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Maquiavelo cara a cara
Reseñas nº 101   |  29 de Octubre de 2007
 
(Del libro Epistolario Privado, de Nicolás Maquiavelo, edición, traducción e introducción de Juan Manuel Forte. La Esfera de los libros, Madrid 2007)
 
 
En la España de 2007, el asalto a la justicia se realiza en nombre de su independencia, la ruptura constitucional en nombre de la Constitución, y la cesión al terrorista en nombre de la paz y la libertad. Cuando el lenguaje se usa para esconder la realidad en vez de para mostrarla, cualquiera con pretensiones de rescatar su valor comunicativo es arrojado a las llamas de la intolerancia y la crispación. Al relativismo intelectual va unido el dogmatismo moral; en la España de Salsa Rosa y la Alianza de Civilizaciones, creer en algo ya hace sospechoso de intolerancia o crispación.
 
En tiempos de disolución moral e intelectual, la figura de Maquiavelo resulta demoníaca, perversa, deshumanizada. Su nombre se ha convertido en icono de la malignidad humana. Los intérpretes del florentino han negado siempre este carácter intrínsecamente inmoral de Maquiavelo. Esfuerzo inútil; a la crisis moral sigue la intelectual, y siendo el italiano uno de los escritores más citados, es también uno de los menos leídos por una Europa que considera que trabajar en un libro es una pérdida de tiempo. Entre lo propio y lo ajeno, Maquiavelo pertenece al grupo de los escritores malditos de la humanidad, tan brillantes como odiados o temidos.  Denunciarlo es uno de los dogmas de los siglos XX y XXI.
 
Entre el marasmo intelectual actual, aparece una nueva edición en español de sus cartas. La “esfera de los libros” publica el “Epistolario Privado” de Nicolás Maquiavelo, conjunto de cartas traducidas y editadas por Juan Manuel Fuerte, autor también de una muy interesante introducción. Las cartas están escritas entre diciembre de 1498 y abril de 1527; treinta años de convulsa historia europea, que Fuerte divide acertadamente en tres épocas diferentes, atendiendo a la vida del autor florentino, cuya suerte corre pareja a la de los acontecimientos en Roma, Florencia e Italia.
 
En la primera época, Maquiavelo es funcionario de la República florentina. Con menos de treinta años, es nombrado Canciller, asciende a lo más alto. Es la época de los Borgia; Alejandro VI, César, Lucrecia. Maquiavelo manda en la corte republicana, viaja, visita los palacios europeos y juzga e interfiere en sus planes. La diplomacia se muestra, cuatro siglos antes de las Naciones Unidas, la Unión Europea y las bravatas de Almadinehyah como el arte habilidoso y cuidadoso en manos de expertos, sabios y técnicos depositarios de conocimientos históricos, filosóficos, económicos o judiciales.
 
Las cartas en este primer período van desde problemas privados a administrativos y cuestiones de Estado. Es el Maquiavelo Canciller, orgulloso y poderoso, que exige, cumple y hace cumplir; “quiero dejar de lado la mala fe que habéis demostrado en estas cartas, sólo me extenderé en mostraros cuán ineptamente habéis creído lo que os ha sido referido, o habéis fingido lo que deseabais que se difundiese para infamia de este Estado” (a un Canciller de Luca, octubre 1499, p.89). En estas cartas, Maquiavelo comunica órdenes, escribe despachos, explica la situación política. Y aparecen ya las sentencias acerca de la política y de los hombres que pasarán a la historia del pensamiento; “mis lecturas y mi experiencia de las acciones de los hombres y sus modos de comportarse no me han enseñado nada” (a Soderini, septiembre 1506, pág. 106). Y alumbran ya la forma y el fondo que conoceremos en El Príncipe; “cada cual se gobierna según su particular carácter e imaginación” (Ibíd., p.108)
 
En 1512 los Médici vuelven a Florencia. Maquiavelo cae en desgracia. Es despedido, detenido y ha terminado apartado en un pequeño pueblo en las cercanías de Florencia. Es el segundo período recogido en el libro. Apartado de toda ocupación política, el brillante estadista malvive dedicado a la vida rural; “en lo que a mí se refiere, me he vuelto inútil para mí, para los parientes y para los amigos, porque así lo ha querido mi dolorosa suerte”. Por el día se embrutece en el campo y en la taberna; por la noche regresa a los libros, a la lectura de los clásicos, Dante o Petrarca.
 
Francesco Vettori es el único puente entre Maquiavelo y la vida política florentina, Entre la reflexión histórica y la ironía personal, Nicolás reflexiona; “La Fortuna ha hecho de tal manera que, no sabiendo razonar ni del arte de la seda, ni del arte de la lana, ni de ganancias o pérdidas, me convenga razonar de los asuntos de estado,  y necesariamente tengo que razonar de esto, o hacer voto de silencio” (a Vettori, abril 1513, p. 138). Habla de sí mismo, pero también de la política; imprevisible, incognoscible pero al mismo tiempo necesaria e incuestionable. A través e Vettori pide ayuda, opina como antaño, se mantiene vivo entra labradores, carniceros y panaderos. 
 
Es el Maquiavelo más vulnerable y débil. En las cartas que escribe a Vernaci se muestra la amargura, la melancolía y la desesperanza.  Pero no todo es malo; en su estancia en San Casiano, entre lamentos personales, análisis lejanos de la diplomacia europea, escribirá Discursos de la primera década de Tito Livio (1512), El Príncipe (1513) y Del Arte de la guerra (1520).
 
