeleble carácter nacional» (cit. Smith, 2004: 57).
 
Quizá los términos más utilizados para referirse a esta disputa entre dos grandes formas de nación sean los de nación cultural y nación política. Sin embargo, podría objetarse a esta tipología que la nación política es también cultural. El empleo de nación cultural como opuesta a nación política puede provocar ciertos malentendidos. Afirmar que la nación política se enfrenta a la nación cultural equivaldría a decir que la nación política excluye la pretensión o la posibilidad de que una unidad política contribuya a forjar una cierta cultura común. Una cosa es que se destinen los fondos del Estado a fomentar una cultura artificial y agresiva respecto de los vecinos y otra, juzgar que toda unidad política refuerza, de manera más o menos estatal, una cierta unidad cultural·. Este último acontecimiento resulta simplemente inevitable. Si hay unidad política, siempre surgirá algún tipo de unidad cultural. Para separar más distinguidamente estas clases de nación, se ha preferido utilizar los términos nación ideológica y nación política.
 
Este primer tipo de nación se caracteriza por su carácter ideológico. Como primera característica, el nacionalismo se estructura sobre un modelo de argumentación ideológica: «El nacionalismo es esencialmente un argumento, un discurso, una forma peculiar y característica de justificar objetivos políticos» (Cruz, 2005: 9-10). La ideología nacionalista crea un concepto de nación a la medida del proyecto nacionalista. Si se acepta el concepto de nación de los nacionalistas, no quedará otra opción que organizar la política de acuerdo con el proyecto nacionalista. Esta ideología funciona, al igual que todas las ideologías, de manera paradójica. Por un lado, la ideología consiste en una falta total de momento teórico, en una imposición a la realidad de un proyecto voluntarista previo a todo conocimiento, en este caso la idea nacionalista de nación. Por otro lado, como segundo paso del proceso ideológico, se pretende que esa defensa del concepto de nación resulte natural y necesaria, como si la voluntad nunca hubiera intervenido en esa decisión. Por este doble paso, la argumentación ideológica siempre guarda un carácter paradójico. Por un lado, es puramente voluntarista, sin momento teórico; por otro, oculta esta ausencia de momento teórico entendiéndose precisamente como absolutamente teórica y necesaria. En vez de ocultar su ausencia de momento teórico de manera más matizada, se empeña en afirmar que no hay nada más natural y más racional, menos voluntario, que su concepto de nación.
 
Esta ausencia de momento teórico, esta falta de primer momento de reconocimiento de la realidad que caracteriza a toda ideología informa el resto de las características que normalmente se le atribuyen al nacionalismo: una cultura propia, una lengua, un orden administrativo de los pertenecientes a una etnia, etcétera. Sin embargo, aunque formalmente nos encontramos ante un argumentación ideológica, este tipo de argumentación se dirige a un fin concreto que la diferencia de las otras ideologías, pues la estructura argumentativa resulta equivalente en todas ellas. La categoría formal-argumentativa de la ideología se dirige en el nacionalismo a la consecución de la categoría material de la singularidad. La ideología nacionalista, y en esto se diferencia de otras ideologías políticas, consiste en una obsesiva búsqueda de la singularidad. Toda la ideología trabaja para demostrar que la nación resulta tan única, tan propia y distinguible, que racionalmente no cabe más que una administración política acorde a esta singularidad. Esta búsqueda de la unicidad puede operar separando pero también uniendo. Precisamente por esto puede haber movimientos nacionalistas tan opuestos, mientras que unos buscan la singularidad de una nación más grande, otros restringen este deseo de especialidad en un grupo más reducido.
 
