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El nuevo triunvirato de la Inteligencia
Colaboraciones nº 2210   |  12 de Marzo de 2008
 
Afganistán, el principal campo de batalla de la guerra contra el terror, se ha visto mermado por la guerra de Irak y las prioridades en términos de efectivos y equipamiento.
 
Al-Qaida fue derrotada por las fuerzas norteamericanas en Irak, pero Irak nunca fue el problema. Bajo Saddam Hussein, al-Qaida no era bien recibida en Irak. Tras la invasión norteamericana, Irak se convertía en un atractivo para futuros guerreros sagrados procedentes de países de Oriente Medio -Arabia Saudí sobre todo-, y los barrios marginales musulmanes de Europa. Varios cientos de voluntarios de al-Qaida han sido abatidos o han vuelto a casa. Pero la base central para al-Qaida y los Talibanes era y sigue siendo el acrónimo de extraño sonido para Área Tribal de Administración Federal de Pakistán -- FATA -- siete "instancias" tribales ferozmente independientes bajo una soberanía paquistaní nominal que, junto con Beluchistán (una de las cuatro provincias de Pakistán), conforman la frontera de 2400 kilómetros con Afganistán.
 
Habitadas por tribus Pastún ferozmente independentistas cuyas esposas están tan atrasadas que apenas el 2% sabe leer y escribir y sus esposos sólo salen marginalmente mejor parados en el 20%, el escenario se encuentra entre los más hostiles del mundo. Montañas que alcanzan los 4500 metros se entremezclan con profundas gargantas y barrancos con desiertos que ofrecen lugar seguro a campamentos de entrenamiento de al-Qaida y los Talibanes, así como a los terroristas más buscados del mundo. Para los miembros de las tribus Pastún, la hospitalidad es sagrada. Las recompensas por información que conduzca a la captura de Osama bin Laden y sus principales lugartenientes se han disparado de los 20 a los 50 millones de dólares -- pero nadie habla.
 
Bajo el Presidente-General Pervez Musharraf, los militares norteamericanos eran invitados a abandonar las zonas tribales. Bombardear objetivos de las zonas por parte de Estados Unidos o las incursiones de las Fuerzas Especiales habrían conducido a sangrientos enfrentamientos por todo el país. Bin Laden es para millones de pakistaníes ciertamente más popular que el Presidente Bush. En su lugar, Estados Unidos hizo depender su ayuda militar por valor de mil millones de dólares al año a Pakistán de que Musharraf ordenase al ejército paquistaní perseguir a los Talibanes y al-Qaida por los picos nevados de las zonas tribales.
 
El ejército de Pakistán empezó a entrar en las zonas de administración federal a mediados de diciembre de 2001 por primera vez desde la independencia, con 37.000 efectivos. Asignados a posiciones mientras los bombarderos norteamericanos liberaban explosivos de vacío de 15.000 libras sobre el radio de la montaña de Tora Bora, se desplegaron demasiado tarde para interceptar a los caciques terroristas. Desde entonces, Musharraf ha incrementado la dotación de militares destinados a estas zonas hasta los 110.000 efectivos. La mayor parte de ellos odia el destino con una mezcla de repulsa hacia matar a correligionarios pakistaníes, inquietud a causa de la hostilidad de la población local, y la convicción de estar actuando a las órdenes norteamericanas transmitidas por Musharraf.
 
Durante el pasado verano, el ejército paquistaní presente en las zonas tribales, Punyabis en su mayoría, se retiró en la práctica. Las abundantes bajas y la simpatía por los Talibanes condujeron a emboscadas y rendiciones sin disparar un solo tiro. Esto hace inganable la guerra afgana a menos que Estados Unidos pueda alcanzar un nuevo acuerdo con el nuevo jefe militar de Pakistán, el General Ashfaq Pervez Kiyani, ahora que Musharraf es un Presidente civil mucho más debilitado sujeto a las normas de la derogación a manos de partidos políticos victoriosos en las elecciones del 18 de febrero.
Pero Kiyani debe pisar con cuidado para no ser percibido como otra marioneta americana. Ha accedido a compartir la información de Inteligencia sobre la mística frontera afgano-paquistaní más íntima entre los agentes pakistaníes, afganos y norteamericanos y a respuestas rápidas por parte de las Fuerzas Especiales paquistaníes entrenadas por Estados Unidos. Estados Unidos continuará sus ataques aéreos mediante dispositivos Predator controlados vía satélite desde Nevada contra objetivos señalados por agentes sobre el terreno en el norte y el sur de Waziristán y Bajaur -- que el 99,9% de los americanos no sabrá ubicar en un mapa del mundo. Pero aquí es donde se está planeando un ataque contra Estados Unidos con armas de destrucción masiva.
 
