Los neocón están de saldo, pero el último ismo de retaguardia se llama «néoréac». Cuidado: no
confundir con los «neopros» de vanguardia. «Néoréac» serían los maestros pensadores de la nueva
Francia de Sarkozy. La gran misión «néoréac» es acabar con el desmadre de Mayo del 68, al que
algunos de sus apóstoles culpan nada menos que de acabar con el pensamiento. Lo curioso es que
buena parte de los supervivientes del 68 militan ahora entre los «néoréac», como André Glucksmann
que, en los días del desmadre, eran de los que maullaban como gatos apaleados «Mao, mao, mao...».
Los «néopros», que se inclinan por el galante encanto de Ségol_ne Royal, también dan de palos al 68 y
aplauden los llamamientos de su musa para el restablecimiento de la disciplina en la escuela. Su más
ínclito representante es Bernard Henri-Lévy, otro veterano del 68 y de la melancólica resaca animada por
los «Nouveaux Philosophes».
O sea, que todos estos viejos maestros sesentayochistas siguen haciendo lo que siempre han hecho: ir a
degüello contra sí mismos y desconcertar al honorable buen burgués. Esa generación no cambia, por
más empeño que le pongan. Dice el retroapóstol Irving Kristol que «un neocón no es más que un liberal
(léase progre en EE.UU.) que se ha topado con la realidad». Como él, que fue trotskista -que ya tiene
mérito- antes de inspirar a quienes quisieron cambiar el mundo mediante esa magna obra de ingeniería
social que es la guerra de Irak.
Neocón, néoréac, neopro... ese furor por los ismos y el «entrismo» parece una reedición de aquellas
asambleas universitarias de los setenta, tan inclinadas al marxismo-bizantinismo y al optimismo de la
fantasía -con muy escaso pesimismo de la inteligencia.
El presidente Bush, muy poco dado al pesimismo, se dejó enredar por esa barahunda de abogados del
intervencionismo y la ingeniería social. Tal vez le cegó su clásica retórica de izquierdistas peleados a
muerte con la izquierda. Menos mal que Sarkozy parece persona con los pies en la tierra. A la burguesía
francesa le divierten los ismos de París, pero nunca los tomaría al pie de la letra política.