
Las investigaciones siguen abiertas, pero la duda de que detrás de la masacre de ayer, 11 de marzo, podría estar la mano de Al Qaeda y el fundamentalismo islámico es tan fuerte que no se puede descartar. Si así fuera, la historia del terrorismo –y no sólo la de la tragedia del terrorismo en España- podría estar iniciando un nuevo capítulo: no sólo se trataría del primer atentado de Al Qaeda en España, sino también de su primer atentado material en toda Europa. De hecho en el mundo occidental, y hasta esta dramática fecha, sólo los Estados Unidos habían sufrido el mortífero zarpazo del terrorismo islámico en su suelo. Sin embargo, la definición de terrorismo de alcance global no responde a ningún capricho: Al Qaeda es una nebulosa presente en más de 60 países y capaz de actuar en cualquier parte del globo.
Desde el 11-S los europeos hemos pretendido asumir que el terrorismo internacional también era una amenaza para nuestro viejo continente, pero también es verdad que en muchas capitales se creía que esa amenaza es más virtual que real y que en la confrontación entre las democracias occidentales y el terrorismo del fundamentalismo islámico radical se libraría, en el peor de los casos, en suelo norteamericano. Al fin y al cabo, los Estados Unidos han servido siempre de polo de atracción para todos los resentidos del mundo. Si se demostrara que no ha sido ETA sino Al Qaeda la culpable de la matanza en Madrid, la tranquilidad con que se ha tratado el tema del terrorismo islámico entre los europeos debería alterarse.
Al igual que sucedió en Estados Unidos antes del 11-S, muchas voces de expertos europeos han venido avisando de que un atentado islamista en Europa no sólo era imaginable sino casi cierto, y que lo que podría discutirse era más el cuándo y el cómo. Y, por desgracia, se ha avanzado muy poco en instrumentar las políticas de protección del territorio europeo contra este tipo de amenazas. Habrá que ver qué sucede a partir de este momento.
Por otro lado, y siempre en la hipótesis de la autoría de Al Qaeda, algo que tiene todavía que demostrarse, hay que decir claramente que, en efecto, el terror no conoce fronteras y que, en un mundo global como el que vivimos, todos –todos y no unos cuantos- podemos pasar a ser sus víctimas. El fundamentalismo de Al Qaeda no se reduce a un cambio de régimen en el Golfo Pérsico, ni tampoco a expulsar a los occidentales de la zona, sobre todo ahora de Irak, sino a doblegar a las democracias liberales, se encuentren donde se encuentren, porque su forma de vida es totalmente antagónica a la nuestra.
Al Qaeda hizo hace ahora seis años una declaración formal de guerra contra el sistema democrático occidental y todo lo que ha hecho desde entonces es ir batallando por conseguir sus victorias. En ocasiones ha conseguido ventajas tácticas, como el 11-S, pero no está ganando la guerra porque Estados Unidos y sus aliados lejos de hundirse en la desesperación, supieron reaccionar a tiempo. El terror no da tregua y eso implica que no se puede desfallecer ni en los peores momentos, como el vivido ayer en Madrid.
Es más, este tipo de agresiones pone dramáticamente de relieve una de las lecciones que no se puede olvidar nunca frente al terrorismo: la defensa pasiva siempre resulta tardía e ineficaz. Dejarles la iniciativa a los terroristas y que sean libres de atentar en nuestro propio suelo no conducirá nunca a su derrota. Puede muy bien que los grupos del terror sean clandestinos, pero no son inmateriales y se entrenan, preparan y dirigen desde algún punto físico de nuestro planeta. Llevarles a su suelo la lucha es la única defensa posible en un mundo global.
Si finalmente se cree que es Al Qaeda la culpable del 11-M esto debe suponer un fuerte revulsivo para nuestras conciencias, pues a partir de ahora deberemos encarar con mucha mayor seriedad cómo protegernos y defendernos de unos grupos de fanáticos cuya misión en esta vida es sacrificarse para acabar con nosotros. Y si es ETA, habrá que preguntarse cómo fue posible que durante buena parte del día la hipótesis de Al Qaeda se aceptara tan fácilmente. Sea como fuere, hay algo equivocado en la forma como enfocamos el terrorismo islámico.