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Sí, podemos...cambiar Europa. Un manifiesto
Colaboraciones nº 2209   |  12 de Marzo de 2008
 
Mientras los comentaristas aquí y allá argumentan a favor de un mayor progresismo en la política europea, los franceses acaban de presentar las líneas directrices de su presidencia para el próximo semestre. Cualquiera tiene el derecho de inyectar en esos principios lo que se le antoje, incluyendo progresismo. Pueden incluso afirmar que eso es lo bueno para Europa. Permítase discrepar.
 
Lo que sigue es un argumento de porqué interpretar esas propuestas desde la perspectiva conservadora.
 
Francia se ocupará primero de la demografía declinante. Es curioso que así sea. Los “progresistas seculares” no son quienes han estado promoviendo el asunto. Resulta más bien que hace poco esta tendencia estaba más bien cercana a los neo-maltusianos. ¿Quiénes eran?
 
En 1968 un científico llamado Paul Ehrlich escribió un libro titulado La bomba poblacional. El mismo año fundó un grupo llamado Crecimiento Cero. La desproporción entre los recursos y el aumento de la población llevaría a hambrunas en los setenta y los ochenta, abriendo el camino a la desaparición de la humanidad. En 1972, el Club de Roma predijo calamidades similares en Los límites del crecimiento. El propio Ehrlich proponía el aborto como un medio para lograr – duda la pluma al escribirlo – una evolución más saludable que previniera el “cáncer” – en sus palabras – de la expansión de la población.
 
El capitalismo era, por supuesto, la causa de todas estas dramáticas consecuencias. Debían revisarse los fundamentos económicos del mundo occidental para que la gente no muriera. Sin embargo, aquí estamos – han pasado cuarenta años – y el problema parece ser otro. Cierto que no ha sido llevado a la controversia pública por los “progresistas”.
 
Hoy día son los conservadores los que han suscitado la cuestión de la decadencia poblacional. El escritor católico, George Weigel, habló del “suicidio de Europa”, el columnista Mark Steyn fue quizá el primero en tocar el asunto en su libro America alone, mientras que historiadores como Walter McDougall han proporcionado la perspectiva identificándola con la primera ocasión, guerras y epidemias aparte, en que se ha producido este decrecimiento en la población. Ninguno de ellos es progresista, aunque resulte que defienden el primer requisito para que pueda existir el progreso, a saber, la existencia de seres humanos, también llamados personas.
 
La situación, preocupante en sí misma, es rica en problemas vinculados a la economía y al general bienestar de los europeos, tanto material como espiritualmente. Los sistemas de pensión europeos que hacen depender los pagos de las generaciones futuras, implican la necesidad de la existencia de estas. Cuando los ancianos se convierten en un problema, la tentación de deshacerse de ellos aumenta, de lo que se derivan las propuestas de eutanasia activa, disfrazadas de muerte digna u otros eufemismos. Nada de esto se parece al progreso, por mucho que se estire el término.
 
La inmigración ha venido llegando a Europa desde los años en que los neo-maltusianos expusieron los Límites del Crecimiento. Parece que las personas que acudieron tenían más perspicacia que los autores del informe. La fabulosa conjunción de países con estado de derecho, libertad y derechos, mejorada con la economía científica fundada en los principios del liberalismo clásico proporcionó holgura al continente. Los otros, aquellos que habían entrado en el camino de la servidumbre, sintieron la necesidad de mudarse. Lo hicieron. Ahora correspondía integrarlos. No se ha logrado. El multiculturalismo – una de las banderas del progresismo – es la fea palabra que explica porqué.
 
Se partió de la premisa de que todas las culturas eran iguales – las que habían creado los siervos que venían a Europa a ser libres, y las que habían creado a los hombres libres que debían ser sus huéspedes – y, naturalmente, el declinar que comenzó entonces no ha cesado. Se encuentra ahora la situación de creciente inmigración ilegal, junto con amplios grupos de inmigrantes no integrados en suelo europeo. Como consecuencia, tal es la respuesta del progresismo, se necesita más multiculturalismo. Si no ve la lógica de esto, prepárese a ser llamado racista.
 
