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Medios y dominio ideológico: la maestría del PSOE
Colaboraciones nº 1976   |  9 de Octubre de 2007
 
La izquierda en España, y a escala global, asienta su poder en el terreno de las ideas. No, como a ellos les gustaría demostrar, por la superioridad intelectual o el mejor equipaje de conocimientos sino por su capacidad para ocupar los centros de producción de mitos, “explicaciones” de la historia, fabricación de “verdades” y legitimación de valores. Y, lo que es clave, por el control que ejerce sobre la distribución de esas “verdades” y la validación de las mismas como “progresistas”.
 
Es en este terreno donde la izquierda se muestra imbatible. La combinación de sentido de superioridad moral, de hipocresía y de falta total de escrúpulos ideológicos compone un escudo que el conservadurismo y el liberalismo consiguen mellar con extrema dificultad.
 
Las razones de ese fenómeno son psicológicas, históricas y sociológicas, un producto concreto de la historia de España que sería prolijo analizar aquí. Pero las consecuencias del mismo son evidentes: un sistema de dominio ideológico de la izquierda que permite encubrir los pecados, errores y crímenes propios y convertir en problemas públicos casi cualquier expresión política de sus adversarios; que oscurece las discusiones con sofisticados sofismas, que encierra en sus trampas a los opositores y que permite presentar la realidad de acuerdo con sus visiones previas. Ya saben el viejo método heredado del marxismo: si la realidad desmiente tus hipótesis, modifica la realidad y explícala de acuerdo con aquellas.
 
Una herramienta de oro
 
Pero todo ese sistema de dominio no puede funcionar sin un instrumento clave, fundamental, de un valor incalculable, imprescindible: los medios de comunicación.
 
Los medios de comunicación fueron los dueños del siglo XX. Los hechos terribles, sin precedentes en extensión e intensidad, provocados por los conflictos del siglo pasado ocurrieron, sucedieran como sucedieran, como los medios los han contado. Conforme el siglo fue avanzando los medios pasaron de ser el papel en blanco donde se escribía la Historia a ser los creadores mismos de la Historia, los que decidían los hechos clave, los que creaban verdades, legitimidades, valores, contravalores, modas y antimodas, héroes y villanos, mitos y tópicos de consumo popular y basados no en el conocimiento de quienes los divulgaban sino en la repetición de los mismos medios.
 
El paso del tiempo alejó a los medios de las profundas corrientes del acontecer para concentrarse en la espuma que provocan esas corrientes y la televisión es el medio que mejor resume esa evolución.
 
En ese terreno, los tópicos, los slogan, las frases hechas, la filosofía basura, la ideología basura y la mentira adornada han encontrado el humus perfecto. Y es la izquierda la que mejor explota ese jardín, manejándolo, abonándolo y cultivándolo a la mayor gloria del poder.
 
La banalización de todo: de la vida, de la historia, de la cultura, de los valores religiosos, de la muerte, son causa y efecto dinamizador de ese fenómeno…
 
Pero es la producción de ideología basura y la presentación “adecuada” de la realidad la que alfombra el camino del poder y para el poder. En esto los medios son especialmente eficientes a la hora de hacer de altavoz de los pensamientos ligeros y mas basados en el marketing político y comercial que en una búsqueda de verdades.
 
Retorcer la realidad
 
El PSOE, desde la oposición y desde el gobierno, ha dado lecciones maestras de cómo utilizar los medios de comunicación, cómo excitar desde ellos la emocionalidad más primitiva y construida sobre mentiras o sobre verdades parciales y como volver esa emocionalidad contra los adversarios políticos. No ha sido nada nuevo pero sí ha demostrado una enorme habilidad apoyada en su dominio de medios de comunicación privados y afines y en medios públicos donde, aunque durante la etapa de los socialistas en la oposición estaban en manos influyentes del gobierno, los planteamientos “progres” se filtraban desde todos los programas salvo los informativos.
 
