(Publicado en La Razón, 15 de enero de 2008)
¿Puro ente virtual o implacable y tentacular centro del terrorismo jihadista mundial? Las opiniones que nos llegan del creciente ejército de expertos que brotó del 11-S ocupan todos los puntos intermedios entre esos dos extremos.
La existencia virtual está de sobra atestiguada. “Las Nubes” –As Sahab- su empresa mediática, no hace más que incrementar su producción de mes en mes hasta un contraproducente punto de saturación, en que vídeos, audios y textos colgados en la red empiezan a dejar de ser noticia.
Más allá de eso, todo es especulación. En sus refugios de las montañas fronterizas entre Pakistán y Afganistán se protegen de tal manera que su comunicación con el resto del mundo es cualquier cosa menos fácil y fluida. Por otro lado, en el mundo de sus correligionarios nadie hace asco a la etiqueta al Qaida y nadie protesta de que la invisible central de bin Laden y Zawahiri siga poniéndose las sangrientas medallas que otros se ganan por el mundo adelante. El pasado año, veteranos jihadistas del núcleo argelino se unieron con sus cofrades regionales del Magreb y desde entonces sus golpes no han dejado de menudear hasta a convertirse de nuevo en siniestra rutina. Su mirada, sabemos, está puesta en esta orilla del mediterráneo.
Esa fantasmal Jihad Islámica recién aparecida en el Líbano, mantuvo en jaque al ejército nacional durante tres largos meses. Tras ser vencida en el norte ha reaparecido en la frontera meridional con Israel y en Gaza, como si escasearan los terroristas por metro cuadrado en ambas zonas. Al Qaida en Irak está en contraofensiva, con dinero para recomprar a jeques suníes. Y los amigos Talibán siguen avanzando en Afganistán. A la hidra no se le agotan las cabezas.