Los tres partidos con más fuerza a emerger de las relativamente libres elecciones de Pakistán regatean ahora sobre el tipo de coalición a componer entre detractores ideológicos. Juntos pueden derogar a Musharraf y forzar la elección de un Presidente civil impotente. Pero la administración Bush quiere que Musharraf permanezca en el cargo hasta con una autoridad reducida. Más preocupante para los objetivos norteamericanos y de la OTAN en Afganistán es que las dos formaciones victoriosas -- la Liga Musulmana de Pakistán de Nawaz Sharif y el Partido Popular de Pakistán de Asif Zardari (el viudo de Benazir Bhutto) -- quieren hablar y negociar con los Talibanes, no combatir. Los Talibanes reaccionaron con un "alto el fuego unilateral", una decisión que cognoscenti, Islamabad afirma fue la labor de su todopoderosa agencia de Servicios de Inteligencia, la entidad patrocinadora original que asistía a los Talibanes y dirigió su conquista de Afganistán a principios de los años 90.
 
El problema es que esto se intentó el 5 de septiembre de 2006, cuando Musharraf firmó un acuerdo de paz con los líderes tribales de las zonas federalizadas que fue violado en cuestión de 48 horas. Uno de los firmantes fue Baitulah Mehsud, el “Emir de los Talibanes de Pakistán", segundo en el mando tras el mulá Mohammed Omar y el terrorista que ordenó el asesinato de Bhutto el pasado 27 de diciembre.
 
Reemplazando a la influencia norteamericana de manera integral de Pakistán -- o incluso compitiendo con ella -- se encuentra Arabia Saudí y su protegido, Nawaz Sharif, el hombre depuesto por Musharraf en 1999 y exiliado al reino saudí durante 10 años. El pasado otoño volvía a casa tras el retorno de Bhutto, financiado generosamente esta vez por sus amigos saudíes. Arabia Saudí era uno de los solamente tres países en reconocer al régimen Talibán en Afganistán (con Pakistán y los Emiratos Árabes Unidos).
 
El nuevo triunvirato que gradualmente se está haciendo con el control del "aliado de más confianza no miembro de la OTAN" del Presidente Bush se compone de los servicios de Inteligencia de Pakistán, Arabia Saudí y Sharif. No es un buen presagio para el futuro de la OTAN en Afganistán.
 
El gobierno del Presidente Hamid Karzai en Kabul apenas controla un tercio del país mientras que unos resurgentes Talibanes están hoy sólidamente atrincherados en el 10% del narco-estado, según el director de Inteligencia Nacional de Estados Unidos, Michael McConnell. Y los líderes tribales llevan las riendas en el resto de un país medieval y estéril cuya producción de opio genera más de dos tercios del producto interior bruto y financian la insurgencia de los Talibanes. La estimación más optimista presupone que Estados Unidos y la OTAN permanecerán involucrados, con crecientes activos militares y económicos, entre otros tres a cinco años. 10 años sería más realista.
 
Sin pronunciarse acerca del agotamiento, un funcionario norteamericano que habla el darui, procedente de una inspección a gran escala en Afganistán, decía, "La corrupción desafía la imaginación. Debe aparecer como el peor país del mundo". Karzai, decía, solía llamarse el alcalde de Kabul. Más no, decía mi fuente. Ni siquiera controla la capital. La mayor parte de sus ministros tiene visados norteamericanos puestos al día -- por si acaso. Más importante es que la OTAN podría fracturarse y derrumbarse a causa del compromiso afgano. La violencia y el terrorismo podrán entonces escalar con rapidez en todo el mundo.

 
 
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