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Para entender la crisis con Irán (I)
Análisis nº 243   |  30 de Noviembre de 2007
 
Entender la actual crisis con Irán es un asunto complejo, pues en la misma confluyen elementos dispares y que tienden a reforzarse mutuamente. Para empezar, está la controvertida figura de Mahamud Ahmadinejad, el actual presidente de la república Islámica de Irán; en segundo lugar, las ambiciones del régimen fundamentalista iraní; tercero, los avances de su programa nuclear; en cuarto lugar, el elemento shií persa frente a sus vecinos suniies; quinto, las relaciones de Teherán con el terrorismo, desde el Líbano a Afganistán, pasando por Gaza, y alcanzando a elementos de Al Qaeda, y, por último, la injerencia de Irán en el Irak post-Saddam.
 
No sólo es complicado el tema por la variedad de frentes que presenta, sino también por la multiplicidad de actores que influyen y actúan en esta crisis: sobre todo Estados Unidos, pero también los europeos, los vecinos de Irán y las Naciones Unidas. Y siempre en el trasfondo, Israel.
 
A continuación se abordan unos cuantos elementos que, tenidos en consideración, pueden arrojar alguna luz explicativa a la crisis que se vive con Irán, unos momentos más álgida y en otros de retórica más fría, pero crisis al fin y al cabo.
 
1.- ¿Quién es y qué quiere Ahmadinejad?
 
Mahamud Ahmadinejad era un perfecto desconocido (excepto para los residentes en Teherán, ciudad de la que era alcalde y unos cuantos compañeros revolucionarios con los que comenzó sus andanzas) hasta que llegó inesperadamente a la presidencia de Irán en junio de 2005. Su victoria, en gran parte, se explica por la plataforma populista, anticorrupción, con la que hizo campaña para las elecciones. Sin embargo, a diferencia de otros elementos reformistas, Ahmadinejad no aspiraba a reformar el régimen, sino a devolverlo a su edad de oro, retornando estrictamente a las enseñanzas de su fundador, Jomeini.
 
Ahmadinejad tiene como guía espiritual al ayatolah Mohamed Taqi Mesbah Yazdi, líder de la secta Hojatieh. Esta corriente realiza una interpretación mística del Corán y en sí mismo puede resumirse en su profunda creencia en el retorno del Mahdi (el duodécimo Imán) y que este hecho sólo se producirá tras que el mundo experimente una grave crisis. La superación de esta suerte de Apocalipsis traerá indefectiblemente el triunfo último del Islam sobre el mundo.
 
Puede que nos parezca ridículo que un dirigente crea en una forma tan radical del destino, pero la verdad es que Ahmadinejad se ha pasado toda su vida preparándose para la venida del Mahdi. Los primeros pasos en la vida pública de Ahamidejad fue participar, a finales de 1979, en la organización de islamista radicales para combatir a los socialistas y comunistas que se oponían a la autoridad de Jomeini; más tarde se uniría a la Guardia Revolucionaria, en su unidad de acciones extraterritoriales, de la que llegaría a ser comandante de la brigada Jerusalem (una unidad encargada de asesinatos  de disidentes en Europa y el Oriente Medio).
 
A comienzos de los 90 serviría como gobernador de Maku y Joy, dos ciudades en el kurdistán iraní y en 1993 sería designado gobernador general de la provincia de Ardebil, de donde sería depuesto por el presidente Jatami por oponerse a toda apertura del régimen hacia Occidente. No obstante fue elegido alcalde de Teherán en 2003, iniciando desde ese momento una transformación religiosa de retorno a los principios jomeinistas en la ciudad (cierre de restaurantes, código de conducta islámica y de vestimenta...).
 
Dada su experiencia, no puede decirse que Ahmadinejad sea un político bisoño o que no cuente con su propia base de poder. De hecho, la milicia Bajsi y la Guardia Revolucionaria le adora.
 
