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Partido Popular; ¿ganar la derrota o suplicar la victoria?
Análisis nº 245   |  4 de Diciembre de 2007
 
1. “¿Puede aún el PP ganar las elecciones?”
 
En su conocido editorial del domingo 18 de noviembre “¿Puede aún el PP ganar las elecciones?”, Pedro J. Ramírez apelaba a la necesidad de un proyecto “centrista y liberal” del que debiera dotarse el PP de aquí a marzo para lograr ganar las elecciones. En palabras del periodista, se trata de llevar a cabo un “proyecto centrista y liberal con vocación de alternativa” para ganar las elecciones a Rodríguez Zapatero.
 
Este proyecto se caracterizaría, al menos, por cuatro cambios en la actitud del partido de la derecha: primero, no oponerse al matrimonio homosexual defendido por el PSOE; segundo, no oponerse a la investigación con embriones humanos; tercero, no oponerse a la Educación para la Ciudadanía. En cuarto lugar, abandonar la “defensa de una supuesta e inaprensible Ley Natural frente al laicismo que nos invade”. En quinto lugar, en relación la negociación de Rodríguez Zapatero con ETA, Ramírez afirma; “las negociaciones del mal llamado «proceso de paz» han terminado sin que los peores augurios sobre concesiones a los etarras se hayan consumado”, razón por la cual es también necesario el abandono de la oposición a la política del PSOE en relación a ETA.
 
En su artículo, Ramírez concluye: Nadie ganará unas elecciones desde el extremismo. Si los socialistas se han sacado de la manga un republicanismo cívico leal a la Monarquía para limar casi todas sus últimas aristas, ¿por qué los populares no perseveran en aquel magnífico invento que fue el centro reformista y arrumban de una vez clichés del Pleistoceno que sólo les llevarán a una nueva reedición de la opereta de la honra sin barcos?”. (El Mundo, 18 de noviembre 2007).
 
¿Implican estas renuncias, como afirma el periodista, una afirmación de liberalismo? Antes de nada, forzoso es recordar que Pedro J. Ramírez aludía en su artículo al problema fundamental de la política; el de la relación entre los principios y la práctica, las creencias políticas y las servidumbres electorales. Relación siempre problemática, al que se enfrentan tanto PP como PSOE, siempre dispuestos a pensar que no hay salvación fuera del propio partido, a aferrarse a la creencia de que por el mal gobierno propio es preferible al buen gobierno ajeno. Ningún político es capaz de conciliar los principios con la acción de manera que deje plenamente satisfecha a su conciencia ideológica.
 
Cuestiones irresolubles, en cualquier caso, que apuntan al relativismo presente en toda actividad política; ¿debe el Partido Popular dejar de “crispar” como denuncian los socialistas?; ¿es ése el secreto del éxito de las elecciones de 2008?; ¿debiera el PP abrazar el liberalismo real? Esa parece ser la opinión del director de El Mundo cuando propone la recuperación del centro reformista a los dirigentes populares.
 
Dos son las preguntas que sobrevuelan el análisis de Ramírez; ¿hasta qué punto son modificables los principios políticos de los populares sin que por ello dejen de serlo?; ¿en qué punto ganar unas elecciones implica renunciar a sí mismo?; ¿en qué punto el liberalismo deja de serlo? Es decir, ¿qué relación existe en la España de hoy entre el liberalismo y la moderación?
 
Y en segundo lugar, el político ansioso de llegar al poder, los consejeros y analistas electorales se hacen la misma pregunta cada cuatro años; ¿garantiza “la moderación” la victoria electoral?, y antes de eso, ¿en qué punto la moderación se convierte en inmoderación?; ¿dónde reside el principio de moderación?; ¿quién o qué marca el criterio de moderación?; ¿le iría mejor al PP abrazando la moderación que la izquierda le exige a gritos y Pedro J. Ramírez le susurra al oído?
 
2. Pedro J. Ramírez; liberalismo y antiliberalismo
 
En relación a la primera pregunta, el lector convendrá de entrada en lo irresoluble de la cuestión; la relación entre principios –morales, políticos, empresariales, estratégicos- y acción real es siempre problemática. Sólo el hombre de fe religiosa o ideológica solventa una relación para los demás irresoluble. El resto –gobernantes y analistas incluidos-, se conforman con ajustar lo mejor posible los ideales al día a día de la política.
 
