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A Israel le toca carbón. Es la temporada para sacar esas historias que culpan primero a Israel
Colaboraciones nº 2127   |  11 de Enero de 2008
 

(Publicado en Townhall.com, 28 de diciembre de 2007)

En esta temporada tan festiva, hay usanzas periodísticas que uno acaba por esperar: historias lamentando el comercialismo de la Navidad; historias que resumen los 12 meses que han pasado y que predicen la dirección del Año Nuevo; e historias que culpan a los israelíes por los problemas que afligen a Tierra Santa.
 
Reuters, la BBC, McClatchy, ABC News –en los últimos días, todos han escrito artículos en esta última categoría. Pero el que más me preocupó, apareció el Wall Street Journal – mi periódico nacional preferido – el 24 de diciembre. Lo escribía Ken Woodward, escritor de temas religiosos cuyo trabajo he valorado desde hace mucho tiempo. Pero en este caso, su tema no era religión sino asuntos exteriores y lo que dio como resultado fue el típico dogma antiisraelí.
 
Su editorial llevaba por título “La difícil situación de Belén: Por qué los cristianos no pueden visitar los lugares sagrados en Jerusalén”. La primera cosa que señalaba era que, según funcionarios palestinos de turismo, 450.000 extranjeros habrán visitado Belén antes de fin de este año - un aumento del 50% comparado con los 295.00 que fueron el año pasado. Cada habitación hotelera estaba ocupada. Entre los turistas visitando en Navidad había 7.000 árabes cristianos israelíes. Fadel Badarin, jefe de la policía palestina de turismo, declaró que en 2007 “la situación del turismo en Belén era estupenda”.
 
El punto bajo para el turismo a Belén llegó en 2002. El entonces líder palestino Yasser Arafat había rechazado las ofertas de paz fraguadas por el presidente Clinton durante sus últimos días en el cargo. Arafat procedió a lanzar una oleada de ataques suicidas contra Israel, un asalto terrorista conocido como la intifada al-Aqsa. En un determinado momento de ese conflicto, los terroristas palestinos ocuparon la Iglesia de la Natividad en Belén y utilizaron a los cristianos en el interior – incluyendo a monjas y sacerdotes – como escudos humanos.
 
Y con todo eso, Woodward arguye que Israel “no puede culpar a la intifada de las espantosas circunstancias de los cristianos” porque los “musulmanes están sufriendo tanto como la pequeñísima minoría cristiana”. ¿Woodward cree realmente que los islamistas militantes tienen piedad de los musulmanes de a pie y evitan su sufrimiento? ¿No sabe él que la mayoría de víctimas del terrorismo islamista – en Argelia, Irak, Irán, Turquía y otros lugares – han sido musulmanes moderados?
 
Woodward también parece no estar consciente del grado en el que la población cristiana de Belén ha disminuido desde 1995 – el año que la Autoridad Palestina de Arafat asumió el control de Cisjordania y Gaza como parte de los Acuerdos de Oslo. Arafat despidió rápidamente a los políticos cristianos de la ciudad y los sustituyó por sus compinches.
 
Woodward concede que “Israel, por supuesto, debe encargarse de su seguridad”, pero no obstante, ataca a Israel por hacerlo. Él señala específicamente la barrera de seguridad que separa la aldea cristiana de Beit Jala de la vecina Gilo en Jerusalén. Woodward no menciona que francotiradores palestinos habían utilizado lugares en Beit Jala para disparar contra hombres, mujeres y niños israelíes en Gilo. En mi primer viaje a Israel, en 2002, visité Gilo. Efectivamente, los residentes habían levantado un muro de concreto para detener las balas. En él, habían pintado un mural de Beit Jala – para recordar que el vecino se había convertido en demasiado peligroso para considerarlo así. 
 
Los israelíes que conocí en Gilo no abrigaban ningún resentimiento contra los cristianos de Beit Jala. Sabían quiénes eran los que disparaban – y quiénes no. También sabían que los militantes amenazaban y en algunos casos golpeaban a los que se atrevían a objetar la presencia de los francotiradores en sus calles, tiendas y hogares.
 
Esto lleva al asunto mayor que Woodward descuida: el papel del extremismo y la violencia islamista como causa del éxodo de cristianos de Belén – y del Líbano, Irak, Irán, Siria, Sudán y otros países de Oriente Próximo.
 
En este momento, los cristianos están huyendo lo más rápidamente posible de Gaza. Poco después de la toma de posesión de Hamás, asesinaron al activista cristiano Rami Ayyad, de 32 años de edad – tiroteado y apuñalado por militantes que le habían exigido que se convirtiese. Eso fue todo un mensaje. Como el International Herald Tribune informó recientemente, este año los cristianos en Gaza están demasiado asustados para exhibir sus árboles de Navidad y “familias enteras” se están yendo, según el padre Manuel Masallem, jefe de la Iglesia católica romana en Gaza.
 
Sobre todas estas cosas, Woodward no dice ni pío. Tampoco parece estar enterado de que, según el Centro Jerusalén para Asuntos Públicos, la comunidad cristiana de Israel ha crecido un 270% desde la fundación del estado de Israel en 1948.
 
Woodward admite que hace 7 años que no visita Belén. No obstante, para la clase de artículo que ha escrito, no es necesario informar desde el terreno, ni siquiera hace falta consultar los datos reales. Lo único que se necesita es ir al desván, sacar unas cuantas viejas alegaciones y hacerles propaganda.


 

 
 
Clifford D. May, antiguo corresponsal extranjero del New York Times, es el presidente de la Fundación por la Defensa de las Democracias. También preside el Subcomité del Committee on the Present Danger.
 
 
 
 
©2008 Scripps Howard News Service
©2008 Traducido por Miryam Lindberg
 


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