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La obsesiva fijación de Al Qaida por el Magreb
Análisis nº 220   |  20 de Septiembre de 2007
 
La sangrienta ofensiva del terrorismo yihadista salafista en las dos últimas semanas en Argelia - con atentados suicidas de manual que han provocado más de cincuenta muertos y un centenar largo de heridos - y la comparecencia islamista a las urnas en Marruecos obteniendo el Partido para la Justicia y el Desarrollo (PJD) el mayor número de votos en las elecciones del 7 de septiembre - aunque haya quedado relegado a un segundo puesto en aplicación de una ley electoral arduamente diseñada por las autoridades - ofrecen un escenario elocuente en el Magreb más inmediato que España no debe en ningún caso desatender.
 
En el primero de los casos porque el terrorismo es evidente, explícito, tremendamente letal y coherente en su planteamiento; en el segundo porque unos yihadistas salafistas que desprecian por principio la vía de las urnas podrán indudablemente utilizar el ejemplo que se ha dado en Marruecos para intentar incrementar su activismo en clave didáctica. No hay que olvidar que la altísima abstención en Marruecos, del 63%,  por otro lado parecida a la que se dio en las elecciones legislativas argelinas del pasado 17 de mayo que alcanzó el 65%, que muchos analistas se apresuran a asignar a la apatía de la población frente al escaso gancho de Gobiernos y de partidos políticos tradicionales, puede también asignarse a la eficacia de los mensajeros del radicalismo islamista. Estos tanto en Argelia como en Marruecos lo advirtieron claramente: votar es hacer el juego a los tiranos apóstatas y hay que deslegitimar a los regímenes corruptos no siguiendo su juego y combatiéndoles con la espada. Es evidente que, junto a quienes efectivamente se abstienen porque consideran poco creíble el juego político, hay quienes lo hacen siguiendo las consignas rupturistas de los islamistas radicales y hay otros, y esto no es nada desdeñable, que lo hacen por miedo a las amenazas terroristas.
 
La creciente contundencia del terrorismo en Argelia
 
Cinco atentados suicidas desde el pasado 11 de abril son suficientes para considerar que el terrorismo no es residual en Argelia y que su manifestación cada vez más feroz debe de encender todas las posibles alarmas, tanto en el Magreb como en Europa, si es que no lo ha hecho ya. En el susodicho día tres suicidas estrellaban sus vehículos cargados de explosivos contra la sede del Gobierno y contra sendas comisarías provocando 30 muertos y 300 heridos y sus autores, los mártires, aparecían a los pocos días en un didáctico vídeo de Al Qaida en las Tierras del Magreb Islámico (AQMI) elogiando lo ya hecho y anunciando lo que estaba por venir. Mientras esto ocurría las autoridades argelinas y algunos analistas occidentales estaban sumidos en una incomprensible discusión sobre si los atentados habían sido suicidas o no, desviando con ello la atención del verdadero problema. Es cierto que costaba admitirlo - aunque en Argelia ya había un precedente con el atentado suicida del GIA en 1995 contra la Comisaría Central de Argel - porque es altamente desestabilizador que los métodos suicidas tan cotidianos en Irak, Afganistán o Pakistán se implanten en el Magreb y a las puertas de Europa, pero cuanto antes lo asumamos antes podremos aplicar mecanismos preventivos contra ellos. Por otro lado es bueno también recordar, para discutir aquello de que el terrorismo es residual, que cuatro días antes de dichos atentados suicidas, el 7 de abril, medio centenar de terroristas de AQMI habían matado a 9 militares argelinos tendiéndoles una emboscada en la región de Aïn-Djefla y que en el intercambio de fuego entre terroristas y militares los primeros habrían sufrido entre 8 y 10 bajas.
 
