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Irán 2008. Los escenarios (II)
Análisis nº 248   |  10 de Diciembre de 2007
 
Durante el año 2008 toda la región del Golfo y el Oriente Medio se verá sujeta a numerosas tensiones y problemas pendientes de resolución. Aunque los dos focos de atención más importantes serán Irán e Irak hay otros elementos que pueden afectar a cómo se perciben los retos en ambos países. Por ejemplo, las relaciones Israel-Siria, actualmente frágiles y sin viso de negociación diplomática, lo que vuelve el escenario bélico más plausible; el Líbano y su interminable crisis política, con la permanente injerencia de Siria; el proceso de paz israelí-palestino tras la próxima conferencia de Anápolis y la confrontación interna entre Hamas y Fatah.
 
Además, Irán tendrá que lidiar con sus problemas domésticos así como hacer frente a las sanciones internacionales por el desarrollo de su programa nuclear, mientras que en Irak estamos a la espera de que la nueva estrategia americana estabilice sus frutos tanto en lo militar como en lo político.
 
La situación política del primer ministro israelí, Olmert, así como la carrera presidencial y los últimos meses en la Casa Blanca de George W. Bush son factores que sin duda influirán en las decisiones que lleguen a tomarse respecto a Irán y toda la región, cualquiera que sea su naturaleza.
 
A continuación detallamos algunos escenarios, describiendo sus componentes esenciales y valorando cómo podrían llegar a materializarse.
 
1.- La agonía diplomática
 
Este escenario se caracterizaría, en primer lugar, por la estabilidad política interna del régimen iraní. Esto es, Ahmadinejad seguiría aumentando su control político y quienes se han mostrado críticos con él, no estarían en disposición de imponer su línea preferida de actuación.
 
El mayor poder de Ahmadinejad sería posible si se dieran tres condiciones simultáneamente: que los beneficios del petróleo fueran distribuidos de tal manera que algunos bienes de consumo, incluida la gasolina, no experimentaran ni restricciones ni excesivas subidas de precio; que Ali Jamenei continuara en su actual posición de líder espiritual de la revolución; y que los resultados de las elecciones legislativas de febrero de 2008 no modificara la relación de fuerzas entre ultra rigoristas, tradicionalistas, conservadores y moderados en el Consejo Asesor de la revolución. Nada de ellos parece en estos momentos improbable.
 
En segundo lugar, Ahmadinejad continuaría con su espiral retórica anti Israel y antioccidental, sin ningún signo de moderantismo alguno. Con su peculiar forma de entender el mundo, está convencido de que la Historia está de su parte y de que occidente está inmerso en una crisis existencial, por lo que no se encuentra ante incentivo alguno para disminuir su tono de confrontación directa.
 
En tercer lugar, Ahmadinejad seguiría recurriendo al programa nuclear como fuente de legitimidad interna así como de factor de reconocimiento internacional. El programa no se detendría ni sería negociable, pero no alcanzará un punto de no retorno en estos meses que vienen.
 
En cuarto lugar, la comunidad internacional, a través de la ONU, reconocería la actitud desafiante por parte de Irán y se reafirmaría en la necesidad de desarrollar las sanciones adoptadas hasta el momento. Es más, es altamente probable que una nueva resolución pudiera ser adoptada por el Consejo de Seguridad aunque, habida cuenta de las profundas divergencias entre sus miembros permanentes, es poco probable que el régimen de sanciones llegue a ser mucho más estricto respecto al que hay ahora.
 
En quinto lugar, independientemente de los progresos o la falta de los mismos en el seno de las Naciones Unidas, y frente a un Irán altivo y de una retórica amenazante, es lógico pensar que los Estados Unidos y algunos miembros de la UE perseguirán forzar las decisiones en Teherán imponiendo por su parte y de forma unilateral las sanciones más estrictas que las alcanzadas por la ONU.
 
