Tres atentados sincronizados, producidos en un parque de atracciones y en una cafetería, provocaban el 25 da agosto 42 muertos y un centenar de heridos en la ciudad india meridional de Hyderabad, capital del Estado de Andhra Pradesh, y eran atribuídos horas después por el Ministro del Interior, Shivraj Patil, a “organizaciones terroristas con base en Pakistán y Bangladesh”. Por otro lado, algunos medios de comunicación acusaban directamente a los yihadistas del Harkat ul-Jehadi Islami (HUJI), el mismo grupo al que se atribuye el ataque producido el pasado 18 de mayo contra la céntrica Mezquita “Mecca” de la misma ciudad: una bomba que provocó 11 muertos, todos musulmanes, en lo que se interpretó como un intento yihadista por hacer volver a Hyderabad los enfrentamientos entre musulmanes e hindúes de antaño, y ello para agudizar conflictos y para avanzar hacia la consecución de sus siniestros fines. De hecho, tras el atentado contra la Mezquita “Mecca” se produjeron en esta ciudad de 6 millones de habitantes, un tercio de los cuales son musulmanes, disturbios interreligiosos que se saldaron con 5 muertos. Los atentados de ahora se han producido además a los diez días de celebrarse el 60º aniversario de la independencia de India, momento en el que se ha aprovechado para revisar la historia, marcada por la independencia veinticuatro horas antes de Pakistán, el 14 de agosto de 1947, un país creado para acoger a las poblaciones musulmanas del subcontinente indio con el que India ha librado tres guerras desde entonces - en 1948, en 1965 y en 1971 - y con el que, desde 2004, se intenta normalizar las relaciones en un esfuerzo duramente combatido por los yihadistas salafistas.
Complejidades indias y la vecindad paquistaní
Aunque aún afectada por un arcaico sistema de castas con más de 3.000 años de existencia y afrontando levantamientos de carácter regional (Punjab, Manipur, región de Assam, Cachemira) o revolucionario (el activismo terrorista protagonizado por maoístas unido al de los yihadistas en diversos lugares) India conmemora su 60º cumpleaños desde una posición más esperanzadora que su vecino Pakistán, que ha celebrado el suyo en medio de fuertes medidas de seguridad. Frente a la democracia institucionalizada en India el vecino Pakistán sólo puede ofrecer un amplio inventario de regímenes militares y, desde la invasión soviética del vecino Afganistán, en 1979, el enraizamiento en su suelo de corrientes islamistas extremadamente radicalizadas, a las que el régimen del General Muhammad Zia ul-Haq dio todo tipo de facilidades y que hoy se retroalimentan gracias a la división de los pastunes entre Afganistán y Pakistán haciendo también de esta una vecindad problemática. A ello hay que añadir la presencia de la red Al Qaida que se reestructura en suelo paquistaní y la inacabada lucha de grupos cachemires apoyados desde Islamabad por separar esta región de mayoría musulmana del territorio nacional indio. De hecho, Pakistán surgió con el objetivo prioritario de servir de refugio a la población musulmana del subcontinente, sin un proyecto de sociedad que evolucionara hacia la democracia, hacia la promoción de las minorías o hacia el desarrollo económico y social que India sí ha ido incorporando a su construcción nacional a lo largo de las últimas décadas.