Ahmadinejad tiene cuatro grandes objetivos: el primero, afianzar su base de poder dentro del régimen. Su principal carta, habida cuenta de las dificultades económicas del país, ha sido la política exterior. A través de sus desplantes y desafíos, ha ido construyendo una imagen mítica de sí mismo con la que venderse dentro de Irán. Y aunque es verdad que en las elecciones municipales del año pasado su candidatura no salió vencedora, sino que ganaron los más pragmáticos de Ransafjani y Jatamí, no es menos verdad que en estos meses el papel del Líder Supremo de la Revolución, Ali Jamenei, ha dejado de actuar como un factor de equilibrio entre las diversas facciones del régimen, para apoyar decididamente las acciones de Ahmadinejad. El régimen se ha vuelto más conservador sin lugar a dudas.
 
El segundo gran objetivo de Ahmadinejad es desarrollar la agenda de Jomeini y, en consecuencia, perseguir el objetivo último de exportar la revolución islamista en toda la región, llevando a Irán a convertirse en una potencia hegemónica en el Oriente Medio.
Teherán está ayudándose  de grupos de Hizboláh en el Líbano, Hamas entre los palestinos y Al Sadr en Irak para hacer avanzar su agenda de islamización.
 
En tercer lugar, Ahmadinejad aspira a “borrar a Israel del mapa”. Principalmente, porque la existencia del estado judío es un factor que complica sobremanera, si no imposibilita, la realización del sueño hegemónico iraní; pero también porque las creencias de Ahmadinejad le llevan a ver la política internacional como una lucha entre los auténticos creyentes y seguidores del Altísimo y los aliados de Satán.
 
De ahí su cuarto objetivo, “un mundo sin América”. Ahmadinejad no ha explicitado el significado de su frase y es difícil de entender que se pueda plantear una situación final así pero posiblemente lo que implique es un mundo en el que los Estados Unidos no tengan ninguna influencia en el Oriente Medio y se hallen en retraimiento de muchas otras partes del Globo. Sus intentos de construir un eje anti-americano, desde Pekín a Caracas, es buen reflejo de sus intenciones.
 
2.- La santa bomba
 
Habida cuenta del planteamiento imperialista del régimen islámico de Irán desde 1979, es lógico su búsqueda del armamento atómico: un Irán nuclear sería incontestable como potencia hegemónica regional, impondría la supremacía shií sobre la mayoría sunní, dispondría de los medios efectivos para destruir a Israel y contaría con un elemento de disuasión con el que hacer frente a cualquier crisis con Occidente. En suma, sería un arma ideal para la defensa del régimen de los ayatolas y sus planes de dominación exterior.
 
Por eso el programa nuclear iraní viene de antiguo. Y por eso, también, que sus fines militares se hayan mantenido clandestinos durante dos décadas. De hecho, desde 1980 Irán ha desarrollado su programa nuclear bajo un esquema muy simple pero eficaz. Por un lado, frente a la comunidad internacional y la OIEA, Teherán ha justificado su investigación y desarrollo en términos de uso pacífico de la energía atómica, respetando aparentemente las provisiones del TNP. De esa forma, Irán podía tener acceso a la tecnología necesaria, al know-how y a muchos de los componentes sin levantar sospechas.
 
Al mismo tiempo, como hoy sabemos, Irán puso en marcha un programa clandestino, con ayuda coreana, china y de la red de tráfico nuclear organizada por el padre de la bomba pakistaní, el doctor Kahn, diferenciado física y organizativamente de su programa civil. De los avances de éste sólo se supo a partir de que en el 2002 un grupo opositor (el NCRI) revelara la existencia del mismo y parte de sus instalaciones, como digo, desconocidas hasta esa fecha y al margen del sistema de verificación e inspecciones de la ONU.
 
En segundo lugar, Irán sacó sus propias lecciones de la destrucción del reactor nuclear iraquí de Osirak  a manos de la aviación de Israel en 1981 y en lugar de concentrar su infraestructura nuclear la diversificó a lo largo de diversas localizaciones y la especializó de manera redundante, de tal forma que fuera imposible acabar con su programa con un ataque limitado. Por lo que sabemos, el programa nuclear cuenta actualmente con unas 300 instalaciones, aunque sólo menos de 20 resultarían verdaderamente críticas.
 