Podemos volver al director de El Mundo; ¿por qué los populares no perseveran en aquel magnífico invento que fue el centro reformista y arrumban de una vez clichés del Pleistoceno que sólo les llevarán a una nueva reedición de la opereta de la honra sin barcos?” Lo primero que llama la atención es cómo la lógica de Pedro J. Ramírez deviene selectiva cuando se vuelve contra sí mismo: ¿resulta intelectualmente admisible exigir a su periódico que abandone la posición “extremista” en relación con los agujeros negros del 11M?¿Es el diario El Mundo poco “moderado”, poco “liberal” o “extremista” por perseverar en las investigaciones, como denuncia el diario El País?¿Deberían el propio Ramírez o García Abadillo abandonar el “extremismo” investigador en torno al atentado del 11M cuando la mayoría de medios se lo exige repetidamente?
 
El propio Pedro J. Ramírez nos da respuesta a ello cuando defiende habitualmente la voluntad inquebrantable del periódico en actuar de acuerdo a principios; éstos no son negociables, no están sujetos a la utilidad de cada momento. ¿Golpeamos al veterano periodista en el estómago a propósito de los principios, cuando lo hacemos aludiendo a la presión que soporta El Mundo en relación con la investigación del 11M. Quizá. Pero conviene no perder de vista lo fundamental de los consejos de Ramírez: El criterio con el que afea la política del PP en relación al matrimonio homosexual, Educación para la Ciudadanía o la investigación embrionaria, es el mismo que emplean la Cadena SER o el diario Público para afear la conducta a El Mundo respecto a sus investigaciones; su extremismo, su crispación, su carácter minoritario.
 
El periodista negará que la búsqueda de la verdad se someta a criterios de oportunismo; apelará a los principios sagrados de la profesión. Principios que no se moderan, sino que se adecuan a las circunstancias. No parece ser muy distinto el caso de la actividad política del PP que preocupa a Ramírez: Si convenimos en que el Partido Popular es un partido liberal o liberal-conservador, entonces deberá adecuar sus principios a cada circunstancia, lo que implica precisamente la capacidad de aplicarlos en cada momento, no la capacidad de ponerlos en suspenso.
 
Lo cierto es que el Estado de Derecho, la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley no admite moderación alguna; un Estado de Derecho moderado no es un Estado de Derecho, de la misma manera en que un periodista no puede investigar moderadamente un atentado terrorista. Políticamente y moralmente carece de sentido la moderación ante la desigualdad. Defender moderadamente la igualdad implica una de dos; o no actuar moderadamente en su defensa -lo que dice bastante poco del político-, o defender un Estado de Derecho moderado, lo que quizá diga demasiado de él. El liberalismo puede implicar la moderación en los fines, la prudencia histórica de la acción política; pero en cuanto aplica la moderación al Estado de derecho, deja de ser liberal para convertirse en otra cosa.
 
Otro tanto ocurre con el pluralismo; ¿se puede ser moderadamente plural? En el País Vasco a golpe de goma-dos y en Cataluña desde la presión institucional y antisistema, el pluralismo no sólo está en riesgo; está en retroceso; ¿puede sacrificarse, en nombre del centrismo, la defensa de la pluralidad? En el mismo artículo, Pedro J. Ramírez se muestra partidario de plantar cara al chantaje independentista, ajeno al hecho de que la “moderación” que pide en otras áreas puede también ser pedida para ésta; en la defensa del pluralismo la moderación carece de sentido.
 
¿Qué hay de las cinco cuestiones donde el director de El Mundo pide al PP una política liberal? Para Pedro J. Ramírez, el PP debiera abandonar el Pleistoceno en nombre del liberalismo, pero ¿de qué liberalismo habla el ilustre periodista?. Veamos las cinco actitudes que afea al Partido Popular.
 
- ¿Implica la aceptación del matrimonio homosexual una afirmación de liberalismo? Si lo que se esconde tras la propuesta socialista es la convicción de que cualquier cosa puede ser denominada familia, de que sólo la voluntad mayoritaria es suficiente para obligar al reconocimiento moral; si el fundamento y motor que impulsan la legislación pro-gay en España y Europa es el proyecto de eliminar la legitimidad religiosa para hacer oír su voz en sociedad, y la convicción de que la definición de las cosas depende del juego de mayorías, entonces no hay duda. Contra lo que parece pensar Pedro J. Ramírez, la legalización del matrimonio homosexual es antiliberal.
 
