(Versión revisada de la ponencia presentada en FAES,
el 23 de marzo de 2004)
Los orígenes de una grand strategy
Las labores de reconstrucción en Afganistán e Iraq sumadas al comienzo de un año electoral configuran un tiempo poco dado a la asunción de riesgos. La Administración Bush se prepara para una difícil batalla de supervivencia. Los analistas políticos norteamericanos vaticinan un enfrentamiento igualado, que se resolverá por la mínima, como ya pasara en la anterior convocatoria. Tiempo de calma tensa que aprovechan los altos funcionarios para poner la casa en orden. Hace tres años George W. Bush todavía criticaba a su predecesor por caer en la tentación de reconstruir naciones, de involucrarse en conflictos ajenos a los intereses nacionales. Luego llegaría el 11-S, la revisión en profundidad de los fundamentos de la estrategia norteamericana y dos guerras. Toda una revolución que requerirá de una digestión lenta.
Pero estos documentos requerían de unas claves políticas para su correcta interpretación. No sólo había que saber quién era el enemigo y cuáles las líneas de acción fundamentales para combatirlo. Era necesario ir más allá y saber hasta dónde podía llegar el compromiso de Estados Unidos con la transformación y recuperación de estados y regiones. Cabía una opción “realista” de acción-reacción, atacar allí donde se esconde el enemigo; o una alternativa “neoconservadora”, en la mejor tradición del Partido Demócrata en tiempos de Truman y con el precedente de las reconstrucciones de Japón y Europa tras la II Guerra Mundial, atajar las raíces de la amenaza mediante una profunda transformación social, económica, cultural y política. La mayoría de “realistas” en el Gabinete –Cheney, Rumsfeld, Rice y Negroponte
[i]- hacía prever una doctrina de estas características, en sus variantes kissengeriana o rumsfeliana, sin embargo acabó por imponerse la segunda. Carentes de presencia en el Gabinete, sus representantes en la Administración son pocos, de alto nivel y situados en los distintos departamentos. Sin duda, el más conocido y, posiblemente, el más influyente ha sido y es Paul Wolfowitz. Su triunfo no llega como consecuencia de la conquista del poder, sino por ser capaz de dar respuesta a problemas concretos. Ante la amenaza que para Estados Unidos supone el islamismo, la victoria militar resulta ilusoria, porque no hay un campo de batalla clásico. Los neoconservadores han ido aportando los argumentos para, poco a poco, ir configurando el esbozo de nueva doctrina estratégica ante el que nos encontramos. La conversión de George W. Bush del presidente que quería concentrarse en la política interior y evitar compromisos internacionales que le pudieran costar la presidencia, como le ocurriera a su padre, en el presidente que asume que su país se encuentra en una guerra que durará décadas y que exigirá a Estados Unidos el vínculo con la reconstrucción de regiones enteras ha sido gradual y no ha podido seguir ninguna ruta previamente establecida.
En muchos sentidos la figura de George W. Bush recuerda la de Harry Truman. Ambos accedieron a la máxima magistratura en un momento de cambio histórico. La América de Truman quería superar la II Guerra Mundial y ansiaba repatriar a sus muchachos y ponerse manos a la obra en la transformación de una economía de guerra a otra de paz. La de Bush se veía inmersa en la globalización y quería ocuparse de las relaciones con los estados al sur de Río Grande y en desarrollar un sistema antimisiles que les salvaguardara de los nuevos riesgos en el Pacífico, en especial de Corea del Norte y China. Sin embargo, los planes no se hicieron realidad.
Truman tuvo que hacer frente a la emergencia de la Guerra Fría. De entonces recordamos, como hitos, el “telegrama largo” de Kennan, el artículo de X en Foreign Affairs, la “estrategia de contención”, el discurso de Truman en el Capitolio sobre la crisis griega y el Plan Marshall. Un conjunto de hechos que configuraron una nueva doctrina, una “misión” de Estados Unidos.
Bush se encontró con el 11-S mientras charlaba con un grupo de niños en una escuela del interior y tuvo que dirigir la adaptación de la estrategia nacional a un nuevo y agresivo entorno. El tiempo nos aclarará qué actos de los que nos ha tocado vivir recientemente tienen dimensión histórica. Para el tema que nos ocupa hay un conjunto de discursos que reflejan con claridad la asunción de unos nuevos principios de raíz neoconservadora. Principios que chocan con la política que siguió su padre. Brent Scowcroft, el que fuera de nuevo Consejero de Seguridad Nacional con Bush padre, Cheney o Baker eran clásicos “realistas”. El primero, directo colaborador de Henry A. Kissinger. Más aún, chocaban con los intereses de su padre y su entorno, tradicionalmente afines a la casa de Saud. Sin ánimo de ser exhaustivos, las intervenciones en el
National Endowment for Democracy, el 6 de noviembre de 2003; en
Banqueting House, el 19 de noviembre; y en la
Biblioteca del Congreso, el 4 de febrero, suponen un quiebro revolucionario en la historia de la política exterior norteamericana.