No se sabe a ciencia cierta el grado de desarrollo del programa nuclear iraní. Lo que sí se puede decir con seguridad es que desde comienzos de 2005 Irán comenzó en fase industrial el proceso de conversión del uranio mineral en Hexafluoruro de Uranio y que, desde enero de 2006, ha retomado el proceso de enriquecimiento del gas. A principios de este mismo verano Ahmadinejad hizo pública la instalación de las primeras serie de centrifugadoras en la planta de Natanz (confirmado in situ por inspectores de la OIEA) y anuncios posteriores han elevado el número de centrifugadoras de dos cadenas de 156 a 15 series, con un total aproximado de 3.000 aparatos funcionando simultáneamente.
 
Para hacerse una idea, si las centrifugadoras funcionaran a pleno rendimiento, 300 de las mismas podrían producir en un año unos 30 kilos de uranio 235, de uso militar. Cantidad suficiente para unas cuatro bombas atómicas. 3.000 centrifugadoras permitirían una cantidad de material fisible para medio centenar de cabezas nucleares en un año.
 
Dicho esto, todo parece apuntar a que Irán está teniendo dificultades técnicas para sostener el proceso de enriquecimiento en cascada y que las centrifugadoras están operando con resultados muy por debajo de lo requerido para alcanzar el grado de enriquecimiento de uso militar, lo que significa, para algunos analistas, que Irán sigue estando lejos temporalmente de tener su primera bomba. Las estimaciones varían de entre dos y diez años, según la fuente.
 
En todo caso, Irán sigue ampliando su programa y tal y como se ha sabido el pasado día 27 de septiembre, podría estar utilizando una instalación secreta, subterránea, cerca de Natanz, para los ensayos de weaponizacion del material nuclear. La fuente ha sido de nuevo el NCRI, cuyas revelaciones hasta la fecha siempre se han demostrado correctas.
 
3.- El juego del ratón y el gato diplomático
 
Tras los descubrimientos de 2002 está claro que Irán ha incumplido sus obligaciones respecto al TNP, violando tanto su letra como su espíritu. Por distintas circunstancias, entre ellas la guerra en Irak, Irán ha podido ir maniobrando de tal forma que ha evitado tener que detener su programa nuclear sin deber pagar un alto precio por ello.
 
La primera táctica iraní fue garantizarse suficiente tiempo para ultimar sus instalaciones de enriquecimiento a través de continuas promesas a los europeos. Hay que recordar aquí que en lugar de elevar el dossier iraní al Consejo de seguridad una vez que el OIEA estimó que Irán incumplía sus obligaciones atómicas, Londres, Paris y Berlín (más al final también Solana por la UE) iniciaron una ronda de negociaciones encaminadas a disuadir a Teherán de proseguir con su programa nuclear. Desde el 2003 hasta el 2005 las conversaciones sólo sirvieron para comprometerse a seguir hablando y con la llegada de Ahmadinejad al poder pronto se vería que era inviable llegar a un acomodo con los líderes iraníes, pues estos no estaban por la labor de hacer concesión alguna.
 
La segunda, y ante el riesgo de que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas tomara cartas en el asunto, fue ganarse el apoyo indirecto de China y Rusia para impedir que esto sucediera. Con todo, el fracaso de los europeos acabó finalmente con la ONU haciendo frente a la cuestión iraní. Una diplomacia pausada y sin estridencias por parte americana, llevaría a forjar un cierto consenso en el Consejo de Seguridad y a la imposición de sanciones contra Irán. Así, el 31 de julio del año pasado el CS adoptó 14 a 1 su primera resolución sobre el programa nuclear iraní (1696), conminando a Teherán a que cesara todas sus actividades de procesamiento y enriquecimiento. La respuesta iraní no fue satisfactoria y el posterior informe del OIEA, a finales de agosto, confirmó que Irán no estaba cumpliendo ninguna de las condiciones impuestas por la ONU. El 23 de diciembre de 2006, esta vez por unanimidad, el CS adoptó la resolución 1737 por la que se imponían una serie de sanciones limitadas y de carácter económico contra Irán, prohibiendo la asistencia técnica al programa nuclear así como la congelación de bienes de 12 ciudadanos iraníes y 10 organismos relacionados con el programa.
 