- En relación a la investigación con embriones, el influyente periodista no profundiza en un tema que por otro lado exigiría otro artículo. ¿Implica la adhesión al liberalismo la admisión de la investigación con embriones humanos? El problema escapa a la teoría política, naturalmente, recae en la propia ciencia, y más allá de eso, en la antropología; ¿en qué momento de la concepción existe un ser humano? Pregunta que ya de por sí apunta al despotismo científico-técnico que los liberales –y aún los socialistas- de los siglos XIX y XX, temían como la peor de las dictaduras, pero que Ramírez se apresura a admitir como algo liberal. Por nuestra parte, no cabe duda; permitir que en los laboratorios o los hospitales se juegue con la vida y con la muerte es, además de antiliberal, antihumano en sentido estricto.
 
- Más claro parece el caso de Educación para la Ciudadanía; concebida para “crear” buenos ciudadanos, su misma propuesta es esencialmente antiliberal. ¿Se justifica por el hecho de que algo parecido existe en otros países? En absoluto; el carácter liberal o democrático de una medida no depende de su éxito. ¿Lo seria si, como afirma Ramírez, enseñara otros principios? De ninguna de las maneras; el mismo proyecto de que el Estado enseñe a la sociedad qué es y qué debe ser el Estado es antiliberal de principio a fin.
 
- En cuarto lugar, la identificación entre laicismo y liberalismo no sólo es un error sino que parece el principal problema de la cultura postmoderna. La eliminación de las creencias religiosas o trascendentales del debate público implica, en primer lugar la creencia de que en el ser humano lo público y lo privado es troceable. E implica, en segundo lugar, la convicción de que las creencias religiosas están fuera de lugar en lo político lo que, de por sí, es ya una creencia tan discutible como las religiosas. Sólo que, formulada en nombre de la democracia, se presenta como la única posible. Es lo que Tocqueville denominaba despotismo. Poco discutible parece esta afirmación; el laicismo que el Frente de la Paz propaga a golpe de propaganda y amenazas es antiliberal en sentido estricto.
 
La relación entre principios y acción política es problemática; la solución que el director de El Mundo propone al Partido Popular, falsa. Las renuncias que en su artículo presentaba como liberales son, de hecho antiliberales. La moderación en el caso de ETA es aún más escandalosa; ¿Es posible oponerse moderadamente a la negociación del Gobierno con ETA? Si negociar con ETA el futuro Estatuto Vasco y la anexión de Navarra es inmoral, como el propio periodista manifiesta habitualmente, ¿puede criticarse moderadamente la inmoralidad? O lo que es lo mismo, ¿se puede aceptar la inmoralidad con moderación? Oponerse a la negociación política con ETA, pasada, presente y futura no admite ni moderación ni centrismo. Y difícilmente se puede, en nombre del “centro reformista”, cerrar los ojos ante el proyecto de cambio de régimen que Rodríguez Zapatero, en connivencia con ETA, prepara para después de marzo de 2008.
 
Contrariamente a lo que muchos en el Partido Popular, en el diario El Mundo o en la derecha en general creen, la renuncia a determinados principios no sólo no es liberal, sino que es antiliberal; es antiliberal la apología homosexual, el adoctrinamiento estatal de los niños, la experimentación con embriones, el despotismo de la religión civil y el pacto con el totalitarismo etarra. Mirar hacia otro lado, hablar de economía, de los impuestos de los mileuristas o de las bufonadas trágicas de Hugo Chávez puede ayudar a ganar elecciones; pero dice muy poco de los principios y del liberalismo que el Partido Popular ha demostrado defender hasta ahora con algo más que esfuerzo y sangre.
 
El liberalismo no sólo no implica renunciar a los principios; precisamente se caracteriza por defender, el pluralismo y la igualdad ante la ley, en todo momento y lugar. No es la moderación de los ideales lo que constituye el liberalismo, sino que constituye más bien su negación; el despotismo educativo, el laicismo como ideología y religión, la supeditación del derecho a la vida a necesidades científico-técnicas implican precisamente la inmoderación a la que el liberal, si quiere seguir siéndolo, se enfrentará ahora tanto como en los años treinta del siglo XX.
 
