La situación de España en el mundo a comienzos de 2008 no puede ser más penosa si se compara con lo que podría haber llegado a ser en estos cuatro años de haberse continuado con las líneas maestras sentadas por los gobiernos de José María Aznar.
Es verdad que el proceso de normalización exterior de España arranca tras dejar atrás la dictadura de Franco, con la transición y los primeros gobiernos democráticos. Tras dos siglos de profunda introspección, parecía que España volvía a abrirse a las principales corrientes internacionales.
También es verdad que bajo la etapa del PSOE de Felipe González en el Gobierno la presencia de España en las instituciones multinacionales creció en cantidad y calidad, aunque no siempre de manera armónica, como fue el caso de la OTAN, donde se optó por un modelo peculiar y poco ventajoso para nuestros intereses nacionales aunque sí para aliviar los traumas psicológicos de la izquierda nacional, o consecuente con el peso que nuestro país estaba ya ganando.
El verdadero salto delante de España vendrá de la mano del presidente Aznar en sus ocho años de gobierno. Por varias razones. La primera, y para mi más importante, su ambición por conseguir que España, como él mismo no se cansó de repetir, llegase a ser una de las más importantes democracias del mundo.
Esta visión, que dominó los dos mandatos desde 1996 a 2004, significaba en primer lugar poner fin a la imagen que los gobiernos socialistas habían forjado de España como un país ni pequeño ni grande, ni activo ni pasivo, ni solidario ni irresponsable. Como nos definían entonces nuestros propios diplomáticos, España era un perro verde. Lo malo de esa excepcionalidad es que se contentaba con que nuestra nación ocupase un papel secundario en la escena internacional. En la UE siempre hablábamos en quinto lugar, tras los cuatro grandes y nuestras grandes líneas de actuación muchas veces no eran sino puro alineamiento (o seguidismo) de las posiciones de Paris.
Aznar será el primer presidente español que se plantee seriamente escapar del papel de segundones complacientes e intentará colocar a España entre los grandes. Entre los miembros de la UE, en las relaciones transatlánticas, en Iberoamérica y en el Mediterráneo y Norte de África. Es más, será el primer dirigente que lo intentará desde otra convicción muy fuerte: que para ser señor en el mundo hay que serlo primero en casa. Así, el énfasis inicial en la prosperidad y en las oportunidades no sólo condujo a un crecimiento nacional espectacular, sino a una apertura sin precedentes. El bienestar de los españoles, el dinamismo económico, la presencial en el mercado global, no eran sino las bases sólidas para un proyecto nacional de mayor calado: esa España octava potencia mundial que también quería ser alguien en la política internacional.
Seriedad en lo interno, credibilidad en el exterior, solidaridad con nuestros aliados y, también, compromiso hacia los valores e instituciones democráticas y la seguridad en el mundo. Aznar trajo para España prosperidad, pero también responsabilidad. El auge de las misiones de paz, la plena integración en la Alianza Atlántica, la cooperación en la lucha contra el terrorismo sólo pueden entenderse desde esta doble aproximación. Era la economía, pero también la política.
De no haber sido por los dramáticos atentados del 11 de marzo, hasta la foto de las Azores contaría hoy en el haber de nuestra patria. Como en su día dijo Durao Barroso, entre el país más importante del mundo y la democracia más antigua, hospedados por nuestro más próximo vecino.
De hecho, de no haber ganado el PSOE las traumáticas elecciones del 14 de marzo de 2004, se supone que España habría evitado convertirse casi en un estado paria, como lo es hoy, nuestros dirigentes habrían querido y sabido defender los intereses nacionales y, en consecuencia, no sólo estaríamos donde debemos estar, sino que seguiríamos siendo respetados por unos y otros. Cosa que hoy no sucede.
Cómo dilapidar una herencia en cuatro meses
España en marzo de 2004 era un pálido reflejo de lo que podía llegar a ser aún. José María Aznar la había dejado en la senda de afianzarse como potencia europea, de decidida vocación atlántica y con presencia global. España no sólo había crecido y necesitaba urgentemente un nuevo traje, sino que tenía el suelo de que la nueva ropa fuera de calidad. Ese sueño le echaría abajo rápidamente la gestión del nuevo gobierno socialista de Rodríguez Zapatero.