Si bien las autoridades de Teherán se mostraron sorprendidas porque ni Rusia ni China hubiera vetado una resolución con sanciones, éstas eran en realidad muy suaves y no implican una merma importante para el régimen o su programa nuclear. De hecho, Irán anunció al día siguiente su intención de proseguir con el enriquecimiento. El CS volvería a adoptar una nueva resolución, la 1747, el 24 de marzo de este año, por la que, básicamente, se ampliaba la lista de personas y entidades sujetas a sanciones.
 
Tras el nuevo desafío de Ahmadinejad en la última asamblea de la ONU, donde ha declarado el dossier nuclear “formalmente cerrado”, a la vez que afirmaba que ninguna sanción pondría fin al programa nuclear, el CS ha vuelto a discutir nuevas sanciones contra Irán. Sin embargo en esta ocasión, no ha habido otra resolución, sino que el Consejo se da de plazo hasta noviembre para retomar el tema.
 
A todo esto hay que señalar que las sanciones han sido difíciles de aplicar. Los bancos iraníes afectados han cambiado sus transacciones en dólares por otras monedas, incluyendo el euro y ningún individuo de la lista ha sufrido todavía complicación alguna, llegando a viajar fuera de Irán libremente. No obstante, el mayor impacto de las sanciones tiene que ver con su impacto indirecto. La comunidad financiera internacional ha preferido mostrar un notable grado de autolimitación en sus transacciones con Irán o entidades al servicio de Irán (sin duda por temor a ser sancionadas en Estados Unidos) y han inducido un retraimiento general del comercio y las inversiones en Irán. De momento el superávit causado por el alto precio del crudo (unos 60 mil millones de dólares anuales) pueden paliar a corto plazo un cierto grado de desinversión, pero Irán necesita del capital extranjero para mantener su infraestructura petrolera al día. La pregunta es si las sanciones económicas darán sus frutos antes de que los ayatolas tengan la bomba.
 
4.- El movimiento pro-desinversión
 
Mientras la comunidad internacional se enzarza en una estéril polémica sobre quien cumple y en qué grado las disposiciones sancionadoras de la ONU (el último capítulo la disputa entre Sarkozy y Merkel y el informe de la Chancillería alemana sobre las empresas y países que siguen haciendo negocio con o en Irán), en Estados Unidos ha surgido un movimiento impulsado básicamente por grupos religiosos (evangelistas y judíos) y pro-derechos humanos, cuyo objetivo es forzar una legislación que castigue a toda empresa, americana, subsidiaria o extranjera, que siga teniendo relaciones comerciales con Irán. En general y no sólo con las entidades sancionadas por la ONU.
 
Es un movimiento que ha encontrado eco tanto en miembros del partido republicano, como en el demócrata. De hecho han sido algunos de los representantes de éste último quienes más sensibles y activos se han mostrado en este tema.
 
Los partidarios de la desinversión de fondos públicos y privados de empresas con negocios con Irán han actuado hasta la fecha en dos niveles: el federal y el estatal. Y hay que decir que con bastante éxito. Así en junio de 2007,  bajo el impulso del demócrata Tom Lantos, el Comité de Relaciones Exteriores de la Camára de Representantes adoptó el Iran Counterproliferation Act, en la que se establecen sanciones contra las empresas si mantienen relaciones comerciales con Irán. Y si bien la Administración se mostró altamente crítica con sus provisiones, este Acta cuenta con una  mayoría de apoyos en el Congreso, incluido el Senado, tal y como se ha demostrado en su aprobación en el pleno el pasado 25 de septiembre.
 