Por último, y en la medida en que Ahmadinejad esté en los periódicos gracias a sus diatribas antioccidentales o sus viajes para reunirse con personajes como Hugo Chávez, si las sanciones multilaterales no parecen dar sus frutos o siguen siendo limitadas, la presión por parte de determinados grupos sociales no hará sino aumentar. Influyentes políticamente, lo serán aún más en periodo electoral como el que vivirá Norteamérica. De ahí que sea lógico pensar que políticamente sea rentable señalar la amenaza de Irán y defender boicots u otras medidas sancionadoras al margen de la ONU y de los gobiernos. La campaña para la desinversión en compañías que mantengan relaciones con Irán aumentará sin lugar a dudas.
 
En suma, este es un escenario donde todo sigue como hasta ahora, pero Irán estará más expuesto mediática, social y políticamente. La sensación de que no se podrá poner fin al programa nuclear crecerá y de ahí el crecimiento de una cierta angustia con el proceso diplomático.
 
2.- La conspiración interna
 
El régimen de los mullas y ayatolas es más coherente de lo que muchas veces se piensa, pero no es monolítico. Es coherente en los objetivos últimos, pero surgen discrepancias sobre cómo alcanzarlos. Este escenario está basado en el aumento de las divergencias entre los clérigos dirigentes y el actual presidente Ahmadinejad.
 
Presupone, en primer lugar, que la ONU o la comunidad occidental llevan adelante un régimen de sanciones que realmente dañe los intereses del régimen iraní, dejándolo aislado políticamente y en la asfixia tecnológica y financiera exterior. Hechos como la congelación de cuentas personales, la imposibilidad de operar en el mercado financiero de determinados bancos e instituciones iraníes y la prohibición de viajar al extranjero para los líderes de Irán llevarían al replanteamiento de muchos de ellos, directamente afectados, y a promover una aproximación táctica sobre el programa nuclear ni tan abierta ni tan desafiante como la conducida por Ahmadinejad. Periodos como la presidencia de Jatamí, la cara amable del régimen pero a la vez el impulsor más decidido del programa clandestino nuclear, servirían como modelo a imitar.
 
El supuesto básico de los ayatolas sería que con un cambio de caras en el gobierno/presidencia, es decir, con la salida de Ahmadinejad, sería suficiente para tranquilizar a la comunidad internacional. Se reabrirían las conversaciones y se estaría dispuesto a negociar el control total del programa nuclear civil por parte del OIEA de Viena.
 
Igualmente, este juicio supondría que los desarrollos alcanzados en su programa hasta la fecha son lo bastantes avanzados como para permitir separar claramente su componente civil, sujeta a inspecciones, mientras clandestinamente se continuaría con la vertiente militar de enriquecimiento y, finalmente, fabricación de una bomba.
 
Este movimiento de oposición desde la cumbre a Ahmadinejad necesita dos elementos claves. Una nueva derrota popular del partido del presidente en las urnas (en las legislativas de febrero); y una sucesión controlada de Jamenei, en teoría un pragmático pero hoy por hoy apoyando a Ahmadinejad frente a los más moderados. Y eso significa que la asamblea de sabios debería estar controlada por Ransafjani o similar.
 
Para poder embarcar a todos los elementos internos en esta operación, los moderados tendrían que estar en capacidad de asegurar dos cosas: un canal de comunicación directa con Washington, algo que hoy no existe aún, así como una clara voluntad por parte de la ONU de levantar las sanciones toda vez que se abrieran nuevas negociaciones y los elementos del programa civil se pusieran de nuevo bajo control del OIEA. Esto último no es impensable.
 
Por el contrario, este golpe interno encontraría grandes dificultades si las sanciones no surtieran un gran efecto en la economía y la cotidianidad de los iraníes y si no pudieran atemorizar a su pueblo con el espectro de una ataque americano o israelí inminente. Con todo cabe recordar que lo que se desprende de diversas encuestas hechas en Irán por consultoras occidentales es un gran apoyo público al programa nuclear civil, pero muy escaso apego a su vertiente militar.
 