La nueva doctrina parte de unos principios, en unos casos implícitos en otros explícitos, que vienen impuestos por el nuevo entorno. A menudo hemos leído que la política exterior norteamericana ha caído en manos de la extrema derecha. En otros casos se ha afirmado, lo ha hecho el propio John Kerry, que la acción exterior se encuentra en manos de un grupo de revolucionarios. En realidad, como apuntábamos con anterioridad, lo que hay por parte de George W. Bush es una adaptación a un nuevo entorno ante el cual las viejas recetas de la Guerra Fría – contención, disuasión, destrucción mutua asegurada – resultan inútiles. No es este el lugar para tratar de nuevo de las amenazas a las que debemos hacer frente, sino de cómo responder a ellas. Bush ha asumido claramente los siguientes principios:
1. Los medios policiales y militares, apoyados por la diplomacia y la inteligencia, no son suficientes para poner fin a las nuevas amenazas. Con un gran esfuerzo, Estados Unidos puede tratar de blindar su territorio nacional, pero ni esto es posible ni los intereses en el resto del mundo pueden gozar de tanta protección
2. El origen de estas amenazas está vinculado, en unos casos, a la penosa situación en que se encuentran algunos estados y sus correspondientes sociedades, que privan a sus ciudadanos, en el caso en que este término se pueda utilizar con propiedad, de un futuro digno. Se crean así las condiciones para el radicalismo ideológico, las dictaduras, la corrupción y la inestabilidad regional. En otros casos, el más significativo es Arabia Saudí, un estado rico asume por razones ideológicas, o más bien deberíamos decir teológicas, el compromiso de difundir una forma rigurosa, radical, de interpretación del Islam. El estrecho vínculo que une desde hace siglos a la casa de Saud con el waabismo está detrás del 11-S, de la financiación de actividades terroristas y de la difusión de actitudes islamistas en el corazón de Occidente, incluido Estados Unidos. Su generosidad a la hora de financiar la construcción y mantenimiento de mezquitas o de escuelas coránicas es responsable de la expansión de interpretaciones fundamentalistas y antioccidentales.
3. Para poner fin a este caldo de cultivo es necesario acabar con los regímenes dictatoriales, islamistas o corruptos y exportar los principios de la democracia liberal. Principios que no son relativos a una civilización, como insisten los islamistas, sino de carácter universal.
4. Pero este proceso no puede hacerse de forma violenta, salvo en casos excepcionales, ni precipitada. La mera imposición de elecciones puede provocar el fin de regímenes dictatoriales, para dar paso a otros islamistas. La democracia liberal no es un acto sino una cultura política. Sus valores deben ir calando poco a poco a partir de sus propias tradiciones culturales y políticas. En un primer momento de trata de establecer estados de derecho, donde se garanticen derechos y libertades básicos, economías abiertas y reformas educativas en profundidad. Unos ciudadanos educados y con un cierto nivel de renta serán el motor fundamental para lograr una evolución definitiva hacia la democracia liberal y el fin de las alternativas radicales y antioccidentales.
El resultado es que, frente a la tradición republicana, con la excepción de la presidencia de Ronald Reagan, Bush ha incorporado a su política el compromiso de Estados Unidos con la extensión de la democracia liberal. Una idea antigua, vinculada a la figura del presidente Wilson, pero que debe matizarse para entenderse plenamente. Lo que en Wilson y en esa rama del Partido Demócrata era idealismo en Bush y en los neoconservadores es necesidad. Cualquier ciudadano de un estado democrático sabe que es mejor, más seguro y más próspero vivir en democracia que en regímenes dictatoriales. Sin embargo, eso no les lleva a promover revoluciones democráticas a lo largo y ancho del planeta. Salvo unos pocos idealistas, los ciudadanos europeos y norteamericanos han vivido durante años en la idea de que la democracia es flor de invernadero, que se da con dificultad y que hay que cuidarla con esmero. No había razón para pensar que pueblos atrasados pudieran convivir siguiendo las reglas establecidas por la filosofía liberal. Había que aceptar, por lo tanto, que una parte del planeta viviera pobre y sin libertades. Este planteamiento, por cínico que nos pueda parecer, responde a una lógica que resulta anacrónica en nuestros días. La falta de libertades, justicia, educación y trabajo en una parte del planeta se ha convertido en un grave problema para nuestra seguridad. Exportar la democracia no es para George W. Bush una opción idealista sino una necesidad.