Si el Partido Popular renuncia a criticar la conversión de parejas gays en matrimonios; si acepta como inevitable la investigación con seres humanos; si acepta la estatalización de la moral de sus hijos y la sustitución del cristianismo por una religión civil, y si acepta presentarse a las elecciones de 2008 sin apoyar con toda su fuerza a las víctimas de ETA y sin denunciar los pactos del PSOE con los terroristas, podrá ganar las elecciones, como le indica Pedro J. Ramírez. Pero no lo hará en nombre del liberalismo, ni podrá reivindicarse a sí mismo como tal. 
 
3. Progresismo: “redefinir la España futura”
 
Paradojas políticas, cuando el diario El País ataca despiadadamente al diario El Mundo, lo hace desde la misma concepción de centrismo y la moderación con que Pedro J. Ramírez hace lo propio con el Partido Popular. Queda por ver el éxito de tales ideas en el partido de Mariano Rajoy.
 
¿Pueden ganarse unas elecciones desde la renuncia a los principios, desde un liberalismo que no es liberalismo? En términos generales, el Partido Popular no parece diferenciarse demasiado, en relación a su concepción política, de sus hermanos europeos, franceses o alemanes. No existe una sola aproximación teórica a los programas, declaraciones, discursos o escritos de los dirigentes del Partido Popular que permita calificarlo, como lo hace el Frente de la Paz, de extrema derecha.
 
No es ni la teoría política ni la historia de las ideas las que califican hoy al Partido Popular de “extrema derecha” y “derecha radical”; lo hacen Rodríguez Zapatero, Tele 5 o el grupo PRISA. En su último libro, el presidente del Gobierno advierte contra la derecha española, propone su refundación y critica a los medios de comunicación conservadores.
Proporciona su propia visión de la historia española, de la transición y de lo que considera apropiado para España: “Nuestra democracia, a diferencia de la mayoría de las democracias, no es fruto de una revolución, de un cambio radical. Es fruto de un acuerdo, de una transición, modélica, pero no de un impulso en el que los profundos valores democráticos enseñan cómo hay que relacionarse con el poder, como hay que reverenciarlo. Esos valores deben estar ahí” (Jesús Miguel de Toro, “Madera de Zapatero” RBA, pág. 178)
 
A estas alturas, engañarse carece de sentido; Rodríguez Zapatero añora una revolución que no ha existido, y señala con nostalgia una Segunda República convertida en tragedia y terminada en tragedia, cuyos valores deben estar ahí; no es la Constitución Española el bien a lograr, ni el régimen español actual el que debe ser garantizado. El presidente anhela un cambio de régimen, un cambio estatal y una configuración de la sociedad española distinta a la que sustenta el proyecto constitucional-pluralista. Más allá de las elecciones, los principios progresistas del Gobierno son poderosos, y el desprecio histórico con el que se trata a quienes a ellos se opongan, también:
 
“Si hay algo que caracteriza a esta etapa de gobierno es que hay un proyecto. Precisamente porque hay un proyecto hay una resistencia tan inútil como activa de la derecha más dura, porque saben que hay un proyecto. Se han dado cuenta de que hay un proyecto de alcance en valores culturales, y por tanto ideológicos, que puede definir la identidad social, histórica, de la España moderna por mucho tiempo” (Ibídem, p. 150)
 
Más vale no engañarse al respecto; existe un proyecto ideológico de alcance que puede definir la identidad de la España moderna. ¿Y la derecha? ¿Dónde radica el extremismo que denuncia El País y que Pedro J. Ramírez propone abandonar? Para la izquierda, la derecha española es extrema en la medida en que se opone a los cambios que el Frente de la Paz propone para España. Las cosas claras; desconocemos en qué piensa exactamente Rodríguez Zapatero, pero lo cierto es que las reformas legales, institucionales y sociales emprendidas por el PSOE conducen directamente a la superación del régimen parlamentario liberal español, británico, francés o italiano y a su sustitución por otra cosa.
 