Por último, el calendario no juega a corto plazo a favor de los pragmáticos y en contra de Ahmadinejad. Las sanciones no se harán sentir tan rápido y el actual presidente podrá presumir ante todos de servir de contrapeso al decadente mundo occidental. Con Siria y Gaza como reverberantes de sus bravuconerías, China como aliado estratégico energético, Rusia con apoyo científico-técnico y Chávez y Evo Morales como amigos en el otro lado del Atlántico, puede presentarse como un líder que es capaz de romper el aislamiento y llevar adelante a su país. Al menos durante unos cuantos meses en los que seguir aumentando su control interno.
 
Sea como fuere, este escenario, de llegar a materializarse, acabaría tarde o temprano en el primero, pues algún día los logros militares darán sus frutos e Irán podría declararse una potencia nuclear militar, con lo que, además de generar una gran frustración sobre las negociaciones, abriría un escenario diplomático a lo Corea del Norte, con lo de desgaste que ha sido para el régimen de no proliferación y las instancias multilaterales.
 
3.- La hora de George W. Bush
 
Irán representa un grave problema para los Estados Unidos. Un Irán nuclear un problema mucho mayor, si no una amenaza directa a sus intereses en el oriente Medio.
 
Casualmente el problema iraní siempre ha estado presente en los finales de los mandatos presidenciales, a veces con repercusiones muy relevantes. Así lo fue para Jimmy Carter, quien nunca imaginó tener que lidiar con una crisis como la de los rehenes del 79; o también para Ronald Reagan y su Iran-Contra affair. Lo sería en menor medida para la administración Clinton, pero podría volver a serlo para el presidente actual, George W. Bush.
 
Irán no sería un asunto nuevo para este presidente, que ya incluyó al régimen de los ayatolas en su famoso discurso a la nación sobre el eje del mal en 2002. Bastarían algunos elementos para que Irán saltase de nuevo a la palestra de manera irrevocable.
Por ejemplo:
 
-          Que en la imposibilidad de forjar un nuevo consenso con Rusia y China en el Consejo de seguridad, la ONU no adopte ninguna sanción más contra Irán y no vigile el debido cumplimiento de las ya adoptadas;
 
-          Que los aliados de Norteamérica, esencialmente los miembros de la UE, no ahonden en imponer sanciones bilaterales que trascienda el marco de la ONU;
 
-          Que no haya signo claro de avances de los moderados y de creciente debilidad de las posiciones de Ahmadinejad dentro del régimen;
 
-          Que la retórica de Ahmadinejad siga tan ardorosa y desafiante como hasta ahora;
 
-          Que Irán no coopere en Irak y prosiga sus acciones de desestabilización interna de aquel país;
 
-          Que Irak vaya claramente a mejor.
 
Con unas condiciones como las mencionadas, el presidente Bush podría tomar una decisión más resolutiva que hasta el momento sobre qué hacer con el programa nuclear iraní.
 
Hasta la fecha los Estados Unidos no tienen una política hacia Irán y su programa nuclear. Por un lado están quienes prefieren mantener el curso de la imposición de sanciones y no escalar de momento el problema; hay quienes creen que no es necesaria ninguna acción militar ya que la supremacía militar americana permitiría una política de disuasión y contención sobre Irán; y también hay quien opina que el riesgo de no hacer nada respecto a un Irán nuclear es muy alto. Estas tres posturas se corresponden casi automáticamente con el Departamento de Estado, el Pentágono y el NSC de la Casa Blanca.
 
Hay dos condiciones que podrían llevar a que el presidente americano resolviera estas diferencias de aproximación dentro de su administración y, además, se inclinara por una acción de castigo militar. Ambas son de carácter político. La primera, que el candidato republicano para las presidenciales de 2008 estuviera claramente alineado con él en este punto; en segundo lugar, el convencimiento de que el candidato demócrata sólo llevaría adelante una política de apaciguamiento respecto a la bomba iraní.
 
Hay que recalcar que para Bush un ataque a Irán no presenta un problema desde el punto de vista técnico operativo. No se trata de invadir el país, sino de destruir un número limitado de instalaciones. Y aunque para lograr un golpe eficaz se requieran diversas oleadas de bombardeo, Estados Unidos cuenta con los suficientes medios en la zona como para estar seguros del éxito de la operación.
 
