(Publicado en Expansión, 10 de enero de 2008)
Hace unos días, en Washington, un amigo me preguntó qué candidato a la Casa Blanca sería el preferido de los europeos. Para mí, la respuesta es bien sencilla: primero Obama, porque es negro; segundo Hillary, por ser mujer y tener un marido sonriente; tercero, cualquier otro demócrata; y, finalmente, si hubiera que optar por un republicano, seguramente Giuliani. Porque es el más conocido y porque Nueva York es lo que tienden a salvar los europeos que se adentran en América. En cualquier caso, la clave es ante todo un presidente demócrata, porque para los europeos los demócratas son percibidos, verdad o no, como más dialogantes, más inclinados al multilateralismo y menos proclives a pasar de la Vieja Europa. Con los republicanos, por contra, se ha conectado peor al oscilar éstos entre el aislacionismo y el unilateralismo. En cualquier caso, si tuviera que ser un presidente republicano –y tal como van las primarias, más vale que nos hagamos a esa posibilidad-, que sea lo contrario de George W. Bush.
Pero, en realidad, los europeos nos hacemos trampa cuando pensamos que todo se puede reducir a una cuestión de personalidad. Si Bush hijo, es como es hoy, se debe al 11-S y a los riesgos y amenazas que percibe para su país, sus ciudadanos y sus intereses. Y la mejor prueba es que el Bush post 11-S poco tiene que ver con el Bush previo a esa fecha dramática y revolucionaria a la vez. Y precisamente por eso, porque fue el nuevo contexto estratégico lo que forzó la respuesta de la Casa Blanca, el próximo presidente, sea quien sea y venga del partido que venga, deberá encarar los mismos riesgos y enfrentarse a los mismos retos. Bin Laden y el jihadismo global no se van a detener porque sea Barack Obama o Hillary Clinton quien duerma en el 1600 de la Avenida Pensilvania. La realidad estratégica es lo que determina la política norteamericana y el margen de actuación de cualquier presidente tiene sus límites, pues el pueblo americano no es suicida. No en balde Hillary se negó en el peor momento del debate a dar una fecha de salida de Irak, por ejemplo.
El problema de los europeos no es el presidente americano, sino nosotros mismos. Desde su nuevo cargo, Felipe González habla del “dulce declive europeo”. Hay quien lo pone más radical, el suicidio de Europa. Y es que la Casa Blanca no es responsable de que la demografía en Europa sólo se sostenga gracias a los inmigrantes; que el sistema de seguridad social esté al borde la quiebra técnica por el envejecimiento de la población y el encogimiento de la base productiva, que seamos impotentes para defendernos o que el sistema educativo sea una fábrica de inadaptados al mercado laboral del siglo XXI. Todo eso es producto de nuestras decisiones y sólo es responsabilidad nuestra. Europa decae, América no. Ese es el problema, no quien esté al frente de los Estados Unidos.