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La amenaza autoritaria
En letra impresa nº 861   |  4 de Diciembre de 2007
 
(Publicado en ABC, 4 de diciembre de 2007)

La coincidencia de las elecciones parlamentarias rusas y el referéndum de reforma constitucional en Venezuela nos muestran con claridad una de las características de nuestro tiempo: la emergencia de un nuevo autoritarismo. Desde una formalidad democrática se critican sus fundamentos, se modifican sus instituciones y reglas de juego para, a la postre, establecer un nuevo tipo de dictadura.

Encontramos interesantes coincidencias entre estas dos experiencias. En ambos casos la historia democrática ha sido escasa y poco ejemplar, marcada por gobernantes tan corruptos como incompetentes. No fueron tiempos que la población añore. Su trasformación en regímenes autoritarios no está requiriendo de golpes de estado ni de un uso excesivo de las Fuerzas Armadas, aunque sí de violencia, incluidos asesinatos, y de condiciones desiguales en la lucha electoral. Su base ha sido el desprestigio de la democracia parlamentaria, tal como ocurrió en los años treinta del siglo pasado con consecuencias de todos conocidas. Por último, ambas economías carecen de una estructura solvente pero disponen de una fuente fácil y generosa de ingresos: los hidrocarburos. Un dinero que en manos de políticos poco escrupulosos se emplea para la obtención de apoyos, a costa de la inversión productiva. Cuando dentro de pocas décadas nuestras economías no dependan del petróleo o del gas estos países se encontrarán ante el patético espectáculo de ver cómo han desaprovechado una oportunidad de oro para modernizarse y situarse en una posición de privilegio. Lo que hace rica a una sociedad no son los productos energéticos sino la educación. No hay mejor recurso que el humano.
 
Los venezolanos han sabido reaccionar. Han conseguido contener la amenaza y debilitar a Chávez. A nosotros nos toca dejar claro a bolivarianos y seguidores de Putin que no todo vale, que las relaciones no serán las mismas si violan el marco democrático. Al mismo tiempo, debemos ser capaces de ayudar a esas sociedades a desarrollar una auténtica cultura democrática, porque la democracia no es un formalismo sino la expresión de unos valores.


 

 


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