Junto a la vecindad paquistaní y al conflicto de Cachemira caben destacarse tambíen los enfrentamientos entre hindúes y musulmanes en otros rincones del país, que han servido y sirven a los yihadistas para tratar de agudizar tensiones. Desde los más sangrientos choques, producidos en 1992 a raíz de que la destrucción de la Mezquita Ayodhya, en Babri Masjid, realizada para poder reconstruir un templo hindú sobre el que se había construido el templo musulmán, y en los que se produjeron miles de muertos, y pasando por los enfrentamientos que entre enero y febrero de 2002 dejaban más de 2.000 muertos en Gujarat, las tensiones y en ocasiones los disturbios no han dejado de producirse. Ya en tiempos más recientes son los atentados terroristas la forma más visible, y para sus autores más eficaz, de intentar extender los enfrentamientos. Por su simbolismo cabrían destacarse dos, a añadir a los atentados de Mumbai, en 2006, y de ahora en Hyderabad, tratados con más detalle en el presente estudio: el 7 de marzo de 2006 hasta 21 hindúes eran asesinados en la emblemática ciudad de Benarés, localidad a orilla del Ganges de gran significado para los seguidores del hinduismo, y el 19 de febrero de 2007 eran 70 las personas asesinadas - hindúes, musulmanes y otros, sin distinción - en el atentado también simbólico contra el tren que reiniciaba la línea Nueva Delhi-Lahore, quizás el ejemplo más visible de los esfuerzos para normalizar las relaciones entre India y Pakistán y, para los terroristas y precisamente por ello, objetivo obligado de su labor criminal.
Haciendo balance del aniversario en otros ámbitos es importante destacar que India atrae cada vez más confianza internacional y, aún cuando no es signatario del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) y posee unas 200 cabezas nucleares, su Acuerdo en materia de cooperación nuclear civil firmado con los EEUU hace dos años, ampliamente contestado tanto por los partidos de izquierdas encabezados por el Partido Comunista como por los nacionalistas hindúes del Partido Bharatiya Janata y, por supuesto, por los islamistas que lo consideran una decisión pecaminosa más del Gobierno infiel de Nueva Delhi, está permitiéndole además reforzar lazos con terceros países: a título de ejemplo, el 14 de agosto el Gobierno de Australia ponía fin a la prohibición de vender uranio a India. Esta confianza exterior no reduce los factores de riesgo a la estabilidad india, y que pasan por ejemplo por su tensión con la República Popular China, otro no firmante del TNP, en la región del Himalaya. Aunque India reconoció en 2003 que la región del Tíbet pertenece a China y Pekín, recíprocamente, reconoció que el reino himalayo de Sikkim es indio, la República Popular China reclama la región nororiental india de Arunuchai Pradesh mientras que Nueva Delhi reclama una parte de Cachemira situada en suelo chino. Creciendo a un 8% anual en los últimos años India sufre aparte de estos handicaps de seguridad verdaderas lacras socioeconómicas - un 40% de analfabetismo, el 70% de la población pertenece a las llamadas castas inferiores sufriendo marginación por ello, un 30% de la población vive por debajo del umbral de la pobreza, etc - pero la susodicha confianza que inspira entre los operadores extranjeros permite al Gobierno del Primer Ministro Mammohan Singh vislumbrar un futuro de esperanza. Como para mantener su crecimiento India necesita energía el Primer Ministro Singh acaba de proponer abrir siete centrales nucleares en los próximos doce años para lo que busca con ahínco proveedores de uranio - Australia ya ha dado el paso, uniéndose a la Federación Rusa y a Francia que ya estaban dispuestas a vendérselo - y la colaboración con Washington en la materia garantizaría el proceso, pero antes debe ganarse el apoyo político de sus socios en el Gobierno, pues no tiene mayoría, someter a las inspecciones del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) su sector nuclear civil y, además, que el Legislativo estadounidense le dé la luz verde definitiva al Acuerdo.
Por el contrario, en Pakistán y siempre en términos de evaluación del aniversario común, tras el asalto por parte del Ejército a la Mezquita Roja de Islamabad el 11 de julio y la breve reapertura del centro días después, el Gobierno hubo de ordenar su cierre definitivo el 28 de julio ante el incremento de la violencia terrorista manifestada especialmente en múltiples atentados suicidas a lo largo del país. En paralelo, el levantamiento del Baluchistán desde 2005 y la crisis entre el régimen del Presidente Pervez Musharraf y la judicatura tras la destitución en marzo del Presidente del Tribunal Supremo, Iftikhar Chaudhry, recientemente rehabilitado, desafían al Gobierno paquistaní que, como medida conciliadora llamada a reducir los factores de riesgo, coorganizaba junto con el Gobierno afgano del Presidente Hamid Karzai una Asamblea (Jirga) por la Paz en Kabul el 9 de agosto. Musharraf, quien aspira a un tercer mandato presidencial en las elecciones del próximo octubre y se resiste a dejar la jefatura de las Fuerzas Armadas, ha sufrido otro revés con la autorización por parte del Tribunal Supremo, el 23 de agosto, del regreso a Pakistán de Nawaz Sharif, el Primer Ministro a quien el General ahora Presidente derrocó en 1999 para hacerse con el poder y que ha venido dirigiendo desde el exilio, primero en Arabia Saudí y desde 2006 en Londres, la Liga Musulmana de Pakistán-Grupo Nawaz.