La mitificación propia del periodista como un quijote contra el sistema, como un “desfacedor de entuertos”, el dominio de los valores marxistas o tópicos izquierdistas en las universidades públicas, las leyendas convertidas en verdades absolutas y varias generaciones formadas ya, incluso desde el franquismo, en una lectura sesgada e izquierdista de la historia de España, han hecho de la mayoría de las redacciones  -incluso aquellas con una línea editorial conservadora- grupos colectivos donde el solo cuestionamiento de las “verdades del progresismo” significa soportar con frecuencia enormes presiones.
 
Hay varios ejemplos: el accidente del Prestige convertido en juicio sumario contra el gobierno del PP, que objetivamente actuó como nunca antes lo había hecho ningún gobierno español en un caso similar; la atenuación de la gravedad de los ataques a las sedes del PP en la segunda legislatura de Aznar y la conversión de cualquier incidente mínimo y a veces inexistente con el PSOE o IU en un “ascenso de la extrema derecha”; la manipulación directa de los hechos que llegó a la manipulación de un documento en el Congreso por parte del hoy ministro Caldera contra Mariano Rajoy, con escaso eco mediático, o la conversión de periodistas como Alfredo Urdaci en un ejemplo de la “manipulación del PP”, un Alfredo Urdaci al que no se le puede achacar mas que un error en el tratamiento de una información sobre una huelga en TVE (que en un acto sin precedentes para el periodismo fue llevada a los tribunales) y, en cualquier caso, una ordenación del informativo que él dirigía de acuerdo con su manera de ver la realidad que, obviamente, no era la del PSOE. Es decir, un Alfredo Urdaci profesional cuyos errores o cuya aceptación de presiones gubernamentales, que sin duda las hubo, palidecen ante el manejo que tradicionalmente hace la izquierda de los informativos públicos o ante la entrega entusiasta de algunos periodistas a la campaña de propaganda, mentiras y falsificaciones que hace el gobierno sobre su política territorial o la antiterrorista por solo poner dos ejemplos.
 
Las sucesivas mentiras del gobierno y de ZP, negociando con ETA ante de ganar las elecciones, continuarlas desde el poder incluso tras el atentado de Barajas, mientras las negaba su portavoz oficial y el ministro del Interior, y aún mantenerlas tras la ruptura formal de la tregua por parte de ETA, no han recibido en ningún momento la mitad del espacio de papel o de minutos en los medios audiovisuales que recibió el accidente del Prestige.
 
Una guerra para vencer desde la derrota
 
Pero donde sin duda los socialistas y la utilización de los medios como apoyo a su campaña de difusión de ideología-basura rayaron la perfección fue en el asunto de la guerra de Irak. Supieron explotar con extraordinaria habilidad los acontecimientos y la propia parálisis que el PP mostró para explicar su opción de política exterior. Tal vez porque gran parte del PP y, desde luego, parte de su electorado, quedaron presa de la misma manipulación socialista y no supieron salir de la trampa o le hicieron frente desde los complejos y no desde la racionalización de su propia política.
 
El PSOE necesitaba una guerra que convertir en derrota militar del “imperialismo” y derrota política del PP para alcanzar su propia victoria y la tuvo.
 
Desde el comienzo de la presión contra Sadam Hussein previa a la ocupación de Irak por los aliados, los dirigentes socialistas consiguieron dibujar un escenario falso pero muy útil a sus fines: marcaron dos campos, el de los defensores de la paz (ellos mismos, por supuesto) y el de los defensores de la guerra: Estados Unidos y Aznar por delante de todos. Ni una sola concesión a la posibilidad de que ambos buscaran la paz desde opciones distintas ni la menor consideración a la evidencia de que uno de los peligros para la paz era Sadam Hussein. Con el binomio simplista y falso de “Paz con nosotros o Guerra con ellos”, los medios afines machacaron a la opinión pública cada día, cada hora, en todos los frentes, desde chistes en los programas deportivos a los editoriales mistificadores. Rápidamente se creó la maquinaria de movilizaciones para señalar que los peores genocidas eran Aznar/Bush y explotaron los normales sentimientos de paz de la inmensa mayoría de la sociedad.
 