Esta búsqueda de singularidad que caracteriza al nacionalismo (Smith, 2004: 38) le obliga a una preocupación esencial por la diferencia. El deseo de ser, por encima de todo, singular y único obliga irremediablemente a una preocupación por lo diferente, por aquello que separa a ‘esta’ nación de la ‘otra’. Este gusto por lo singular se sedimenta en lo que Freud llamó el narcisismo de las diferencias menores (cit. Cruz, 2005: 77). Históricamente, este deseo de la diferencia se ha dado de varias maneras, aunque algún tipo de acontecimiento refleja con mayor continuidad esta voluntad de diferenciarse. De esta manera, la obsesión por la diferencia se asocia en muchos casos a una derrota bélica que se interpreta como una humillación (Fusi, 2003: 19) o a una herida nacional originaria que obligatoriamente se debe reparar (Berlin, 1993: 433).
 
Debido a la estructura ideológica, el nacionalismo forma siempre a su manera la historia y la cultura, la lengua y la convivencia. El deseo ideológico de singularidad y diferencia presenta la historia de una manera absolutamente irreal en la que el contendiente siempre aparece como beligerante. Para el nacionalismo ideológico nunca existe un acuerdo ‘nacionalmente’ relevante por muchas transacciones pacíficas que a lo largo de la historia se hayan podido comprobar. Se trata de una curiosa definición de lo propio por el contrario, que conserva algo de la dialéctica del amo del esclavo, aunque precisamente se saca la conclusión inversa a la de Hegel: lo que me define es lo enteramente opuesto a mí, con lo que bajo ningún concepto me podré reunir. Los momentos históricos válidos son unos, aquellos en los que se marque la diferencia, y no las épocas en las que las supuestas naciones parecían entenderse (Cruz, 2005: 104). La historia se transforma, por el influjo de la mirada nacionalista, en un escenario quieto en el que se enfrentan los eternos contendientes nacionales.
 
La ideología, que opera por el deseo de singularidad, transforma y manipula todas las realidades, incluso la propia realidad cultural de la que muchas veces se considera baluarte defensor. Aunque se suele entender de manera contraria, es común que el nacionalismo ideológico ataque y se enfrente a cualquier tradicionalismo en el que no domine la imposición voluntarista a la cultura. La artificialidad cultural del nacionalismo ideológico es otro motivo por el que no se ha empleado el término de ‘nación cultural’. Este deseo obsesivo de singularidad resulta muchas veces agresivo a la cultura local y propia. El nacionalismo ideológico actúa muchas veces de manera antitradicional. Como principalmente busca la diferencia, el nacionalismo ideológico no tendrá problema en suprimir y olvidar cualquier forma cultural vernácula que se identifique en algún caso con la cultura del enemigo. Sólo en muy pocos casos, que resultan más la excepción que la regla, el nacionalismo actúa de manera conservadora y tradicionalista, en la que se respeta la cultura y no se sacrifica cualquier creación cultural que no contribuya a la singularización ideológica. 
 
3. ¿Es nacionalista la nación política?
           
Existen muchos autores que han considerado tan nefasta la influencia del nacionalismo o tan falsa la realidad de la nación que prefieren excluirla completamente de un discurso racional y filosófico acerca de la política. Maurizio Viroli considera que el nacionalismo debe condenarse para rescatar al primo saludable de la familia: el patriotismo. Mientras el nacionalismo se enfrentaría a la contaminación cultural, a la heterogeneidad, a la impureza racial; los enemigos del patriotismo serían el despotismo, la opresión, la corrupción y la tiranía (Viroli, 1995, 1-2). Otros autores, como Cruz Prados, sostienen que lo bueno y real que se puede descubrir en la nación se encuentra presente ya en la idea de comunidad política, concepto que la modernidad habría vaciado de significado, pero que legítimamente puede reclamar lo conveniente que la nación política podría adoptar.
 
El planteamiento de la nación política guarda muchos aspectos similares con el concepto de patriotismo que reivindica Viroli o de comunidad política que defiende Cruz Prados. Considero, sin embargo, que el concepto de nación no resulta fácilmente dispensable y que estratégicamente creo posible la politización de la nación mientras juzgo muy improbable que nuestros órdenes políticos aceptaran la terminología del patriotismo y la comunidad política. Reconozco que me desvío, en parte, de estos dos planteamientos por estrategia política, ya que la terminología de la nación política se puede asumir por la realidad política actual.
 
