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Fernando de los Ríos
Reseñas nº 102   |  6 de Noviembre de 2007
 

(Del libro Fernando de los Ríos. Un intelectual en política, de Octavio Ruiz-Manjón. Editorial Síntesis, Madrid 2007)

Fernando de los Ríos ha gozado en la historiografía de una imagen tan atractiva como positiva. Más que ningún otro dirigente socialista ha encarnado la corriente socialdemócrata, una actitud que parecía determinada por su origen institucionista y sus hábitos y estilo burgués. Virgilio Zapatero le dedicó tanto su Tesis Doctoral como una reciente biografía. También hemos asistido no hace mucho a la publicación de sus Obras Completas. Esta nueva biografía aporta elementos significativos. Por una parte, es el trabajo de un historiador profesional, mucho más acostumbrado al estudio sobre fuentes primarias y a la literatura puramente histórica. El resultado está a la vista. Un texto muy pulido y de fácil lectura, que sigue la vida de Fernando de los Ríos día a día, tratando de rescatar cualquier dato que pueda ser relevante para el análisis final. Por otra, este estudio minucioso- resultado de años de trabajo en archivos, bibliotecas y hemerotecas- supone una revisión de algunos datos recogidos tanto en la biografía de Zapatero como en la edición de las Obras Completas, que resultan no serlo tanto.
 
A menudo se subraya el vínculo de Fernando de los Ríos con la Institución Libre de Enseñanza para escenificar un proceso político natural por el que los reformistas de la primera mitad del siglo XX estaban abocados a convertirse en socialistas a lo largo de la segunda. Mucho dinero público se ha empleado para convencernos de ello, una especie de OPA a la memoria histórica, que no a la historia. La realidad es que el carácter profundamente liberal de la Institución llevó a la mayoría de las personas vinculadas a ella a militar o apoyar opciones republicanas y reformistas, pero no socialistas. La reivindicación de un socialismo humanista por parte de de los Ríos no hacía más que demostrar su inexistencia. El socialismo español pudo ser liberal, pero no quiso serlo. Primó el culto al partido y a la Revolución.
 
Ruiz-Manjón no ha podido encontrar ninguna fuente que nos resuelva el enigma del porqué de los Ríos optó por ser socialista. Parece que su trasformación es posterior a la desaparición de Giner y, desde luego, no explicada. De lo que no cabe duda es de que jugaron un papel importante sus prejuicios morales y su innato idealismo. El espectáculo de la pobreza y la falta de educación herían a cualquier persona con un mínimo sentido ético. Posiblemente creyó que el socialismo era la vía más rápida y coherente para lograr la mejora de las clases humildes. Sin embargo, no deja de sorprender lo poco que caló en su formación de catedrático de Derecho Político toda la literatura clásica liberal, tan preocupada por el equilibrio de poderes y las garantías de la libertad individual como contrapesos para las tendencias autoritarias propias del ser humano.
 
De los Ríos parecía cargar sobre sus espaldas las supuestas culpas históricas de la burguesía y antes de la aristocracia, todo ello con una ingenuidad e idealismo que llevaron a sus coetáneos a ridiculizarlo demasiado a menudo. Ruiz-Manjón recoge un buen número de comentarios de políticos con los que tuvo que colaborar –Azaña, Prieto, Largo…- coincidentes en la pedantería y capacidad de no enterarse de lo que pasaba a su alrededor del catedrático de Derecho. De los Ríos dio lustre a un partido obrerista, donde escaseaban los oradores y las personas con mediana formación. Representó al Partido en reuniones internacionales y aportó un indiscutible nivel parlamentario en las Cortes, pero no previó las consecuencias que tendrían las nuevas políticas ni su exquisitez moral le privó de justificar las amenazas de muerte de Pablo Iglesias a Antonio Maura o de justificar reiteradamente la Revolución de 1934, que dejaría herida de muerte a la República.
 
La reivindicación socialdemócrata de la figura de Fernando de los Ríos carece de fundamento. No llegó a serlo. En realidad, desplegó su capacidad oratoria sin llegar a enterarse de la trascendencia de sus actos. Obcecado por un idealismo patológico, que le hacía sentirse un modelo de moralidad, se sumó entusiásticamente a la cuadrilla de incendiarios que acabó provocando la Guerra Civil, un conflicto que siguió con aflicción desde las orillas del Hudson mientras otros, que nada habían hecho para merecerlo, dejaban sus vidas en los campos de batalla, en las cunetas de las carreteras o junto a las tapias de los cementerios.
 
En tiempos de “memoria histórica” resulta pertinente volver la vista atrás sobre lo que fue esa tragedia, ese fracaso de la convivencia que concluyó en una Guerra Civil seguida de cuarenta años de Dictadura. Muchos sufrimientos para que ahora gentes poco responsables frivolicen con aquellos acontecimientos tratando de revertir sus resultados. La lectura del libro de Ruiz-Manjón, un trabajo exquisito en el manejo de las fuentes y en su esfuerzo por ser objetivo, resulta una buena opción para rememorar cómo los españoles echamos por tierra el legado de las generaciones precedentes para acabar a tiros sobre los campos de España.


 

 


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