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Rusia; ¿castigo o premio a los culpables?
Colaboraciones nº 2033   |  8 de Noviembre de 2007
 

(Publicado en Histoire & Liberté, nº 32 de 2007)

Puede uno interrogarse acerca del alcance del proceso de depuración post-comunista en Bulgaria, comparar los méritos respectivos de la apertura de los archivos de la ex policía política de la RDA y en la República checa, lamentar la lentitud y las manipulaciones en Hungría y Albania. En lo que respecta a Rusia, las cosas son mucho más simples: no hay ninguna depuración post-comunista, nadie ha sido sancionado y ningún debate agita la sociedad rusa para saber si conviene identificar y castigar a aquellos que fueron culpables de crímenes en nombre de la defensa de la seguridad del Estado.
 
¿Identificar y castigar a aquellos que en los años de Breznev y Andropov llevaron a  la muerte a opositores en los campos de concentración y en los asilos psiquiátricos? ¿Identificar y castigar a aquellos que secuestraron niños a sus madres porque la familia era de fe bautista o pentecostalista[1], a aquellos que condenaban a diez años de campo de concentración a los disidentes culpables de haber escrito y difundido textos no sometidos a la censura? Nada de eso está previsto hacer hoy en día en Rusia y es difícil imaginar un cambio de orientación al respecto en un futuro previsible.
 
Sin embargo, una cierta cantidad de culpables están vivos todavía y podrían responder de sus fechorías, comenzando por el ex jefe del Departamento 5 del KGB especializado en la lucha contra los disidentes, el general Filip Bobkov, quien vive tranquilamente en Moscú.
 
En Bulgaria, el presidente Georgi Parvanov puede preocuparse: una comisión de historiadores anunció en julio pasado que había descubierto documentos que permiten creer que él había colaborado con la policía secreta, cosa que él ha negado. ¿Se podría imaginar una cosa semejante en Moscú? ¡Claro que no!
 
Si en la Europa ex-comunista haber trabajado para los servicios secretos es un elemento que muchos quisiera que desapareciera de su biografía, en la Rusia de Vladimir Putin eso es completamente diferente: la pertenencia al KGB, en lugar de ser una marca de infamia cuya revelación es temida, es una bella carta de recomendación, que testimonia la afiliación al clan de los poderosos.
 
¿Hay que recordar que el presidente es un ex miembro del KGB y que él ha entregado una parte importante del poder político y económico a ex miembros de los servicios secretos?
 
Comparar la manera como Rusia y los países de Europa del Este manejan su reciente pasado comunista y chekista[2] es instructivo.
 
El presidente de Ucrania, Victor Iouchtchenko, instituyó en mayo pasado una jornada de homenaje a las víctimas del comunismo. Uno no puede imaginar al presidente Putin haciendo lo mismo; él fue quien calificó la desaparición de la URSS como “la más grande catástrofe geopolítica del siglo”.
 
En Polonia, el Instituto de la Memoria Nacional reagrupa los archivos de los servicios secretos comunistas, la SB, y todos los polacos pueden consultar sus expedientes. El Instituto tiene también por misión descubrir en los archivos elementos que permitan apartar de los cargos públicos a los ex colaboradores de la SB y llevar ante los tribunales a aquellos que se lo merezcan. Varias decenas de personas están ya en prisión. La mayor parte de ellos son ex miembros de la SB que practicaron la tortura durante los interrogatorios.
 
Al contrario de los ex torturadores de la SB, los del KGB que enviaron al general Piotr Grigorenko y a Natalia Gorbanevskaya al asilo psiquiátrico y dejaron morir en los campos de concentración a Yuri Galanskov, a Vladimir Chelkov y a Vassili Stus pueden dormir tranquilamente sin ninguna preocupación[3].
 