Puede que el actual presidente de gobierno llegara a su cargo de manera accidental, como sentenció en su día el Wall Street Journal y que, por lo tanto, no se encontrara lo suficientemente preparado para su nueva responsabilidad. Pero lo cierto es que su visión de España en el mundo ya la debía traer puesta y sus líneas de actuación exterior quedaron rápidamente fijadas. Y desde el verano de 2004, lamentablemente, no se han alterado en lo sustancial.
Primera obsesión zapateril: romper relaciones con la América de George W. Bush. No todo se reducía a la cuestión de Irak. De hecho, para los nuevos socialistas españolas Irak no era sino la mejor expresión de todos los males que representaba Bush, un sureño, creyente, adalid de exportar la libertad, y dispuesto a usar la fuerza cuando fuese necesario.
Bien por desconocimiento, bien por mala fe, Rodríguez Zapatero querrá ver en los demócratas norteamericanos su tabla de salvación. España no puede enfrentarse a los Estados Unidos y no sufrir por ello, pero si su discurso apuntaba sólo a la administración republicana de Bush, podría limitar los daños. De ahí su apuesta pública por el contrincante de George W. Bush, el senador Kerry. Pero su apuesta se reveló como algo muy arriesgado. De ahí que cuando Bush barrió en las urnas en noviembre de 2004, el actual gobierno español se encontró frente al abismo hasta donde él mismo había caminado voluntariamente.
En lugar de humillar a Bush, Rodríguez Zapatero sólo logró que España fuera humillada. Desde la reelección del presidente americano, España ha sido para América, lo que la España de Franco fue en los 50 y 60. Un aliado kleenex, con el que se cuenta si viene bien, pero al que se ignora en todo lo demás. Los gestos, desencuentros y hazmerreíres varios son de sobra conocidos como para tener que pasar por el bochorno de recordarlos otra vez, desde la gran cumbre Bush-Zapatero en Estambul, de 7 minutos 30 segundos, incluida traducción consecutiva, al desmentido americano sobre un supuesto encargo a Moratinos para que mediara ante Siria, la visita a lo Mr. Marshall de la secretaria Rice, o los más recientes tres votos de apoyo para la candidatura a la presidencia del comité militar del general español Félix Sanz.
Segunda gran obsesión de Rodríguez Zapatero: ser alguien entre los americanos de Europa. Cuando el presidente socialista hablaba de volver al corazón de Europa en realidad pensaba en convertirse en un apéndice del eje franco-alemán o, más exactamente, del eje Chirac-Schröder. En parte porque compartía la continentalidad de esos dos países, pero sobre todo porque bajo esos dos líderes, Francia y Alemania se habían convertido en la referencia mundial del antihegemonismo norteamericano. Rodríguez Zapatero concebía a Europa como una construcción levantada frente a América, como contrapeso y como factor de limitación de la libertad de acción internacional de América. Pero esa no es la Europa que quieren los europeos.
Cuatro años más tarde su visión se ha evaporado. La Alemania de Merkel es claramente pro-americana en lo sustantivo; y Sarkozy acaba de anunciar su amor por América a bombo y platillo durante su triunfal visita a Washington. Italia no ha roto con la administración de Bush; y Gordon Brown en Londres ni se plantea dañar la histórica relación especial con el otro lado del Atlántico. En ese sentido, la España neo-socialista se ha quedado sola. Lo paradójico es que intentar paliar este aislamiento, el gobierno de Rodríguez Zapatero se ha visto forzado a aceptar cosas tan poco naturales para su gusto como sostener e incrementar ligeramente la presencia de nuestras tropas en Afganistán; enviar soldados al Líbano, aceptar el escudo antimisiles en la OTAN, o renunciar a sacar al contingente español de Kosovo aunque esta provincia declare unilateralmente su independencia.
En el propio seno de la Unión Europea, máxima expresión de la nueva Europa para los actuales dirigentes españoles, este gobierno no ha tenido muchos logros. Más bien todo lo contrario. Por un lado está el asunto de los fondos, a los que Rodríguez Zapatero renunció gratuitamente con una frase para la Historia: es divertido ver cómo se pegan entre ellos por sus intereses, refiriéndose a las reuniones en la cumbre del Consejo de la UE; por otro, todo el tema de la Constitución Europea. Aquí donde el gobierno dijo digo, acabó diciendo Diego. Tras el fracaso del texto en Francia y Holanda y la angustia por salir adelante, Moratinos ideó la posición española de Constitución Plus. Más texto, no menos, fue el slogan. Incluso diseñó una minicumbre paralela para crear un club de amigos de esta idea. Minicumbre a la que sólo arrastró a funcionarios de segundo nivel, dicho sea de paso, y con la que sen enfrentó a la presidencia alemana de la UE. A los pocos meses, un a vez forjado un consenso entre Berlín y París sobre el tratado Light, Madrid abandonará sus sueños de un texto plus, a sus amigos de la constitución, para aceptar la nueva versión, precisamente la que más perjudica los intereses españoles, ya que nos saca del grupo de cabeza de la UE para colocarnos en un plano de inferioridad.
