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1968 como tragedia y como parodia
Colaboraciones nº 2180   |  14 de Febrero de 2008
 
Leyendo la crónica de la evolución de las tendencias ideológicas de nuestro tiempo, cómo evitar la impresión desasosegante de estar viviendo algo por segunda vez.
 
Y viendo que surge un nuevo modo de propugnar el arcaísmo, cómo impedir la sensación de haber hecho ya este viaje y creer que estábamos de vuelta.
 
Se cumplen cuarenta años de la eclosión de la revolución de los sesenta que, se supone, tuvo lugar precisamente en el 68. La acumulación de acontecimientos en aquel año parece avalarlo. El intento frustrado de implantación del socialismo con rostro humano en Checoslovaquia, la ofensiva del Tet en Vietnam, el asesinato de Martin Luther King, la primavera parisina o las revueltas de Berkeley, se citan entre otros como hechos decisivos que cambiaron el curso de Occidente. Ese revolcón que la contracultura pretendía dar a las costumbres burguesas – vulgo Occidente – para acabar con ellas, no llegó del todo a cosechar sus frutos entonces, pero quizá, a cambio, no estén ahora del todo pasados de sazón. Simplemente estaban más frescos antaño haciendo el amor y no la guerra o llevando la imaginación al poder, mientras que hoy no pasan de mustios buscando ramplonamente “redefinir la identidad histórica y social”.
 
Puesto que no todo tiempo pasado fue mejor, contradiciendo al clásico, una mirada hacia él nos puede abrir los ojos acerca de cómo enfrentarse a este reverdecimiento del ayer y ponerlo en su sitio, o sea, anteayer. O ya que estamos: “Recuerde el alma dormida/ avive el seso y despierte”. Recordemos lo que le sucedió a aquello para despabilar y acabar con esto.
 
Praga primero. Se proclama la voluntad de cambio del régimen soviético implantado en Checoslovaquia. El presunto rostro humano dura unos meses hasta que es aplastado por el carro de combate soviético. Una cosa queda clara: el socialismo se divide en dos, el real – cuyo paradigma es el Gulag –, y el que, por contraposición, puede llamarse ficticio, versión aguada del compromiso radical de la izquierda que hace peligrar la riqueza de Europa y su progreso moral. Es la respuesta a la pregunta que se hiciera Revel: ¿puede el comunismo reformarse a sí mismo? No.
 
En vista de lo cual Francia se decide a marchar todos juntos y ella la primera por la senda revolucionaria. El mayo francés ha sido mitificado más allá de lo razonable en incontables ocasiones. Conviene limitarse a recordar el alcance final real de las revueltas. Una inmensa manifestación a favor de De Gaulle en los Campos Elíseos – reflejo de lo que él llamaba la mayoría silenciosa – y la victoria en las elecciones siguientes de Pompidou, conservador y continuista. Cierto que Sartre y aún más, su compañera Simone de Bouvoir, tuvieron su momento y se catapultaron a su propio elíseo de las “letras” francesas, que desde entonces no han abandonado. Pero su éxito político fue, en el momento, perfectamente descriptible.
 
No obstante, la derrota americana en Vietnam, prefigurada por el abandono de la élite mediática que había apoyado la intervención cuando se trataba de respaldar con ella a Kennedy, fue la que en realidad inició la “contracultura” de los sesenta. El antecedente de nuestro sesenta y ocho europeo estuvo pues, como desde hace dos siglos en Occidente, precedido por los sucesos del otro lado del Atlántico. El 21 de octubre de 1967, unas 100.000 personas se manifiestan en la ciudad de Washington – frente al monumento a Lincoln - de las que se desgajan unos miles que cercarán el Pentágono durante varias horas. El evento, magistralmente contado, poetizado y propagado por Norman Mailer – “Los ejércitos de la noche” – transforma el descontento creciente por la guerra en el glorioso nacimiento del movimiento de revocación de los usos y maneras de la América de siempre. Por ponerlo en sus palabras, los más intransigentes se quedaron solos frente al Pentágono: “los verdaderos, los aventureros, los dedicados, una vez abandonados por su complemento burgués masivo (algo así como liberados por la despedida de una suegra rica y obesa) (…) sabían que ya la guerra podía convertirse en algo serio, ahora que podían mostrar sus auténticas armas”.
 
