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“Otoño de Paz”: de Vitoria a Rabat, pasando por Caracas
Colaboraciones nº 2070   |  29 de Noviembre de 2007
 
Por fin se produjo la visita del Rey a Ceuta y Melilla. Fue un baño de españolidad y apoyo popular que la monarquía necesitaba en unos momentos en que ha estado en el centro de varias polémicas y de no pocos incendios, nada metafóricos, de iconos monárquicos por parte de quienes, moral y políticamente, tienen un pie en el republicanismo y otro en el separatismo mientas extienden sus manos al terrorismo en señal de búsqueda de acuerdos. Aunque también convenía esta visita al gobierno de Rodríguez Zapatero que quiere lavar en vísperas electorales sus relaciones peligrosas con un separatismo que pone el mito identitario por delante de las libertades y las vidas de todos.
 
Los incidentes de Santiago de Chile, en que el Rey mandó callar a Hugo Chávez cuando éste insistía en sus insultos al ex presidente Aznar, han subido por su parte la popularidad real y han puesto al descubierto las contradicciones y los límites de la política exterior del gobierno de ZP en Iberoamérica.
 
Los aliados ideológicos y políticos del gobierno socialista español, mientras se aprovechan de sus apoyos políticos y financieros, siguen haciendo del ataque a España y a sus empresas parte de sus programas demagógicos y legitimadores de sus recortes de las libertades y su catastrófica gestión económica.
 
Lo ocurrido en las ciudades españolas del norte de África, las maniobras marroquíes y los recurrentes insultos de la internacional populista y neocomunista que se gesta desde Caracas no son casuales. Hay un mismo método con el que los socialistas que gobiernan gestionan todos los problemas, todos los desafíos, desde los del nacionalismo vasco a las presiones marroquíes pasando por la utilización de la corona española y de España para inflamar discursos totalitarios y criminales en toda América: el apaciguamiento, la técnica de bajar el perfil de los problemas reales, sentarse a negociar con los extorsionadores y ceder todo lo posible con tal que no sigan gritando y alterando el panorama. Las actitudes de firmeza las rechazan “porque agravan los problemas” y las de debilidad las justifican por la necesidad de “paz y diálogo”. Una vez aprendida la técnica por los adversarios colocan una y otra vez al gobierno español contra las cuerdas y gana posiciones lenta pero inexorablemente. Ahora, en plena precampaña electoral en España, el momento es inmejorable.
 
Con la lógica del “proceso de paz” en el País Vasco, los actores internacionales tratan de situar al gobierno contra la pared en cada ocasión que puedan porque, a lo sumo, éste va a mantenerse ahí pero no a defender sus posiciones con convicción ni con una estrategia de fortalecer sus posiciones en las crisis. Como popularmente se dice: se trata de un gobierno “chollo”.
 
En Europa la posición española ha pasado de una cierta comodidad al ridículo y del ridículo a la inexistencia como actor político. Solo queda la propaganda emanada de La Moncloa con el reflejo inestimable en algunos medios de comunicación afines al gabinete.
 
El affaire Ceuta y Melilla
 
Aunque no haya trascendido en toda su dimensión, no es la primera vez en los últimos diez años que esta visita se ha planeado ni ha sido especialmente el Gobierno de cada momento quien ponía más obstáculos a la misma.
 
Varias veces se estudió desde La Moncloa la oportunidad de una visita real a las ciudades españolas del otro lado del Mediterráneo y en ninguna ocasión se alcanzó un acuerdo con la Casa Real que no consideraba oportuno el momento.
 
Detrás de esta posición estaba, probablemente, la concepción tan extendida en la sociedad española de que la mejor forma de sortear tensiones es ignorar su existencia y la inseguridad en los mecanismos propios para hacer frente a los desafíos importantes. Es una vieja tendencia nacional, o al menos de parte de la nación, la de renunciar a la firmeza en la quimérica esperanza de que el adversario se verá arrastrado así a la moderación.
 
Pero ante el gesto valiente y necesario del Rey de visitar Ceuta y Melilla, Marruecos no ha reaccionado con el guión que alguien había escrito en La Moncloa, a pesar de la comunicación previa, y equivocada por expresar debilidad, a Rabat y a pesar de que España ha pasado a ser, con el gobierno socialista, uno de los firmes apoyos de la diplomacia marroquí para consumar jurídicamente la anexión de hecho de la antigua colonia española del Sahara Occidental.
 
Mohamed VI ha retirado a su embajador en Madrid en señal de propuesta, ha reanudado sus soflamas sobre las “ciudades ocupadas” por España y los líderes políticos marroquíes han subido un par de grados sus recurrentes afirmaciones nacionalistas anti españolas.
 
El problema, para el rey de Marruecos, es que el islamismo radical que tanto teme, está tratando de ponerse al frente de la manifestación anti española y anti europea y varios comunicados de Al Qaeda han aprovechado la situación para hacer llamamientos a acciones terroristas contra intereses españoles y franceses. En ese contexto, Marruecos ha conseguido el apoyo de la Liga Árabe para su reivindicación sobre Ceuta, Melilla y los peñones e islotes españoles cercanos a la costa marroquí sin que la diplomacia española haya neutralizado la gestión ni el gobierno haya recordado la falsedad histórica y jurídica de las reivindicaciones marroquíes y la ausencia de contencioso alguno reconocido por la ONU o la legalidad internacional.
 
