Los Reyes de Oriente eran unos idealistas. Buscaban al Rey de reyes, la promesa de una vida mejor y la esperanza eterna. George W. Bush, dos mil y pico años más tarde, está siguiendo sus pasos en la misma región del mundo. Primera parada, Israel y la mitad de los territorios palestinos. Su visión, dos estados que convivan en paz. Su apuesta, que las actuales autoridades palestinas sean capaces de transformar la mentalidad imperante entre los suyos, que se mueve entre el odio a Israel y el victimismo. El reto, que eso se haga realidad sin mermar la seguridad de Israel, sometida día sí y otro también a los ataques con cohetes desde Gaza y a los intentos de atentados desde Cisjordania.
Segunda etapa, los estados más occidentales del Golfo. América ha logrado en estos años que sus dirigentes comprendan lo que significa la amenaza del terrorismo yihadista y cooperen para ponerle fin, pero ahora le toca a Bush darles garantías frente a un Irán que se ha crecido en los últimos meses. No es casualidad que tras la publicación por su comunidad de inteligencia del informe sobre Irán en el que se decía que los ayatolás habían renunciado al programa de armamento nuclear en 2003, Arabia Saudí y Egipto hayan corrido a congraciarse con Ahmadineyad. Bush tiene que conseguir tranquilizarles e intentar recomponer un frente regional que salve las sanciones contra Irán y frene las ambiciones de Teherán en el terreno atómico.
Los cínicos dirán que Bush busca una foto de oportunidad antes de marcharse de la Casa Blanca. Otros, dejar huella en la Historia promoviendo lo que nadie antes ha conseguido. Se equivocan. Bush es un idealista y ambiciona mucho más. Desde hace años viene promoviendo una profunda transformación de todo el Oriente Medio. Su creencia: o propagamos la libertad en la zona, o la violencia será lo que se expanda. En nuestra contra. Ésa es la doctrina Bush, oscurecida por la ambigüedad de algunos colaboradores. Sigue siendo válida y viaja para recordárnoslo.