El Primer Ministro Olmert ha anunciado que en el curso de sus reuniones con el Presidente George W. Bush, además de discutir el tema de Irán, pretende tranquilizar al presidente diciendo que Israel seguirá siendo altamente flexible y que hará todo los esfuerzos por mejorar la situación de nuestro "socio de paz", Mahmoud Abbás.
Tal mensaje sería completamente inadecuado. Ahora es el momento de que nuestro primer ministro diga la verdad al Presidente Bush. Debería alertarle de que bajo las circunstancias actuales, no es probable ningún resultado significativo de nuestras negociaciones con los palestinos, y que plantear falsas expectativas podría ser altamente contraproducente.
El Presidente Bush es un verdadero amigo de Israel. En contraste con sus predecesores, reconoció en tiempos la naturaleza perversa y falsa de Yaser Arafat, suspendió relaciones y en la práctica le marginó. También puso fin a la era de equivalencia moral durante la cual los criminales palestinos y sus víctimas israelíes eran clasificados como componentes paritarios de un ciclo de violencia sin sentido. Además, Bush respaldó el derecho de Israel a fronteras defendibles, y se convertía en el primer líder occidental en afirmar que una vez que las fronteras estén establecidas, los hechos demográficos sobre el terreno habrán de ser tenidos en cuenta -- un respaldo claro a la conservación israelí de los bloques de asentamientos importantes. Y en Annapolis, a pesar de todas sus equivalencias, el presidente reiteró inequívocamente que Israel es "un estado judío", contradiciendo abiertamente a los palestinos, que prometían no llegar nunca a ningún acuerdo con una entidad judía.
En la práctica, a menos que la Casa Blanca invierta estas políticas, la historia juzgará al Presidente Bush como el presidente más proisraelí hasta la fecha, un líder que se resistió a las presiones de muchos de sus aliados partidarios de apaciguar a los palestinos y mantuvo valerosamente un enfoque de principios hacia el estado judío.
Lamentablemente, a lo largo del último año ha habido indicaciones claras de que el Departamento de Estado ha empezado a decantar su política en contra de Israel y volver a su estrategia de apaciguamiento anterior fracasada.
Los ofensivos comentarios expresados recientemente por la Secretario de Estado Condolizza Rice comparando el sufrimiento palestino con la discriminación que sufrió ella como afroamericana de los supremacistas blancos plasma la nueva postura de confrontación. También ha venido adoptando un lenguaje que recuerda a la equivalencia moral, dando a entender que ambas partes del conflicto son igualmente culpables.
La atmósfera se tensaba aún más cuando, la víspera de la visita presidencial, Rice describía los barrios residenciales judíos de Jerusalén Este -- mencionando expresamente Har Homa - como "asentamientos". Con Olmert cediendo impulsivamente a los americanos el papel de determinar la fidelidad a la hoja de ruta, se avecina una verdadera confrontación con Estados Unidos.
En una línea similar, las brutales presiones ejercidas a lo largo del último año por Rice contra Israel han conducido por primera vez a que se cuestione su papel como árbitro honesto. Esto acompañaba a una serie de difíciles exigencias a Israel de "aliviar el sufrimiento de los palestinos" realizando concesiones unilaterales adicionales que impactaron de manera desastrosa sobre la seguridad de Israel.
El ejemplo más claro fue la insistencia de que Israel abandonase el pasillo de Filadelfia, que permite el flujo de armamento a Gaza procedente de Egipto. Pero incluso al mismo tiempo que las armas comenzaban a entrar masivamente, Rice exigía que Israel redujera controles, liberase a terroristas, y proporcionase además a las fuerzas de seguridad de la Autoridad Palestina armas que posteriormente se utilizaron contra israelíes.
Estas acciones ya han acabado formando parte del asesinato de civiles israelíes inocentes, e inevitablemente conducirán a más derramamiento de sangre.
Parte de estos cambios desastrosos podrían haberse evitado si el gobierno israelí hubiera mostrado algo de resistencia a las presiones norteamericanas iniciales. Lamentablemente, Israel se anticipó con frecuencia e incluso superó las demandas americanas.
