(Publicado en el Diario Palentino, el 29 de febrero de 2004)
Llevo casi una década escribiendo esta columna dominical de "El Catalejo”. Nada hay que dé más satisfacción para alguien con vocación pública que poder expresar tus ideas con libertad y compartirlas y debatirlas con tus conciudadanos. Como muchos sabrán me presento ahora como candidato al Senado por el Partido Popular en Palencia. Ni siquiera en esta Campaña Electoral he querido dejar vacía esta columna. Pero moralmente creo que es mejor separar los planos. Para pedir el voto tendré muchas oportunidades tanto en actos de mi partido como en intervenciones ante los medios de comunicación. Por eso he optado por dejar a "El Catalejo” al margen de la campaña.
El artículo de hoy versará en cosecuencia sobre algo alejado de los debates electorales: los valores de los jóvenes. La reflexión viene a cuenta de una reciente encuesta a los jóvenes catalanes que no creo difieran demasiado respecto a los valores del resto de los jóvenes españoles e incluso europeos. Lo que más me llamó la atención de esta encuesta era la contradicción entre unos valores muy tradicionales como la familia frente a otros más transgresores como la libertad sexual. Muchos interpretan estas contradicciones como un problema de falta de congruencia en los jóvenes, pero yo creo que lo que indican es un proceso de transición a la postmodernidad social.
La familia es con diferencia la institución más valorada por los jóvenes, causando una apreciación casi unánime e incluso superior a la que puedan tener la generación anterior. Pero junto a ella, la libertad sexual es el concepto con el que más están de acuerdo los jóvenes actuales. En este concepto se incluyen aspectos como la homosexualidad, la inseminación artificial o el aborto. Por el contrario, los jóvenes se oponen mayoritariamente a la clonación de seres humanos y a la pena de muerte. Hay por tanto algunas contradicciones. Pero por los porcentajes obtenidos, el valor de la familia es más fuerte que el del resto y la propia experiencia vital limará alguna de esas aparentes contradicciones. La falta de congruencia se explica también por la crisis de credibilidad entre los jóvenes de aquellas instituciones que como la Iglesia podrían contribuir a una orientación moral de estos valores.
La segunda contradicción es ideológica. Un 77,3% de los jóvenes destaca la propiedad privada como valor esencial de su modelo de sociedad, pero un 59% está muy o bastante de acuerdo con el socialismo. Un 26% muestra simpatías por el comunismo. Un 38% se declara afín al nacionalismo. La cuestión no es sólo que nuestra juventud siga mayoritariamente instalada en zonas templadas del centro político sino que algunos puedan incluso asumir simultáneamente valores tradicionales de la derecha y de la izquierda. En este sentido me atrevo a predecir una doble evolución de futuro. Por un lado, habrá a medio plazo un retroceso de las posiciones nacionalistas en Cataluña y el País Vasco. En segundo término, se producirá una creciente obsolescencia de los conceptos tradicionales de izquierda y derecha. Dado el punto de partida actual, este hecho provocará más desafectación para la izquierda.
Respecto a las instituciones hay más confianza en las sociales que en las políticas. Sin embargo, la juventud sigue siendo bastante europeísta. Es una nueva contradicción, pero las instituciones políticas que más confianza generan son los ayuntamientos y la Unión Europea. Es decir, la más cercana y la más alejada de los ciudadanos. Le sigue de cerca el Gobierno Autónomo y en último lugar el Gobierno de España. En esto sí puede haber algo de singularidad catalana, pero en cualquier caso pone de manifiesto una creciente tensión entre lo local y lo global que los jóvenes resuelven compatibilizando ambos conceptos.
Estamos en definitiva ante una juventud aparentemente contradictoria, pero esencialmente en transición. Es esa evolución la que genera posiciones en ocasiones poco congruentes, incluso en un mismo individuo. La polarización actual es por tanto más individual que social. Esa transición tiene algo de vuelta a valores más tradicionales, pero en ocasiones conviviendo con valores profundamente transgresores fruto de una evolución económica y tecnológica vertiginosa que crea nuevas situaciones y dilemas. Las instituciones, especialmente las políticas, pero también en menor medida las sociales, tienen crecientes dificultades para dar respuesta a este cambio y más aún para tratar de encauzarlo.