Una vez mas, el avestruz ha reemplazado al ministro de Asuntos Exteriores que el mismo día en que Rabat decidía retirar a su embajador en Madrid se marchaba a Marruecos a pasar unos días de asueto asistiendo a un festival flamenco organizado por la “amistosa política del sultán”.
 
Leones y corderos
 
Hay una película de estreno reciente que está haciendo furor. Independientemente de la tesis que plantee como moraleja, la trama arranca cuando un profesor, idealista y escéptico a la vez, hace a sus alumnos una pregunta clave: ¿Por qué estaríais dispuestos a morir? La película se titula Leones por corderos.
 
Esa es una pregunta clave en la sociedad actual, en la sociedad occidental del relativismo moral e ideológico, de confundir la paz con la ausencia de problemas, de aceptar como inevitables los males y las ofensas y de reaccionar con culpabilidad ante las acusaciones gratuitas de los enemigos del bienestar y la libertad occidental para legitimar crímenes terribles.
 
No importa la respuesta. Puede ser la patria, el honor, la familia, la vida propia, los derechos inalienables… pero ¿por qué estamos dispuestos a morir en esta sociedad?
 
El título de la película está tomado de un hecho no menos significativo, ocurrido en 1916, durante la crudelísima batalla de Somme, en el fragor de la I Guerra Mundial: hay una frase atribuida al general Max von Galwitz, comandante supremo de las fuerzas alemanas.
 
Los jefes alemanes estaban impresionados por el valor de los jóvenes soldados ingleses que eran enviados una y otra vez a ataques suicidas por incompetentes superiores mientras bebían vino en sus lujosas tiendas. El general alemán dijo: “Jamás he visto leones tan valientes siendo comandados por corderos”.
 
La pregunta de por qué causa estaríamos dispuestos a morir sigue siendo válida y probablemente también la reflexión del jefe militar alemán referida a numerosas situaciones.
 
Y la triste respuesta está en las recurrentes afirmaciones del presidente Rodríguez Zapatero respecto al planteamiento general de diversos asuntos. Para él, la Nación es un concepto discutido y discutible sin entender que la Nación es el soporte jurídico, histórico y geográfico que ampara nuestras libertades y confundiéndolo con esa amalgama mítico étnica propia del nacionalismo totalitario que acampa en los limites de España. Para él, la firmeza queda aparcada “cuando puede ser utilizada para radicalizar a los contrarios” con lo cual, cuanta mayor radicalidad de los contrarios menos firmeza y mas cesiones. Para él, defender a Aznar de una acusación de “fascista” es recordar que fue elegido por los españoles, como si Hitler no hubiera sido elegido por los alemanes o el presidente Chávez por los venezolanos. Nada, por supuesto, de afirmar que Aznar no es un fascista, que no intentó desde el poder recortar las libertades (bien al contrario) ni dar un golpe de Estado constitucional, que no defiende un partido único, que no trata de aumentar la intervención del Estado en la economía ni hace desfilar a sus seguidores con consignas amenazadoras. Eso sería fascismo y en esas prácticas está muy avezado, precisamente, el presidente Chávez, en algunas de ellas ha caído el partido de Rodríguez Zapatero y avanzan en su aprendizaje las bases del PNV y del nacionalismo catalán.
 
Pero, efectivamente, no cabía esperar una respuesta ideológica del presidente Rodríguez. Antes de que Chávez se embarrara en sus insultos y agresiones, nadie había llamado fascista a Aznar tantas veces como algunos dirigentes socialistas españoles. Chávez ha sido solo un alumno exagerado de lo que se oye en determinados escenarios españoles.
 
Rodríguez Zapatero ha elegido, su partido ha elegido. No quieren tener ni soldados preparados para ser valientes como leones si fuera necesario, ni le importa tener jefes que puedan llegar a comportarse como corderos. Directamente quiere a los corderos, su forma de vida, sus concepciones y su filosofía en los puestos claves del gobierno y en la orientación de su política. Lo cual no les impide, por cierto, como característica psicológica de la cobardía vital, llegar a la brutalidad si es necesario siempre que no se note, o sacar pecho ante los débiles para sentirse seguro en su desinflamiento ante los que le apabullan.
 
La política del apaciguamiento como forma de vida y de gobierno es suficientemente vieja, ha sido suficientemente ineficiente y abundantemente proveedora de cadáveres como para ser una de las desgracias históricas más estudiadas. Pero sus imitadores y seguidores siguen actuando conforme a la misma como si la cosa no fuera con ellos.
 
El “buenismo”
 
El apaciguamiento español de ahora ha sido definido de diversas maneras. Como Buenismo, “todo el mundo es bueno y susceptible de ser convencido por el diálogo”, “los delincuentes lo son porque la sociedad los condena previamente”, “existe terrorismo nacionalista vasco porque hay problemas pendientes desde el franquismo o mas atrás…” o como Pensamiento Alicia, descubrimiento filosófico del profesor Gustavo Bueno, que describe como tal el que define el mundo como una suma de realidades inventadas para hacerlo mas aceptable, ingenuidad, egoísmo y autoengaño permanente que pretende ser extendido a toda la sociedad.
 