Por ejemplo, era el Primer Ministro Olmert, no los americanos, el que prescindía de la exigencia en la hoja de ruta de que las milicias terroristas fueran disueltas antes del inicio de las negociaciones de estatus final. Era Israel el que solicitaba que el Congreso aliviase las condiciones que pretendía imponer en relación a la ayuda financiera a la Autoridad Palestina.
El apoyo de la opinión pública a Israel puede encontrarse en un máximo histórico en Estados Unidos, pero no es realista esperar que una administración norteamericana sea más partidaria de los requisitos de Israel en materia de seguridad que su propio gobierno.
Si fuera cualquiera menos Ehud Olmert, sería de esperar que el primer ministro de Israel instase al Presidente Bush a cumplir los principios fundamentales relativos a combatir el terror y el fundamentalismo islámico que a lo largo de los años ha venido promoviendo. En lugar de ceder ante socios de paz de fachada y sucumbir automáticamente a toda exigencia norteamericana, nuestro primer ministro debería haber apelado al presidente para frustrar las iniciativas del Departamento de Estado diseñadas para convertir a Israel en un cordero de sacrificio con el fin de compensar "la imagen general".
Al Presidente Bush se le debería recordar que la presencia israelí en Judea y Samaria no es el resultado de ninguna invasión israelí, sino la respuesta a la invasión árabe diseñada para borrar del mapa a Israel. Incluso de esta manera, la mayoría de los israelíes es partidaria hoy de la creación de un estado palestino; pero ciertamente no de la creación de una expansión del Hamastán.
Nuestro primer ministro debe ciertamente instar al Presidente Bush a exigir que los palestinos afronten la realidad. En las últimas semanas, 3 jóvenes israelíes han sido brutalmente asesinados por miembros de la milicia Fatah bajo el mando de Abbás.
Ciertamente el Presidente Bush entiende que si bajo las actuales circunstancias Israel sigue realizando concesiones unilaterales, se está trasladando a los palestinos todos los mensajes equivocados. Si va a haber ningún proceso serio, el Presidente Bush tiene que exigir a Abbás que sustituya sus falsas palabras por acciones y desmantele de una vez las milicias terroristas bajo su jurisdicción.
También se debe recordar al presidente que la perversa incitación contra Israel no ha disminuido en ninguna de las instancias de la sociedad de los palestinos. Y que es inconsciente exigir que Israel colabore en la creación de un estado bajo cuya jurisdicción los shahids (terroristas suicida) siguen contando con todas las bendiciones y sus familias compensadas con pensiones públicas. Por no mencionar un sistema de educación que insta a los niños palestinos a aceptar que el martirio es un noble sacrificio mientras maten judíos.
Por encima de todo, nuestro primer ministro debe ser inflexible ante el Presidente Bush, que antes de que Israel considere más concesiones en el marco de un acuerdo de estatus final, los palestinos tienen que reconciliarse con Israel como estado judío.
Habiendo proclamado recientemente que no iba a renunciar a este asunto, es ciertamente indignante que el Primer Ministro Olmert proclame ahora públicamente que está satisfecho porque "él piensa" que Abbás "acepta la existencia de Israel en el fondo". Mientras los palestinos insisten con su presunto derecho árabe de retorno, están proclamando realmente que nunca se van a reconciliar para coexistir con la soberanía judía. Esa sigue siendo la fuente de conflicto.
El Presidente Bush tiene ahora que salir a la palestra. Debería manifestar que no es ninguna figura decorativa diciendo públicamente la verdad a Abbás, insistiendo en que si sigue siendo o bien reticente o incapaz de tomar medidas para poner límite al terrorismo y la incitación, ya no puede ser calificado de socio de paz.
Finalmente, se debe recordar al Presidente Bush sus repetidas declaraciones advirtiendo de que el apaciguamiento del jihadismo solamente ha servido en cada uno de los casos para reforzar a los terroristas en todas partes. El apaciguamiento no solamente contradice la propia agenda del Presidente y amenaza con destruir su herencia, también simboliza la violación de todo lo que representa nuestra civilización.