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11-M
En letra impresa nº 216   |  14 de Marzo de 2004
 
(Publicado en el Diario Palentino, el 14 de marzo de 2004)
 
Escribo hoy sin más intención que dejar testimonio de mi dolor, de mi solidaridad y de mi esperanza. Escribo aún con el corazón herido por tanta sangre y tanta muerte, aún impregnado de la solidaridad que tantos millones de españoles y miles de palentinos expresamos el viernes con la victimas y escribo con la esperanza de que jamás vuelva a repetirse ni en España ni en ninguna parte del mundo una masacre tan infernal como la ocurrida en Madrid el pasado 11 de marzo.

Es difícil describir el dolor que todos hemos sentido estos días, casi más difícil que contener la rabia y la impotencia que genera. Es imposible ver tantas imágenes desgarradoras de cadáveres descuartizados, de rostros manchados en sangre, de familias rotas por la tragedia de perder a sus seres más queridos, sin que el alma sucumba a la tristeza, al desaliento y a la congoja. Es además una tristeza contagiosa, que se extiende como una mancha por toda una sociedad presa del mismo horror. A diferencia de las tragedias individuales, en las que parece que la vida sigue a pesar de tu desgracia, España entera parecía haberse detenido tras el atentado.

Junto a este inmenso dolor hemos percibido también el destello de muchos héroes anónimos, la nobleza colectiva de un pueblo que se crece en la tragedia y la proximidad que genera la solidaridad humana.

Héroes son los que se han jugado la vida para socorrer a las victimas y héroes son los que han olvidado sus propias heridas para ayudar al compañero de tragedia.

A veces parece necesaria una prueba como la que la fatalidad puso a Madrid el 11 de marzo para tomar conciencia de nuestra propia grandeza. Las colas de la gente dispuesta a donar su sangre para los heridos, las mantas arrojadas desde las ventanas para abrigar a las victimas, los miles de voluntarios que corrieron para ayudar a paliar los efectos de una catástrofe inmensa.

Todos esos gestos, todo ese heroísmo, todas esas muestras de solidaridad, nos han hecho vislumbrar, entre la espesa niebla de la brutalidad y el horror, la verdadera naturaleza de las personas y recuperar la fe en el ser humano.

Una fe en el hombre que se vio también reforzada por la liturgia de las grandes concentraciones del viernes. Como decía alguna de las pancartas, estábamos todos menos los 200 asesinados. Estábamos todos firmemente unidos en el dolor y en el rechazo más absoluto al terrorismo. Era nuestra forma, quizá inútil, pero necesaria, de expresar nuestro cariño, nuestro apoyo, nuestra cercanía a las victimas y a sus familias. No éramos miles o millones. Éramos todos y, por una tarde, todos unidos por una misma causa, la más noble e importante de las causas, nuestra aspiración a vivir en paz y en libertad.

Tras el dolor y la solidaridad nos queda la esperanza. La esperanza de que la muerte de tanto inocente pueda servir para que nunca más mueran más inocentes. El objetivo último de los terroristas es doblegar nuestra voluntad y que nos pleguemos a sus delirios. Nuestra respuesta debe ser siempre la firmeza de nuestra voluntad democrática, la fortaleza de nuestra creencia en la libertad y en la dignidad de las personas, nuestra determinación para defender la vida de nuestros conciudadanos. Esa es mi gran esperanza. Legar una España en la que mis hijos no tengan miedo de coger un tren, en la que no tengan nunca que doblar la rodilla para mirar debajo del coche, en la que nunca sientan el miedo de pensar o de decir lo que quieran.

No es el día hoy para grandes reflexiones sobre qué debemos hacer para derrotar al terror.

Aún es momento para expresar nuestro dolor, nuestra solidaridad con la victimas y nuestra convicción de que esta sociedad vencerá al miedo. La unidad que los españoles han mostrado en el dolor debe prorrogarse no sólo en la memoria, sino también en la determinación de derrotar por completo al terrorismo. Ese es el gran desafío que lanzan hoy los ciudadanos.

Los terroristas han querido teñir de negro nuestra gran fiesta democrática de este domingo.

Muchos iremos a votar con la tristeza aún calada en el alma.

Pero votaremos. Y lo haremos precisamente porque no queremos que nadie tuerza nuestra voluntad democrática y porque la expresión libre de cada voto será una pequeña victoria de la libertad sobre el miedo.


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