El jueves 22 de noviembre, apenas un mes después de que Pedro J. Ramírez propusiera al PP acercarse a un liberalismo que es de hecho antiliberal, Juan Costa era entrevistado por otro conocido periodista, Ernesto Ekaizer; días después, el mismo diario entrevistaba a Gabriel Elorriaga. En los últimos años, el diario El País se ha caracterizado por dos cosas; por la denuncia del papel del Gobierno de Aznar en la guerra de Irak y por la denuncia de las mentiras del partido de Rajoy entre el 11 y el 14M. Es, forzoso es reconocerlo, el buque insignia del proyecto del Frente de la Paz para cambiar el régimen político español: En lo vertical, para convertir a la derecha en convidada de piedra de la democracia popular que se nos promete; en lo horizontal, para hacer de España un Estado confederal, donde unas comunidades anexionen a otras, en los Pirineos y Levante, aniquilando cualquier oposición a unos imperialismos tutelados desde Madrid y calificados de progresistas desde el “diario global en español”.
 
4. Irak o la derecha ultraconservadora
 
¿Hasta qué punto interesa la guerra de Irak al Frente de la Paz en general y al diario El País en particular? La pregunta se responde sola, a condición de observar las cosas tal y como se han sucedido en los últimos años; la histeria contra el Partido Popular y José María Aznar comenzó antes de que el primer marine norteamericano pisara la arena iraquí, antes de que nadie imaginara una foto como la de las Azores; ¿Desconocen los dirigentes del Partido Popular las cosas que El País publicaba acerca del Partido Popular en noviembre de 2002? Antes aún de esa fecha, Rodríguez Zapatero se convertía en secretario general del PSOE, con un proyecto político que por otra parte jamás ha negado.
 
La guerra de Irak, para el progresismo, no es más que la encarnación en una decisión concreta del carácter extremista, no ya del PP, sino de la derecha española; así lo aprecia el propio Rodríguez Zapatero: “La decisión de Aznar de llevar allí las tropas es la culminación de ese proyecto ultraconservador y en el fondo del complejo sobre lo que España representa. (…) Ahí culmina, ahí encalla, todo un intento de proyecto de situarnos como un país con ese pensamiento ultraconservador, como un país cuyo destino más feliz sería estar sometido al más fuerte”(Rodríguez Zapatero, “Madera de Zapatero”, p. 155)
 
No es la guerra de Irak lo que preocupa e inquieta a la izquierda postmarxista del PSOE y de El País. Un simple repaso a las declaraciones presidenciales demuestra cómo es la propia presencia del Partido Popular como fuerza llamada a gobernar lo que irrita sobremanera a quienes tienen un proyecto para España situado más allá de la Constitución. Lo que parece irritar a Rodríguez Zapatero no es ni una guerra de Irak que él continuó por otros medios, ni unas armas de destrucción masiva que él mismo aceptaba en 2003 que existían. Lo que él ve en la guerra de Irak no es ni una decisión estratégica equivocada ni un delito contra la “legalidad internacional”; es un proyecto “ultraconservador”, “ultraderechista” y “extremista”. Así las cosas, El País jamás fue neutral, y jamás deseo serlo: “es muy 'difícil ser neutral' cuando 'hay quien desea volver a la Guerra Civil” (Jesús Polanco, marzo 2007).
 
¿Fue discutible la decisión de apoyar a los norteamericanos en la guerra contra Sadam? Sin duda; aunque las razones se desvanecen conforme se afianza la victoria ¿Aportó el Frente de la Paz algún argumento estratégico, político, jurídico contra ello? Sin duda, no, como tampoco lo hizo Pedro J. Ramírez en el ao 2003. Embarcada en un proyecto de caza mayor, la izquierda sabía perfectamente que el objetivo estaba bastante más cerca que Faluya. Los asaltos a las sedes del Partido Popular, los intentos de agresión en Cataluña, los insultos a Jose María Aznar y al propio Mariano Rajoy debieron proporcionar al PP la certeza de que la guerra de Irak era sólo la ocasión para lograr un objetivo mucho mayor; ellos.
 