¿Retirar de los puestos públicos a los ex miembros de la policía secreta? El presidente Putin no se molestó por la trayectoria de Viktor Cherkessov, cuando lo nombró primero representante del Kremlin ante la región norte (San Petersburgo) y después como jefe del Comité Nacional de Lucha contra los Estupefacientes. El general Viktor Cherkessov es un antiguo miembro del KGB de Leningrado (como Putin). El paso años enteros cazando disidentes, especialmente los círculos feministas y cristianos. Si uno relee la revista clandestina de la disidencia Crónica de eventos actuales publicada en esa época, encontramos varias veces el nombre de Cherkessov, joven oficial del KGB que interroga los opositores e instruye los expedientes destinados a hacerlos condenar. Un ejemplo: fue Viktor Cherkessov quien envió al asilo psiquiátrico al disidente Rostislav Evdokimov antes de que fuera condenado a tres años de campo de concentración bajo régimen severo.
 
El general Cherkassov, quien además no parece estar mortificado por los remordimientos, no teme como sus colegas poloneses ser convocado por la justicia. Sin vergüenza alguna, el declaró en varias entrevistas no haber participado jamás en la represión de los disidentes. El KGB, explica él, no se ocupaba de esas cosas, pues tenía como única misión la lucha “contra las actividades ilegales”.
 
La República checa puso en Internet en 2003 la lista de los agentes de la STB, la ex-policía secreta. En julio pasado, el FSB (el ex KGB) anunció la apertura de sus archivos por el periodo 1920-1950. Pero sólo los descendientes de las víctimas tendrán el derecho de consultar esos archivos, a pesar del hecho de que éstos han sido ya desclasificados. Pero no todos los documentos podrán ser consultados: ninguna información será dada acerca de aquellas personas que denunciaron a sus padres o parientes, ni sobre los soplones que los enviaron a los campos de concentración o a la muerte. El jefe del servicio de los archivos del FSB, Vassili Khristoforov, enfatiza que las informaciones que conciernen a los colaboradores de los servicios secretos no serán entregadas al público pues se trata de “secretos de Estado”. Soplones y provocadores pueden, pues, dormir tranquilos, el FSB se encarga de protegerles su anonimato.
 
La Iglesia en Polonia fue el centro de un escándalo sin precedentes en enero pasado por la demisión del efímero arzobispo de Varsovia, Monseñor Stanislaw Wielgus, tras las revelaciones sobre su colaboración durante veinte años, de 1967 a 1987, con la policía política comunista. El 10 de septiembre pasado, la Iglesia ortodoxa rumana vacilaba al momento de elegir su nuevo patriarca, pues sobre la mayoría de los candidatos pesaban sospechas de haber colaborado con la Securitate de Nicolae Ceaucescu.
 
En Rusia ese tema es tabú. En 1992, cuando aparecieron informaciones en la prensa sobre la colaboración con el KGB de algunos sacerdotes y obispos, e incluso del mismo patriarca actual Alexis II, fue creada una comisión de investigación en el seno de la Iglesia. Esa comisión no ha dado resultado alguno hasta hoy. No se podría poner en duda la moralidad de la alta jerarquía de la Iglesia ortodoxa rusa que muestra su apoyo sin falla al presidente Vladimir Putin.
 
Países como Georgia, Ucrania, Hungría, Lituania, Letonia abrieron museos consagrados a las víctimas del comunismo. Ese no es el caso de Rusia cuyas autoridades no piensan ni siquiera en conmemorar oficialmente las grandes fechas de la represión estalinista.
 
Ningún funcionario de alto nivel representó al Estado ruso en las conmemoraciones del 70 aniversario del comienzo del Gran Terror, en julio y agosto pasado. Los medios de información, la mayoría bajo las órdenes del Kremlin, prestaron poca atención a esas conmemoraciones en las que participaron sobre todo las familias de las víctimas, ex prisioneros políticos, militantes de derechos del hombre y representantes de la Iglesia ortodoxa.
 
En lugar de participar en esas conmemoraciones, Putin causó sensación al relativizar los crímenes cometidos en esa época por Stalin: “Nosotros hemos tenido páginas terribles: recordemos los eventos de 1937 y no los olvidemos. Pero en otros países hubo cosas peores”, declaró ante un auditorio de académicos al evocar Hiroshima, el nazismo en Alemania y la guerra de Vietnam.
 
