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El cambio por el cambio
En letra impresa nº 903   |  20 de Febrero de 2008
 
(Publicado en La Razón, 19 de febrero de 2008)
 
Si Obama es lo que sus ilusos –arrebatados por la ilusión– partidarios creen ver, nos espera un radiante porvenir. Si es lo que parece a una gélida mirada inquisitiva, echémonos a temblar. Propios y extraños coinciden en que tiene talento. Para embaucar desde luego, para gobernar no tenemos ni idea, pues su experiencia es cero. Sus propuestas apenas se diferencian de las de su rival Hillary Clinton, pero eso carece de importancia en su campaña, porque en su campaña la sustancia ha quedado arrumbada, aplastada incluso, por el estilo. Cada vez más el estilo y el lenguaje es el del éxtasis de los viejos predicadores fundamentalistas, aunque en estos tiempos seculares, algunas de las reacciones que suscita también admiten una comparación con la histeria de los fans de los ídolos del rock y otras idolatrías musicales contemporáneas.
 
Obama es el cambio personificado. Hacia dónde, no parece importar. Obama halaga descaradamente a sus seguidores y les hace sentirse omnipotentes. Obama pretende transcender toda división y lograr la unión mística. Lo suyo resulta no ser cuestión de partido, que evoca partidismo, sino un movimiento, que ya sabemos lo que evoca a los españoles.
 
Malignamente, podemos también traer a colación ein Volk, ein Fürer. La democracia se inventó para civilizar el conflicto entre las múltiples divisiones que existen entre los grupos sociales. No para él. Sin embargo, este unificador transcendental ha sido clasificado como el senador más izquierdista de los cien que forman la cámara alta del Congreso americano.
 
Todo ello de acuerdo con su historial de votaciones. Obama es un sueño para un creciente número de americanos, pero podría ser el sueño de la razón que inspiró a Goya, el sueño que produce monstruos, no oníricos, sino reales.


 

 

 


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