En agosto, los representantes, por 408 contra 6, pasaron una proposición de ley por la que se autoriza a los gobiernos estatales y locales a la desinversión, garantizando protección jurídica a los gestores de los fondos que elijan desinvertir si con esta opción  aceptan menores beneficios.
 
A nivel estatal, el movimiento ha causado un gran impacto en estos pocos meses de vida y ha conseguido que sus propuestas de desinversión sean aceptadas bajo forma de ley en Florida, Louisiana y Missouri y que estén pendientes de aprobación en California, Georgia, Maryland, Massachussets, Michigan, New Jersey, New York, Ohio, Pennsylvania y Texas.
 
Es más, la idea de actuar económicamente contra Irán de forma indirecta, castigando a quien no impongan un total aislamiento comercial con ese país, ha ganado fuerza entre influyentes think-tanks en Washington. Un ejemplo claro es el bien conectado con la actual administración American Enterprise Institute, quien mantiene en su agenda de actividades una serie de eventos sobre el tema (con una gran conferencia el julio pasado) y que alimenta una página web donde se listan todas las compañías con negocios en Irán, incluida Repsol, como una forma de exposición al público.
 
Habida cuenta de las pautas de comportamiento social en Norteamérica y que se avecina el periodo electoral, el impacto de este movimiento puede llegar a ser grande. De momento lo que ha conseguido es que se pueda ser favorable a sanciones económicas para aislar a Irán en ambos lados del espectro político americano y que manifestarse con firmeza contra Irán sea más que respetable para un político con ambiciones.
 
5.- La fatiga negociadora
 
La intermediación de los europeos dejó de tener sentido toda vez que las Naciones Unidas se hicieron con el dossier nuclear iraní. Además, los interlocutores, sobre todo Javier Solana, se han sentido fuertemente decepcionados por el comportamiento y la intransigencia de los iraníes. Las ofertas a Teherán fueron tantas que ya nadie es capaz de recordarlas. Aunque es bien presente que cada una de ellas fue rechazada de plano por los dirigentes iraníes.
 
El camino en Naciones Unidas ha logrado dar sus frutos, aunque tardíos y lentamente. Pero el hecho de que la ejecución de las sanciones esté por debajo de lo esperado y que cada vez sea más dificultoso conseguir un consenso sobre nuevas sanciones puede hacer llevar a que los principales actores de esta crisis acaben por desentenderse de este proceso formal y multilateral. Por ejemplo, si bien los responsables máximos del departamento de estado americano han podido sentirse ampliamente satisfechos de conseguir la 1747 por unanimidad, el clima bilateral con Rusia y el endurecimiento de Putin cara a las próximas elecciones presidenciales en su país no permite prever grandes avances en este tema.
 
Nicolas Sarkozy ha planteado una nueva aproximación al programa nuclear iraní en las últimas semanas. Si a través de la ONU no es posible avanzar en un régimen de sanciones más dañino para Irán, se podrían  llegar a poner en marcha unas sanciones igualmente perjudiciales si europeos y americanos las aplicaran en su integridad. Al fin y al cabo lo que Irán necesita es dinero y tecnología occidental.
 
Hasta el momento, la propuesta de sanciones bilaterales avanzada por el presidente francés, no ha motivado un gran entusiasmo en sus socios de la UE. Alemania, el principal socio comercial europeo con Irán (del orden de más de 1100 empresas y unos 6 billones de euros de negocio anual) ha preferido escudarse en el margen de tiempo adoptado por el CS antes de adoptar restricciones más severas que pudieran poner en peligro sus intereses económicos.
 
En cualquier caso, tras el conocimiento de que Irán ha intensificado y acelerado su programa nuclear, tanto en su vertiente de uranio como en la de plutonio, el entusiasmo por poner en pie un sistema de sanciones muy intrusitas, pero que no penalicen más que al régimen de los ayatolas y a sus investigaciones, se está enfriando rápidamente.
 
