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De la censura, la cristofobia y el “qué podemos hacer con Aznar”
Análisis nº 238   |  16 de Noviembre de 2007
 
El papel de la derecha o “¿qué podemos hacer con Aznar?”
 
Conocida la sentencia del 11M, a comienzo de una precampaña electoral que se espera desagradable, una conclusión puede extraerse de los tres años y medio transcurridos desde marzo de 2004 y de las semanas transcurridas desde que los jueces dictaron sentencia: Nada podrá hacer el Partido Popular para librarse del estigma iraquí. A los ojos del Frente de la Paz, éste no es ni una decisión equivocada ni un error trágico; la guerra de Iraq, es, para la izquierda, la encarnación de los males de la derecha española, que ni surgen de la Foto de las Azores ni acaban el 14M. Males que le pertenecen en sí y para sí; no por hacer, sino por ser.
 
El diario El País publicó el pasado 7 de noviembre un artículo firmado por Basileo Baltasar, donde se alertaba acerca de los planes de la derecha española; “La instrucción doctrinal de la derecha define un doble plan. Por un lado, capitanear un movimiento antipolítico con las más tenaces presunciones de la ignorancia popular. Un estado de ánimo colectivo ensalzado por los brutos que celebran denostar lo que no entienden. Ya sea el cambio climático, cuya complejidad les asusta, o la sofisticación jurídica del derecho de gentes, cuya demora les irrita. El hábito de la sospecha difundido por los publicistas de la derecha a tal efecto ha sido una ejemplar manifestación de astucia. Pues el recelo que proponen como método de pensamiento será siempre irrefutable, inaccesible a la deliberación e impermeable al sentido moral de la duda razonable.”
 
Golpismo, oscurantismo, irracionalismo parecen excesivos para un observador desapasionado, pero el autor no se detiene ahí; “La segunda parte del plan de la derecha española es hacer cada día más agudo el desprestigio de las instituciones, contribuir como sea al deterioro de su imagen entre la ciudadanía y echar por tierra el arduo trabajo de restauración llevado a cabo en los tiempos de la Transición. En resumen, el objetivo de esta agitación populista es arrebatar a las instituciones del Estado su carisma y hacer irreconocible el pacto social implícito en su funcionamiento. Una liquidación simbólica que a su vez impulsará la corriente de opinión hostil al uso reflexivo de la razón ilustrada.”
 
Del artículo del diario El País pueden extraerse dos ideas que obsesionan al autor, quizá no demasiado consciente de ello. Primero, la derecha busca acabar con la convivencia, con las instituciones democráticas, y con ello, con la misma razón, no ya ilustrada, sino política. Segundo; para todo ello existe un plan detallado y organizado que comienza desacreditando las instituciones democráticas y culmina acabando con ellas.
 
La creencia entre la izquierda en la existencia de un detallado plan golpista y reaccionario no es lo original de este artículo; el prestigioso periodista Enric Juliana hacía en verano algo parecido a propósito de Aznar; “El manual Aznar sobre la toma vigorosa del poder indica con total claridad que este es el momento de arremeter, arremeter y arremeter. El aznarismo, versión furiosa (e inteligente) del reencuentro de la derecha española con el pensamiento contemporáneo, tiene un punto bolchevique. Debe de ser el influjo de los numerosos cuadros del PP y de la fundación FAES que militaron de jóvenes en la extrema izquierda universitaria” (La Vanguardia 4 julio 2007)
 
Esta visión de la derecha como conspiración antidemocrática coincide con las intuiciones emotivas de Rodríguez Zapatero; La derecha en este país me ha enseñado que la izquierda hace avanzar la democracia” (2006). El mismo día que El País advertía acerca de las maniobras de la derecha antidemocrática, Rodríguez Zapatero con motivo de una reedición de textos de Azaña, recordaba como la derecha se acercó al republicano “en su incierta búsqueda de un matiz liberal” (Conferencia en el CEPC, 6 Noviembre 2007).
 
