La dimisión de José Jon Imaz como presidente del EBB (ejecutiva del PNV) y su abandono de la vida política ha colocado a José Luis Rodríguez Zapatero en una difícil situación táctica. El presidente socialista, que sostiene una buena relación personal con el dirigente nacionalista vasco basaba toda su confianza en seguir gobernando en un pacto con un PNV “moderado” y liderado por Imaz en el convencimiento de que, sea cual sea del resultado de las elecciones generales de marzo del próximo año, el PSOE va a quedar lejos de la mayoría absoluta.
Como siempre que le sorprende o le desagrada un dato de la realidad, Rodríguez Zapatero no supo decir nada de la nueva situación vasca en los primeros momentos. Y es que José Jon Imaz no comunicó su decisión ni a sus mas cercanos colaboradores antes de hacerla pública.
Imaz renunció tras una larga batalla en la dirección de su partido sobre la estrategia para los próximos meses. Definido como de “extrema debilidad” el gobierno de Madrid, la cúpula del PNV no se ponía de acuerdo sobre como aprovechar ese “talón de Aquiles de España”. Para unos, los de Imaz, se traba de presionar sin tensar tanto que facilitara una victoria del PP con quien incluso el dirigente ahora dimitido tendió lazos por si un PP victorioso pero débil se veía obligado a buscar apoyos. Para otros la clave estaba en cerrar un frente nacionalista y “arrodillar” al gobierno en sus exigencias.
Por todo eso, para ZP, Imaz era un nacionalista moderado, moderno, pactista, frente al sector radical. Y nada mas lejos de la realidad.
Cada vez que aparece una polémica en el seno del Partido Nacionalista Vasco, tenga el origen, la intensidad y las consecuencias que tenga, la reacción en el resto de España, entre los analistas, los políticos, gobernantes o no, y los comentaristas, es buscar al “buen nacionalista”, encontrar signos de que algunos están del “lado de acá” o no demasiado “del otro lado”, hallar las pruebas de la bondad innata del hombre y también del hombre nacionalista. Es una necesidad que parece nacer de nuestra infinita ansia de paz, tranquilidad y comodidad… Pero esto nos lleva a equívocos, a análisis falsos, bondadosos e ingenuos.
En los viejos tiempos de la lucha estudiantil contra la dictadura, entre los grupos trotskistas, mas intensos en leer y discutir que en cualquier otra actividad, había una máxima aplicable a los aliados con que se soñaba desde “la vanguardia revolucionaria” y era la de que había que tratarlos con “toda la ilusión pero con ninguna confianza”. Puro bolchevismo táctico para tratar a los “compañeros de viaje” que habrían de ser arrumbados cuando la revolución fuera un hecho.
Con los nacionalismos, que basan su existencia, su razón de ser, en negar la existencia propia de España como marco de libertades, como proyecto, como escenario y como realidad histórica y política, la actitud de prácticamente todos los gobiernos democráticos ha sido la de enfrentarlos con toda la ilusión, todo el optimismo y… toda la confianza, esperando siempre, o inventándolo, al buen nacionalista, al leal, al comprensivo, al piadoso. En pocos períodos, por no decir en ninguno, se han unido las discrepancias a la lucha ideológica, al desenmascaramiento de ese nacionalismo, a la denuncia de sus falacias y a subrayar de manera clara y pedagógica sus relaciones cómplices, desde sus mitos y su propaganda, con el crimen terrorista.
Las crisis del PNV, toda una tradición
El PNV, uno de los partidos más jóvenes del panorama político español a pesar de la apariencia de antigüedad y el recurso a argumentos anti modernos, ha sufrido, como todos, crisis periódicas. Y las crisis del nacionalismo, por su ideología y sus avatares míticos, alumbran el presente de una manera clara aunque a veces no se quiera ver esa realidad.
El nacionalismo vasco nace como una respuesta identitaria, etnicista, antimoderna y reaccionaria a un avance del liberalismo que, a pesar de ser desigual y contradictorio, comenzaba a igualar todo el territorio español y a crear un marco de incipientes libertades democráticas.
Aquel nacionalismo vasco, que justificaba sus “derechos identitarios” en base a lindezas como la superioridad racial, la mayor limpieza de sangre frente a “españoles” contaminados por sangre “judía y árabe”, un mayor apego al integrismo católico, etc.., construyó un modelo estético no lejano del racismo nacionalista de finales del siglo XIX y principios del XX (la semejanza entre el lauburu y la esvástica del nazismo va mas allá de la estética).
