(Publicado en ABC, 26 de octubre de 2007)
Tantas veces se han reunido Javier Solana y el negociador nuclear iraní, Ali Lariyani, que es imposible recordarlas todas. Ambos tenían mucho interés en verse pues los dos querían lo mismo: comprar tiempo. Solana para convencer al mundo de que el diálogo con el Irán de los ayatolas daría sus frutos; Lariyani, para que Teherán prosiguiera su programa nuclear sin apenas molestias. La última cita, el pasado martes, no pudo ser más patética: un voluntarioso negociador de la Unión Europea frente a un cesado iraní, sin arte ni parte ya de las decisiones sobre su programa nuclear.
Solana se ha quedado solo y sus continuos esfuerzos por convencernos de la buena disposición negociadora iraní han saltado por los aires tras conocerse el cese de Lariyani y, sobre todo, el nombre de su sucesor, Said Jalili. Si las conversaciones debían dar algún fruto, no podía ser más venenoso que éste, un recambio que consolida la posición de los más intransigentes del régimen de Teherán.
Ahmadineyad ha salido reforzado y eso es algo que no debiéramos olvidar cuando la tentación diplomática por nuevas conversaciones llame de nuevo a nuestras puertas. Jalili no es un radical cualquiera. Al igual que el actual presidente iraní, es miembro de la secta Hojatieh, inspirada por el clérigo ultrarradical Mesbah Yazdi y cuya creencia básica estriba en lograr acelerar la venida del nuevo mesías a través del caos y una crisis de enormes proporciones.
La caída del perpetuo interlocutor de Javier Solana y su reemplazo por Jalili pone de relieve que el diálogo con Teherán no ha logrado moderar sus posturas, todo lo contrario. Es la línea no sólo dura sino apocalíptica la que ha salido triunfadora. Con todo, estoy seguro, de que solana tardará muy poco en afirmar que con Jalili hay promesas para llegar a un acuerdo razonable. Sólo será necesario más tiempo, más reuniones y nuevas ofertas de nuestra parte. Dada la experiencia, dejar que Solana juegue con nuestro tiempo empieza a ser una irresponsabilidad.