Acobardado antes y después de marzo de 2004, el PP tomó la peor de las decisiones; aceptó en su totalidad la versión que de la guerra, sus actores y sus motivaciones le ofrecía la izquierda. Se hizo a sí mismo culpable, interiorizó los histéricos chillidos pacifistas que desde Ferraz y su galaxia mediática se lanzaban contra Aznar, y trató de escurrir el bulto y dejar atrás una decisión basada en principios morales y estratégicos. En marzo de 2004, el PP pareció querer dejar atrás una tormenta de la que no era responsable, pero de la que se hizo, inexplicablemente, responsable.
 
Pero las cosas no eran tan fáciles; puesto que la guerra de Irak era para la izquierda el símbolo de una derecha ultraconservadora, al renunciar a defender la guerra, el PP renunció a defenderse a sí mismo: aceptando la visión que la izquierda le ofrecía sobre la guerra, el PP aceptó sin saberlo la visión que le ofrecía de sí mismo. En consecuencia, pedir perdón sobre la guerra equivaldría desde entonces a pedir perdón por sí misma, a esconderse perennemente, a expiar, no sólo el pecado de la aventura iraquí, sino el pecado de ser abiertamente liberal y abiertamente española, decididamente atlantista y dispuesta ha recuperar en las urnas el poder perdido.
 
5. El peso de Irak: ¿pedir permiso para ganar elecciones?
 
En noviembre de 2007, a tres meses de las elecciones, en vano trata el PP de huir de la guerra de Irak: el Frente de la Paz ató a su cola los bidones del oprobio; cuanto más corre, más suena a sus espaldas el estrépito del ¡No a la Guerra!. Aceptando la moderación que El País le venía exigiendo desde hace años, el Partido Popular decidió pasar página; en consecuencia, consciente de la debilidad intelectual, moral y política de la retirada, la izquierda hace de ello su bandera. En la entrevista publicada el 22 de noviembre en El País, Juan Costa renuncia a hacer suyo el legado de su partido; en consecuencia, el entrevistador se lo recuerda una y otra vez; utiliza el arrepentimiento popular para sepultar cualquier posibilidad de victoria de la derecha en 2008.
 
Irónicamente, hoy es el día en que la situación en Irak mejora cada día, en el que los terroristas encuentran menos ocasiones de asesinar, en el que las bajas norteamericanas descienden por momentos; el PP no sólo actuó de acuerdo a principios, sino que éstos parecen confirmarse en suelo iraquí. Las razones mostradas por el PP respecto a Irak fueron despreciadas pos los mismos a los que ahora se acude a dar explicaciones; la situación actual de mejora en las condiciones de vida iraquíes es obviada y escondida por el mismo periódico al que el Partido Popular trata de agradar. Hoy, cuando  la política de principios parece convertirse en política de resultados, la derecha no debiera esperar el reconocimiento de quien no está dispuesto a dárselo, ni en El País, ni en El Mundo
 
El Partido Popular renunció a defender su decisión sobre Irak; ignoró que al hacerlo renunciaba a defenderse a sí mismo. Renunció a defender una política basada en principios, y al renunciar a éstos no logró victoria alguna; quienes entonces les insultaban, les siguen insultando hoy y lo seguirán haciendo mañana. Agotándose en un esfuerzo inútil por hacer pasar página a quien no quiere pasarla, el PP olvida que si el Frente de la Paz le ha hecho responsable de los crímenes yihadistas en Irak, es ahora él quien debe hacerse responsable de la mejora de las condiciones de vida iraquíes.
 
6. Contra ETA; ¿pedir permiso para ganar elecciones?
 
Tras las elecciones vascas de 2001, desde el diario El País se advertía contra las alianzas constitucionales, y poco después se iniciaba la caza del hombre, de Nicolás Redondo Terreros y del PSE constitucional.  Hoy sabemos que no fue ninguna oferta etarra ni ninguna carta misteriosa las que marcaron el inicio de la negociación. No fue ETA la que se dirigió a Rodríguez Zapatero; fue éste quien, desde convicciones ideológicas profundas, abrió el proceso de negociación con la banda terrorista.
 
Desde el inicio de la tregua de ETA, los peores indicios se fueron haciendo realidad: el PSOE había pactado con ETA un nuevo marco político para el País Vasco, que satisfacía tanto a Arnaldo Otegi como a Rodríguez Zapatero; había pactado también la entrega de Navarra al panvasquismo de Nafarroa Bai, y preparaba medidas de excarcelación de terroristas sin arrepentir. Entre marzo de 2006 y diciembre de ese mismo año, tanto los enviados del Gobierno como los terroristas etarras estaban de acuerdo en lo fundamental; disentían en la forma de llevar a cabo el golpe de mano, pero no en la dirección a seguir.
 
