(Publicado en Expansión, 18 de octubre de 2007)
El pasado fin de semana los Mossos d’Esquadra detuvieron a un ciudadano francés de origen marroquí con todos los ingredientes para servir de terrorista suicida. Se supone que pensaba atentar contra un edificio en Barcelona. No es la primera vez que jihadistas intentan volar por los aires algún inmueble catalán. Sin ir más lejos, en el año 2004 se detuvo a varios pakistaníes por querer destruir un emblemático hotel de la ciudad condal. Y no se trata de acontecimientos esporádicos. Según los análisis de los profesores Javier Jordán y Carlos Echeverría sobre el jihadismo en España y en Europa respectivamente (se pueden consultar en
www.gees.org), tan sólo el año pasado las fuerzas policiales arrestaron por complicidad con redes terroristas a cuatro imanes en Tarragona y Gerona.
De las veintitantas operaciones contra el terrorismo islámico en nuestro país doce se desarrollaron en Cataluña y de todos los detenidos en España desde marzo de 2004, una abrumadora mayoría residía en tierras de la autonomía catalana.
Que Cataluña esté trufada de islamistas radicales no es casualidad. Su política de inmigración ha primado el asentamiento de musulmanes procedentes del Norte de África pero también de tan lejos como Pakistán, en un claro intento de evitar un flujo de hispanoparlantes, como los iberoamericanos, que supuestamente mermarían la política exacerbada de identidad nacional desarrollada desde la Generalitat. Hoy Cataluña absorbe dos tercios de la población emigrante pakistaní en España y un tercio de la marroquí, por poner dos ejemplos. Y es un dato contrastable que los terroristas islámicos no sólo se camuflan mejor entre “su” gente sino que es de ella de donde se nutren de militantes. Las mezquitas sirven muchas veces de punto de encuentro y captación para un proceso cada vez más rápido de radicalización. La política de la multiculturalidad sobre todas las cosas de los actuales dirigentes catalanes no hace sino abrir un gran campo de actuación para el reclutamiento de nuevos jihadistas, amén del desarrollo de todo tipo de redes de apoyo, desde la financiación a la propaganda. Por eso no es casualidad el importante número de actuaciones policiales en Cataluña contra elementos del terrorismo islámico.
Sorprendentemente, los responsables de la seguridad en Cataluña mantienen un manto de silencio sobre el grado de penetración del islamismo radical en la sociedad catalana, como si por no dar información al respecto el problema no existiera. Pero los datos de la policía y judiciales lo dicen alto y claro: existe. Pero no nos equivoquemos. Carod Rovira negoció en su día una tregua con ETA que excluía a Cataluña de su violencia. Si Cataluña se convierte ahora en Cataluñistán, trufada de islamistas fanáticos gracias a una permisividad oficial más que arriesgada, el problema lo será para todos. Hay quien piensa que estando tan cómodamente instalados en la región, los islamistas no atentarán en Cataluña. Falso. Ya lo han intentado estando viviendo allí. La jihad no conoce de fronteras y representa una grave amenaza tanto para los catalanes como para el resto de España.