En fin, Nicolás Sarkozy, con su empuje natural, diseñará una amplia alternativa para la cuenca del Mediterráneo sin contar con España, o se paseará por Marruecos y Argelia consiguiendo todo aquello que España no ha logrado en estos años, donde ha disminuido sustancialmente su peso e influencia.
Efectivamente, Rodríguez Zapatero llegó al poder para decir sobre la cuestión del Sáhara, “esto lo resuelvo yo en seis meses”. Pero el tiempo ha pasado y a pesar del giro radical de la política española y socialista hacia la zona, y a pesar de los continuos guiños y concesiones al rey de Marruecos, ni el Sáhara está resuelto, ni las relaciones bilaterales han mejorado. De hecho, mientras escribo estas palabras, el embajador marroquí en Madrid sigue ausente, al haber sido llamado a consultas tras la mala gestión por parte de Exteriores de las visita de sus majestades los reyes a Ceuta y Melilla. Para la diplomacia los gestos son tan importantes como las palabras y no tener al embajador de Marruecos en España, se diga lo que se diga, no es un buen síntoma para esas estrechas relaciones que este gobierno ha querido forjar con Rabat.
En Iberoamérica el despropósito no ha podido ser mayor. Primero se intenta formar parte de un amplio frente antiamericano, para lo cual se alimentan todos los populismos e indigenismos imaginables, como en Bolivia y la Venezuela de Chavez; segundo se desafía al coloso americano en su patrio trasero con medidas como la venta de sistemas de armas, algunos que necesitaban de licencia norteamericana, al régimen del dictador de Caracas; tercero, se abandona a nuestras empresas inversoras en la región, a las que se pide que se dejen avasallar por los nuevos dirigentes, que se mueven entre el socialismo más arcaico y el rencor histórico.
Al final lo que se ha conseguido es que España rompa con sus aliados tradicionales, abandone la agenda de libertad puesta en marcha por Felipe González y llevada a su máximo por Aznar y caiga prisionera de los caprichos de los nuevos caudillos del petrodólar. Como se vio en la cumbre de Chile, el antiamericanismo se ha mutado en antiespañolismo, precisamente de la mano de esos a quien el actual gobierno español no ha hecho sino tender una y otra vez su mano. Cuatro años después de llegar al poder, Rodríguez Zapatero no cuenta con amigos de verdad en Iberoamérica. Ni bueno, ni malos. Y no porque no haya puesto todo su empeño en lograrlo. La política hacia Cuba ha sido tan escandalosa que, al final, a lo que aspiraba, a que la UE aceptara a los Castro como algo normal, se le ha escapado a Zapatero de las manos gracias a la estatura moral de naciones como el reino Unido, Holanda o la República Checa.
La niña bonita de la acción exterior de este presidente, su llamada Alianza de Civilizaciones, no ha dejado de ser otro fiasco que poco o nada de bien ha reportado a España, quien encima la está pagando con facturas millonarias a la ONU. Todo el protagonismo que Moratinos se atribuía a si mismo en Oriente Medio ha quedado en evidencia en su incapacidad para llevar adelante iniciativa alguna para la zona. Es más, ha resultado patético el mendigar ante Washington para que España fuese también invitada a la reciente cumbre de Anápolis. Muy lejos quedó el orgullo felipista de la Cumbre de Madrid de comienzos de los 90. Si el tándem Zapatero-Moratinos soñó alguna vez con servir de interlocutor privilegiado ante el mundo árabe, los árabes le han dado la espalda una vez más. No precisan ni de la Moncloa ni de Santa Cruz para tratar el tema palestino, ni para acercarse a los Estados Unidos o a la UE. España simplemente no cuenta.