Los propios israelíes, posiblemente quienes más hayan batallado por las sanciones sobre Irán, se están repensando su aproximación al problema. En los dos últimos años han insistido frente a los europeos que sólo el aislamiento económico de Irán junto a una presión política insuperable podría llevar a que Teherán pusiese fin a su carrera nuclear.
Habida cuenta de la falta de voluntad europea para aplicar dichas presiones, los israelíes se han dado cuenta de que, en realidad, estaban motivando el desaliento y la aceptación última de la bomba iraní. Puesto que la única alternativa a las sanciones, la militar, era y es impensable para los europeos.
 
Pero que ahora se mencione más abiertamente el escenario bélico puede responder a un nuevo deseo de motivar a Europa: si no hay sanciones que valgan, habrá guerra con todas sus consecuencias. Así que mejor se implementen las sanciones.
 
Sea como fuere ha habido dos silencios últimamente muy significativos: el primero, el ataque secreto israelí sobre una hipotética instalación nuclear en el norte de Siria el pasado 6 de septiembre. Con el éxito de esta operación, Israel estaría obteniendo ganancias operativas pero también políticas, pues dejaría claro que tiene capacidad real para este tipo de misiones de bombardeo y, sobre todo, la voluntad de acometerlas. Algo que habría quedado en entredicho tras la guerra con Hizboláh en el verano de 2006. Siria le habría proporcionado a Tel Aviv la posibilidad de restituir la disuasión perdida.
 
El segundo silencio llamativo ha sido el del presidente norteamericano George W. Bush en su discurso ante las Naciones Unidas, donde Irán no ha tenido ningún tratamiento especial, a diferencia de en años anteriores. Este llamativo silencio se ha interpretado como parte de un guión en el que los americanos se están preparando para actuar al margen de la ONU si en ésta es imposible avanzar.
 
La administración americana –y en especial el Departamento de Estado- se habría desencantado de poder influir en la toma de decisiones en Irán, teniendo muy fresco el diálogo mantenido en Bagdad sobre Irak y su absoluta falta de resultados.
 
En todo caso, la atmósfera reinante tras 5 años de intentos negociadores es que Irán se ha aprovechado de este tiempo para proseguir con su programa y que la actitud de los dirigentes iraníes lejos de flexibilizarse, se ha endurecido. No hay, por tanto, posibilidad a la vista de poder llegar a un entendimiento con Teherán.
 
6.- ¿Cómo y cuánto de inaceptable es la bomba iraní?
 
Nadie puede dudar ya de que Irán quiere la bomba atómica y que sus dirigentes están dispuestos a pagar un alto precio si con eso se garantizan tenerla. Igualmente, nadie quiere una acción bélica de consecuencias impensables, pero todo el mundo, aunque sea en la trastienda, entiende que el régimen de sanciones de la ONU no va a impedir que Teherán se haga con su arma nuclear. ¿Puede, entonces, llegar a ser verdad la frase del candidato republicano, el senador John McCain, de que “sólo hay una cosa peor que bombardear Irán: un Irán nuclear”? Angela Merkel ha dicho en reiteradas ocasiones que un Irán nuclear es del todo inaceptable. Y Sarkozy  ha llegado a firmar que de no ser capaces de detener ahora la investigación nuclear en Irán, se llegaría a un dilema terrible, la bomba  o la guerra.
 
En realidad hay más opciones que la capitulación o la guerra. Que se prefiera una a otra depende de cómo se vea el problema con Irán. Por ejemplo:
 
Escuela 1: el problema es Ahmadinejad. Quien así ve la crisis actual con Irán tiende a pensar que un cambio en el liderazgo en Irán sería suficiente para templar los ánimos. Desbancar a Ahmadinejad, un radical intransigente e iluminado, como hemos visto, por alguien más realista y pragmático, de corte tipo Ransafjani, haría que el sistema de incentivos y sanciones pudiera funcionar. Si el coste económico y diplomático de continuar con el programa nuclear es considerado excesivo, estos líderes serían propensos a la negociación y al acuerdo.
 