En apariencia la situación ante la que se encuentra Bush tiene muchas coincidencias con la que tuvo que afrontar Truman. En aquel momento el miedo era a la expansión del comunismo sobre las ruinas del fascismo, aprovechando las penosas condiciones socioeconómicas de la Europa de la postguerra. La solución llegó de la mano del entonces Secretario de Estado, el general Marshall y su European Recovery Program, dirigido a acelerar el proceso de reconstrucción y dar trabajo a las masas de desempleados. Una familia con una vivienda y un padre con empleo era una candidata a apostar por la democracia. Estados Unidos puso sobre la mesa una gran cantidad de dinero y exigió un sistema de organización centralizado, lo que acabó siendo un pilar del proceso de unificación europea. De la otra parte se contaba con administraciones desarrolladas y eficaces, capaces de hacerse con los nuevos recursos y emplearlos con una cierta, aunque desigual, eficacia. En la actualidad la preocupación gira en torno al desarrollo del terrorismo, la proliferación de armas de destrucción masiva, los estados fallidos y, sobre todo, la combinación entre estos fenómenos. No es necesario poner nuevas sumas de dinero sobre la mesa, porque son muchos los recursos que la región genera y son también cuantiosos los que llegan en forma de programas de ayuda de muy distinto tipo. Pero las administraciones existentes son un penoso ejemplo de corrupción e ineficacia, son, en una gran parte de los casos, un obstáculo para la modernización de sus respectivas sociedades. El estado-nación es un hecho reciente en la historia del mundo islámico, un fenómeno impuesto por el colonialismo. La experiencia de los años vividos en independencia es la de formación de regímenes dictatoriales. En unos casos bajo formas tradicionales, como en Marruecos o Arabia, en otros siguiendo modelos progresistas, muy influidos por los totalitarismos europeos. Para utilizar adecuadamente esos recursos en la modernización social es necesario forzar la voluntad de los gobiernos, combatir la corrupción, desarrollar la educación... Los españoles tenemos el precedente de las Cortes franquistas aprobando la Ley para la Reforma Política, que dio paso al proceso de transición política. Pero es indudable que las condiciones de todo tipo son distintas. Sólo una presión constante y concertada entre Estados Unidos y Europa puede lograr vencer las resistencias de los gobiernos islámicos y de eso se trata.
Los fundamentos de la Iniciativa.
La Iniciativa del Gran Oriente Medio es mucho más que el intento de poner la casa en orden aprovechando el parón de un año electoral. Podemos señalar un conjunto de elementos que nos pueden ayudar a comprender cómo se ha llegado a su aprobación.
1. La gestión del presidente Bush en política internacional ha sido revolucionaria, en el sentido de que ha cambiado los principios y medios para afrontar crisis originadas por las denominadas nuevas amenazas. Ese proceso de cambio se ha producido, como es común en las revoluciones, de forma caótica, en la tensión entre dos escuelas de pensamiento diferentes, la realista y la neoconservadora. El triunfo, aparente o definitivo, de esta última hace necesario establecer un discurso que de sentido al conjunto de hechos ya realizados. Si durante su ejecución escuchamos argumentos distintos y percibimos comportamientos contradictorios, ahora se trataría de proporcionar un sola y coherente visión de cuáles son los objetivos en el largo plazo y los medios disponibles.
2. Rumsfeld fue el primero en comparar la Guerra contra el Terrorismo con la Guerra Fría en cuanto al tiempo que habría que emplear para lograr la victoria. Pero la reriva hacia las posiciones neoconservadoras implicó nuevas exigencias. No sólo se necesitaría mucho tiempo para vencer, además había que asumir el reto de transformar toda una región. Una política tan ambiciosa requiere de mucha consistencia, de desarrollos sectoriales claramente definidos que permitan una evaluación periódica de sus resultados. Por esta razón la Iniciativa comenzó a tomar forma en el Consejo de Seguridad Nacional, en torno a viajas figuras prominentes que ya ocuparon puestos destacados durante la Administración Reagan.
3. Una campaña tan prolongada está expuesta a los vaivenes de la política partidista, con enormes riesgos de que su ejecución sea finalmente un fiasco. Para lograr el éxito es necesario un sólido acuerdo entre las dos grandes fuerzas políticas, que sólo se puede forjar en los despachos del Capitolio. Allí es donde esta Iniciativa está siendo intensamente discutida y, poco a poco, va calando entre la clase política. El candidato demócrata a la Presidencia, el senador John Kerry, ya ha declarado estar totalmente de acuerdo con la Iniciativa. Como él, otras destacadas figuras del ámbito demócrata han respaldado esta política. El gran acuerdo con el que parte asegura su estabilidad, pero no su ejecución. El futuro de esta Iniciativa quedará marcada por la impronta de los presidentes así como por las diferentes perspectivas partidistas.
