Probablemente Osama bin Laden no cuenta con la entrega a domicilio de la revista Parade, pero más de 30 millones de americanos sí lo hacen. En la portada del número publicado el domingo pasado estaba la cara no tan sonriente de Benazir Bhutto, junto con esta cita manifestando seguridad: “Soy lo que más temen los terroristas”.
Para cuando la imagen de Bhutto y sus palabras llegaron a la mesas de Estados Unidos, lógicamente ella ya estaba muerta. La edición del 6 de enero de Parade se había imprimido antes de que Bhutto fuera asesinada el 27 de diciembre durante una parada de la campaña electoral en el norte de Pakistán.
No lejos del lugar de su asesinato, están las “áreas tribales” de Pakistán – una franja de territorio salvaje, montañoso a lo largo de la frontera con Afganistán, un área que al-Qaeda y sus aliados dominan. Se cree que bin Laden se refugia allí. Si él y otros terroristas le temían a Bhutto, obviamente han encontrado una manera eficaz de lidiar con su miedo. Parafraseando ligeramente a José Stalin, el dictador y genocida soviético: “Si no hay mujer, no hay problema”.
¿Creyó Bhutto realmente que ella era una mayor amenaza para los islamistas militantes que lo que ellos eran para ella? Quizás lo que ella se proponía indicar era que, si llegaba al poder, lideraría una ofensiva militar total contra al-Qaeda en Pakistán. Pero también es posible que ella estuviera expresando aquella ilusión demasiado común – que se entreveía en la revista Parade – de que las campañas electorales equivalen a la democracia y a un antídoto contra el terrorismo islamista.
En noviembre, Bhutto también dijo: “No creo que ningún verdadero musulmán me ataque. Creo que el islam prohíbe ataques suicidas”. Nuevamente, quizá ella sólo buscaba afirmar su interpretación de la ley coránica. Pero ella seguramente sabía que las voces ricas, poderosas e influyentes en el mundo musulmán opinan que los atentados suicidas contra infieles y apóstatas – incluyendo mujeres musulmanas que se atreven a buscar el poder político – no solamente se permiten sino que son una obligación teológica.
Pakistán es un país de historia corta, violenta y fascinante. Se constituyó en 1947, justo al acabar la Segunda Guerra Mundial, en una época en la que los británicos estaban abandonando sus posesiones coloniales. A muchos musulmanes de la India no les agradaba la perspectiva de tener estatus de minoría en una India predominantemente hindú. El remedio fue la partición: el establecimiento de una patria para los musulmanes indios en algunas de las áreas donde ya eran mayoría.
El fundador de Pakistán, Mohamed Alí Jinnah, vislumbró un estado laico que mostrara tolerancia para con hindús, sikhs, cristianos y budistas. Pero Jinnah murió sólo unos meses después del nacimiento de la nación y su visión de Pakistán murió con él. Al final, más de un millón de personas fueron asesinadas durante el intercambio masivo de población. Hoy, el 97% de Pakistán es musulmán. Por el contrario, la India tiene sólo un 80% de hindúes con una población musulmana que constituye más del 13% de su 1.100 millones de almas.
En 1956, un golpe militar dio como resultado que Pakistán se convirtiese en la “República Islámica de Pakistán”. Pero incluso así, aún no era lo que uno llamaría un estado islamista militante. Las élites del país, educadas en escuelas británicas y americanas (Bhutto estudió en Harvard y Oxford), difícilmente podrían considerarse teócratas, mucho menos aún yihadistas.
El programa nuclear de Pakistán se estableció en 1972 por obra de su padre, Zulfiqar Alí Bhutto, por aquel entonces ministro de combustible, energía y recursos naturales. Llegó a primer ministro al año siguiente, pero fue derrocado por un golpe militar en 1977. Acusado de varios crímenes, lo colgaron 2 años después.
Pero el programa nuclear continuó y en 1998, Pakistán detonó una bomba nuclear “islámica”. El historiador militar Victor Davis Hanson tildó el permitir ese suceso como “el error más grande en política exterior del último cuarto de siglo”. Coincidentemente, 1998 también fue el año en que bin Laden lanzó su infame fatwa: “La orden de matar americanos y a sus aliados – civiles y militares – es deber sagrado para cualquier musulmán”.
El artículo de Parade, escrito por Gail Sheehy – llamada por el New York Times “La periodista más terapéutica de Estados Unidos” – cita a Bhutto diciendo que sin nuevos y mejorados líderes pakistaníes, al-Qaeda podría “estar marchando en Islamabad dentro de dos a cuatro años”.
Sheey concluye diciendo que Bhutto “parece ser el ancla fuerte de Estados Unidos en la iniciativa de voltear las tornas de la marea islámica extremista que amenaza con engullirse a Pakistán”. Si es así, Estados Unidos ahora está a la deriva en un rincón del mundo con armas nucleares, por lo tanto, decisivo. Puede que al menos parte de la razón sólo sea las vanas ilusiones – la extendida creencia de que los islamistas en Pakistán, Afganistán, Irán, Siria, el Líbano, Gaza y otras partes puedan ser asustados con palabras, apaciguados con dinero y derrotados con citatorios y buenas intenciones.