(Publicado en La Razón, 26 de noviembre de 2007)
Que la conferencia de paz en Annapolis se inaugure el martes 27 indica el poder de los Estados Unidos, que obtenga magros resultados, los límites de ese poder. Claro está, habrá que disfrazar la parquedad final con pequeños avances y formulaciones acordadas que sabe Dios si algún día se pondrán en práctica. Pero hay muchos lobos sueltos, dispuestos a hincar el diente en la yugular americana que no desaprovecharán la ocasión. Así que el tema no está en el gran éxito inalcanzable, sino en el balance de positivos y negativos y en la capacidad de explotar unos y otros en los meses que sigan a la conferencia.
A la secretaria de Estado, esforzada arquitecta de todo el tinglado, y a su jefe, el inquilino de la Casa Blanca, habría que decirles ¡quien os ha visto y quien os ve! Condolezza Rice fue la que durante la primera campaña de Bush por la presidencia, en el 2000, diseñó una política exterior realista que implicaba un repliegue de los Estados Unidos respecto al irresoluble problema palestino-israelí. En sus últimos seis meses Clinton había echado el resto sin conseguir nada. No era cosa para el aspirante de quemarse en esfuerzos inútiles. Las partes tenían primero que madurar por cuenta propia . Pero ya lo dijo el británico McMillan, contestando a la pregunta de qué era lo que movía la historia: “Los acontecimientos, querido muchacho, los acontecimientos”. E incluso un solo acontecimiento, si es de la suficiente envergadura. El 11-S dio sobradamente la talla para cambiarlo todo. Olvidado quedó el rechazo a la denodada tarea de crear naciones viables de estados fracasados, como Afganistán, por ejemplo. Nada menos que democratizar el Oriente Medio a partir de un Irak liberado fue el nuevo objetivo. Pero la demonificación del terrorismo dejó las cosas como estaban respecto al pequeño país levantino. Con una importante excepción. Bush dio un paso de gigante, al menos sobre el papel. Hizo oficial para su país, por primera vez, la política de dos estados. Sólo faltaba un pequeño detalle, que los palestinos abandonaran el terrorismo. Como el detalle no acababa de llegar, la materialización de la política tampoco. Pero eso no quiere decir que aguardase cruzado de brazos. Cierto que el presidente no estuvo dispuesto al menor roce con Arafat, irremediablemente contaminado por tantos años de recuso al arma terrorista, pero promovió la retirada de la franja Gaza, una larga zancada en la buena dirección, o al menos eso es lo que se esperaba.
Mientras tanto el entero mundo árabe siguió clamando que todos los males que lo aquejan, con ahora un Irak en el centro reventando por los cuatro costados, carecen de cura sin la solución del problema palestino. Importante falacia pero potentísima propaganda. Para los inamovibles líderes, excelente coartada para oponerse a cualquier cambio, pero la calle se lo cree a pies juntillas y lo que tantos creen es realidad psicológica de primera magnitud. Mucho han sufrido los palestinos por la creación del estado de Israel y para nadie sería un buen negocio cambiarse por ellos. ¿Seguro? El Oriente Medio y sus aledaños está lleno de intensos sufridores por quienes nadie pena, no desde luego los árabes. Los kurdos son la mayor etnia del mundo sin estado propio y han sido masacrados por Sadam Husein, sin un ay de los árabes, los cuales, y es otro ejemplo actualísimo de un surtido muestrario, masacran a placer a los darfurianos de Sudán, cuyo abominable régimen se sabe protegido por sus colegas étnicos.
Pero el clamor por la indiscutible desgracia palestina, otra cuestión es de qué parte son ellos mismos responsables, ha terminado por hacer mella en la secretaria de estado. Qué espera, qué se propone con la iniciativa que lanzó la pasada primavera es objeto de toda clase de especulaciones. No podemos estar seguros de si habrá caído en el conocido espejismo diplomático y espera salir triunfante donde tantos han fracasado. De ilusiones también se vive y es difícil arrostrar tantas dificultades sin alguna esperanza. En todo caso, espera poner sordina a las voces que acusan a los Estados Unidos de permanecer insensibles al problema y fatalmente escorados hacia un flanco. Meses de gestiones y presiones algún fruto han de dar, aunque lo etéreo pueda prevalecer sobre lo sustantivo, pero una buena gestión de esa mixtura de realidad y fantasía puede reanimar con un tenue aliento de vida en un ya fenecido proceso, dándole un empujón que dure al menos hasta el final de la administración Bush, mientras los progresos militares en Irak tratan de transmutarse en avances políticos.
La situación es tan mala que ni siquiera cabe esperar que haya tocado fondo y a partir de ahí la tendencia tenga irremisiblemente que curvarse hacia arriba. ¿A qué palestinos representa Abbas, con su pueblo partido literalmente en dos y con un gobierno sostenido con respiración artificial por los propios israelíes? ¿Y que con qué apoyo cuenta Olmert, con índices de aprobación de un solo dígito? Pero a fin de cuentas no pueden desairar por completo, al menos en las formas, a los americanos. En el fondo, cada uno irá a lo suyo implacablemente. Y una vez conseguida su aceptación, la ímproba labor de arrastrar a los otro árabes se tornó algo menos ardua. A uno u otro nivel, allí van a estar todos. Veremos.