La estrategia  a seguir, de acuerdo con esta visión, sería la actual, lograr incrementar las sanciones en la ONU, así como sostener un frente internacional unido, para aislar a Irán. A la vez que avanzar promesas de cooperación hacia los elementos más razonables en Irán. Las próximas elecciones legislativas iraníes de febrero de 2008 tendrá una gran importancia para la fuerza de esta visión, pues si los duros no sufren un fuerte revés, el ascenso de los moderados quedará claramente en cuestión.
 
Escuela 2. el problema es el régimen islamista iraní. Quien así piensa cree que la distinción entre moderados y radicales en el seno de la elite dirigente iraní es artificial, aunque responda a nuestra complacencia. De hecho se recuerda que fue bajo Jatamí, tal vez el elemento más aperturista den Irán, cuando Irán alcanzó la madurez técnica de su programa y cuando se pusieron muchos de los elementos indispensables para la fase actual de desarrollo. Entre Ahmadinejad y Ransafjani, se argumenta, hay diferencias tácticas, pero ambos comparten los mismos objetivos a largo plazo. Por último, convendría tener en consideración que el reparto de papeles en Irán no es mimético al de una democracia occidental y que el líder supremo sigue siendo la persona más influyente. Los intentos este mismo verano por parte del propio Ransafjani de influir en la sucesión de Ali Jamenei (por lo que sabe en tratamiento anti-cáncer)  han resultado en vano. Por lo tanto, sería un cambio de régimen y no un simple cambio de caras lo que estaría a la orden del día.
 
Por otro lado, dado el recurso iraní al terrorismo y al empleo de terceros, como Hizboláh o hamas, para expandir sus ideales y alcanzar sus objetivos, la única forma segura de acabar con las ambiciones regionales iraníes es poner fin a la república Islámica, un auténtico caldo de cultivo del imperialismo teocrático. La bomba es un problema ya que le da a los ayatolahs un poder insalvable, pero es la naturaleza del régimen lo que le otorga su sentido más siniestro.
 
Escuela 3: el problema es un Irán nuclear. Hay quien más allá del islamismo del régimen de Teherán cree que un Irán non islamista, pero nuclear, seguiría siendo un problema muy agudo, especialmente en el ámbito regional. La bomba serviría para un proyecto nacionalista expansivo y permitiría seguir haciendo valer los deseos de la comunidad shií sobre su entorno sunní. Una bomba en manos de Teherán, por muy benigno que fuera su gobierno, despertaría numerosos recelos entre sus vecinos del Golfo y más que seguramente provocaría una proliferación desbocada en la zona.
 
En fin, formalmente nadie acepta un Ahmadinejad atómico. El riesgo se vuelve existencial para Israel y muy grave para el resto del mundo. Los elementos de disuasión imaginables no servirían de nada frente a una lógica apocalíptica como la suya, propensa a aceptar altos riesgos.
 
En Europa, no obstante, se tiende a pensar que otro líder, más racional y pragmático, podría ser aceptable incluso con la bomba. Sería imaginable que Teherán quedara comprometida por el juego de la destrucción mutua asegurada y aunque tuviese un número determinado de cabezas nucleares con sus vectores de largo alcance, no estaría tentada por usarlos. Hay quien en Israel también piensa de esta manera.
 
El problema es que extrapolar las enseñanzas de la disuasión EE.UU.-URSS durante la guerra fría al entorno iraní, es harto problemático. No hay elementos comunes y nada permite pensar que los factores más básicos llegarían a estar presentes algún día. Cabe recordar que la base de la disuasión fue la destrucción mutua asegurada y que para que esta condición se cumpliera las fuerzas nucleares de los contrincantes tenían que ser muy numerosas y estar diversificadas (para así evitar su eliminación en un primer golpe).
Igualmente, los adversarios tienen que contar con unas características más o menos similares en territorio y población, valorar las mismas cosas y, muy especialmente, tener claro la lógica del oponente. Si bien lo primero, un arsenal con capacidad de segundo golpe,  podría darse en el caso de Irán y sus vecinos, a costa, eso sí, de una fuerte inversión militar y una carrera de armamentos como la conocida entre el Este y Occidente en los 60 y 70, lo segundo es impensable: Israel es un país de una sola detonación nuclear. No hay simetría posible y este hecho seguirá existiendo en el futuro si posibilidad de cambio.
 
