Javier Solana, el primer diplomático europeo, nos explicó que la independencia de Kosovo no sería un precedente de futuras segregaciones unilaterales, asumiendo una competencia no recogida en los tratados ni en el acervo, por la que la Unión Europea, aun no siendo capaz de lograr una posición común, puede determinar el futuro.
Aunque Kosovo no es un precedente, tras su independencia Osetia del Sur, hasta ahora provincia de Georgia, ha comunicado a la ONU su voluntad de independizarse y de ser reconocida como nuevo estado. Poco después, ha sido Abjasia, otra provincia georgiana, quien ha seguido el mismo camino. El futuro del territorio azerí de Nagorno-Karabaj, de mayoría armenia, puede también verse afectado por esta epidemia de no-precedentes y, sin duda, no será el último caso.
Mientras tanto en los Balcanes la resaca de la independencia va mostrando sus efectos. El Gobierno de Serbia ha hecho crisis, incapaz de superar la tensión entre los nacionalistas, defensores de una posición de principios, y los europeístas, dispuestos a reconocer la secesión para situar definitivamente a Serbia en el camino hacia la integración en la Unión Europea y la modernización económica y social.
No es fácil superar una situación como ésta, más aún cuando la salida supone aliarte con quien te ha infligido tamaña humillación.
El tiempo trascurre y Rusia juega sus bazas. Lo ocurrido en Georgia sólo se puede entender como pasos guiados por la diplomacia rusa en el marco de la crisis de Kosovo. ¿Serán Osetia del Sur y Abjasia el precio a pagar por el reconocimiento de Kosovo? En ese caso ¿Será ahora posible detener la integración en Serbia de la República Srpska, el núcleo serbio en Bosnia? Si la lógica es casar estados con pueblos ¿No sería oportuno reincorporar el norte de Kosovo a Serbia para asegurar una coherencia étnica en los nuevos estados? ¿Por qué no trocear definitivamente Bosnia-Herzegovina?
Sólo hay un animal que tropieza dos veces en la misma piedra.