También preocupa a los franceses la competitividad de Europa. De hecho, Sarkozy ganó las elecciones francesas basándose en un programa que reconstruyera la economía francesa mediante una educación fundada en el mérito y mayor productividad respaldada por el trabajo.
 
Lo cierto es que, aparte del papel actual del Banco Central Europeo que parece decidido a no generar inflación en la crisis presente, Europa lo hace peor que los Estados Unidos en este asunto. ¿Cómo sino explicar la diferencia en crecimiento del PIB y desempleo? El crecimiento es de cerca del 4% en los Estados Unidos y de cerca del 2% en Europa. El desempleo ronda el 5% en Estados Unidos y el 10% en Europa. Debe ser porque somos más sociales. Nos preocupamos más por los demás obviamente. Porque no creamos petits boulots y porque redistribuimos más. O acaso sea porque creemos menos en la libertad y permitimos que la gente haya de depender antes del Estado que de sí misma. Es una elección. La tentación de la seguridad, no siempre lograda, es preferida al aire de la libertad. Puede discutirse qué es lo mejor para defender la competitividad, o se puede decir simplemente a los franceses que vuelvan a su tradición proteccionista, después de criticarlos por practicarla, que ya otros se ocuparán de competir.
 
Los franceses también pondrán el cambio climático en la agenda. Afortunadamente lo que quieren decir con ello es que debe discutirse la política energética y la protección del medio ambiente. La dependencia energética y el uso de medios de producción que generan más polución, curiosamente, tiene raíces progresistas. La producción nuclear encontró oposición desde el principio en los radicales de los sesenta sin que desde entonces se haya recuperado el valor de promover para Europa un sistema limpio e independiente de producir energía. Por tanto, nos dedicamos a quemar carbón y depender para el resto de los demás. Quizá se recuerde que los sindicatos, que tanto aprecio merecen – pues no había ninguno en la Unión Soviética - tuvieron algo que ver con aquello.
 
Por fin, los franceses desearían ver a Europa como un actor serio internacionalmente. Lo que proponen es cesar las ampliaciones y concentrarse en unas pocas políticas de consenso, mientras que se incrementan los presupuestos de defensa al mismo tiempo, para poder alcanzar efectividad en las misiones exteriores. Nada de ello es tradicionalmente progresista.  
 
Pero una Europa a la altura de sus tradiciones y valores merece más. Cuando Margaret Thatcher llegó a lo más alto del partido conservador británico tuvo que escuchar a un colega antes de hablar ella. Se dice que le iba cansando la falta de convicción del discurso. Crecían su disgusto e impaciencia hasta que, dando un golpe sobre la mesa con un libro, exclamó: ¡esto es lo que creemos! Se trataba de Los fundamentos de la libertad, de Hayek. Pues bien, aparte de lo que los franceses parecen proponer seriamente, esto es lo que creemos:
 
.- Es necesario que alguien se plante en el camino de la historia gritando ¡detente!, cada vez que se amenace la libertad.
 
Que se detenga la exageración burocrática. Que se detenga la corrección política. Que se detenga el multiculturalismo como única solución. Que se detenga la flaqueza de convicciones vestida de sensibilidad. Que se detenga el cinismo de silenciar las propias creencias por miedo a las declaraciones de inadaptación social.
 
Defenderemos nuestra posición con firmeza y claridad. Escucharemos al discrepante al que trataremos no sólo con justicia, sino con piedad. Pero no dejaremos a los guardianes de la opinión bienpensante que echen atrás nuestro discurso. Siguiendo a Kennedy: Pagaremos cualquier precio, soportaremos cualquier carga, nos enfrentaremos a cualquier dificultad (…) para asegurar la supervivencia y el éxito de la libertad.
 
