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El 4 de febrero: un seísmo psicológico y político
Colaboraciones nº 2179   |  13 de Febrero de 2008
 
Una semana después de las históricas manifestaciones del 4 de febrero en Colombia, y en 120 ciudades del mundo, sigo asediado por esta pregunta: ¿qué dijo, qué nos dijo y qué se dijo esa masa de ciudadanos a ella misma ese día? 
 
Esas manifestaciones marcan, sin duda, un giro importante en la historia política del país.  Sin embargo el contenido de ese giro aún no ha sido descifrado, al menos, plenamente. Para mi, lo principal es esto: esa movilización popular dijo que las FARC son las antípodas, el anti-ejemplo más absoluto, de lo que son, y deben ser, los colombianos, de lo que es y debe ser Colombia.
 
Ese día, una masa ciudadana conciente y determinada y lúcida y recia,  nos dijo que a las FARC, a su pretendido derecho de matar y de impartir el dolor a seres inocentes, había que sacarla de los opacos entretelones de la historia, detrás de los cuales ellas ocultaron siempre su verdadera naturaleza, para exponer su gran absurdidad, su gran extemporaneidad, a la luz del mundo.
 
En otras palabras, la legitimidad que buscaron las FARC durante más de 50 años con su violencia y su demagogia, fue descartada  el 4 de febrero de 2008 por quienes marcharon bajo la divisa "No más FARC".
 
Ese "No más FARC", constituyó un movimiento de independencia soberana del pueblo, un inesperado sismo político y psicológico que abrió en dos partes la tierra colombiana.
 
En esa jornada soleada y solemne, los manifestantes crearon, sin pedirle permiso a nadie, dos campos, en el terreno del espíritu. El primero, inmenso, ocupado por hombres y mujeres, jóvenes y viejos, en blanco y en todos los colores, en las veredas  y en las ciudades, en el país y fuera del país: el campo de la virtud, del derecho, de la fraternidad y de las libertades.
 
Del otro lado, esperpéntico, quedó el campo adverso, soberbio y minoritario: el de la atrocidad y la mentira.
 
Esos dos campos rivales e invisibles existían desde hacía años, pero nunca antes habían cobrado cuerpo de manera tan rotunda y física. Así, los hombres y las mujeres libres que marcharon ese día bajo esa divisa inédita, insólita para algunos, reinventaron la política.
 
Con su decisión de ocupar pacíficamente las calles y las plazas, y de levantar muy alto esa consigna "No más FARC", los colombianos se ubicaron por encima de "lo político", y realizaron, no obstante, un acto eminentemente político, negador del apoliticismo, de la indiferencia, del abstencionismo y del nihilismo.
 
"No más FARC" fue, evidentemente, un veredicto, una alta decisión de justicia impartida por la nación entera. Fue el fallo que esperaron durante tantos años las víctimas olvidadas de las FARC y de los momentos aciagos y terribles que ellas engendraron.
 
Estamos, también, ante la manifestación anticomunista más amplia de la historia de Colombia y quizás del continente americano. Nunca antes una organización comunista latinoamericana había encajado en sus entrañas un acto de repudio más masivo, explícito e internacional como el del 4 de febrero. "No más FARC" no es una frase en el aire. Es un código de conducta democrática resumida en tres palabras.
 
Esa movilización fue, desde luego, un acto sui-generis y paradójico, pues su más alto sentido político, su repudio a una acción comunista de 50 años, no fue ni es todavía visible para muchos. Las FARC, sin embargo, son una organización leninista desde su nacimiento secreto a comienzo de los años 50. Ellas no han renunciado jamás a ese programa, ni a esa etiqueta y, por el contrario, siguen insistiendo en su voluntad de impartir la muerte y el dolor en nombre de una fracasada utopía revolucionaria. 
 
En la consigna "No más FARC" había ese rechazo categórico del horror comunista, quiéranlo o no los destinatarios principales de ese mensaje.
 