Evidentemente, ni el oscuro articulista de El País ni Juliana se molestan en mostrar con hechos sus afirmaciones; ni existe una instrucción doctrinal en la derecha (¿cuál?, ¿de quién?), ni resulta coherente hablar de un movimiento antipolítico (¿?), ni existe legitimación intelectual para hablar de publicistas de derechas (no, al menos, sin hacer lo propio con la izquierda). Por otro lado, parece excesivo expulsar de la razón ilustrada a la derecha española e incluir en ella a José Blanco, Carme Chacón o Pedro Zerolo. Al mismo tiempo, las acusaciones golpistas que preocupan al periodista Juliana –arremeter, arremeter, arremeter- parecen más propias, a la luz de la teoría política, de los socios nacionalsocialistas del Gobierno izquierdista que del Partido Popular: Aunque cause rubor tener que recordarlo, ninguna institución gobernada por la derecha española ha supuesto la involución constitucional que, reconocida públicamente, llevan a cabo PSC, IU, ERC o PNV.
 
El mismo 7 de noviembre, la Cadena SER organizaba un debate en Hora 14, uno de sus informativos de referencia, con el impactante título, ¿qué podemos hacer con Aznar?, ¿qué debe hacer España con Jose María Aznar?. La pregunta no era ni irónica ni cómica; el locutor del informativo se mostraba seriamente preocupado por las declaraciones del expresidente, y establecía un debate sobre que solución tomar con él. Esto proporciona una primera certeza: Considerar a la derecha, encarnada en Aznar, un problema para la democracia y pensar en hacer algo es lo que diferencia, a día de hoy, a la derecha de la izquierda; mientras la primera busca la confrontación intelectual y política en un régimen constitucional y plural, la segunda apela a soluciones drásticas contra quien consideran indigno de hacer públicas sus opiniones.
 
El qué podemos hacer con Aznar de la Cadena SER no se aleja del espíritu del articulista de El País o del de La Vanguardia; a la denuncia del carácter antidemocrático de la derecha sigue la exigencia de tomar medidas al respecto; si Aznar es un peligro para la democracia española, nada más lógico que planear qué hacer con él. A la denuncia intelectual sigue necesariamente la llamada a la acción: Por eso la izquierda, desde Iñaki Gabilondo hasta Rodríguez Zapatero, comienza a defender hoy la necesidad de la censura; no la que emana de los tribunales según la ley, sino la censura pública, ideológica, política. A los ojos del observador desapasionado, los mismos que dicen representar la democracia, se lanzan indignados a preguntarse qué hacer con el adversario político y cultural. ¿Cuál es la causa de ello?
 
¿Qué escandaliza a la izquierda española?
 
El progresismo es una Ideología; interpreta el día a día a la luz del progreso de la historia. Ésta no es más que el paso de la oscuridad a la luz, del autoritarismo a la democracia, del mito a la razón. Esquema izquierdista conocido, que despojado del racionalismo marxista o incluso de la estrategia revolucionaria, subsiste en forma de intuiciones y de sentimientos en el corazón de la izquierda socialista española. Intuiciones porque la izquierda española no parece tener demasiado clara una teoría política definida; sentimientos porque parecen funcionar a golpe de emotivismo y pasiones políticas.
 
En los discursos de Rodríguez Zapatero, en las columnas de El País, cualquier tiempo pasado fue peor, y cualquier tiempo pasado será mejor que el anterior. Rodríguez Zapatero no parece mentir cuando habla de hacer avanzar la historia a golpe de derechos universales a minorías particulares. Son escasas las columnas de El País, los informativos de Tele 5 o las tertulias de Cuatro, donde no se identifique democracia con progresismo, y por tanto con izquierda. Y por el contrario, el pasado, la reacción y el autoritarismo con la derecha española. EL crimen de Iraq no es, en esta lógica, más que el último de ellos.
 