Continuando sus palabras sobre las páginas negras de la Historia, Putin agregó: “Nosotros tuvimos menos que los demás y aquí no fueron tan terribles como en  otros países”. La conclusión dirigida a los occidentales es: “No deben imponernos un sentimiento de culpabilidad. Ustedes (los occidentales) deben reflexionar acerca de ustedes mismos”.
 
¡Todo eso en cuando al deber de memoria!  Se puede mencionar que el presidente Putin, fuera de no estimar útil honrar con unas frases la muerte del Gulag, el no va a perderse una sola de las ceremonias que marcarán la Jornada del Chekista del 20 de diciembre! Preferir celebrar la memoria de los verdugos en lugar de celebrar la de las víctimas, es toda una escogencia.
 
Probablemente pasará mucho tiempo antes de que sea erigido el monumento a las víctimas de la represión política que Mijail Gorbachev solicitó en julio pasado. Hay muy pocas posibilidades de que Putin, quien comenzó su presidencia haciendo fijar en la Loubianka, la sede del KGB, una placa a favor de la memoria de Yuri Andropov, “un político magnífico”, erija ese monumento.
 
En San Petersburgo, los turistas curiosos e interesados por la Historia pueden visitar hoy en el Museo de la Historia Política una exposición intitulada “El KGB en la URSS: hombres, destinos, operaciones”[4].
 
Al lado de las cortas biografías de Yuri Andropov y de Filip Bobkov, que pasan púdicamente bajo silencio toda alusión a sus fechorías y crímenes contra los disidentes, el visitante descubre un pequeño cartel dedicado a la lucha contra “la diversión ideológica”, a mostrar algunas fotos de los escritores Iouli Daniel y Andrei Siniavski (condenados respectivamente a siete y cinco años de campo de concentración en 1965 por haber hecho pasar sus obras a Occidente), así como a una reproducción del texto que creó el Departamento 5 del KGB especializado en la captura de disidentes.
 
En esa exposición, no hay ninguna crítica al KGB ni a sus métodos. Una indiscreta colaboradora del museo reconoce de buena gana que “ex miembros del KGB ayudaron mucho a erigir esa exposición”.
 
La comparación puede continuarse entre Rusia y los ex países comunistas de Europa del Este, pero ¿es eso necesario? Vladimir Putin entró al KGB en la época de Breznev. Esa institución representaba para él el sueño de su juventud, un sueño al cual el sigue siendo fiel: él nunca renegó de su pasado de chekista, ha ascendido en los círculos del poder a una gran cantidad de ex miembros de los servicios secretos soviéticos y jamás dejó ver la más leve compasión o el menor interés por las victimas del comunismo.


 

© Traducido del francés por Eduardo Mackenzie
 
 
Notas


[1]Algunas comunidades bautistas y pentecostalistas rechazaban el registro obligatorio ante las autoridades soviéticas para practicar libremente su religión y se encontraron por eso, de hecho, en la ilegalidad.
[2]Viene de la palabra Cheka, o Comisión extraordinaria panrusa para la represión de la contra-revolución y del sabotaje. Fue creada el 21 de noviembre de 1917 y fue uno de los principales pilares del poder comunista. Su primer director fue el bolchevique Félix Dzerjinski, quien instaló su cuartel general en Moscú en la calle de la Grande Loubianka. Ese lugar inspiró siempre el más grande terror pues allí fueron torturadas, asesinadas y desaparecidas miles de personas.
[3]El general Grigorenko fue enviado a un asilo psiquiátrico en 1964 por haber criticado el régimen; Natalia Gorbanevskaya fue internada en un campo de concentración por haber participado en una manifestación en la Plaza Roja de Moscú en 1968 contra la intervención soviética en Checoslovaquia. Los disidentes Galanskov, Stus y Chelkov murieron en campos de concentración respectivamente en 1972, 1980 y 1983.
[4]Algunas informaciones suplementarias en ruso se pueden encontrar en la página Internet http://www.polithistory.ru/filials/


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