Cuando la cumbre de Annápolis, en Maryland, está ya no sólo confirmada sino que incluso tiene fecha - el 27 de noviembre - es buen momento para recordar cómo, con qué intensidades y con qué compañeros de viaje tratará el yihadismo salafista de sabotear un intento de lograr la paz en Oriente Próximo que va en contra de sus principios más sagrados. Para dicha ideología tal intento es inaceptable porque es posibilista - trata a fin de cuentas de sellar la convivencia entre Israel y una serie de Estados o de una entidad palestina con vocación estatal gobernados por apóstatas - y porque fija límites territoriales allá donde lo que se impone es acabar con las fronteras en la búsqueda imparable de un Califato universal.
Frente al posibilismo los yihadistas salafistas siguen luchando por doquier, incluso en un Irak donde todo apunta a que diversas fuerzas nacionales con apoyo internacional están consiguiendo arrinconarlos. La lucha contra los límites territoriales y la superación coyuntural de los estrictos límites que impone la ideología yihadista salafista se está visualizando en Líbano, donde esta se alía sin pudor con sus enemigos shiíes - a los que suele calificar de “musulmanes desviados” - con tal de prender la mecha en el siempre vulnerable “País de los Cedros”.
Como telón de fondo de esta reflexión está también la obligación ciudadana que no deberíamos nunca de olvidar: la de averiguar la autoría del asesinato de nuestros compatriotas de la Brigada Paracaidista (BRIPAC) el pasado verano en Líbano, que sigue siendo una incógnita que hay que aclarar. Quizás las recomposiciones ahora evidentes de connivencias entre radicales de uno (shiíes) u otro (yihadistas salafistas) signo - contradictorias, en principio, entre sí - lleve por fin a algunos a aceptar hipótesis que su rigidez no toleraba hasta ahora.
Annápolis como referencia
El deseo de que de Annápolis salga algún resultado, aunque sea el compromiso embrionario de trabajar juntos en torno a temas concretos - en la línea de los cinco grupos de trabajo (sobre control de armamentos y seguridad regional (ACRS), sobre agua sobre refugiados, sobre cooperación regional; y sobre medio ambiente) creados por el Proceso de Paz para Oriente Medio iniciado en el Palacio de Oriente en el otoño de 1991 - debería ser el objetivo de todo ciudadano de bien, por encima de ideologías o de simpatías por los distintos bandos en liza. Partiendo de que el proceso tiene múltiples enemigos - estatales y no estatales - es indudable que coadyuvaría a reforzar la seguridad regional e internacional que un principio de convivencia entre árabes e israelíes y una construcción progresiva de la confianza entre árabes de la región, unido todo ello a un reforzamiento de lazos frente a quienes quieren boicotear a toda costa tal escenario de partida, es un objetivo por el que merece la pena luchar.
Siendo ese el objetivo real de Annápolis, y que nadie debe de confundir con un intento estadounidense de mejorar su imagen o de congraciarse con el mundo árabo-musulmán, hemos de prever que va a ser combatido con saña por parte de enemigos enconados del mismo: desde la República Islámica de Irán, como principal actor estatal hostil que intentará además doblegar el aparente deseo sirio de obtener logros de la Conferencia, hasta los restos del revolucionarismo recalcitrante palestino asentados en Damasco o en algunos campos de refugiados repartidos por el mundo árabe, pasando por el actor más peligroso de todos ellos: el yihadismo salafista que, siendo incluso enemigo de los elementos hostiles que acabamos de citar, no tendrá problema alguno para aprovecharse del empuje combatiente de estos o para estimularlo, bien antes, bien durante, o bien después de la cita en suelo estadounidense. Y si la cita terminara sin haberse producido ataques que nadie baje la guardia: el combate sagrado de los yihadistas salafistas se produce cuando puede y en los escenarios y tiempos que puede.