Lo otro que dijeron los manifestantes del 4 de febrero es que Colombia está sola. ¿Sorprende esa interpretación? No lo creo. Colombia se sabe sola en el continente y en el mundo, aunque tiene amigos que le sonríen en las sedes diplomáticas. Pero esos mismo "amigos" no saben dónde golpear más duro a esa democracia que lucha apasionadamente por su libertad. 
 
Con la única excepción de España, Europa occidental apela a todos los subterfugios posibles para no entender del todo nuestras tesis. La fe de los colombianos en la democracia, la realidad de un largo historial de gobiernos civiles elegidos por el pueblo, de un sistema pluralista, de derecho, abierto y tolerante, incluso excesivamente tolerante, es como una historia incómoda que no debe ser tomada en serio. La Unión Europea  sigue jugando al agente neutral y, como máximo, de buenos oficios, sin querer ver que el campo de la democracia debe ser apoyado por ella francamente.
 
Estados Unidos, quien nos ha ayudado con coraje y generosidad, especialmente en estos ocho últimos años, está  en vísperas de darnos la espalda. Los altos heliotropos del partido demócrata ya lo han hecho. Ellos no sólo obstaculizan la aprobación del TLC con Colombia, del cual depende buena parte de la prosperidad futura del país, sino que utilizan como una espada de Damocles sobre Colombia las falsedades alucinantes fabricadas por los propagandistas de las FARC en Washington y en las capitales europeas, acerca del pretendido "terrorismo de Estado" (asesinato de sindicalistas por ser sindicalistas, de educadores por ser educadores, de activistas por ser activistas de los derechos humanos). Ese sartal de mentiras, que pretende eclipsar los enormes sacrificios del país y los notables avances de Colombia en materia de derechos humanos,  es asumido sin un ápice de espíritu crítico por el ala izquierdista del partido demócrata. Tal acto de cobardía y de irracionalismo es indigno de la gran nación del Norte.
 
Colombia se sabe sola ante el imperialismo chavista y sus socios en Hispanoamérica, envalentonados todos ellos ante la insolencia de la renta petrolera y la emergencia de un bloque "antiimperialista" del cual no están ausentes ni los rusos, ni los chinos, ni los iraníes.
 
¿Qué otra cosa pueden concluir los colombianos cuando escuchan decir a Barak Obama que, bajo su gobierno, los Estados Unidos le "tenderán la mano a sus enemigos"? ¿Es decir, visto desde el patio colombiano, a las FARC, a Chavez, a Castro, a los socios del "campo antimperalista", entidad semi-secreta que, sin embargo, hace y deshace en política exterior en Caracas?
 
Colombia se sabe sola, y por eso ella se moviliza a mares en Colombia y en los principales centros urbanos de los otros continentes. Hay algo de urgencia subterránea, subyacente, en esa demostración planetaria de los colombianos. Ese sentimiento de la soledad colombiana no es exteriorizado aún. Es un sentimiento difuso, que, sin embargo, recorre todos los espíritus. En las marchas, protestas y concentraciones en el extranjero había como una intención de decirle al mundo: vean el verdadero rostro de la nación colombiana.
 
Finalmente, estimo que las manifestaciones del 4 de febrero ponen sobre la mesa otro tema, el de la tensión obvia que existe en toda democracia entre la noción de tolerancia política y sus límites ante la acción subversiva. ¿Por qué la durabilidad del flagelo terrorista en Colombia? ¿Qué peso tiene en esa lamentable durabilidad el hecho de que en Colombia los violentos siempre se las arreglaron para obtener, ritualmente y sin falta, amnistías e indultos, excarcelaciones, diálogos, concesiones y otras garantías, en detrimento de la justicia? ¿Terminó ello por erigir un modelo absurdo e inmanejable de contención de la violencia gracias al cual cada gobierno se sentía obligado a "negociar" de oficio con los violentos y a entregarles "zonas desmilitarizadas" para sacar adelante unos "diálogos" que se convirtieron en un puñal traidor para la sociedad civil y para el Estado? 
 
La consigna "No más FARC" es portadora, por estas razones, de una grande esperanza para las libertades de Colombia y del continente.

 
 
Eduardo Mackenzie. Periodista, última obra publicada: Les FARC où l’échec d’un communisme de combat. Colombie 1925-2005


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