Dos países pues que se han hecho la guerra en tres ocasiones hacen frente hoy a importantes desafíos, uno de ellos el de su propia vecindad que constituye el principal factor de inestabilidad en el subcontinente. Aunque Pakistán surgiera como refugio para los musulmanes hoy viven en India 120 millones de seguidores del Islam, una cifra superior a la de los habitantes de Pakistán y que hace de la cuestión islámica un asunto doméstico más que un desafío de vecindad. A pesar de ello dicha vecindad sigue pesando: a título de ejemplo, el pasado 24 de junio tropas indias mataban a ocho yihadistas que cruzaban la frontera por la zona de Cachemira mostrando la actualidad de un conflicto que ha provocado la muerte de más de 42.000 personas desde que en 1989 se iniciara en el territorio una revuelta contra la presencia india auspiciada desde Islamabad y alimentada en buena medida por “muyahidin” desmovilizados de Afganistán enormemente motivados tras haberse impuesto al Ejército soviético.
Los atentados sincronizados de ahora en Hyderabad recuerdan los sufridos por trenes en Mombai (antiguo Bombay) hace algo más de un año, el 11 de junio de 2006: en aquella ocasión 7 bombas estallaron de forma también sincronizada contra 7 trenes de la línea oeste de cercanías de dicha ciudad provocando 200 muertos y más de 700 heridos. Aquel atentado, atribuído por las autoridades indias al grupo terrorista Lashkar-e-Toiba (Ejército de los Puros) fue inmediatamente condenado por el Presidente paquistaní Musharraf y elogiado por Al Qaida. Las autoridades indias siempre han insistido en los vínculos con la red de Osama Bin Laden de dicho grupo creado en 1990 por individuos originarios de la región afgana de Kunar que habían luchado como “muyahidin” contra el Ejército soviético y que luego habían reorientado su combate hacia Cachemira para liberar dicha región de la presencia de infieles (léase hindúes). Aunque el grupo negó la autoría de los atentados de Mombai a través de su portavoz, Abdulla Raznavi, el Gobierno indio se los sigue atribuyendo como también le atribuye el asalto al Parlamento y un atentado contra un mercado público, ambos realizados en Nueva Delhi en diciembre de 2001. Los atentados de Mombai provocaron una ola de detenciones en las filas del Movimiento Islámico de Estudiantes de la India, al que las autoridades acusaban de haber brindado apoyo logístico a los terroristas de Lashkar-e-Toiba. Ahora, en Hyderabad, la determinación de los terroristas por seguir matando de forma masiva es clara pues la policía ha encontrado varias bombas sin estallar - tenían que haberlo hecho a la vez que las que provocaron la muerte en lugares tan frecuentados - en la investigación inmediatamente posterior a los atentados. Junto a la necesidad de combatir a los infieles hindúes, los yihadistas no pierden de vista la obligación que se abrogan de evitar que tanto el proceso de acercamiento y diálogo iniciado entre India y Pakistán en 2004 como la más reciente aproximación entre India y Bangladesh - Estado este último mayoritariamente musulmán con el que India restablecía el pasado 8 de julio unas comunicaciones ferroviarias interrumpidas desde hacía 42 años - lleguen a buen puerto, y ello porque nada hay peor para ellos que ser testigos de cómo los musulmanes y los no musulmanes se entienden. A tan destructiva empresa van a dedicar los yihadistas salafistas, con toda seguridad, renovados esfuerzos reflejados en sanguinarias acciones terroristas como las recientemente producidas en Hyderabad.