.- Buscaremos ejemplo allá donde se encuentre.
 
A la civilización desconocida que está creciendo en América. Es la dedicatoria de Hayek a Los fundamentos de la libertad. Miraremos al otro lado del Atlántico, al otro lóbulo de Occidente, para encontrar consejo. Beberemos de la fuente del conservadurismo, de las tendencias de debate cultivado y vivaz al que dio luz el recientemente fallecido William Buckley. Aprenderemos también del neo-conservadurismo, de cómo venció al progresismo y se convirtió en corriente dominante. No nos dejaremos intimidar en nuestros principios, ni dejaremos de sentirnos atraídos por un argumento bien formado, o por el valor persuasivo de la buena literatura fundada en la riqueza cultural de Occidente. Por mucho que otros devalúen el debate, no compartiremos su vulgaridad ni su falsa simpleza.
 
.- La Unión europea tiene entre sus principios la defensa de personas libres viviendo en mercados libres.
 
Estamos a favor del libre cambio y del dinero estable, de los impuestos bajos como medida de control de los estados; estamos en contra de todo colectivismo y de los métodos de decisión arbitrarios, ya procedan de un dictador, de una élite auto-designada, de una burocracia o hasta de una mayoría temporal. Defendemos la autonomía individual, el libre pensamiento y la libre expresión de las ideas. No importa que no esté de moda.
 
.- Creemos en la santidad de la vida humana, en la devoción por deshacer entuertos y en la Providencia.
 
Recordamos bien los dos totalitarismos del siglo XX, ambos nacidos en Europa, y su animadversión por las creencias religiosas. Si bien muchos de nosotros creemos en Dios, como dijo Buckley: “Nunca excluimos a aquellos que no gozan de una visión trascendente, pero tenemos tendencia a vivir por ella”.
 
.- No seremos conservadores.
 
Lo que es chocante pues es así como nos llaman. Nos sentimos más próximos que nadie en este siglo XXI al liberalismo clásico. Carecemos de simpatía por el viejo conservadurismo, y por sus flaquezas, como la desconfianza por lo nuevo que se manifiesta en hostilidad a lo extranjero o en un estridente nacionalismo, distinto al patriotismo por el que abogamos. De hecho, cuando el estridente nacionalismo procede de cuerpos no nacionales, estamos decididamente en contra. Nos sentimos, si se habla en términos del diecinueve, miembros del partido de la libertad, frente a los serviles. Creemos que los principios son esenciales para la práctica, sobre la que siempre damos la bienvenida al debate. En sustancia, deseamos liberar el proceso de crecimiento espontáneo, ya sea material o más aún, espiritual, de los impedimentos que la insensatez humana ha erigido. Nuestras esperanzas descansan en la persuasión para ganarnos el apoyo de aquellos que, por disposición, son ‘progresistas’, aquellos que, aunque puedan estar buscando el cambio en sentido equivocado, estén al menos dispuestos a examinar críticamente lo existente y cambiarlo allí donde proceda.
 
Finalmente, somos de naturaleza optimista, y creemos que las palabras y las ideas son las que dan forma al mundo. Aplicando estos principios a Europa, como parte de Occidente, creemos que lograremos mejorar la vida de nuestros contemporáneos, de nuestros hijos, y la nuestra. Es decir, creemos que el progresismo quedará pronto descartado como carácter definitorio de nuestro tiempo, y que se lo llevará el viento de cambio que representamos. Sí, podemos.

 
 
Juan F. Carmona Choussat es Licenciado y Doctor en Derecho cum laude por la UCM, Diplomado en Derecho comunitario por el CEU-San Pablo, Administrador civil del Estado, y correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación. Su libro más reciente es "Constituciones: interpretación histórica y sentimiento constitucional", Thomson-Civitas, 2005.


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