Los proteccionistas afirman que el libre comercio es malo para América -- que las importaciones crecientes de bienes significan incrementar las exportaciones de puestos de trabajo, destripando así nuestra economía. Esta noción solamente podría ser válida en un mundo equilibrado con una cifra fija de empleos en el que el beneficio de un país fuera la pérdida de otro; en la práctica, no obstante, la cifra de empleos, tanto en casa como en el extranjero, está encarrilada en una clara tendencia al alza. Nuevas empresas e industrias emergen de manera continua en una tentativa sin final por satisfacer los insaciables deseos de la humanidad. Nunca podremos agotar los empleos.
El libre comercio no reduce el empleo, sino que lo redistribuye entre usos más eficientes, igual que la competición económica por toda la ciudad, por todo el estado o por todo el país hace que algunos empleos suplanten a otros. Este proceso es natural y sano, no siniestro o peligroso. Sí, tan contraproducente o perverso como pueda parecer, una economía sana es aquella que destruye puestos de trabajo -- mediante el reemplazo de ellos con otros puestos de trabajo nuevos. Igual que un organismo humano sano sufre un proceso constante de renovación desprendiendo células muertas y reemplazándolas con células vivas, una economía sana es también aquella en la que suministradores más eficientes de bienes y servicios desplazan a los proveedores menos eficientes.
Si le suena frío o clínico, entonces pregúntese si preferiría formar parte de la economía norteamericana o haber sido un trabajador de la economía soviética. La Unión Soviética dispuso del sistema más proteccionista posible -- el gobierno garantizaba el empleo de todo el mundo de modo que nunca hubiera ningún paro. El precio del puesto de trabajo garantizado era una economía sin flexibilidad y adaptabilidad. Con el empleo y la economía congelados en su sitio, los planificadores soviéticos en la práctica ilegalizaron el progreso económico, acabando en un devastador estancamiento y empobrecimiento en el presunto "paraíso del trabajador".
Por el contrario, la dinámica economía norteamericana siempre ha sacado a la gente de puestos de trabajo antiguos y metido en puestos de trabajo nuevos. Al tiempo que desafía a los particulares afectados, estos son los inevitables dolores de crecimiento asociados al progreso de todos nosotros. Mire la agricultura norteamericana, por ejemplo. A lo largo de los últimos 250 años, el empleo agrícola se ha reducido desde más del 80% de nuestra población hasta menos del 2%. Podemos simpatizar con la angustia de millones de americanos que han tenido que abandonar la explotación agrícola como su fuente de ingresos, pero nuestra sociedad es mucho más rica hoy como resultado de este cambio.
Dado que tan pocas personas son necesarias para producir productos agrícolas, decenas de millones de americanos más son ahora libres para proporcionar otros incontables bienes y servicios que nunca habrían existido si sus fabricantes aún estuvieran en la granja.
El lema “Compre americano" resuena por doquier y apela a nuestro patriotismo, pero en cuanto a que significa comprar productos de fabricación americana en lugar de productos al menor precio y la mayor calidad posible, es un rechazo al raciocinio económico. Los economistas desde Adam Smith entienden que la verdadera riqueza de "la riqueza de las naciones" es cuán asequible es el coste de vida del ciudadano corriente. Si los Estados Unidos se hubieran cerrado al comercio exterior a lo largo de los últimos 50 años, podríamos estar pagando 40.000 dólares por un Ford Pinto IV, 15 dólares por el galón de gasolina, 5 dólares por un vaso de zumo de naranja, etc. Todos seríamos mucho más pobres.
Lo que ha sucedido realmente a lo largo de los últimos 50 años es que las barreras proteccionistas han sido eliminadas. Se estima que los ingresos domésticos americanos promedio son de 10.000 dólares al año más elevados como resultado de la reducción de aranceles en la última mitad del siglo.
En 1992, el candidato presidencial del Partido Reformista, Ross Perot, advertía de "un gigantesco ruido de succión" de empleos desplazándose desde Estados Unidos hasta México si se aprobaba el Tratado de Libre Comercio con Norteamérica. Desde que el NAFTA entrara en vigor en 1994, Estados Unidos ha disfrutado de un incremento neto de casi 2 millones de puestos de trabajo anuales, con remuneraciones por encima de la media nacional en las tres cuartas partes de los empleos nuevos.
Existen dos riesgos importantes para este futuro brillante. Uno sería si los americanos han perdido la voluntad, la energía y el espíritu emprendedor que permitieron a las generaciones anteriores superar desafíos prodigiosos. El otro es "la enfermedad del gobierno" -- la miríada de intervenciones gubernamentales, tales como la excesiva grabación fiscal, la híper regulación (la ley Sarbanes-Oxley), leyes laborales injustas, etc. - que son en gran medida como cadenas liliputienses amenazando con amarrar al Gulliver americano. Necesitamos el libre comercio si no vamos a convertirnos en rezagados globales, pero también necesitamos que el gobierno nos permita competir con el resto del mundo sin un brazo atado a la espalda. Solamente existe un país capaz de sacar a Estados Unidos de su lugar en la cabeza económica global, y ese es los Estados Unidos de América. Un gran éxito económico espera a las grandes empresas y emprendedores de América a menos que el Tío Sam, a través de la excesiva intervención en la economía, se quede en derrota por los pelos.
Quizá la voz americana más prominente elevada contra el libre comercio haya sido la de Pat Buchanan. En conferencias y libros, Buchanan sostiene que el libre comercio condujo al declive del Imperio Británico y ahora amenaza con derribar a Estados Unidos. Buchanan -- un escritor brillante y un pensador claro -- acierta en muchos otros temas, pero se equivoca en este.
Confiando en el análisis histórico en lugar del económico, comete un error de manual -- el de seleccionar dos sucesos que tuvieron lugar de manera coincidente, y después trazar una relación causa- efecto entre ellos. El hecho de que Gran Bretaña practicase el libre comercio a lo largo de su periodo de declive no significa que el libre comercio contribuyera a este declive. Eso no es más válido que yo afirmase que puesto que el déficit federal crónico en los Estados Unidos comenzó alrededor de 1960, y Alaska y Hawái fueron admitidos en la Unión en 1959 y 1960 respectivamente, entonces Alaska y Hawái tienen la culpa de nuestra creciente deuda nacional. Muchos imperios se vinieron abajo antes incluso de que existiera algo parecido al libre comercio.
¿Y si el libre comercio provoca declive económico, entonces cómo se explica el fenomenal crecimiento y la prosperidad económicas que siguieron al establecimiento de la primera zona de libre comercio del mundo -- Estados Unidos? Si el libre comercio fuera el golpe de gracia, las colonias debieron haberse estancado en lugar de expandido.
Finalmente, puesto que el comercio extendido conduce a creciente eficacia e incremento de la riqueza concomitante, el argumento de Buchanan se reduce a "la riqueza provoca declive". En el mejor de los casos que esta es una propuesta absurda, pero incluso si no lo fuera, dudo de que la gente dijera, "Adoptemos políticas que nos impidan ser ricos, puesto que la riqueza conduce al declive". Nunca funcionaría.
Buchanan cita otras muchas preocupaciones válidas a las que nuestro país necesita hacer frente, tales como la decadencia cultural y moral y el sofocante lastre del Gran Gobierno, y yo estoy con él al 100% en estos puntos.