Una vez deslindados esos dos campos y ganada la primera batalla entraron en juego las razones “reales” de la intervención aliada y la “pérfida política exterior de Bush y Estados Unidos”. Aquí aparecieron toda clase de teorías conspirativas pero ganaba el petróleo como causa última. Para ello incluso contaron con algunos economistas que defendieron la tesis sin analizar profundamente el mercado energético y  explicar por qué, precisamente en ese momento, tenía Estados Unidos necesidad de hacerse con el petróleo de Irak cuando contaba con crudo propio además de excelentes contratos con Arabia Saudí, Kuwait, Venezuela, México y Nigeria.
 
En cualquier caso, esos medios y esos analistas que ayudaron a dar consistencia al grito de los manifestantes de “no más guerras por petróleo”, no señalaron que solo un grupo de países dependía del petróleo de Irak como de otras fuentes por carencia de recursos propios y por necesidades geoestratégicas. Este grupo necesitaba no solo que no hubiera guerra sino que se levantaran urgentemente las sanciones contra el régimen de Bagdad que tantos negocios sucios proporcionaron a algunos altos funcionarios de la ONU. Este grupo, con Francia, Alemania y Rusia como estrellas, necesitaba el fin de las sanciones para cobrar deudas pendientes, seguir con los negocios firmados con el régimen de Sadam, mantener influencia en la zona a través del dictador y acceder al mercado del crudo. Nada de eso fue reflejado por los medios y canales de propaganda del “campo de la paz”  sino que muy al contrario, se presentó la polémica como un enfrentamiento entre la Europa “pacifista” y Estados Unidos “belicista” ocultando que la mayoría de los hoy integrantes de la UE no solo apoyaban la intervención sino que estaban dispuestos a enviar tropas para la posguerra y el mantenimiento de la paz.
 
Finalmente, se cerró la operación de desinformación con el asunto de las armas de destrucción masiva. Realmente nadie justificó la intervención en Irak por la existencia de armas de destrucción masiva, aunque si se insistió en que la existencia de las mismas hacía mas urgente, mas necesaria y mas delicada la intervención. Se alegó siempre el incumplimiento de una serie de resoluciones en la ONU y el bloqueo del Consejo de Seguridad por el veto de Francia como el origen de aquella intervención.
 
Finalmente, las armas no aparecieron. Las evaluaciones de la inteligencia aliada se equivocaron al respecto pero eso no desmintió que las armas hubieran existido, ni que fueron usadas contra kurdos y chiitas ni que había un riesgo razonable de que algunas de ellas estuvieran escondidas.
 
Pero los medios hicieron su trabajo. El no encontrar los arsenales se convirtió no en un error de evaluación sino en una mentira calculada y la intervención pasó a ser una maniobra planificada para la que se fabricaron coartadas y se engañó a la opinión pública. Al fondo, como siempre, el “imperialismo norteamericano”, sus turbios manejos, su alianza con el sionismo y quien sabe qué cosas mas.
 
Con ese clima, los atentados del 11-M cayeron sobre tierra abonada. Aunque una emisora amiga del gobierno en el plazo de media hora identificó con nombres y apellidos a los miembros del comando de ETA que había llevado a cabo el atentado y anunció a continuación el descubrimiento de terroristas suicidas, ambas cosas falsas, la movilización sobre la base de que los actos terroristas eran consecuencia directa de la alianza Bush-Aznar funcionó y fue la palanca definitiva para romper la tendencia electoral.
Una vez más, esta vez sobre la más simplista emocionalidad y tergiversación, los medios fueron el instrumento clave para movilizar y cambiar el sentido del voto de un porcentaje de indecisos que aquel 14  de marzo dieron la victoria a la izquierda.
 
La última jugada
 
Ahora estamos en plena precampaña electoral. Los sondeos dan una cercanía entre PSOE y PP en la tendencia de voto y es tan perceptible el malestar por las cesiones de ZP a los separatismos y por el llamado “proceso de paz” y las conversaciones con ETA que el gobierno que afirmó que el concepto de nación (española) “era discutido y discutible” y ha venido acusando al PP de ser la derecha extrema y de usar el nombre de España como arma arrojadiza se ha embarcado en una difícil campaña para demostrar que ellos son los auténticos valedores de esa España negada desde tantos sitios.
 