Es precisamente ese momento el que aliena – cortesía de vocabulario con la teoría que se combate – a aquellos compañeros que no tenían la más mínima intención de mostrar arma alguna y que, a fin de cuentas, habiendo acudido perfectamente trajeados y encorbatados, nada querían tener que ver con echar abajo las supuestas barricadas de esa América burguesa – nueva cortesía – que tan confortablemente les alojaba.
 
Resulta así que el momento seminal de la contracultura coincide con el rechazo de sus compatriotas, y el surgimiento de un movimiento que será, en parte, responsable de su derrota. Derrota que según se ve, por no ser completa y por el décalage de los acontecimientos en Europa, nos lleva hoy a tener que alzar de nuevo el valladar de la suegra opulenta – a mucha honra – frente al avance de las hordas desmedidas.
 
Cuenta el neoconservador Podhoretz, pues de este movimiento se trata, como, asistiendo a una fiesta con su mujer en ese turbio ambiente neoyorquino de los años que se relatan, expresaron su repulsa ante los desmanes de unos manifestantes hacia propiedades ajenas. Estos bienes raíces que no pudieron abandonar el campo como la pesada – literalmente – suegra, habían sido destruidos. Cuál no sería su sorpresa cuando fueron reprobados, por mostrar tibieza en la reacción contra el establishment y un inmerecido respeto hacia esos bienes inmoralmente obtenidos. No podemos creer cómo en esta situación en que lo espiritual es lo que cuenta, os preocupáis tanto por vanas cosas materiales. Así fue como, espiritual y materialmente, Podhoretz dejó el bando en el que hasta entonces había militado.
 
Fundado pues el movimiento neoconservador por reacción ante la cobardía e incoherencia intelectual de los sesenta, revestida de valentía en la provocación, fueron transcurriendo los años. Tan fecundos llegaron a ser que en 1996, Norman Podhoretz, quien se había convertido en quintaesencia del asunto, junto con Irving Kristol, le dedicaba un curioso elogio fúnebre a esta tendencia. En efecto, el neoconservadurismo había muerto de éxito. Dejaba de ser necesario como tal, por haber vencido en la guerra de las ideas a la contracultura, y haber reivindicado los valores de la tradicional sociedad americana.
 
¿En qué consistía esta muerte del neoconservadurismo? Después de describir esta posición y sus actividades en materia de política exterior – sustancialmente su anticomunismo – Podhoretz define las líneas maestras que le llevaron a acabar con la revolución de los sesenta. Por de pronto, siendo los neocons desencantados de las filas de la izquierda, conocían bien los métodos y actitudes de ésta y eran capaces de darles respuesta. Esta actitud, les llevó a reclamar el valor del capitalismo contrapuesto al socialismo, como mejor método para crear riqueza y distribuir recursos. A esto añadieron múltiples reticencias al concepto de estado de bienestar, al que acabaron por considerar causante de muchos males entre los que no era el menor fomentar la inactividad y la búsqueda de la subvención como esencia, en lugar de convertirse en una red subsidiaria de ayuda, como inicialmente se suponía.
 
Otro de los caballos de batalla del neoconservadurismo era la discriminación positiva, como uno de los medios más rancios de la izquierda para consagrar las desigualdades. Hasta el punto de reclamar, por encima de la progresía, la figura de Martin Luther King, por defender que debía juzgarse a los hombres por la fuerza de su carácter y no por el color de su piel. Por fin, respecto a la inmigración, el neoconservadurismo siempre fue más bien favorable y se separó de la derecha paleoconservadora, especialmente temerosa de ver la dilución de la América de siempre en los recién venidos, lo que no tenía precedentes en una nación de inmigrantes.
 
En definitiva:
 
“El neoconservadurismo vino al mundo para combatir las peligrosas mentiras que estaban diseminándose por el radicalismo de los sesenta y que estaban siendo aceptadas como verdad por las instituciones progresistas del momento. Con más pasión y de manera más efectiva que ningún otro grupo, los neoconservadores mostraron esas mentiras como lo que eran: las expresiones del odio, enraizado en una codicia utópica, a la vida tal y como se vive en este país, y como las armas en una campaña para despojarlo de la voluntad de defenderse contra sus enemigos en el mundo exterior”.
 