Ahora bien, cabe espacio para la redención. En palabras de Rodríguez Zapatero, “la derecha española debe refundarse cultural e ideológicamente”, para convertirse en una “derecha liberal”. El Presidente se muestra preocupado ante la presencia de la extrema derecha en el Partido Popular y en los medios de comunicación conservadores. ¿Qué entiende Rodríguez Zapatero por “necesidad de refundarse”? ¿Por “derecha liberal”?. Lo ignoramos; sus opiniones se mueven entre el sentimiento y la intuición. Pero sí sabemos que este impulso intuitivo no es por ello débil. Reconoce que “la resistencia «tan inútil como activa de la derecha más dura» se debe a que se ha dado cuenta de que el Gobierno tiene «un proyecto de alcance en valores culturales, y por tanto ideológicos, que puede definir la identidad social, histórica, de la España moderna por mucho tiempo»” (En el libro “Madera de Zapatero”, de Suso del Toro)
 
Identificando democracia con redefinición de la sociedad española, la ecuación ideológica se cierra. Para Rodríguez Zapatero, la derecha no parece estar condenada ni a perecer ni a desaparecer; bastará con que, ante el advenimiento de un proyecto de alcance, se comporte entre indignada y maniatada. Indignada porque el progresista entiende que la derecha se oponga al progreso redefinitorio; de hecho su papel corresponde precisamente a exponer quejas en el Parlamento, a editar quizá un periódico minoritario, a gobernar algún ayuntamiento.  Maniatada porque ni tiene derecho ni legitimidad para oponer a éste su propio proyecto ideológico.
 
Culpable de una historia oscura, la derecha liberal española deberá purgar los pecados –del que la guerra de Iraq es únicamente el último de ellos- cediendo amablemente el paso al proyecto progresista; la derecha civilizada y moderada que buscan con insistencia Rodríguez Zapatero, Juan Luis Cebrián o Antonio Gala es aquella que se hace a un lado y renuncia a ser ella misma, a cambio de una concesión, una subvención o una mesa en las recepciones oficiales. No se trata de un problema de ideas; es un problema de voluntad. El deber de no hacer nada.
 
Hoy, el Partido Popular trata en vano de sacudirse el estigma iraquí; parece incapaz de comprender que el pecado de las Azores le corresponde únicamente en cuanto derecha; vía F-100, el Frente de la Paz continuó la guerra de Bush por otros medios, ante el aplauso de quienes antes se indignaban. Poco importa la guerra en Ferraz o en la armada mediática que le acompaña; para el pacifista, la pieza más preciada es la derecha española. Nada podrá hacer por librarse de él, salvo una cosa; reconocer su culpabilidad, reconocer que ésta viene de su propio carácter liberal y conservador, y purgar sus pecados en el futuro; convertirse en la derecha civilizada por la que claman en La Vanguardia o Cuatro, o “refundarse cultural e ideológicamente”, como propone Rodríguez Zapatero.
 
El papel que el progresismo otorga a la derecha no es ni el de la socialdemocracia ni el del bolchevismo; la primera exige un pacto de fondo con el liberalismo conservador, el reconocimiento en la alternancia entre proyectos igualmente democráticos, el pluralismo social como condición básica. El segundo exige su aniquilación inmediata, física y moral; la cheka es la culminación natural de la deshumanización de la derecha, aún presente en los delirios guerracivilistas de Santiago Carrillo, intelectual asiduo de la Cadena SER. Pero no parece que esta nostalgia revolucionaria anide en muchas mentes más; quizá tampoco en la de Rodríguez Zapatero.
 
El progresismo del Frente de la Paz español parece quedarse a medio camino entre ambas. La derecha no estará condenada a desaparecer, a condición de quedar siempre en el marasmo de la oposición; puede retardar pero no interrumpir el advenimiento de la nueva definición de España. El progresista, desde La Moncloa o desde La Sexta, ni está interesado ni desea aniquilar a la derecha; le basta con convertirlo en un espectador activo, del que burlarse en los programas nocturnos y al que premiar si se comporta bien con el régimen. Cuando el progresismo y Rodríguez Zapatero hablan de la derecha liberal, están pensando en una derecha que renuncie expresamente a proponer su propio proyecto político o cultural. En una derecha que de hecho no es, y en un liberalismo antiliberal, convertido en coartada legitimadora de Educación para la ciudadanía o del ansia infinita de paz.
 