La campaña “Gobierno de España”, que llega acompañada de mas cesiones ideológicas, simbólicas y políticas a los separatismos y de un anuncio de que en la próxima legislatura, si vence el PSOE seguirá intentando “un proceso de paz” con ETA, pretende recuperar votos desde el marketing y, a la vez, sugerir alianzas con los nacionalismos separadores desde el gobierno si vuelve a ser socialista.
 
Pero hay un obstáculo mas para la izquierda en el poder y es el propio partido de la oposición. A pesar de tres años de acusaciones de crispación, de ser la derecha extrema, de conducir al caos, de crear fantasmas sobre la división de España y de de campañas de autobombo sobre los avances sociales, el partido conservador ganó las elecciones municipales en todo el país y sonaron las alarmas.
 
Era necesario redoblar los esfuerzos en los medios con el objetivo de acorralar al PP y crear dudas sobre su cohesión interna. Así, mientras se multiplicaban las críticas dentro del PSOE y se producía la primera escisión en años procedentes de un grupo de militantes e intelectuales vascos, el partido que se dividía era… el Partido Popular.
 
Unas declaraciones desafortunadas y reiterativas del alcalde de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón, dieron el pistoletazo de salida y cada frase pronunciada por un dirigente del PP se convirtió en el certificado de la fecha de caducidad del liderazgo de Mariano Rajoy, de la pugna entre “ultras” y “centristas” y de la “descomposición” del PP.
 
En un rizo mas, unas declaraciones de Fraga, el Fraga insultado, vilipendiado y falsificado tantas veces por la izquierda, fueron un regalo para el PSOE que las lanzó contra la dirección del PP. No es la primera vez. El Fraga que, coherente con Franco nunca rompió con Fidel Castro era progresista a ratos mientras que el Fraga que vencía al PSOE en Galicia y denunciaba a la izquierda era un “dinosaurio franquista”
En una recién publicada entrevista, hecha en los años 80 y que no se publicó entonces, a Adolfo Suárez, éste comentaba los momentos de la negociación del Estatuto de Galicia y de cómo Fraga utilizó la expresión de “ofensa para Galicia” para referirse al proyecto en discusión. A continuación, el entonces dirigente socialista Alfonso Guerra repitió esa expresión y con él los nacionalistas gallegos.
 
El presidente Suárez entonces, convocó a un grupo de periodistas gallegos que se habían destacado por sus críticas al proyecto de Estatuto y los invitó a leerlo con él,  artículo por artículo, para tratar de descubrir donde estaba “la ofensa a Galicia”. La sorpresa fue para el presidente cuando todos y cada uno de los convocados le confesaron que… ¡no se había leído el Estatuto!
 
En cualquier caso, una vez mas, los socialistas han ganado la primera batalla. Se habla mucho mas de lka “crisis interna del PP” que de los problemas del PSOE y se sigue citando la referencia de Fraga a la sucesión en la dirección del partido como un ejemplo de lo mal que van las cosas.
 
Pero no todo es un camino de rosas. El bando mediático “progresista” se ha dividido dramáticamente, por razones de intereses tribales y de negocios y en medio de ellos están los dineros del fútbol.
 
Un grupo de periodistas y ex asesores de Felipe González y de Rodríguez Zapatero, que fundaron en su día la cadena de televisión La Sexta, han decidido disputarle al grupo Prisa los derechos del fútbol y el asunto ha acabado en los tribunales. El gobierno se ha dividido al respecto sobre si mediar o no y cómo y el propio Felpe González acaba de advertir sobre el riesgo del “fuego amigo”. El grupo de La Sexta acaba de lanzar un periódico nuevo, y los editoriales de El País han comenzado a ser duros contra Rodríguez Zapatero. No todo es angélico en la Casa del Progreso.
 
La pugna política en España debería ser fundamentalmente ideológica desde hace décadas por no decir desde siempre. Pero arrastramos rémoras de formación, de tradiciones, de renuncias y de abandonos donde las ideas y los valores han sido cuidadosamente abandonados por casi todos y entregadas a los profesionales de la banalización y la conversión de los mismos en frases publicitarias. Lo superficial y lo aparente ha sustituido a lo real. De aquellas viejas tormentas vienen estos lodos.

 
 


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