Para el presidente Bush es más bien un problema de gestión política de dicha acción. En un doble sentido, interno respecto a su partido, el demócrata y sus ciudadanos; y también de gestión internacional de la crisis y sus posibles repercusiones. No sería lo mismo una intervención a lo Irak, tras meses de debate publico, con todo tipo de oposición en la calle, que una acción rápida y sin previo aviso y que cuente al menos con la aquiescencia de Londres, París y Berlín. Como tampoco sería igual un ataque que debilitase enormemente al régimen de los ayatolas que otro que sólo pusiera en marcha toda una panoplia de represalias por parte iraní.
 
En cualquier caso, lo cierto es que el actual presidente nunca ha visto con agrado la política de “engagement” con Irán y el tiempo ha hecho que se desencante con la posibilidad de un cambio de régimen a corto plazo. Y todo eso estará en su cabeza cuando llegue el momento de que deba tomar una decisión.
 
El calendario electoral no es decisivo para su toma interna de decisiones, más allá de quienes sean los candidatos que salgan para cada partido de sus respectivas primarias.
Sí puede pesar que si la acción militar desencadena un alza del crudo fulminante, la lógica adaptación del mercado podría castigar a los republicanos en las presidenciales. Pero si Bush llega a decidirse por un golpe militar sostenido pero limitado, tiene una gran ventana tras las presidenciales y la toma de posesión de su sucesor. Particularmente si quien le sucede es otro republicano. Si los sondeos preelectorales dieran una clara ventaja a los demócratas, la tentación de intervenir podría adelantarse.
 
Hay otro elemento que también puede contribuir en la decisión de Bush. El factor israelí. Como veremos más abajo, Israel ha optado ante los americanos en ponerles nerviosos acerca de la capacidad nuclear iraní. Bush podría temer un ataque israelí que, por la limitación de sus efectivos, pudiera desencadenar en un escenario muy negativo de represalias iraníes sobre la economía mundial y la estabilidad de todo el Oriente Medio.
 
4.- La angustia israelí
 
Israel es un país de una sola detonación nuclear sobre su suelo. La concentración de su población y lo diminuto de su territorio lo vuelve muy vulnerable. Por eso suele decirse que para Israel una bomba en manos de los ayatolas es un problema existencial. Sobre todo si en Teherán hay alguien como Ahmadinejad que no se harta de repetir que su objetivo es acabar con los judíos.
 
Israel cuenta con las capacidades militares suficientes para atacar las instalaciones nucleares iraníes de manera limitada. Esto es, podría alcanzarla, pero no estaría en condiciones de atacarlas repetidamente para asegurarse su completa destrucción. Eso exigiría un ataque de mayor escala que pusiera fin, previamente, a las defensas antiaéreas y a la aviación iraní. De ahí que si Israel tuviera que involucrarse directamente en una acción militar contra Irán, además de atacar las instalaciones nucleares tuviera que bombardear también otras infraestructuras que verdaderamente hicieran daño a Irán, como las plantas de refino, por citar un ejemplo.
 
Israel ha seguido en estos últimos años dos cursos de acción en paralelo: por un lado, ha intentado convencer a todo el mundo, sobre todo europeos, de que la bomba iraní no es algo inevitable; que los iraníes tienen la voluntad y la decisión de hacerse con ella, pero que las sanciones, si son inteligentes y se aplican en su totalidad, pueden imposibilitarlo; al mismo tiempo, han intentado convencer a los americanos de que las sanciones no van a funcionar y que Israel es demasiado pequeño para lidiar con Irán, que sería, pues, un  asunto americano.
 
Israel, sin embargo, ha descubierto con horror que sus acciones diplomáticas no han desembocado en un régimen de sanciones satisfactorio y que, aún peor, todo el mundo está convencido de que de seguir así, Irán tendrá bomba en cuestión de tiempo, a la vez que cree que los norteamericanos están demasiado distraídos (Irak, elecciones) como para poder tomar una decisión drástica en el próximo año.
 