En fin, no hay región del mundo donde España hoy, tras cuatro años de gobierno de Rodríguez Zapatero, esté mejor situada que a comienzos de 2004, antes de su llegada-destrozo al poder. Y no hay nada que permita pensar que si continuara al frente del gobierno otros cuatro años, la imagen, el peso y el papel de nuestra nación mejorarían en alguna parte.
Los despropósitos del socialismo del Siglo XXI
En política internacional un país cuenta si es fuerte y si se muestra firme ante los diversos avatares del mundo. Aunque sea en su calco en negativo, la acción exterior del gobierno de Rodríguez Zapatero guarda una gran coherencia con sus políticas domésticas. Persiguiendo su sueño de una nación fuerte a través de la diversidad y la descentralización extrema, lo que ha conseguido, en realidad, es que España, como nación, sea más débil y así sea percibida por el resto del mundo. Para incomprensión del presidente del socialismo postmoderno del siglo XXI, su concepción de lo que deben constituir unas relaciones internacionales armónicas no siempre ha sido bien recibida por sus supuestos amigos. Tal fue el caso del presidente francés, Jacques Chirac, cuando se negó a sentarse con los presidentes autonómicos que habían sido invitados a sumarse a la delegación española en la primera cumbre bilateral entre España y Francia tras la victoria del PSOE.
Su continua actitud de apaciguamiento a través de más y más concesiones, como se ha visto con su aproximación al problema de ETA, tuvo su traducción también en la vertiente internacional en lo que un diplomático sagaz británico llamó “la política de la rendición preventiva”. Esto es, no poner líneas rojas en las negociaciones y estar dispuesto de inmediato a aceptar lo que pida la otra parte. El ejemplo de Gibraltar, la aceptación de un foro tripartito y el abandono de cualquier intento de recuperación de ese territorio ocupado, es paradigmático. Ceder todo sin nada a cambio. Más allá de una bonita foto con las contrapartes.
El gusto por las minorías y hacer de éstas la norma social tampoco encontró gran eco entre nuestros socios y aliados. La obsesión de la izquierda por el tema palestino, por ejemplo, hizo que diera la vuelta al mundo aquella foto de un Rodríguez Zapatero ataviado con la kefiya, o pañoleta palestina. Justo en un momento donde la seguridad de Israel estaba en juego mientras libraba una guerra en el Líbano contra Hizbolá y sufría constantes ataques sobre su suelo desde la franja de Gaza controlada por Hamas. Con su política crítica de Israel, sin más criterio que ese romanticismo de estar junto a la resistencia, poco importa que ésta la formen terroristas, le ha valido a presidente español el ser el único gobernante occidental alabado públicamente por los líderes de Hizbolá.
El antimilitarismo genético ha ocasionado situaciones dolorosas, como la despreocupación sobre la seguridad de nuestras tropas desplegadas en misiones de paz, pero en entornos hostiles. Despreocupación que ha llevado a enviar a nuestros soldados a misiones de mayor riesgo con la misma preparación y material que las de riesgo mínimo. Esta disparidad ha estado en la base de los muertos que España ha sufrido en el Líbano y en Afganistán y, además, está causando que nuestras tropas reduzcan sus cometidos para evitar exponerse, hasta el punto de estar enclaustradas en su guarnición prácticamente todo el tiempo. Qué mejor prueba del abandono por parte de los responsables gubernamentales que la necesidad ahora de adquirir vehículos blindados antiminas, de manera extraordinaria y acelerada, en un intento de poner un parche a una pésima planificación de nuestra defensa.
El cheguevarismo de la izquierda postmoderna también ha causado sus estragos en los intereses españoles en Iberoamérica, sobre todo a los comerciales. El gobierno por llevarse bien con los nuevos déspotas iberoamericanos, ha optado por la indefensión de nuestras empresas que, sin el respaldo del gobierno de la nación, han quedado a merced de los caprichos nacionalizadotes de bolivianos, o de las constantes amenazas del petrodictador de Venezuela. Que haya tenido que ser el rey quien intentara modificar este peligroso juego, enfrentándose públicamente a Chávez, dice mucho del gobierno socialista.
