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Bush, el destructor de alianzas
Colaboraciones nº 2057   |  22 de Noviembre de 2007
 
Cuando los candidatos presidenciales Demócratas se dan un respiro tras ensañarse con Hillary, se unen para pronunciar al unísono las vaguedades Demócratas de rigor, la principal de las cuales es que George Bush ha reducido a escombros nuestras alianzas. En palabras de Clinton, "hemos alienado a nuestros amigos", tenemos que "reconstruir nuestras alianzas" y "restaurar nuestra situación en el mundo". Eso es delicadeza. Los demás describen a Bush como poseedor de una política exterior explosiva que nos ha dejado aislados en, y condenados por, el mundo.
 
Al igual que Nancy Pelosi y Harry Reid, que insisten en que nada de importancia ha cambiado en Irak, los Demócratas están viviendo lo que Bob Woodward llamaría un estado de negación. ¿No notan nada?
 
Francia tiene un nuevo presidente que no solamente está rompiendo con el antiamericanismo de la era Chirac, sino con 50 años de ortodoxia de la Quinta República que definía la grandeza francesa como servir de contrapeso a América. El viaje de la semana pasada de Nicolás Sarkozy a Estados Unidos estuvo marcado por una visita altamente acertada a la Casa Blanca y un enervador discurso al Congreso, en el cual no solamente llamó a América "la nación más grande del mundo" (¿cuántos líderes de cualquier país dicen eso acerca de otro?) sino que prometía solidaridad con Estados Unidos en Afganistán, Irán, el Líbano, Oriente Medio y la no proliferación nuclear. Esto solamente unos cuantos meses después de enviar a su ministro de exteriores a Irak a dar muestras de apertura a la cooperación y a poner fin al obstruccionismo reflexivo de Chirac.
 
Eso, Francia. En Alemania, Gerhard Schroeder se fue hace mucho, expulsado electoralmente del cargo y a una acogedora jubilación como concubina de Putin en Gazprom. Su sucesora es la decididamente pro-americana Angela Merkel, que concluía una visita inusualmente cálida a Bush esta semana.
 
Todo esto, más allá de la percepción de los Demócratas, es debidamente destacado por el nuevo Primer Ministro británico Gordon Brown, que en una entrevista el domingo con Sky News observaba "la grandeza del cambio que está teniendo lugar", verbigracia "que Francia y Alemania y la Unión Europea también se están desplazando más cerca de América”.
 
En cuanto a nuestras restantes alianzas tradicionales, las relaciones con Australia son muy próximas, y Canadá ha mostrado una notable firmeza a la hora de asumir bajas desproporcionadas al apoyar la misión de la OTAN en Afganistán. Las naciones del Este de Europa, tradicionalmente amistosas, están asumiendo riesgos considerables a instancias de su alianza norteamericana -- por ejemplo, cooperando con nosotros en la defensa balística frente a enorme presión rusa. Y las relaciones con Japón nunca han sido más fuertes, con Tokio asumiendo cada vez más obligaciones militares y cuasi-militares a las que había renunciado religiosamente durante el último medio siglo.
 
Vaya con el desconcierto de nuestras alianzas.
 
Los críticos dirán que todo esto es atribuible simplemente al ascenso de Rusia y China que hace que los viejos aliados recurran a nosotros en momentos de necesidad.
 
¿Y qué? Yo añadiría incluso que la perspectiva que asoma de un Irán nuclear ha movido a los estados árabes -- Egipto, Jordania, el Líbano, Arabia Saudí, los estados del Golfo, hasta Libia -- a reagruparse con nosotros. Todo es cierto. Y ello ilustra la idea que los críticos de Bush han obviado durante años -- que la fortaleza de nuestras alianzas depende firmemente del equilibrio objetivo de las fuerzas internacionales, y tiene muy poco que ver con la sintaxis del presidente de los Estados Unidos o el desprecio del que puede ser objeto por parte de la élite cultural de un país.
 
Es la teoría clásica del equilibrio de poderes: las naciones más débiles recurrirán a la gran potencia externa para que les ayude a equilibrar una amenaza regional en ciernes. Los aliados no son sentimentales en materia de sus relaciones. No es una cuestión de afecto, sino de necesidad -- y de la capacidad de la gran potencia de cumplir.
 
¿Que ha cambiado en el último año? Las formas de Bush siguen siendo las mismas. Pero sí cambió a los generales -- y la estrategia de contrainsurgencia -- en Irak. Como resultado, Irak ha pasado de ser una causa aparentemente perdida a una que se puede ganar.
 
El ascenso de las amenazas externas a nuestros aliados les ha convencido de la necesidad de la conexión norteamericana. El renacimiento de la fortuna norteamericana en Irak -- y la perspectiva difuminada de una derrota norteamericana - han incrementado significativamente el valor de tal relación. Esto es cierto particularmente entre nuestros aliados árabes moderados, que nos ven como su protección definitiva frente a un eje Irán-Siria-Hamas-Hezbolá que nos amenaza abiertamente a todos.
 
Siempre es incómodo para una pequeña potencia depender de una potencia hegemónica. Pero una potencia hegemónica a la huida es aún peor. Las alianzas siempre son cambiantes. Pero hay una cosa que podemos decir con certeza: el suceso que tendrá mayor impacto que ningún otro sobre la fuerza de nuestras alianzas en todo el mundo no es otra iniciativa a lo Karen Hughes hacia el mundo musulmán, ni un ostentoso apoyo a Kioto, ni siquiera el apoyo más repugnante al internacionalismo desde el podio de la ONU. Es el éxito o el fracaso en Irak.


 

 
 
Charles Krauthammer fue Premio Pulitzer en  1987, también ganador del National Magazine Award en 1984. Es columnista del  Washington Post desde 1985.
 
 
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