Aparte del escenario libanés que describiremos de forma monográfica y detallada a continuación por ser el más ilustrativo de todos, los yihadistas salafistas tratarán de movilizar a uno de los actores que mayor humillación va a sufrir con la celebración de la Conferencia de Annápolis: el Movimiento de Resistencia Islámica palestino, Hamás, vencedor en los comicios de enero de 2006 y responsable de facto de la convulsa franja de Gaza desde que este verano se hiciera con el control de dicho territorio y procediera a limpiarlo de las influencias de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) presidida por el pragmático - y para los islamistas radicales entreguista - Mahmoud Abbas (Abu Mazen). Tras la condena de Al Qaida a Hamas por concurrir a elecciones, aceptar altos el fuego con Israel y aspirar al, para Osama Bin Laden y sus acólitos, miserable objetivo de crear un Estado islámico limitado a la Palestina histórica, la red de redes ha buscado en distintas ocasiones la aproximación a los hombres de Ismail Haniya para unir fuerzas contra un enemigo común. El que Hamas puede intentar boicotear Annápolis es un hecho, con ataques de misiles, con ataques suicidas o con secuestros de objetivos diversos por citar sólo algunas de sus más frecuentes herramientas de chantaje, y sobre ese escenario trabajan con ahínco israelíes, palestinos y egipcios. Dependiendo tanto de lo que logren hacer los citados extremistas como de la cintura política de sus potenciales objetivos la Conferencia o sus posibles resultados podrán verse o no afectados. Dados los difíciles equilibrios hoy existentes en Israel pero, y sobre todo, dadas las escasas esperanzas que en este país despierta la cumbre auspiciada por la Casa Blanca, cualquier acción terrorista de envergadura podría trastocar de inmediato todos los esfuerzos desplegados por el Primer Ministro, Ehud Olmert, y por su Ministra de Asuntos Exteriores, Tzipi Livni, y reenviaría los intentos de paz de carácter multinacional a fechas indeterminadas pero cuando menos muy lejanas en el tiempo.
En cualquier caso, mientras que para los líderes de Hamas es importante que Annápolis no se celebre porque ello reforzaría el “statu quo” impuesto tras su victoria electoral consolidando un escenario en el que ni se cuenta ni se contará con ellos, para los yihadistas salafistas con Al Qaida a la cabeza tal celebración no hará sino confirmarles en su lucha sagrada, y les servirá para mostrar al mundo musulmán - utilizando en su beneficio imágenes de “rendiciones, sumisiones y traiciones” que Ayman Al Zawahiri y quizás el propio Osama Bin Laden airearán y comentarán desde su cadena “As Sahab” - cómo algunos merecen el mismo fin que tuvo Anuar El Sadat por haber elegido la vía equivocada. Es muy probable que utilicen la casi coincidencia de fechas entre el emblemático viaje del entonces Presidente egipcio a Jerusalén, el 19 de noviembre de 1977, que sirvió de inicio al proceso que llevó a los Acuerdos de Camp David y a la paz entre egipcios e israelíes, para mostrar que con Annápolis se busca ahora lo mismo: en su lectura, seguir dividiendo y humillando a los musulmanes. También es más que probable que recuerden cómo Sadat fue asesinado el 6 de octubre de 1981 pues no debemos olvidar que los responsables de tal magnicidio fueron los miembros del Yihad egipcio, el grupo del propio Al Zawahiri. El que incluso el Ministro de Asuntos Exteriores de Arabia Saudí, Saud Al Faisal, vaya a estar presente en la Conferencia en Annápolis llevará seguramente al hoy apátrida pero saudí de origen Bin Laden a mostrar de una forma u otra su hostilidad a la decisión de Riad.
Las vulnerabilidades de Líbano se agudizan
Si durante el pasado verano, cuando el atentado contra los paracaidistas españoles se ubicaba en un contexto en el que algunos querían ver los preparativos de Hizbollah y de Irán y Siria para dar una salida violenta a la situación interna libanesa que podría conllevar una nueva ofensiva contra un Israel que percibían débil desde su “derrota” del verano anterior y el avance hacia una nueva guerra civil, la situación ahora, a las puertas del invierno, no ha mejorado en absoluto. Sin Presidente desde el 23 de noviembre cuando expirara el mandato del prosirio Emile Lahoud, un Parlamento donde no se adivina el acuerdo entre los distintos partidos para nombrar un sucesor se ha dado de plazo hasta el 30 de noviembre para hacerlo mientras grupos y milicias se arman hasta los dientes comenzando por Hizbollah, que lo hace con armamento muy sofisticado y que construye refugios subterráneos que tan buen resultado militar le han venido dando hasta ahora.
