Mientras la gente de buena voluntad y buenas intenciones discute si fue acertado o no o ninguna de las dos cosas permitir que Mahmoud Ahmadinejad subiese a la palestra en la Universidad de Columbia, yo tengo un modo sencillo de zanjar el debate: basta con mirar las noticias y contabilizar el número de veces que Ahmadinejad es mencionado. Lo que descubrirá es que el desagradable dictador de Irán está, de manera bastante literal, por todas partes.
Con una pizca de admiración, nos dice el New York Times, "El Presidente de Irán permanece en actitud desafiante ante sus críticos". La revista Time nos ilumina en cuanto a "Por qué a Ahmadinejad le encanta Nueva York". Newshour detalla cómo “Ahmadinejad ataca a Israel". Evocando las aclamaciones de una campaña presidencial norteamericana, Newsday pregona, "El presidente iraní sale airoso ", mientras que la página web del Newsweek ofrece un apartado minimizado: "El presidente Ahmadinejad va a Columbia”.
Hay más de lo mismo en Le Monde, The Guardian, la BBC, The International Herald Tribune y los demás. Ahmadinejad es llamado desafiante y controvertido y demente. Pero sin importar lo que se le llame, él es el centro del debate y la atención. Es la noticia de portada. Él pone los términos del debate. Sus posturas son tan válidas como las de Washington o Londres o Tokio o cualquiera de los demás regímenes legítimos.
Todo lo cual significa que ha sido un viaje muy fructífero para Ahmadinejad. Y según esa medida, es difícil ver cómo ceder la palestra a alguien como él puede ser lo acertado a hacer.
Si, como concluía la Secretario de Estado Condolizza Rice, "habría sido una aberración" permitir que Ahmadinejad visitase la Zona Cero, ¿hasta qué punto es diferente permitir que este patrocinador estatal del terrorismo visite una ciudad que se vio mutilada por el terrorismo? A esos efectos, ¿por qué se le debe permitir visitar el país siquiera? Dejar la puerta abierta a que sus diplomáticos viajen de y hacia la ONU es una cosa; otra muy distinta es recibir al líder de un régimen que financia a Hezbolá, protege a miembros de Al-Qaeda y arma y entrena a terroristas que están matando a soldados y Marines americanos.
Tal visita habría sido simplemente inimaginable en aquellos distantes días en los que Washington condenaba a Irán a un "eje del mal", cuando América cambiaba las normas del juego y advertía al mundo de que traficar con el terror era una sentencia de muerte para regímenes como el Afganistán de los Talibanes, el Irak de Saddam, la Siria de Assad o el Irán de los mulás.
Incluso si los hijos de América no estuvieran siendo asesinados por los terroristas de Ahmadinejad, Estados Unidos tendría montones de motivos para denegar su visado. Simplemente elija uno: los compinches de Ahmadinejad en Hezbolá están fomentando guerras en el Líbano e Israel. El revisionismo de Ahmadinejad de lo que en algún momento podría llamarse el primer Holocausto son impactantes, y su aparente deseo de perpetrar otro es aterrador. Hacia ese inefable fin, los científicos de Ahmadinejad están construyendo un arsenal nuclear subterráneo en abierto desafío a la ONU.
Adormecidos por décadas de relativismo moral y seducidos por el mito de que todo el mundo quiere la paz, aquellos que invitaron a hablar en la Universidad de Columbia a Ahmadinejad pueden pensar que abrieron un diálogo o un intercambio de ideas. Pero no hubo ningún diálogo ni ningún intercambio durante la visita de Ahmadinejad. El claustro de Columbia y el estamento estudiantil pueden ser abiertos de mentalidad. Pero no persuadieron a Ahmadinejad de absolutamente nada, porque él no estaba allí para escuchar. Estaba allí para vomitar sus genocidas ideas y defender a su régimen. Y parece que tuvo éxito. Después de todo, fue realmente interrumpido por el aplauso. No podría haber pedido un tratamiento mejor.
El triste episodio trae a la mente algo que dijo Franklin Delano Roosevelt en medio de otra guerra: "Como nación, nos podemos enorgullecer del hecho de que seamos blandos", explicaba. "Pero no nos podemos permitir ser imprudentes”.
En la práctica, ofrecer una plataforma propagandística a uno de nuestros enemigos más feroces y formidables no hace ningún bien en esta guerra. De vuelta a Irán, la maquinaria propagandística controlada por el estado utiliza la conferencia de Columbia para destacar las divisiones de América con el fin de reforzar la legitimidad internacional y la posición de Ahmadinejad, reiterar que es Ahmadinejad y sus titiriteros los que incrementan el prestigio de Irán, y destacar al acosado pueblo iraní que es el régimen quien lleva los pantalones.
La historia demuestra, una y otra vez, que con hombres como Ahmadinejad y con regímenes tales como el que encabeza no se puede razonar ni dialogar de manera civilizada. Ellos tienen que ser enfrentados y derrotados -- en ocasiones por la amenaza de las armas, en ocasiones por la fuerza de las armas. Los académicos pueden no comprender esto. Pero los autores de la Doctrina Bush sí -- al menos lo hacían, hace mucho, mucho tiempo.