Es posible que Rodríguez Zapatero aspirara a liderar la nueva izquierda europea y que la rapidez de su giro internacional -el gobierno ABBA como le ha definido un prestigioso historiados hispano-británico, por aquello de Anything but Bush, Blair and Aznar- estuviese encaminada a afianzar ese supuesto liderazgo. Al fin y al cabo la envejecida izquierda europea buscaba joven líder supuestamente preparado. José Luis Rodríguez Zapatero ha debido defraudarles también. Su proyecto se ha desecho cual azucarillo en vaso de agua. España, que no es una molestia para los Estados Unidos, que es la gran ignorada por Londres, París y Berlín, que ha perdido voz y voto en la UE, que es despreciada por sus supuestos amigos en Iberoamérica, que no dejan de insultarnos, y que es marginada por nuestros vecinos del sur, no puede ser el líder de nada, si acaso del hazmerreír internacional. Nadie puede tener una posición fuerte en el mundo siendo débil en casa.
Y nadie puede ser tomado en serio allende nuestras fronteras si él no se toma primero en serio su trabajo internacional. Y Rodríguez Zapatero se achantó ante el mundo en cuanto vio que su imposible guión se torcía. En estos cuatro años ha sido el gobernante menos viajado y que menos encuentros bilaterales ha mantenido de toda nuestra historia reciente. Aunque en Moncloa han intentado llenar el pavoroso vacío de su agenda internacional, ésta es como el agua, insípida, insabora e incolora.
Rodríguez Zapatero ha hecho carne aquel sarcasmo de un embajador español quien decía allá por los últimos 80 que la política exterior de España consistía en tres principios: España siempre formaba parte de un eje; España siempre mediaba en algo; y España siempre acaba bajándose los pantalones. Lástima que el eje de Zapatero sea el de los Castro, Chavez y Evos; y que no tengamos ningún papel ni sitio en el que mediar.
Cómo recuperar a España en el mundo
No hay nada que esperar del nuevo socialismo de Rodríguez Zapatero. Es un desastre y resultaría ingenuo aspirar a alcanzar algún pacto con este PSOE radical y extravagante. Cualquier consenso sería tan de mínimos que carecería de significado. Otra cosa es si queda algún resquicio dentro del PSOE de lo que ha sido siempre el socialismo español, una fuerza pragmática, encauzada dentro de las grandes corrientes internacionales y no en los márgenes ultras del actual gobierno.
El problema es que España, para poder defender sus intereses, necesita ser fuerte. Y eso requiere de firmeza interior para poder proyectar seriedad exterior. Para empezar España debería intentar recuperar las coordenadas normales de toda democracia liberal firmemente anclada en eso que se llama Occidente. Eso pasa por recuperar el tono vital bueno con Washington, quienquiera que esté en la Casa Blanca y un lugar entre los cuatro grandes de Europa. Nuestra voz debe ser oída y tenida en cuenta.
España debe dejarse de veleidades románticas en Iberoamérica y apoyar claramente una agenda de libertad para la región. Al igual que debe promover los valores universales de libertad y respeto a las personas en todo el mundo, con especial énfasis en el mundo árabe.
No va a ser fácil. En parte porque Rodríguez Zapatero ha generado un Estado anoréxico que no tiene ya el músculo para lidiar con los grandes retos del mundo, de la globalización a la seguridad internacional. La transformación radical de los servicios de inteligencia y de nuestras fuerzas armadas son conditio sine qua non España no podrá operar en el entorno que queda de Siglo XXI.
Pero es que, además, a la credibilidad internacional le sucede lo que a los jarrones chinos. Que cuando se rompen se pueden pegar, pero ya no valen lo mismo. La imagen de España la ha roto Rodríguez Zapatero y aunque lográramos remendarla, habrá que dar nuevas pruebas de compromiso, solidaridad y actuación e positivo antes de recobrar la credibilidad de antes de marzo de 2004.
En última instancia, España necesita un nuevo contrato social, no un simple consenso entre partidos, para poder afrontar con éxito los retos que nos aguardan mañana y el día después. Es imprescindible que los españoles sepan lo que conlleva ser un gran país, próspero pero responsable. Y también es urgente que entiendan que no vivimos en un mundo de fantasía, como quiere hacernos creer falsamente Rodríguez Zapatero. Al fin y al cabo Aunque Bin Laden no nos ponga en sus títulos, Al Qaeda nos ha mencionado desde marzo de 2004 trece veces, amenazándonos en todas ellas.
La España necesaria no puede venir de la mano del actual presidente porque él ha apostado por todo lo contrario. Si sus equivocaciones con ETA se han empezado a pagar trágicamente estos días, sus errores estratégicos e internacionales ya los llevamos pagando varios años. Rodríguez Zapatero es una pesada hipoteca para España. Y yo no quiero tener que pagarla más.