A su vez, Israel está inmerso en un proceso de debilitamiento político muy agudo: aunque el gobierno de Olmert es muy estable en términos parlamentarios, el centro gravitacional del poder en buena medida se le escapa. La guerra contra Hizbolá en el Líbano, en el verano de 2006, resultó en una pérdida de credibilidad absoluta de los oficios del primer ministro y aunque Olmert se ha ido recuperando un poco, la sombra de elecciones anticipadas y un vuelco electoral a favor del likud siempre está presente en las discusiones en Jerusalén y Tel Aviv.
 
En todo caso, este es un marco de referencia en el que todo es posible. Tanto una falta de voluntad para cometer acciones arriesgadas, como su opuesto, un voluntarismo que las lleve a realizarse. De momento, lo que fija la atención israelí son las negociaciones sobre el proceso de paz con los palestinos y, en segundo plano, las relaciones con Siria.
 
En Israel se sabe que los iraníes están encontrando dificultades técnicas para asegurar un rendimiento óptimo de sus cadenas de enriquecimiento y calculan que Irán se encuentra aún a 3-4 años de poder ensamblar su primera bomba. Es decir, tiempo suficiente como para que no sea un asunto inminente sobre el que actuar en los próximos meses. Dicho lo cual, también es verdad que hay profundas divergencias sobre cuando sería necesario intervenir. En Israel el punto más discordante entre sus dirigentes políticos, precisamente, es ese, dónde fijar el punto de no retorno del programa nuclear, momento que, cuando se cruce, sólo la opción militar podría resultar útil. Y no hay consenso al respecto.
 
A pesar de ello, hay dos datos que deben tomarse en cuenta. Uno, el ataque secreto sobre Siria, del pasado 6 de septiembre, en el que, presuntamente, la aviación y comandos israelíes destruyeron una instalación de componentes nucleares en construcción con ayuda norcoreana. Aunque no fuera esa su intención primaria, el hecho de que penetrasen profundamente en territorio sirio y anulasen exitosamente sus defensas aéreas (del mismo tipo que las iraníes) no deja de tener su repercusión lógica sobre el escenario de un ataque contra Irán; en segundo lugar, la aviación israelí viene entrenándose en misiones de repostado en vuelo y ataque al suelo a gran distancia demasiado visiblemente en los últimos meses. Lo que también es un claro mensaje para los occidentales, puesto que la carta militar no se abandona más valdría avanzar en las sanciones que eviten un escenario bélico.
 
Por último hay que considerar a su vez que Israel es una potencia nuclear no declarada. Lo que podría motivar que parte de su estamento político-militar, temiendo las consecuencias de un ataque limitado, pensara que seria mejor llegar a establecer con un Irán nuclear una relación de las mismas características que la sostenida por estados Unidos y la URSS en los años de guerra fría. Pero esto significaría una carrera de armas nucleares en la región, desagraciadamente. Por un lado, ambos países tendrían que contar con una capacidad de segundo golpe, lo que a su ve exige sistemas numerosos y diversificados en sus vectores (tierra, mar, aire); un sistema de mando y control capaz de despejar incertidumbres y evitar lanzamientos por accidente; más un sistema de comunicaciones, tipo teléfono rojo, entre los lideres máximos, para desescalar posibles crisis. Y todo arropado en el entendimiento de que todo el mundo aspira a seguir viviendo en paz y no valora poder luchar y ganar una guerra nuclear y que rechaza la destrucción mutua asegurada.
 
Es más, lo más lógico que ocurriera es que, al margen de la relación bilateral irano-israelí, los otros vecinos se sentirían muy motivados para dar el salto a lo nuclear. Sobre todo Egipto, Arabia Saudí y Siria.
 
Con la ecuación regional en mente, el coste para Israel de mantener un sistema de defensa basado en la disuasión nuclear estaría por encima de sus posibilidades.
Todos estos razonamientos están presentes en los decididotes israelíes.
 
Afortunadamente, como hemos apuntado, aunque la ventana temporal se está cerrando, no está cerrada del todo según sus valoraciones. Lo que significa que no es altamente probable –salvo motivados por otras lógicas- una acción militar directa contra Irán por parte israelí en el próximo año.

 


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