Además, muchas veces los ejemplos que sirven para desvirtuar el concepto político de nación se refieren, tanto en Viroli como en Cruz, a casos patológicos (Viroli, 1995: 140-160; Cruz, 2005: 21-47). Aunque la argumentación de estos dos autores es sólida, se puede repudiar más fácilmente el concepto de nación si nos referimos continuamente a autores como Sabino Arana y casos como el de Yugoslavia. Dado que considero que en muchos casos a lo largo de la historia la nación se ha entendido de manera política y no exclusivamente ideológica, me parece legítimo defender el concepto de nación política, diferenciándola y señalando los puntos en qué se desvía de la nación ideológica. Por supuesto, esta propuesta contiene el riesgo de separar tanto la nación política de la ideológica que carezca de sentido utilizar el mismo término –la nación– para designar dos formas de entender lo político tan diferentes. De todos modos, todavía habría que resolver el problema de saber a cuál de las dos le correspondería más propiamente el concepto de nación: ¿a la ideológica o a la política?
 
Otros estudiosos de lo político juzgan que cualquier distinción entre dos tipos de nación es falsa o irrelevante. Así, Anthony Smith defiende que, por muy diferentes que sean los discursos de estos dos tipos de nación, en el fondo, actúan de la misma manera: «Éstas confirman que, pese a los evidentes contrastes entre los tipos de ideología nacionalista voluntarista y orgánica, y entre las concepciones cívica y étnica de la nación, en las políticas que inspiran hay mucha más afinidad de la que cabría esperar» (2004:60). En un sentido general, este análisis me parece cierto, por eso utilizo en los dos casos, para el ideológico y para el político, el término de nación. En un sentido particular, falso. Las consecuencias que se derivan de los dos planteamientos ‘nacionalistas’ resultan sumamente diferentes, aunque ambos nacionalismo mantengan las mismas instituciones.
 
La nación política se diferenciaría de la ideológica en su repudio de la estrategia de ocultar la decisión de formarse como nación. La nación no debe esconderse en un voluntarismo necesitarista para reivindicarse. La nación política acepta que es una creación de la libertad y de la historia, no un arcano revelado antes de los tiempos y que los hombres se deberían dedicar a admirar y culminar sin otra opción racional posible. La nación política reconoce que su proyecto político debe justificarse y que la búsqueda de la singularidad no es la meta de la política sino una de sus consecuencias.
 
En principio, y de este punto provienen las críticas de diferenciar a la nación ideológica de la política, el que la nación se entendiera como una creación histórica y no puramente ideológica, no cambiaría los modos en los que la nación se organiza. Si, al fin y al cabo, luego va a preponderar una lengua y una determinada cultura va a predominar en la nación, nos quedamos con el mismo resultado. Por una parte, la nación ideológica determina una cultura, una historia que deben entenderse como absolutamente diferentes, sagradas y especiales respecto de las del vecino. La nación política, en cambio, acepta que su lengua debe utilizarse como vehículo comunicativo entre los nacionales pero no a costa de defenderla con argumentos falsos que busquen la exclusión. Quizá tanto una nación ideológica como una nación política reclamen una educación en una sola lengua. Sin embargo, incluso si prestamos atención exclusivamente a las consecuencias, la educación de una diferirá en muchos aspectos de la otra. Aunque en las dos se emplee una sola lengua, no cabe duda de que la manera en que los educadores entienden la cultura y la lengua influirá en las actitudes de los educados hacia otras lenguas y hacia la cultura en general.
 
Es cierto que el cambio no puede ser absoluto y que posiblemente las dos mantendrán algunas instituciones comunes. Al fin y al cabo, la escuela deberá darse en una lengua y las instituciones políticas organizarse en un idioma, sin embargo, la propia idea de cultura, de historia, de lengua, de proyecto político varía cuando su fundamento y su riqueza no consiste en la exclusividad. Si no hay una idea política de cultura, muchos proyectos no resultarán posibles. Que el fundamento de la nación no sea la ideología cambiará el modo de percibir las posibilidades políticas de la nación. Por tanto, aunque las consecuencias organizativas se puedan asemejar, el espíritu de las instituciones variará sustancialmente en una nación política y en otra ideológica.
 
