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Zapatero y el timo de la ONU
En letra impresa nº 832   |  16 de Octubre de 2007
 

(Publicado en La Razón, 15 de octubre de 2007)

Zapatero no sabe si España es una nación o no, pero no le importa (primera comparecencia en el Senado en 2004). La ONU, que es un club de naciones, parece importarle mucho más. Nada sin su bendición, simula que es su máxima. Bastantes baldones abruman a la ONU como para tener que soportar los lujuriosos amores de Zapatero. Tras endilgarle el muerto de la «alianza de civilizaciones», a la que no hay quien le insufle el más tenue aliento de vida, esos fervores bastan para hacer sospechosa a la asendereada institución mundial. Ahora trata de resucitar los orígenes de Irak como guerra no ungida por la sacrosanta institución, haciendo retroceder cuatro años el reloj de la historia. Es como poner a combatir el cadáver del Cid, que ganaba batallas después de muerto. Mal deben habérselas cuando tienen que echar mano de tan mortuorio recurso. Y eso que todavía no han sacado a pasear el superrentable 11-M. La espera de la sentencia los tiene en vilo.
 
El nuevo estrujón a los buenos viejos tiempos, a ver si todavía dan zumo electoral, viene de la mano de una filtración a «El País» propia de un navajero drogata, extrayendo de los archivos que deberían religiosamente custodiar el acta de una conversación entre Bush y Aznar un mes antes del comienzo de la guerra. Todo absolutamente previsible. Ni la más mínima revelación. Como a propósito del tema le dijo Solana al eurodiputado comunista español Willy Mayer, en el Parlamento Europeo, si Ud. tiene que leer ese documento para enterarse de lo que pasó, «bendita sea su inocencia». No había secreto que revelar, pero eso era un secreto. Los jefes de gobierno no dan a la publicidad las relaciones de sus predecesores con sus homólogos, más que de mutuo acuerdo con ellos. Es regla de oro que ni los más arrastrados osan violar.
 
Pero el gran público no domina los detalles. Hay que reavivar emociones y realumbrar prejuicios ya asentados. Para menear el asunto basta una campaña de titulares descubriendo asombrosos mediterráneos como que la guerra se hizo sin una «segunda resolución» del Consejo de Seguridad o que Aznar tenía en contra la opinión pública.
 
Todo se basa en la gran falacia de considerar a la ONU como el no va ni más ni menos del derecho y la vida internacional. El alfa y el omega. Fuera sólo se hallan las más espesas tinieblas de la ilegalidad. Existe un abismo insondable entre el reverencial culto a la institución y su realidad práctica. Nunca ha satisfecho las expectativas contenidas en su carta fundacional y a estas alturas sabemos sin lugar a dudas que más vale abandonar toda esperanza de que llegue a hacerlo. En aquello para lo que realmente sirve no está nada mal, no la sobrecarguemos pidiéndole más de lo que puede dar. Es un indispensable foro para el bla, bla, bla mundial, lo que no deja de tener su importancia. Es la más grande ONG del mundo, aunque más que nogubernamental es inter-gubernamental, con mucha experiencia y un alto nivel de servicios. Proporciona fuerzas de pacificación para bandos que de verdad quieren dejar de matarse. Da un plus de legitimidad a ciertas iniciativas cuando los mandamases del mundo están de acuerdo activo o pasivo. Es una excelente coartada para la inacción, cuando nadie quiere mojarse, que es lo habitual. Realiza otros muchos servicios útiles y algunos deservicios peligrosos, como sentar en su comité de Derechos Humanos a los más flagrantes violadores de éstos, pero sobre todo sirve para deslegitimar acciones justas, legítimas y convenientes, como derrocar a un despiadado tirano que amenaza reiteradamente a todos sus vecinos y aspira a encaramarse sobre un arsenal de armas de letalidad catastrófica, y lleva años y años burlándose de las resoluciones del reverenciado organismo internacional.
 
Se pretende hacernos creer que las Naciones Unidas son, en una sola pieza, un gobierno mundial, una asamblea legislativa mundial y un tribunal supremo planetario. Y eso por los mismos que estaban dispuestos a denunciarlas como viciosamente manejadas por los Estados Unidos si la cosa no hubiera tomado un sesgo antiamericano, de la misma manera que se disponían a clamar «tongo» si aparecían las armas prohibidas en Irak. Cuando se habla de que faltó una «segunda resolución» aprobando la guerra, se oculta que se hubiera tratado de la número dieciocho, porque antes de la llamada primera había otras dieciséis que exigían a Sadam desarmarse y que había violado durante once años. Pero sobre todo se oculta que nunca Naciones Unidas ha dado su aprobación expresa a una guerra. Nunca. No sólo en Kosovo, como suele decirse. Tampoco en Afganistán, ni en la primera del Golfo, ni en ninguna. Y en esto Mariano Rajoy se ha tragado un anzuelo, con plomada y caña, al decir, tras tan extremado silencio sobre el tema durante cuatro años, que la diferencia entre Irak y Afganistán está en una resolución. Los americanos entraron en Afganistán sin que ninguna resolución dijera: Uds. tienen derecho a hacerle la guerra a los talibanes y derrocarlos. Otra cosa muy distinta es la resolución que una vez derribado el régimen por las bravas aprueba el envío de soldados para mantener una paz ficticia. En fi cciones el organismo internacional es muy ducho. Pero son dos cosas completamente distintas. No tenemos por qué dejarnos timar.


 

 


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