4. La Guerra de Iraq, la debilidad en la que se encontraba el gobierno socialdemócrata-verde alemán y la posición mayoritaria de la opinión pública europea permitieron al gobierno francés desarrollar una política de contrapoder frente a Estados Unidos. Los gobiernos ruso y chino se sumaron con oportunismo, siempre dispuesto a limitar la influencia hegemónica de la potencia norteamericana. Esa política ha tenido ventajas para Berlín, pero también un coste muy alto. En la actualidad vemos como trata de restaurar las antiguas privilegiadas relaciones con Washington. Otros muchos estados europeos rechazan los planes de la diplomacia francesa, convencidos de que los intereses de los europeos están mejor representados con el vínculo transatlántico que con una imposible política exterior y de defensa autónoma europea. En este contexto, la diplomacia norteamericana trata de establecer nuevos mecanismos que permitan afrontar la transformación de Oriente Medio con la colaboración de los estados europeos, aunando fuerzas, presionando conjuntamente y, sobre todo, dotando a la acción conjunta de un marco conceptual que aporte estabilidad y limite los desencuentros. Así, un nuevo reto para las relaciones entre los estados de ambas orillas del Atlántico puede convertirse en una oportunidad para refundar el histórico vínculo, que tanta estabilidad y prosperidad nos ha proporcionado.
5. Uno de los argumentos que más se han utilizado durante la crisis diplomática en torno a la Guerra de Iraq ha sido el del carácter unilateral de la política norteamericana. Las exageraciones al respecto han sido muchas, como las relativas al papel de Naciones Unidas en el sistema internacional de nuestros días. En el momento de afrontar la transformación de Oriente Medio, cuando Estados Unidos asume el reto de propagar el credo liberal por las tierras del Islam, es fundamental establecer el marco institucional en el que se va a actuar. La posición norteamericana sobre el papel de Naciones Unidas y, en especial, sobre el Consejo de Seguridad son bien conocidas. Son puntos de encuentro de estados para llegar a posiciones comunes. Su legitimidad tiene poco que ver con la democracia, pues una parte de los estados allí representados padecen regímenes autoritarios. El Consejo de Seguridad tiene, gracias a la Carta de San Francisco, el privilegio de legitimar el uso de la fuerza, pero su sistema de toma de decisión está limitado por su carácter de directorio de grandes potencias. El derecho de veto en posesión de cinco estados impide, en numerosas ocasiones, la toma de decisión en uno u otro sentido. En estos casos el Consejo ni aprueba ni condena, sencillamente se inhibe por incapacidad de lograr acuerdos. En esas circunstancias los estados tienen que optar entre no hacer o resolver. Las crisis de Kosovo o de Iraq son ejemplos de cómo un conjunto de estados ha hecho frente a problemas concretos fuera del marco del Consejo de Seguridad, sin el paraguas de legitimidad que esta institución puede otorgar. El derecho de veto se ha convertido en el principal activo diplomático de algunos países, cuyo peso específico en el concierto de las naciones es bastante más limitado que sus aspiraciones. Estados Unidos tiende a rehuir la discusión en este foro porque es consciente de que la amenaza de veto le obliga a fuertes concesiones. Queda, por lo tanto, reducida su utilidad a aquellos casos en los que es necesario el uso de la fuerza, bien en el marco de las Operaciones de Paz, bien en casos de guerra. Para una política como la Iniciativa que nos ocupa, la Administración norteamericana está considerando el uso de organismos carentes de sistema de veto pero involucrados ya en el problema que nos ocupa. En concreto son tres: el G-8, (o más propiamente G-7 más Rusia), que se ocupa primordialmente de la coordinación de las grandes políticas económicas; la Alianza Atlántica, organización de defensa colectiva, pero cada vez más implicada en la proyección de seguridad más allá de sus fronteras; y la cumbre Estados Unidos – Unión Europea, que está evolucionando desde unos meros encuentros a un sistema de cumbres organizado con el fin de acercar posiciones en los temas de interés común.
La Iniciativa para el Gran Oriente Medio es, a día de hoy, un proyecto. Su definición ha comenzado. Las ideas son promovidas desde el Consejo de Seguridad Nacional y discutidas tanto en el Capitolio como entre los aliados.
Las respuestas son variopintas ante los primeros esbozos de estrategia, pero ésta está lejos de tomar forma. La Iniciativa tiene todavía un largo camino por delante, aunque empezamos a percibir sus formas.
[i] La trayectoria política de Powell no nos permite situarle en ninguna de las escuelas.