Una de las definiciones más clásicas de la nación política la escribió Ernest Renan. En su obra ¿Qué es nación?, afirma que: «la existencia de una nación (perdónenme esta expresión) es un plebiscito de todos los días, del mismo modo que la existencia del individuo es una perpetua afirmación de vida» (1987:83). A pesar del carácter histórico y político la nación, decidirse por ella no es una opción electiva más como podría desprenderse de la idea de plebiscito. La nación, y aquí se encuentra uno de los puntos nacionalistas de la idea de nación política, no admite la elección entre otras posibilidades. Salvo en casos de crisis extrema, que no se pueden considerar los momentos políticos más elevados ni representativos, uno no decide a qué nación pertenece, en qué proyecto político nacional quiere embarcarse. La nación pertenece al reino de esas cosas que al hombre le son dadas, como los padres, las facultades, el temperamento o la dotación genética. Uno no puede elegir a qué nación pertenece con la misma facilidad con que puede decidirse por una profesión. En la medida en que entandamos libertad por pura libertad o por decidibilidad se puede defender que, en un sentido no excepcional, la decisión nacional no es libre, ya que no se puede renunciar a ella salvo en casos extremos. 
 
La idea de nación política no conduce a este decisionismo nacional, cuyas consecuencias podrían expresarse en la intermitencia política o en la continua fragilidad de las naciones o de las comunidades políticas. La nación política se diferencia de la ideológica en que se concibe de una manera menos agresiva, menos cerrada, en la que se admite la heterogeneidad y la pluralidad como riqueza, en la que se acepta que la cultura nacional no agota todas las posibilidades de riqueza ni sacrifica cualquier proyecto por la singularidad. Sin embargo, la nación, por muy política que sea, no oculta que no se puede prescindir de ella, que no se la puede abandonar como si se tratara de una decisión cualquiera. Quizá en este sentido y si se acepta una idea de libertad como decidibilidad, la nación, incluso la política, conservaría un resto preciso de nacionalismo.

 
 
Notas


· Un aspecto de la relación entre política y cultura que aquí no se estudia es la manera en que las unidades culturales previas pueden ayudar a forjar una misma unidad política. No es lo mismo que unidades culturales previas, como Castilla o Aragón, se una a que unidades culturales completamente heterogéneas intenten desarrollar un proyecto político común.
- ARANA, J. (2005), Filosofía de lo cotidiano, Biblioteca Nueva, Madrid.
BERLIN, I. (1993), “El retorno del bastón. Sobre la ascensión del nacionalismo” en DE--- LANNOI, G., TAGUIEFF, P. A. (1993), Teorías del nacionalismo, Paidós, Barcelona.
- BERLIN, I. (1998), “Kant como un origen desconocido del nacionalismo” en El sentido de la realidad, Taurus, Madrid.
- Cruz Prados, A. (2005), El nacionalismo. Una ideología, Tecnos, Madrid.
- DELANNOI, G., TAGUIEFF, P. A. (1993), Teorías del nacionalismo, Paidós, Barcelona.
- FUSI, J. P. (2003), La patria lejana. El nacionalismo en el siglo XX, Taurus, Madrid.
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- Greenfeld, L. (2005), Nacionalismo: cinco vías hacia la modernidad, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Madrid.
- HAUPT, G., LÖWY, M., y WEILL, C. (1982), Los marxistas y la cuestión nacional, Fontamara, Barcelona.
- MORIN, E. (1993), “El Estado-Nación” en DELANNOI, G., TAGUIEFF, P. A., Teorías del nacionalismo, Paidós, Barcelona.
- RENAN, E. (1987), ¿Qué es una nación?, Alianza, Madrid.
- SMITH, A. (2004), Nacionalismo, Alianza, Madrid.
- VIROLI, M. (1995), For Love of Country, Oxford University Press, Nueva York.


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