Tras los atentados del 11 de abril otro 11, esta vez de julio, se producía otro atentado suicida, esa vez en Lajdaria y contra un cuartel del Ejército, que provocaba la muerte a 10 militares y dejaba 15 heridos en un ataque muy similar al reciente de Dellys y cuya mecánica se ha repetido hasta la saciedad en Irak. Así, luego vendrían los atentados suicidas de Batna, el 6 de septiembre, que provocaba 22 muertos y 107 heridos en un ataque que iba dirigido contra el Presidente Abdelaziz Buteflika aunque su autor, el primer suicida a pie en Argelia, hubo de acelerar la explosión al ser descubierto, y el de Dellys el 8 de septiembre que provocaba la muerte de 30 personas y heridas a otras 47 cuando un quinceañero se lanzaba contra unas instalaciones de la Marina. Entre estos atentados no hay que olvidar la necesidad de hacer el recuento de muertos por la violencia terrorista en el país, unas veces en enfrentamientos aislados y otras en operaciones antiterroristas que el Ejército y las Fuerzas de Seguridad deben llevar a cabo contra los resueltos miembros de AQMI. Tras el último atentado suicida aquí recogido, el de Dellys, un atentado con bomba dirigido contra la Policía en Zemuri, 50 kilómetros al este de Argel, mataba el 14 de septiembre a 3 personas y hería a 5 mostrando con ello que la rutina terrorista continúa, salpicada de vez en cuando de vistosos atentados suicidas que sí consiguen despertar el interés del mundo.
 
Es ilustrativo que el joven Nabil Belkacemi, que murió matando marineros en Dellys, había elegido como nombre de guerra el de Abu Mussab Al Zarqaui, uno de los terroristas más nefastos ya que antes de morir en junio de 2005 durante un ataque estadounidense había sido capaz de hacer germinar en Irak una semilla de odio y enfrentamiento intersectario que ahora tanto cuesta erradicar. Intentos de magnicidio, ataques contundentes contra militares y policías en sus propios cuarteles, utilización de terroristas muy jóvenes (el 30 de octubre de 2006 uno de los conductores al volante de los camiones-bomba que estallaron en sendas comisarías del cinturón de Argel, en Reghaïa, y que fue herido y detenido por las fuerzas del orden, tenía 18 años), vídeos de propaganda y otros elementos dan al terrorismo que sufre Argelia toda la parafernalia que Al Qaida gusta de mostrar en paralelo en escenarios como Pakistán y que intenta mantener viva en Irak.
 
La complejidad del escenario marroquí
 
Si para el caso de Argelia vemos que la figura del terrorista de a pie, dotado de un cinturón bomba, no aparece hasta el pasado 6 de septiembre, en Marruecos tal figura ha sido la habitual tanto en los atentados de mayo de 2003 como en los ocurridos durante este año, desde el del cibercafé de Casablanca el pasado 11 de marzo hasta el último de ellos el pasado agosto en Meknes. Aunque tal técnica es también extremadamente letal, y ahí está la experiencia adquirida dramáticamente por Israel al respecto, es cierto que la falta de atentados contundentes como los sufridos en Argelia en 2006 y 2007, con coches y furgonetas cargados de explosivos y conducidos por suicidas lanzados contra objetivos duros como cuarteles, le ha dado al terrorismo yihadista marroquí menos visibilidad. Por ello y a diferencia de sus hermanos argelinos los terroristas yihadistas parecen tener en Marruecos menos garra y en consecuencia menos visibilidad pero tal apariencia no debe en ningún caso llevarnos a engaño. Es evidente que las siglas del Grupo Islámico Combatiente Marroquí (GICM) no tienen el peso y el bagaje de un Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC) transformado en AQMI pero no hay que olvidar que fue capaz de llevar a cabo los atentados suicidas sincronizados de 16 de mayo de 2003 en Casablanca, que produjeron 45 muertos y conmocionaron al país, y que podrían repetir su hazaña. Por otro lado ya queda menos para conocer la sentencia contra los procesados por el 11-M y será interesante comprobar en qué lugar queda el GICM en tan esperado texto. Por otro lado, el terrorismo yihadista en Marruecos ha mostrado unas capacidades que afortunadamente no ha logrado el argelino: las de penetrar, aunque aparentemente de forma embrionaria y que los servicios de inteligencia habrían sido capaces de abortar, en las Fuerzas Armadas y de Seguridad. La detención el 9 de agosto de 2006 de tres miembros de la Gendarmería Real y de un miembro de la Policía Judicial era continuación de la de 44 presuntos terroristas yihadistas a fines de julio de los que 5 eran militares. Con el robo de fusiles de asalto por parte del sargento Yusef Amani en el Cuartel de Guercif, en enero de 2003, para entregárselos a un grupo yihadista salafista implantado en la región de Meknes; la purga de soldados, suboficiales y oficiales en las Fuerzas Armadas Reales en la primavera de 2004; y las detenciones del verano de 2006 la cuestión del persistente intento yihadista de penetrar las Fuerzas Armadas y de Seguridad siempre ha estado presente entre las preocupaciones tanto de las autoridades como de la ciudadanía.
 
