En los últimos años sólo tres líderes europeos han sido invitados a pronunciar un discurso ante el Congreso norteamericano: Tony Blair, José María Aznar y antesdeayer, tras once años de ausencia francesa en el Capitolio, Nicolás Sarkozy. Otros muchos nunca lo han hecho y alguno que otro nunca lo hará.
Una de las primeras visitas oficiales de Angela Merkel fue para reunirse con Bush en Washington. En los próximos días se la espera en el entorno más íntimo del rancho que el presidente americano tiene en Crowford (por donde también pasaron en su día Aznar y su majestad el rey). No es casualidad.
Y es que algo ha cambiado en Europa. Alemania sabe que su destino está unido al de Estados Unidos y el actual presidente galo no tiene ningún pudor en declararse pro-americano. Lejos han quedado las disputas originadas por Schroder y Chirac. Para Washington y para las principales capitales europeas es el momento de reflotar una relación necesaria y deseable en la que debe primar la cooperación y no el enfrentamiento.
¿En toda Europa? No. Siempre queda algún reducto, cual aldea de Asterix, aislado de las principales corrientes del momento. Esa aldea es ahora la España de Rodríguez Zapatero. No se trata ya de que ni esté ni se le espere en la Casa Blanca frente a quienes si se pasean por sus despachos, sino que ha elegido quedarse al margen de las nuevas fuerzas europeas para seguir anclado en el no a la guerra del 2003 y en una imagen de Irak que ya no existe más.
Habida cuenta de la actuación de Sarkozy en el Chad y su espectacular rescate de las azafatas españolas, podría pensarse que el máximo exponente de nuestra acción exterior, es decir, el presidente francés, ya está en la Casa Blanca y que, así, nuestros objetivos nacionales han quedado a salvo. Pero sería el primer caso de un país soberano que externaliza por completo su diplomacia.
Ir a América no es una cuestión de gustos, sino de interés nacional. No querer o no poder ir es una excentricidad que España no se puede permitir.