La izquierda española identifica hoy con precisión las fuerzas oscuras de la historia; los empresarios, los obispos, las víctimas del terrorismo. Ninguno de ellos es prescindible, pero tampoco imprescindible: Bastará con que los empresarios compitan entre ellos por acercarse y adular al poder; con que los obispos limiten sus quejas a las iglesias, y limiten su magisterio moral al interior de los templos; con que las víctimas del terrorismo muestren preocupación pero no indignación ante la alianza con los terroristas de ETA. Todos ellos están llamados a participar en el régimen que se nos promete; a condición de que acepten que su participación se limitará a asistir en primera y segunda  fila a los cambios maravillosos que nos aguardan, y a legitimizar, con su silencio o sus murmullos, el proyecto político progresista. 
 
La derecha debe acomodarse a los cambios históricos que la izquierda está llamada a protagonizar; esto es lo que parece entender el progresismo por derecha civilizada. Ahora bien, esto es posible si y solo si la derecha renuncia a proponer su propia visión del mundo, o pasa por alto las cosas tal y como suceden; la negociación del PSOE con ETA, el adoctrinamiento masivo en los colegios, la apología homosexual, el apaciguamiento ante el yihadismo. Cuando esto no sucede, cuando la derecha deja de mascullar quejas para plantear críticas, cuando deja de defenderse para atacar y cuando reivindica su propio proyecto político, un terremoto afecta a la izquierda, desde la Cadena SER hasta TVE pasando por Público o Punto Radio. Es entonces cuando Rodríguez Zapatero advierte sobre la extrema derecha, y anima a refundar la cultura y la ideología conservadora.
 
Hoy es el día en que parte de la derecha social y cultural española está más alejada que nunca del papel que la izquierda reserva para ella: Niega que el progresismo tenga una legitimidad histórica para gobernar que no posea la derecha; exige los mismos resultados en el Gobierno que ella se exige a sí misma; denuncia comportamientos que en muchos países occidentales llevarían al impeachment o a la denuncia por traición. La derecha, desde La Razón a Libertad Digital, no sólo no admite las denuncias ideológicas de la izquierda, sino que denuncia la religión secular, desmonta mitos y rebate las teorías progresistas. Y al hacerlo así salta por encima de los límites que la izquierda considera legítimos para ella.
 
Entonces el progresismo queda entre perplejo e indignado; perplejo porque no es ese el papel que a la derecha corresponde en democracia; indignado porque ese comportamiento es, desde el esquema ideológico progresista, antidemocrático en sentido estricto. Y entonces se viven situaciones de histeria, de angustia entre las filas izquierdistas; periodistas que abandonan debates cuando se les interpela con los mismos argumentos, llamadas a cerrar cadenas de radio, denuncias sobre la extrema derecha y el peligro neocon, alertas sobre el asalto –“arremeter, arremeter, arremeter”- a las instituciones. El ¿qué podemos hacer con Aznar? alcanza todo su sentido, en la medida en que realmente es la pregunta ¿qué podemos hacer con esta derecha? Lo cierto es que esta derecha no se comporta de manera distinta a como lo hace la francesa, alemana o norteamericana, ni defiende ideas que no se encuentren en los partidos conservadores occidentales, pero a una izquierda descompuesta y escandalizada, nada parece importarle cuando la derecha se niega a jugar el papel histórico que se supone que le corresponde.
 
Cristofobia; el papel de la Iglesia y el caso de COPE
 
El académico Juan Luis Cebrián advertía hace unas semanas en su periódico acerca de la unidad de acción entre derecha e Iglesia (El País, 20-10-07): “La derecha española ha tenido una tendencia a considerar España como una finca suya, a establecer quiénes son los buenos y los malos españoles. No sólo se apropia de la bandera o de la Constitución, sino que se apropia también de la idea de la identidad de España. Esto ha generado una crispación terrible con la ayuda de la Iglesia católica, que también ha experimentado una involución notable. Ya no es la Iglesia de la Transición”.
 
En lo que conocemos de la Biografía publicada por el Presidente, Rodríguez Zapatero incide en la misma idea; denuncia que el desembarco de la Iglesia en la lucha política es un rasgo de nuestra vida social", porque están "obsesionados con lo que ellos llaman el proceso de secularización de la vida social española y les inquieta mucho el efecto que esto puede tener en Iberoamérica, (Europa-Press, 7-11-07).
 