En un juego de equilibrios, el Gobierno prometía más a cambio de ir más despacio; ETA exigía algo menos, a condición de ir más deprisa. Los unos y los otros se trataban de engañar entre sí, y sobre todo extendían el engaño al tercer actor; la sociedad española; los acuerdos a los que llegaron Gobierno y ETA soliviantarían de tal manera a la sociedad española, que se realizaron a escondidas, apología del silencio mediante; hubo pactos, acuerdos y hojas de ruta. Desde Gara a Deia pasando por El Mundo, ABC La Razón o El Confidencial han dado detalles de unas reuniones y unos acuerdos que El País y el PSOE dicen que no existen, y que Pedro J. Ramírez anima a borrar de la memoria. 
 
Ahora, esa opinión pública tan temida por Rodríguez Zapatero y por la propia ETA despertó de manera furibunda. Ni en el Partido Popular ni en UPN debería a estas alturas quedar lugar para la duda; fue la valiente y decidida actitud de Mariano Rajoy y Miguel Sanz, uniéndose a todas las organizaciones cívicas, la que frenó de golpe la negociación entre el PSOE y ETA, evitó la entrega de Navarra y ha interrumpido las negociaciones entre ambos, por lo menos las abiertas. Convertido durante meses en “enemigo de la paz”, acusado aún hoy del mismo pecado, lo cierto es que sólo el PP puede presentarse ante los ciudadanos con la conciencia limpia; será cuestión de confiar en la respuesta de éstos ante los unos y los otros.
 
Por el contrario, desde marzo de 2006, el diario El País se convirtió en la vanguardia de la defensa del diálogo con los terroristas. Antes de hacerse públicos los contactos, con la negación de su existencia; después, con la defensa cerrada de ellos. En el primer caso, desde las páginas del periódico se acusaba al PP de desacreditar las instituciones por creer los rumores; en el segundo, cuando las negociaciones eran ya públicas, se acusaba de entorpecer la última oportunidad para la paz. El Frente de la Paz, con el diario El País a la cabeza, defendió durante mucho tiempo que Navarra no estaba sobre la mesa y que De Juana no sería excarcelado, al tiempo que sus editorialistas y columnistas se mostraban partidarios fervientes del pacto con el panvasquismo de Patxi Zabaleta y mostraban su apoyo a los “gestos” hacia la banda.
 
Lo cierto es que, en noviembre de 2007, el PP puede estar satisfecho de la actitud tomada en relación con las negociaciones con ETA; a él corresponde el mérito de haber impedido que Rodríguez Zapatero entregara Navarra, tanto como a El País le corresponde la responsabilidad de haber capitaneado la maniobra de entrega. Carecen de sentido los reproches que en la entrevista a Gabriel Elorriaga le hace el diario de PRISA; más bien debiera ser el PP quien pidiera responsabilidades por la actitud mantenida por parte de la izquierda en los últimos años.
 
Lo cierto es que Navarra “estaba vendida” ya en febrero de 2007, y sólo la manifestación del 17 de marzo en Pamplona y la firmeza de Rajoy frenó un pacto que siguió existiendo la noche electoral.  Lo cierto, también, es que los contactos tras el doble crimen de la T4 han seguido produciéndose, y sólo la actitud decidida del PP ha hecho fracasar una negociación que era política de principio a fin, y que aún hoy, en las sombras, se mantiene. No corresponde a la izquierda pedir explicaciones sobre unas exageraciones que se han demostrado ciertas de principio a fin; más bien es el Frente de la Paz el que debiera ser sometido en las urnas al juicio de los españoles.
 