En cuanto a la descripción de la victoria sobre lo que se inició en los sesenta, así es como lo veía Podhoretz en 1996:
 
“¿Quién se avergüenza hoy de la palabra capitalismo, o niega que sea superior al socialismo tanto en la producción de riqueza como en su distribución? ¿Quién celebra hoy el sexo libre y fácil como el camino a la salud y la felicidad? ¿Quién promueve hoy las drogas como la puerta de salida hacia una mayor conciencia? Hoy los valores familiares están de moda, incluso entre feministas, y la verdad es que hasta entre los homosexuales, que han pasado de celebrar las alegrías del sexo gay a pedir que se les permita participar en las delicias de la vida marital.”
 
Reclamaba como uno de los elementos de la herencia del neoconservadurismo que puede ser oportuno resaltar hoy:
 
“La insistencia en el papel de la cultura y – cada vez más, con el transcurso de los años – de la religión, como la raíz y fuente de las cuestiones culturales que han pasado de la periferia al centro del debate nacional”.
 
No se sabe pues si lo que ha sucedido es que se ha cantado victoria demasiado pronto, o si al ser el neoconservadurismo sólo una parte de esta reacción contra la contracultura de los sesenta, el éxito ha sido tan parcial y limitado que, como en la canción, no estaba muerta, estaba de parranda. Sea ello como fuere, el caso es que, renacen hoy con más radicalismo, eadem sed aliter, los viejos arcaísmos. Quizá simplemente sea que, citando a quien en rigor nunca han abandonado, la historia siempre se repite: la primera vez, como tragedia, la segunda, como parodia.
 
Pero, termínese esta historia, que envanecidamente se pretende ejemplar. Dos libros son capitales en la evolución de Podhoretz hacia el liberalismo conservador: “Rompiendo filas” – nombre especialmente acertado dado la uniformidad obligatoria de la progresía – y “Antiguos amigos”. Un capítulo de este último se dedica a uno de ellos, Mailer. Después de haberse distanciado definitivamente y transcurrido ya mucho tiempo, Podhoretz recibe una llamada suya. Le pregunta este si podría ponerle en contacto con un rabino porque uno de sus hijos no judío desea contraer matrimonio con una judía. I could and I did, contesta su viejo amigo. Da entonces en preguntarse si una relación tortuosa y de tantos años puede reavivarse una vez aquietados los tiempos y las pasiones. Por fin, tras unas páginas de brillante literatura y de una narración cautivadora, Podhoretz concluye:
 
“(…) después de haber pasado los últimos treinta años o más tratando de compensar y de deshacer el daño que hice en compañía de Mailer y de tantos otros de mis examigos, tanto vivos como muertos, simplemente no podía volver a él, o a ellos, nunca más”.
 
Ante tanta nostálgica amargura y arrepentimiento, sólo un distraído, dejaría de advertir la perfecta metáfora de lo que supuso en realidad aquella revolución. Sus dramas públicos y privados. Han pasado cuarenta años y no sólo Occidente todavía no se ha librado de sus consecuencias, sino que renacen bajo otras formas. La ruptura sólo puede ser, por desgracia, definitiva. A desactivar ese activismo han contribuido muchas corrientes y muchos acontecimientos. Para ello han sido decisivos algunos políticos, pero en el mundo de las ideas se puede destacar este ejemplo de la tendencia neoconservadora. En definitiva, quizá resulte que para acabar con la “nueva” contracultura – tan vieja como siempre -, el neoconservador sea el peor de los modelos en que fijarse, excluyendo a todos los demás.

 
 
Juan F. Carmona Choussat es Licenciado y Doctor en Derecho cum laude por la UCM, Diplomado en Derecho comunitario por el CEU-San Pablo, Administrador civil del Estado, y correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación. Su libro más reciente es "Constituciones: interpretación histórica y sentimiento constitucional", Thomson-Civitas, 2005.


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