Tanto en las palabras de uno como en las del otro se intuyen dos ideas: Primero, la consideración de la Iglesia como fuerza del pasado, y de la religiosidad social como algo superado. Segundo; el hecho de que la Iglesia, intentando mantener los privilegios pasados, se introduce en la vida política, crispando y agrietando los acuerdos de la Transición. Lo cierto es que un año después de marzo de 2004, ocho de cada diez españoles se declaraban católicos; en el caso del cristianismo, la vigencia del proyecto de redefinición social progresista por encima del respeto a la sociedad civil muestra las verdaderas intenciones de los ingenieros de almas. No es proporcionar soluciones a la sociedad, sino moldearla según conveniencia lo que caracteriza al progresista español del año 2007.
 
Tampoco, de los documentos de la Conferencia Episcopal, se deduce interés por Iberoamérica; ninguna referencia. Por otro lado, la Iglesia Española no mantiene desde 2004 actitud distinta a la mantenida en 2000, en 1996 o en 1993 en relación con el aborto, el matrimonio homosexual o la educación religiosa; actitud compartida o no, criticable o no, pero es difícil afirmar sin faltar a la verdad que sea distinta a la del pasado. De manera paralela a lo que ocurre con la derecha, no son las opiniones de la Iglesia lo que escandalizan; es el simple hecho de que tenga voluntad para defenderlas y someterlas a discusión pública.
 
El Frente de la Paz se declara a favor de la eutanasia, del aborto, del derecho de los gays a adoptar huérfanos y de eliminar el sentimiento religioso de la sociedad española. Y éste, a la luz de la historia reciente, sí constituye un proyecto novedoso, por lo menos en lo referente a su alcance y su profundidad. En palabras de Rodríguez Zapatero, es este Gobierno el que tiene como proyecto definir la identidad social, histórica, de la España moderna por mucho tiempo. Ingente labor de ingeniería social que no podía sino chocar necesariamente con la derecha liberal tanto como con la Iglesia Católica; quien se oponga a la “Educación para la ciudadanía”, a la religión civil y al laicismo ultrasexual, se opone al progreso histórico, y con él a la democracia.
 
Como la derecha, nada podrá hacer la Iglesia por evitar ser arrojada a las tinieblas antidemocráticas; cualquier propuesta será considerada una provocación, cualquier crítica, una llamada a la crispación. Deberá asistir a la descristianización salvaje y masiva de la sociedad española, al adoctrinamiento en el pacifismo belicista y la apología de la sexualidad de los niños españoles; y nada podrá objetar. El progresista la considera rehén de su pasado, desde la Inquisición al franquismo, y de estos pecados se desprende la necesidad de pedir perdón y dejar paso a la religión secular y anticristiana que se le ofrece.
 
Así las cosas, todo lo que no sea agachar la cabeza constituye una provocación intolerable. Para el progresista español del año 2007, la Iglesia crispa. Y eleva esta percepción a bien común de la sociedad: “Como presidente del Gobierno debo hacer un llamamiento a la Conferencia Episcopal para que desde esa emisora de su propiedad se contribuya a la convivencia y la verdad”(Diario El Público, 4-11-07). ¿”Como presidente del Gobierno”? Desde esta institución, advertía en los dos sentidos; en cuanto a la verdad y en cuanto a la convivencia, esto es, en relación a las ideas y en relación a la acción, la Iglesia debiera callarse, hacerse a un lado y retirarse a lo más profundo de sus templos.
 
No será necesario recordar las críticas que sobre la crispación  de la COPE se suceden en Cuatro, La Sexta, TVE o Punto Radio, RNE o la Cadena SER. Sin embargo, recordando lo publicado en GEES a principios de año, determinadas preguntas se imponen, y parecen hoy tan válidas como entonces:
 
¿Crispa menos la Cadena SER que la Cadena COPE? “Sin duda”, afirma Luís del Olmo, poniendo como garantía sus años de experiencia en la profesión, mientras se convierte en invitado de honor de la primera y llama talibán al presentador estrella de la segunda. Pero las palabras de Luís del Olmo irritan y exasperan a los oyentes de la COPE tanto como Libertad Digital irrita y exaspera a los lectores de elpais.es, de la misma manera que los análisis de GEES irritan profundamente en el Real Instituto Elcano. El progresista, quizá el socialdemócrata se sentirá crispado cuando escuche la COPE, de la misma manera que el liberal y el conservador se crispan igualmente cuando escuchan a Gemma Nierga o Luis del Olmo. Esencia del pluralismo. (GEES, febrero 2007)
 
