No deje que la manipulación de la “Chica del Comeback” le engañe. A pesar del inesperado final por los pelos en New Hampshire, la campaña de Hillary Clinton sigue en barrena. Y las acusaciones en las pre-primarias de New Hampshire, conocido como el estado de granito, han dejado en una huella imborrable. Es culpa de los medios de comunicación. Es culpa del sexismo. Es culpa de la vasta conspiración derechista.
Ah, y es culpa suya por reírse a carcajadas cuando ella intenta robarle el manto del “cambio” a Barack Obama rodeándose en el estrado con enmohecidos fósiles políticos como Madeleine Albright, Wesley Clark y James Carville.
Mirar el “colapso” de Clinton antes de la votación fue menos parecido a mirar cómo se quiebra un vidrio de un golpe repentino y más parecido a mirar cómo se derrite la cera expuesta a una fuente de calor lento pero constante.
Ha tomado toda una vida de mentiras, engaños, hipocresías y de brutales maniobras para amasar poder para que las fachadas políticas de Hillary y Bill se desintegraran. Pero ahora, finalmente, los moldes vacíos de sus maniquíes se han quedado completamente a la vista.
Muchos señalarán la lacrimosa actuación de Hillary en un mitín en Portsmouth el lunes pasado como un momento decisivo. Bajando en las encuestas y enfrentándose a una derrota inminente, la otrora anti Tammy Wynette abrió el grifo y pretendió ser la dama afligida. “No es fácil y no podría hacerlo si no creyera apasionadamente que era lo correcto. Ya sabe, recibí tantas oportunidades de este país. Lo que no deseo es vernos retroceder, ¿sabe?”
La voz acerada – tristemente célebre por proferir palabrotas contra su personal, la policía estatal y agentes del Servicio Secreto a su servicio, bramando contra la administración Bush y Rush Limbaugh y remedando con fogoso acento sureño que se va convirtiendo en insípido: “¿Sabe? Esto es muy personal para mí. No es sólo político, no es sólo público. Veo lo que está sucediendo y tenemos que revertirlo”. Inserte pausas sentidas y ahogos según corresponda.
Adiós, heroína feminista. Hola, sauce llorón. Cualquier persona que crea que a Hillary espontáneamente se le llenaron los ojos de lágrimas y se emocionó en la campaña ha estado en coma durante las últimas 3 décadas.
La diarrea verbal de Bill Clinton no ayudó en nada. Él recriminó a los periodistas por poner a su pobre, pobrecita esposa en una “desventaja impresionante” (sin importar las innumerables y regias portadas de su esposa así como la cobertura de guante blanco que ha disfrutado durante todos estos años), se lamentaba de no poder convertirla en un “varón más joven y más alto, y gimoteaba porque “los más ricos tienen más derecho a la libertad de expresión que el resto de nosotros” (sin importar sus fondos electorales de 100 millones de dólares).
En un extraño momento de crítica mordaz combinada con tenue lisonja, Bill dijo a los estudiantes de Dartmouth: “En realidad traté de convencer a Hillary de que me dejara cuando estudiábamos leyes; es la verdad de las verdades. Le dije: ‘Tú tienes más talento para servir a la nación que cualquiera que haya conocido de mi generación.... Yo no debería ser un estorbo en tu camino’. Ella me miró y me dijo 'Oh, Bill, yo nunca voy a presentarme a las elecciones'.
Ya ve usted, ella le estuvo mintiendo todo el tiempo.
Algunas semanas después del 11-S, en otro momento de crisis en la vida de los Clinton, observé el sobrecogedor comportamiento de Hillary durante el discurso del presidente Bush en el Congreso. Los americanos en todo el país también se dieron cuenta de su frío comportamiento.
James Gale, de Silver Spring, Maryland, escribió en el Washington Post: “Por momentos parecía aburrida y desinteresada, aplaudiendo con desgano; en otras ocasiones se le veía hablando en pleno discurso. Pensé que su proceder era impropio de una senadora en un momento difícil”.
La profesora Kathie Larkin de Atlanta escribió en el Atlanta Journal-Constitution: Es un comportamiento que no aceptaría en mis niños de sexto curso al escuchar a un ponente y esperaba un mejor comportamiento por parte de una persona adulta de un estado desgarrado por la violencia terrorista. Hillary necesita madurar”.
Me di cuenta en ese momento que la adversidad magnifica los defectos profundos del carácter. Eso no ha cambiado. Y tampoco Hillary.
No se puede fingir principios. No se puede fingir encanto. Y no se puede fingir humildad. El maniquí Hillary lo intentó durante el debate de ABC News en New Hampshire durante el fin de semana cuando se puso en entredicho su nivel de aceptación entre la opinión pública. “Bueno, eso hiere mis sentimientos”, susurró esquivamente en un intento de falsa modestia.
Hay un problema: Los Clinton están demasiado metidos en la política del autoprivilegio como para conseguir reflejar una modestia convincente. Sentada junto al rival que le ha robado sus ideas progres y que podría hacer historia como el primer presidente negro de la nación, Hillary no pudo evitar declarar: “Soy una agente del cambio, soy la personificación del cambio. Pienso que elegir a la primera presidenta es un enorme cambio”.
Ella no puede tolerar que cualquier otro la supere en corrección política. Supestamente éste era su año. Su triunfo. Su historia de mujer.
Quizá algunas de esas cuantas lágrimas agolpándosele en sus ojos fueran verdaderas después de todo. Cuente con ver más en esta disputada pugna que continúa – una pugna que ella creyó iba a ser pan comido.
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