En el escenario libanés la hostilidad tradicional entre yihadistas salafistas, suníes, y los shiíes ubicados bajo siglas diversas (Hizbollah, Amal, etc) parece ponerse en hibernación como también podría suceder con la actitud del propio régimen de Teherán. Ahora es buen momento para recordar que este último, y estando aún en vida el Ayatollah Jomeini quien falleciera el 3 de junio de 1989, fue capaz de aceptar el recibir armas israelíes para combatir a su enemigo iraquí a mediados de los años ochenta del siglo XX. Mientras la cadena de televisión “Al Manar”, perteneciente a Hizbollah, no cesa de caldear los ánimos como lo hace por su lado la cadena “As Sahab” de Al Qaida la milicia shií presta apoyo logístico a yihadistas salafistas de grupos como Ansar Allah en Ain El Hilwe o las Brigadas de Fayar que dirige en la meridional ciudad de Trípoli el clérigo radical FathiYakan. Con respecto a Fatah Al Islam el Ejército libanés acabó a principios de septiembre con los últimos resistentes de dicho grupo en el campo de refugiados palestinos de Nahr El Bared, también en Trípoli, y eliminó a su líder, Chaquer al Absi. Según declaraciones del Ministro de Defensa libanés, Elías Al Murr, realizadas el 4 de septiembre, hasta 222 miembros de Fatah Al Islam murieron en las dos últimas semanas de enfrentamientos con el Ejército libanés y 202 fueron hechos prisioneros. Precisamente en la ciudad de Trípoli se ha instalado el predicador radical Omar Bakri, antaño muy activo en Londres junto a Abu Qutada y a Abu Hamza, y a quien las autoridades británicas se quitaron de encima cuando aprovechando que se había desplazado a Líbano en agosto de 2005 no le dejaron ya regresar.
El que un Hizbollah liderado por su Secretario General Hassan Nasrallah y por el Ayatollah Mohamed Hussein Fadllalah venga apoyando a grupos disidentes cristianos y drusos no sorprende a nadie en un país donde se ha visto de todo y donde el ex-General cristiano Michel Aoun afirmaba la semana pasada que “cualquier opción que no tenga el apoyo de Hizbollah acabará en un conflicto militar”. Pero lo que sí sorprende incluso a los más curtidos es que el apoyo de Hizbollah a sus enemigos yihadistas salafistas, suníes ellos, sea cada vez más explícito y menos coyuntural. Mientras shiíes y suníes siguen matándose entre sí en Irak o en Pakistán - en este último país hemos de destacar la muerte en enfrentamientos interconfesionales de 61 personas entre el 14 y el 18 de noviembre pasados en las áreas tribales fronterizas con Afganistán - en Líbano representantes extremistas de ambas confesiones tienden a unirse rompiendo así viejos tabúes. Hizbollah ha sido tan condenado por Al Qaida como Hamas por idénticos motivos - participar en política, limitar sus objetivos combatientes, mantener contactos con Israel (el 15 de octubre pasado Hizbollah canjeó con el Tsahal el cadáver de un pescador israelí por un preso y los restos de dos de sus milicianos), apoyar al cristiano Aoun como futuro Presidente, etc - y, además, por ser shiíes, pero la red de Bin Laden ha lanzado en los últimos meses algunos mensajes conciliadores, seguramente tácticos y coyunturales y no estratégicos y permanentes pero inquietantes hoy, para luchar juntos contra el enemigo común. Que en un escenario de futuro es difícil de vislumbrar alianzas sólidas entre Hizbollah y Al Qaida lo demuestra también que la red desprecia los enredos políticos en los que el partido/movimiento/milicia shií se enfrasca debidos a sus vínculos tanto con Siria como con Irán. A título de ejemplo, el 9 de octubre pasado el diario kuwaití Al Seyassah se hizo eco de un intento de golpe interno en Hizbollah contra su Secretario General Nasrallah propiciado por Teherán porque las autoridades iraníes reprochaban al líder shií libanés obedecer fielmente las directrices de Siria. Un viaje de Nasrallah a Teherán zanjó la crisis pero los intereses a veces algo divergentes entre Siria e Irán lastran a Hizbollah y eso incrementa el desprecio que por este “ejército desviado” siente Al Qaida.
Volviendo a Annápolis y al objetivo de la paz para la región sí vuelve a ser importante destacar pues el daño que a tan noble objetivo pueden hacerle los contactos y vínculos aunque tácticos entre Hizbollah y los yihadistas salafistas. Aquí y con respecto a Hizbollah cabe recordar en términos pesimistas que ya ha acogido en el pasado a suníes, cristianos y drusos bajo su bandera en distintos frentes de combate: lo hizo en el verano de 2006 cuando radicales de Ansar Allah lucharon hombro con hombro contra los israelíes en lugares como las Granjas de Chebaa o el enclave de Naqura y, aún más atrás en el tiempo, cuando en 1998 creó la integradora Brigada Libanesa para Resistir la Ocupación (BLRO) que coadyuvó a lograr la evacuación israelí del sur de Líbano en el año 2000.