7.-  El laberinto a seguir
 
En Irán, el régimen está en manos de la línea de Ahmadinejad y de momento no hay más alternativa que contemplar que el presidente, con Jamenei detrás, seguirá dominando la agenda interna e internacional iraní.
 
En Estados Unidos, la cuestión iraní va a cobrar mayor relevancia en los próximos meses. Por varias razones. Primero, porque Irak puede ir evolucionando positivamente y eso liberará más atención para otros temas. Si la estrategia de Bush da sus frutos, además, América recobrará algo de su imagen de poder perdida en las calles de Bagdad.
 
Es más, Irán está ya en la agenda debido a la injerencia iraní en Irak. Cada día que pasa la administración norteamericana escala su retórica contra dicha presencia y sus maniobras desestabilizadoras. Hay quien en el Congreso, entiende que Estados Unidos e Irán están ya técnicamente en guerra (enmienda Lieberman-Kyl de 25 de septiembre).
 
La presión de diversos movimientos religiosos, muy importantes para la movilización del electorado y, por tanto, para el apoyo a uno u otro candidato, motivará que la retórica sobre Irán se haga más fuerte y no al contrario. En el caso de los demócratas esto estará aún más vivo al tener que reafirmar sus credenciales como anti-derrotistas y pro-seguridad nacional.
 
Por último hay que recordar que desde septiembre de 2001 importantes personalidades de dentro y fuera de la administración Bush ya definieron a  Irán como un frente de la guerra contra el terror. No en balde Irán formaba parte sustancial del famoso “eje del mal”. En buena medida, la frustración con la falta de una solución negociada, coloca esta visión de nuevo en primer plano.
 
En este sentido, es de esperar que la presión diplomática aumente de aquí a febrero de 2008 y tras los resultados electorales en Irán, si no son favorables, siga aumentando todavía más.
 
Si los Estados Unidos no son capaces de arrastrar en su estrategia a otros países, esencialmente a Europa, la tentación unilateralista volverá a crecer.
 
Los europeos, por su parte, poco pueden hacer más allá de la imposición de sanciones. Posiblemente criticar una acción militar contra el programa nuclear iraní. Pero si no son capaces de ponerse de acuerdo sobre más sanciones y un cumplimiento estricto de las mismas, estarán contribuyendo a que el escenario militar sea más plausible.
 
Por su parte Israel preferiría no tener que llegar a ese punto de no retorno del programa nuclear en Irán, punto en el que por su propia existencia, no tendrían más remedio que actuar militarmente. Y no hay que dudar de que si nadie lo impide antes, frustrando a Teherán, actuarían.
 
En suma, la opción militar no parece deseable de momento, pero no es descartable. Y no sólo como un elemento de presión más, sino como un mecanismo de solución de la crisis. La clave está en el factor tiempo. Si el programa nuclear prosigue su curso, será cuestión de meses que alguien se plantee seriamente una acción para eliminarlo en la medida de las posibilidades.
 
Mucho se ha dicho sobre la viabilidad y efectividad de un golpe militar para parar el desarrollo de la bomba iraní. Y hay que ser claros y rotundos en esto. Tanto Israel como Estados Unidos cuentan con la capacidad suficiente para acometer tal misión con un notable grado de éxito. Dicho lo cual, si bien desbaratar militarmente el programa nuclear no es imposible, hacerlo dejando al régimen intacto podría provocar unas reacciones muy negativas. En términos de seguridad para la zona y en términos de flujos económicos. Es por esos escenarios negros que se sigue poniendo el énfasis en una solución pacífica.
Pero también es por eso que la planificación militar está obligada a tener en cuenta numerosos escenarios, desde la destrucción de unas pocas instalaciones, al bombardeo de elementos de base del régimen de los ayatolas, o la voladura de las infraestructuras de refino, por citar algunos ejemplos.

 


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