A diferencia de la estructuración y de la contundencia que muestra el terrorismo yihadista en Argelia, en Marruecos observamos más desestructuración, más “amateurismo” y, en consecuencia, menos eficacia letal. Pero la clave para el caso marroquí es que cada vez observamos más ese terrorismo distinto porque cada vez se pone más en evidencia obligando a las autoridades del Reino a actuar sin descanso y a llevar a cabo múltiples operaciones preventivas. Tal voluntad de golpear es importante porque la experiencia nos demuestra que tras muchos intentos siempre pueden conseguirse, tarde o temprano, resultados visibles y eso es lo que los yihadistas marroquíes esperan lograr. Frente a la estructuración argelina, donde desde que se creara el GSPC a principios de 1998 el terrorismo yihadista ha ido mostrándose cada vez más estructurado, lo que domina en Marruecos es, junto a los esfuerzos estructuradores del GICM, la proliferación de elementos desestructurados, espontáneos, pero no hay que olvidar que ambas vías son recomendadas por Al Qaida para combatir a apóstatas y a infieles. Allá donde se pueda vertebrar una organización y ser con ello más eficaz, mejor; pero mientras tanto no hay que perder el tiempo, hay que golpear sin tregua al enemigo y hay que mantener en suma la llama encendida de un combate sagrado. Esto es lo que persiguen los profesionales del terrorismo tanto en Argelia como en Marruecos y ello sin desdeñar la unificación de esfuerzos.
 
Ahora que, como ya ocurriera tras los tres atentados suicidas del pasado 11 de abril en Argel cuando algunos elucubraban sobre si fueron atentados suicidas o no o sobre la verdadera autoría de los mismos, otros lo hacen ahora al analizar el atentado suicida de Batna como un intento quizás de boicotear la política de reconciliación nacional de Buteflika desde dentro del propio sistema argelino. Quienes alimentan tales desvaríos no hacen sino distraer la atención de la ciudadanía que debe de asumir que tiene frente a sí a un enemigo determinado, que firma sus sanguinarios ataques porque está orgulloso de ellos - el 9 de septiembre, sin pérdida de tiempo, AQMI reivindicaba los ataques suicidas de Batna y Dellys a través de Internet - y que va a seguir cometiéndolos con toda la frecuencia que nuestra inacción o nuestra falta de coordinación se lo permita.

 
 
Carlos Echeverría Jesús (Madrid, 26 de marzo de 1963) es Profesor de Relaciones Internacionales de la UNED y responsable de la Sección Observatorio del Islam de la revista mensual War Heat Internacional. Ha trabajado en diversas organizaciones internacionales (UEO, UE y OTAN) y entre 2003 y 2004 fue Coordinador en España del Proyecto "Undestanding Terrorism" financiado por el Departamento de Defensa de los EEUU a través del Institute for Defense Analysis (IDA). Como Analista del Grupo asume la dirección del área de Terrorismo Yihadista Salafista.


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