Por fin, a partir de 1520, Maquiavelo vuelve a entrar, poco a poco, en la vida política y diplomática. Sus Mandrágora y Del Arte de la guerra son ya conocidas, y la autoridad de Maquiavelo  empieza a ser reconocida. Los propios Médici le encargan una historia de Florencia, y vuelve a la actividad diplomática y política; nada que ver con la época anterior a 1512, pero ahora Maquiavelo se muestra más entero, irónico, seguro de sí mismo; firma como Historiador, cómico y trágico (a Guicciardini, octubre 1525, p.358)  Vuelven los análisis lúcidos sobre la situación europea.
 
Pero mientras asciende a los más altos puestos de responsabilidad, comienza la decadencia florentina; “amo a mi patria más que a mi alma. Y os digo que (…) no creo que se pasase nunca por momentos tan difíciles como éstos, donde la paz es necesaria y la guerra no se puede descartar” (A Vettori, abril 1527, p. 418) Con una suerte más adversa que proclive, vuelve a alejarse de los centros de poder. Muere en 1527, con más pena que gloria como ha ocurrido a tantos otros autores geniales.
 
En las cartas, el Maquiavelo más íntimo va unido al Maquiavelo estadista, y ambos al Maquiavelo filósofo; combinación de estas dos últimas caras del autor que pasarán a la historia en El Príncipe, los Discursos o Del Arte de la guerra. al lector de cualquiera de éstos le será familiar el tono maquiaveliano; “Estamos gobernados por príncipes tale, que tienen, o por naturaleza o por accidente, estas cualidades; un papa sabio y, por ello, grave y cauteloso; un emperador inestable y variable; un rey de Francia desdeñoso  temeroso; un rey de España tacaño y avaro; un rey de Inglaterra rico, impetuoso y deseoso de gloria; los suizos, feroces, victoriosos e insolentes; nostros italianos, pobres ambiciosos y viles; a los demás reyes, no los conozco”, define a Francesco Vettori la situación europea en agosto de 1513.
 
La correspondencia de Maquiavelo muestra a la perfección la teoría y la práctica del equilibrio de poder; en sus cartas se dibuja el tablero diplomático de alianzas, rivalidades, enemistades e intereses comunes. Francia, España, Suiza, Inglaterra y los territorios italianos entran en un carrusel de relaciones sin fin, que mantienen al continente en una tensión continua, pero que lo vacunan contra una guerra total que no llegaría hasta el siglo XX. En este siglo nacerán las Naciones Unidas, florecerá el pacifismo. Ante la obra de Maquiavelo, los moralistas se muestran escandalizados; la razón de Estado, la eficacia institucional, el poder definido como interés repugnan a quienes ven en la política la realización de la justicia o de la humanidad. Por otro lado, los realistas reconocen con agrado en El Príncipe la descripción real, desapasionada del funcionamiento real de la política, por debajo de las grandilocuentes legitimaciones que adquirirá después.
 
Descripción que escandalizará en El Príncipe y Del arte de la guerra, con el estilo directo y real que caracterizan a su autor: frases duras y directas, pero que son tan válidas en la era de Fernando el Católico como en la era del 11M y de la retirada de Irak; “Permanecer neutral me parece que nunca le fue útil a nadie, cuando se cumplen las siguientes condiciones; ser menos poderoso que cualquiera de los que combaten, y tener sus estados mezclados con los de quienes combaten. Y debéis considerar primero que no hay nada más necesario para un príncipe, que gobernarse con los súbditos y con los amigos o vecinos, de modo que no se haga odioso o despreciable”  (a Vettori, diciembre 1514, p. 275).
 
Sabiduría brutal, pero sabiduría, también en la era de la guerra contra el terror, de la Alianza de Civilizaciones y del apaciguamiento. Mantenerse neutral cuando uno no puede o no debe hacerlo constituye un error mayúsculo. Para Maquiavelo, el apaciguamiento, la neutralidad es, de hecho, semilla de odio; “me parece que mantenerse neutral entre dos que combaten, no es otra cosa que buscar el odio y el desprecio, porque siempre habrá uno de ellos que estimará que tú, por los beneficios recibidos, o por la antigua amistad, estás obligado a compartir su suerte y, si no te pones de su lado, empezará a odiarte” (…) Y siempre, al poco que empiece la guerra, esa alianza que no has querido proclamar abiertamente y mereciendo gratitud, la tendrás que hacer en secreto y sin agradecimientos; y si no la haces, ambos creerán que la has hecho” (a Vettori, diciembre 1514, pág. 282)
 
La lectura de Maquiavelo escandaliza al progresismo europeo, tan ansioso de justicia universal como huérfano de un rigor intelectual que cada vez más desprecia. En la nebulosa política e intelectual del comienzo del siglo XXI, la lectura de su “Epistolario Privado” no sólo proporciona al estudioso un instrumento de primera magnitud acerca de la vida del escritor. También supone un baño de impresión en el rigor intelectual aplicado al arte de la diplomacia; una dosis de realismo político que remite a tiempos pasados, en los que la guerra total, la propaganda y la psicología de las masas aún no habían hecho aparición. Queda la cuestión de si debajo de todos ellos, los mecanismos que describe Maquiavelo siguen funcionando hoy como lo hacían en 1513.

 
 
Oscar Elía Mañú es Analista  del GEES en el Área de Pensamiento Político.


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