En realidad ambos conceptos son complementarios y tienen hondas raíces en viejísimas concepciones angélicas de la humanidad y sintonizan con el interés inmediato, egoísta e individualista de no aceptar problemas o meter la cabeza en el agujero del avestruz para no verlos. Pero las definiciones del problema, acertar mas o menos en las mismas, solo sirven para ponerles remedio.
 
En la práctica, la política de apaciguamiento ha llevado en cuatro años a una realidad escandalosamente evidente: España ha perdido importancia e influencia (que ya era menor de la que debería tener dada su situación económica, política y geoestratégica) en todo el planeta; el Estado se ha debilitado en todo el territorio nacional; la sociedad percibe que los radicales han avanzado en todos los terrenos y la inseguridad general y la corrupción ha aumentado y se cosechan fracasos como Estado en todos los frentes. No hay ningún elemento de la gestión pública, interna o externa, que vaya mejor que en la legislatura anterior. Ni una sola, salvo la cacareada “extensión de derechos” que se reduce casi exclusivamente al matrimonio homosexual, del cual el gobierno no quiere dar cifras porque ni siquiera en este terreno, más allá de la propaganda, el citado “matrimonio” ha sido aceptado y ejercido por una cifra significativa de homosexuales.
 
Hay varios ejemplos recientes de a dónde nos conduce el apaciguamiento. Pero probablemente bastan dos, uno externo, Marruecos, y uno interno, ETA y los nacionalismos.
 
Respecto al primero, el gobierno de Rodríguez Zapatero ha venido diciéndonos que con su llegada al poder se había vuelto a las “excelentes relaciones de siempre sin olvidar los problemas existentes”. Y, ciertamente, con el realineamiento con Rabat respecto al Sáhara se crearon condiciones para estrechar lazos con Marruecos dándole la razón.
 
Pero el gobierno ha olvidado una tradición de la cultura negociadora de la diplomacia musulmana y más concretamente de la árabe-musulmana. Se trata de lo que en círculos diplomáticos occidentales se denomina con eufemismo como los “antecedentes de probada ausencia de credibilidad”.
 
Este olvido ha llevado a una crisis grave con Marruecos, a una reacción desproporcionada de nuestros vecinos del sur por la visita del Rey a Ceuta y Melilla y a la retirada del embajador exactamente de la misma manera que en los momentos precedentes a la provocación de Perejil.
 
En las relaciones con los separatismos y el terrorismo nacionalista la situación no ha sido mejor. El empeño en buscar “terrenos de encuentro” con los terroristas y el separatismo vendiéndolo como un “esfuerzo de paz”, ha llevado a proclamar que la idea de nación española es “discutido y discutible” aunque no la idea de nación de los separatistas, el caer en los giros tácticos de ETA que han permitido a la banda terrorista rearmarse, reorganizarse y recuperar protagonismo político en ayuntamientos y diputaciones vascas y a profundizar el debilitamiento del Estado en toda España, pero especialmente en Cataluña y el País Vasco justo en los momentos en que este Estado necesita mas que nunca hacer acto de presencia, fortaleza y justificación.
 
El israelí Eprahin Halevi, que fue jefe del Mossad durante varios años y acaba de escribir unas memorias de aquellos años, apresuradas y lógicamente restrictivas, pero muy pedagógicas, describe los mecanismos psicológicos de los protagonistas de negociaciones inconvenientes e indispensables, es decir, aquellas que los gobiernos a veces se ven obligados a llevar a cabo a favor de los intereses del Estado pero en contra de las tripas, las almas, las convicciones y los sentimientos de muchos de los negociadores.
 
Subraya el ex jefe de uno de los servicios de inteligencia de Israel que, en general, los políticos que participan en negociaciones claves, y en Israel, desde el minuto siguiente de su existencia como Estado, todo ha sido una negociación delicada dentro de una guerra en varios frentes, negocian con la vista puesta en la Historia.
 
Sólo que unos se ven a sí mismos como partícipes en la gran historia del país y rebajan su perfil en función del ansiado resultado global y otros encaran las negociaciones viéndose a sí mismos, desde el primer instante, como los protagonistas de la Historia, la encarnación misma del Estado que representan y la mano providencial que va a desatar los apretados nudos de la tragedia colectiva. Es decir, hay quienes son Historia por sí mismos y quienes quieren hacer la Historia para ser sí mismos. No hace falta dar ejemplos.
 
Pero la historia europea nos enseña que los primeros están discreta pero imborrablemente en los cimientos de nuestra vida en libertad y algunos de los segundos han sido unos auténticos acróbatas de un destino que acabó aterrizando en el terreno del totalitarismo.
 
Sin mencionar a quienes quisieron hacer de discretos apaciguadores para estar en la Historia y tuvieron que llegar los guerreros a pesar de ellos mismos para que la Historia hiciera posible la libertad.

 
 


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