En un régimen plural, la lucha de pareceres constituye la normalidad; la crispación, el estado habitual de las cosas. Desde la vorágine de noticias y opiniones, desde posiciones ideológicas distintas, no queda claro quién crispa a quién. En España, las supuestas calumnias de unos no son menores que las supuestas calumnias de los otros; ¿Se trata peor en las tertulias de la COPE a Rodríguez Zapatero que en las de la SER a Ángel Acebes? ¿Sale peor parado José Blanco en el programa de César Vídal que José María Aznar en el de Carles Francino? ¿Trata peor Jiménez Losantos a Iñaki Gabilondo que Iñaki Gabilondo a Jiménez Losantos? ¿Muestra más respeto Maria Antonia Iglesias con el Partido Popular que Ignacio Villa con el Partido Socialista? ¿Crispan menos al de enfrente unos que otros? Las preguntas podrían repetirse hasta el infinito, para llegar a la conclusión de que dos grandes grupos se sitúan frente a frente y disputan una encarnizada batalla mediática e ideológica en la que acusan a los otros del peor de los males y movilizan a los suyos.
 
El liberal conservador cierra filas en torno a los suyos; considera impresentables y belicosas las opiniones vertidas desde el Frente de la Paz, y recurre a Radio Intereconomía o El Semanal Digital para informarse. Por otro lado, el socialista, el bolchevique y el nacionalista se ven reconfortados por lo leído y escuchado en La Sexta o Cuatro, desprecian profundamente lo escuchado en COPE o lo publicado en FAES. Esa y no otra parece ser la esencia del pluralismo, del proyecto constitucional que, de una manera u otra, impera en Europa occidental y en Estados Unidos; las querellas culturales y políticas españolas no son de menor intensidad que las francesas o las norteamericanas. Sólo la ley, en un Estado de Derecho, constituye el límite de lo tolerable.
 
Ahora bien, si esto es así, también lo es el hecho de que el pluralismo no es la finalidad última del Frente de la Paz, sino una de sus etapas. Hoy, la izquierda y la derecha culturales y mediáticas juegan a un juego distinto; mientras la segunda acepta medirse en las ondas y en los kioscos, la segunda exige, cada vez menos disimuladamente, la censura a sus rivales. Y en el caso de la COPE y de la Iglesia Católica, un dato salta a la vista; el proyecto de redefinir la sociedad española anunciado por Rodríguez Zapatero no sólo es antiliberal; es anticristiano y antihumanista.
 
La cristofobia española es así estrictamente ideológica, pero también estrictamente política; ideológica porque en el imaginario progresista la Iglesia debe jugar su papel o no jugará ninguno. Política porque en la España de 2007 la Iglesia y su cadena de radio constituye uno de los principales obstáculos al proyecto de definir España que anuncian los ingenieros de almas. No son ni la COPE ni la Iglesia las que se sitúan fuera de los límites tolerables. Es el Frente de la Paz el que expulsa de la normalidad política a la Iglesia cuando ésta no se ajusta al papel que se le exige que juegue, y cuando no tolera que una visión del mundo se oponga a la suya.
 
Forzoso es reconocer que las voces que exigen la censura sobre la Cadena COPE son las mismas que exigen a los obispos que se encierren en sus templos para no salir jamás; son las mismas que se preguntan sin disimulo qué hacer con Aznar; las mismas que exigen al empresario postración y obediencia. Las mismas, en fin, que consideran que la derecha liberal es un obstáculo para un proyecto político que no es ni constitucional ni pluralista. Lo escandaloso en la España de 2007 no es ni la crispación ni el despiadado debate político y cultural. Lo que llama la atención es el hecho de que sólo la izquierda llama a la censura, y defiende cada vez con más insistencia el cierre de medios de comunicación como adelanto de la redefinición de la sociedad española que tiene en mente.

 
 
Óscar Elía Mañú es Analista  del GEES en el Área de Pensamiento Político.


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