Como en el caso de Irak, de nuevo el PP parece aceptar la interpretación que la izquierda hace de la negociación con ETA; dando un paso más hacia la moderación que el Frente de la Paz exige a gritos al PP, y que Pedro J. Ramírez aplaude, Mariano Rajoy se ausenta deliberadamente de la manifestación del 24 de noviembre convocada por las víctimas de ETA, mientras Gabriel Elorriaga retrocede a propósito de ETA ante el acoso del periodista de El País; ¿acaso no es consciente este partido de los logros conseguidos, de la popularidad alcanzada, del servicio prestado? A día de hoy, los hechos muestran una inquietante realidad; si ETA no se ha salido con la suya no es por la actitud del PSOE, sino por la del Partido Popular.
 
7. Victoria moral, victoria política
 
En los años oscuros de la postguerra iraquí, el PP trató de escapar de sí mismo; en consecuencia, la izquierda le persiguió y le persigue recordándole que Irak es la muestra de su carácter intolerante y belicista. Huir de sí mismo no sólo le privó de reivindicar unos principios superiores a los de quienes apedreaban sus sedes, sino que envalentonó a sus inquisidores que, desde la calle Ferraz o el diario El País, disfrutan aún hoy persiguiendo a los populares. En lo que parece ser un desenlace sorprendente para unos y otros, la victoria comienza a asomar en el horizonte iraquí; si el Partido Popular no asume la Foto de las Azores, la base Al Andalus y toda la mitología iraquí, dejará huérfana una victoria que ni el PSOE ni El País tienen demasiado interés en reconocer.
 
En noviembre de 2007, la palabra victoria asoma tímidamente en el horizonte iraquí; la democracia se va asentando cada vez más en cada vez más ciudades y regiones de Irak. En el año 2003, el PP apoyó una guerra con, al menos, las mismas buenas intenciones que las de quienes se oponían a ella. Pero éstos, desde entonces, no se cansan de repetir la responsabilidad popular. Hoy, con una victoria a la vista, forzoso es reconocer que  la izquierda española jamás reconocerá una victoria que será su derrota, y Pedro J. Ramírez no apuntará entre los méritos del PP el fin de una guerra ante la que se puso, y aún se pone, del lado de Rodríguez Zapatero y del Frente de la Paz.
 
De igual modo, el Frente de la Paz no tiene interés en reconocer antes de marzo de 2008 los pactos con los terroristas, y el hecho, escasamente disimulado, de que se retomarán tan pronto como sea posible. Durante meses, el PP fue declarado “enemigo de la paz”; su decisión, sujeta a los más elementales principios morales, ha impedido que el PSOE y ETA consumaran sus pactos. La interrupción del pacto del PSOE con ETA no responde a la voluntad ni de uno ni de la otra, sino a la presión de un PP colocado a la cabeza de una sociedad engañada; la derrota de la negociación es, con mayúsculas, una victoria que el Partido Popular debiera hacer suya.
 
A tres meses de las elecciones, las fórmulas mágicas para la consecución del poder se suceden, a izquierda y derecha. Pero la moraleja a día de hoy parece ser evidente; el abandono de los principios no garantiza el respeto del rival, sino más bien su desprecio, y con él el aumento de la hostilidad hacia el PP. Por otro lado, deja huérfanos ante los ciudadanos los logros conseguidos, en la pacificación iraquí o en la interrupción de los pactos con ETA. En la España de 2008, la victoria en Irak y la victoria sobre ETA sólo podrán ser reivindicadas por el PP; y o el PP las reivindica como suyas, o sus inquisidores añadirán más leña a la hoguera.
 
Los consejos antiliberales de Pedro J. Ramírez y los intentos de conformar a los que califican a su partido de asesino y crispador, no sólo no aplacan la ira de sus inquisidores, sino que espolean aún más el acoso al PP. No será renunciando al liberalismo como ganará unas elecciones que, al contrario de lo que escribe el director de El Mundo, no están perdidas de antemano. Serán las urnas las que deban dilucidar si la política exterior de Rodríguez Zapatero es mejor que la popular, y si su política hacia ETA es mejor que la de Rajoy. En uno y otro caso, el PP tiene las de ganar. Así las cosas, los dirigentes populares no parecen estar en peores condiciones ni tener menos posibilidades de ganar que Rodríguez Zapatero y el Frente de la Paz que, a golpe de tambor, vuelve a bramar exigiendo meter en la cárcel a historiadores, cerrar medios de comunicación y librar a la derecha de sí misma.

 
 
Óscar Elía Mañú es Analista  del GEES en el Área de Pensamiento Político.
 


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