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Nuevo orden internacional
En letra impresa nº 826   |  2 de Octubre de 2007
 

(Publicado en La Razón, 1 de octubre de 2007)

El orden internacional hay que repensarlo cada poco tiempo. No ha cesado de dar quiebros desde que cayó el muro de Berlín, y ha ido dejando en la cuneta muchas sabias prognosis. Con tanto zigzag se ha producido un retorno al punto de partida y los más recientes estudios vuelven a poner el énfasis en un sistema de grandes potencias que tienda a contrapesar al gigante norteamericano. La neutralización del jihadismo rabioso que emana del choque de la civilización islámica con la modernidad, y más generalmente, la del futuro megaterrorismo de cualquier origen, seguirá siendo un rasgo fundamental de ese orden o cualquier otro, pero el que se perfi la tiene reminiscencias de lo que fue el llamado concierto de Europa en el siglo XIX. Los cinco grandes trataban entonces de manejar concertadamente los asuntos continentales procurando evitar el conflicto y preservar sus intereses.
 
Una diferencia sustancial es que ahora, uno es mucho más grande que todos sus posibles competidores. Pero como entonces, los regímenes internos de los candidatos a poderosos van a diferir sustancialmente y ese rasgo incidirá en el funcionamiento del sistema. Por lo demás, éste no aparece más que en esbozo. Estados Unidos tratará de mantener su primacía y sus rivales de arrebatársela. Una transición que puede estar cuajada de tensiones. Las semanas posteriores al 11-S representaron la culminación del poder americano, por cuanto su voluntad de ejercerlo alcanzaba un punto máximo y la aceptación de gran parte del mundo, también. Era un arrebato emocional, no podía durar. A pesar de todas las bendiciones onusinas y del apoyo expreso hasta hoy de muchos gobiernos, a los pocos días de la intervención en Afganistán comenzó a surgir un clamor: ¡Pero éstos qué se creen, que pueden entrar arrasando donde les apetezca! El éxito, ya se sabe, goza de progenitores innúmeros, y el jolgorio de los barbudos forzosos acudiendo precipitadamente a rasurarse tras la caída de Kabul, acalló muchas protestas, pero la magia de la solidaridad popular con el águila herida se había esfumado.
 
Irak fue la oportunidad de oro para una gran coalición antihegemónica. Lo que preocupaba eran las perspectivas de victoria que reforzaran el poder de quien ya tenía demasiado, no las de fracaso. Cuando los problemas surgieron, el «ya os lo habíamos dicho» encerraba una considerable falacia, pero representaba un enorme alivio para quienes se arrogaban el papel de clarividentes y benévolos consejeros. La hostilidad internacional contribuyó muy activamente a amplificar la puesta en práctica de esas profecías a posteriori. La coalición ha sido pues efectiva a pesar de su carácter absolutamente informal. Sus éxitos se nutren de la tragedia iraquí, las angustias americanas y las hazañas de terroristas varios. Pero cuando empieza a vislumbrase las posibles consecuencias fi nales de la guerra y de la guerra contra la guerra, llega la hora de la verdad y de nuevo hay que elegir bando.
 
En juego está el futuro del Oriente Medio y del islamismo apocalíptico, pero el contexto de la elección es ese esbozo de balanza de poderes que algunos aspiran a construir, y decisivo es que unas potencias sean democráticas u otras no. Para los europeos no menos lo es que ni nuestra Unión ni ninguno de sus miembros están cualificados como factores autónomos de esa balanza. Nuestro peso económico sigue siendo enorme, pero una demografía terminal, la irrelevancia militar y nuestra difuminada identidad civilizacional, que se complace en acomodar las más antagónicas y abjurar de la propia, nos relega a una posición de actor secundario de importancia decreciente. Continuar reconcomidos por el resentimiento de haber tenido que seguir el liderazgo americano durante la interminable Guerra Fría y la ilusoria petulancia de que nuestro decadente posmodernismo pueda ser el modelo por el que el mundo obscuramente suspira y en el que la prepotencia americana debería aprender a refinar sus modales, sería una tristísima contribución al emergente orden internacional.
 
El capitalismo autoritario y el nacionalismo agresivo de Rusia y China encontrarán reiteradamente que su interés reside en apoyar a otras potencias antidemocráticas, especialmente cuando eso sirva para frenar y erosionar la fuerza americana. Tratarán de reformar las instituciones y los acuerdos internacionales en línea con esos intereses y los fundamentos de la legitimidad interna de sus regímenes. Las Naciones Unidas seguirán siendo lo que han sido hasta ahora. Un foro para el debate mundial y poco más. Frente a esas tendencias se hace imperativo un contrapeso democrático que sólo Estados Unidos puede encabezar y del que sólo sus viejos aliados europeos pueden servir de aglutinante. Cuando todo el mundo se asocia por toda clase de razones es suicida que las democracias no lo hagan para la defensa y postulación de sus ideales, en primer lugar en la estructura misma del orden mundial. FAES, el think tank del PP, propuso hace poco más de un año que OTAN evolucione precisamente en ese sentido. Condolezza Rice se presentó en una ministerial en la sede de Bruselas mostrando el folleto en inglés de «La OTAN, una alianza para la libertad» y proclamó: esto es lo que mi país quiere para esta organización. La atonía europea no le ha dado respuesta. Pero por ahí deberían ir los tiros.


 

 


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