Es cierto que hoy el PNV se cuida mucho de recordar aquellos principios pero a la vez mantiene el culto a Sabino Arana, el fundador y creador de aquel discurso que si se produjera hoy en Europa le llevaría a la cárcel por defensor del genocidio y la xenofobia. Aunque, paradójicamente, este personaje contradictorio y atrabiliario sí evolucionó hacia el modelo de “buen nacionalista” entre 1902 y 1903, cuando propugnaba la autonomía más amplia posible dentro de la unidad del Estado español. Dicha evolución fue enterrada por su sucesor, Angel Zabala, contando con el apoyo de Luis Arana, el hermano de Sabino.
Los mitos etnicistas, el odio a España, la explicación de la historia como una sucesión de hechos providencialista y victimizadora de Euskadi siguen tan intensos como falsos.
Las crisis del PNV siempre han tenido un denominador común: encontrar el camino más eficaz hacia la independencia y la ruptura total con España. Entre pragmáticos y maximalistas ha andado siempre el juego.
Ocurrió durante la gran división del nacionalismo vasco en los años veinte, en los albores del movimiento; ocurrió durante los prolegómenos y el acontecer de la República; durante la Guerra Civil (en la que no se integraron realmente con las fuerzas republicanas y acabaron rindiendo sus unidades a los italianos de Mussolini para no hacerlo a las fuerzas “españolas” de Franco) y la posguerra; durante la gran crisis de la Ley de Territorios Históricos, la salida de Carlos Garaicoetxea y el nacimiento de EA.
En todos los casos se buscó al buen nacionalista sin éxito. Jamás existió en el PNV un compromiso con las libertades generales de España más que como acumulación de fuerzas o posibilidades que lo acercasen a la ruptura y a la constitución de un poder propio.
En épocas recientes, se alabó el discurso del “moderado” Atutxa hasta que, en otra función, tuvo que hacer de “duro”; se encontraron gestos “constitucionalistas” en Ardanza y ahora se embellece el supuesto discuirso de Josu Jon Imaz con símbolos de “hombre de Estado” frente a Ibarretxe y Eguibar.
La última crisis, cuyo capítulo final no se ha escrito aún a la espera de una asamblea general que elija nieva dirección y haga un nuevo reparto de poderes interno en el que todo es posible, nació de un artículo publicado por el presidente del EBB, órgano supremo de dirección del PNV, Josu Jon Imaz.
El texto provocó una enorme polémica, mas intensa en el resto de España que en país Vasco en realidad. El presidente del partido nacionalista matizaba la propuesta del lehendakari, también del PNV, Juan José Ibarretxe, de convocar un referéndum vasco sobre el futuro de la región autónoma.
Para muchos, el artículo de Imaz ha sido la confirmación de la aparición de un nuevo “buen nacionalista”, un hombre con quien se puede hablar (de hecho hablan con él con frecuencia tanto Rodríguez Zapatero como Mariano Rajoy obligados por la aritmética electoral presente y futura).
Incluso se aportan razones “sociológicas”. Según estas, Imaz representaría a la alta burguesía nacionalista vasca junto a las clases medias “modernas” y vizcaínas, frente a las clases medias guipuzcoanas, mas agrarias, mas presionadas por el abertzalismo radical, mas cercanas a éste y que estarían representadas en el partido por Eguibar.
En realidad, el artículo de Imaz dio el pistoletazo de salida a un proceso que ha de concluir casi a finales de año con la remodelación de los poderes internos en el partido y despejar la incógnita de si Ibarretxe va a ser de nuevo candidato a la presidencia del gobierno autónomo o no.
A un lado están quienes consideran que el poder nacionalista se fortalece en una estrategia lenta que explote las debilidades de los partidos que gobiernen en cada caso en Madrid, adaptándose a las irregularidades del terreno político y aprovechando cada coyuntura ofrecida por la economía, los otros nacionalismos y los problemas de vertebración territorial de España y, por supuesto, el terrorismo.
A otro lado están quienes quieren apretar el acelerador, inducir la ruptura, forzar las contradicciones constitucionales desde un pacto con el brazo político del terrorismo y un frente nacionalista agresivo.
Ambos bandos se interrelacionan y se apoyan, toman prestadas tácticas los unos de los otros y aprovechan la disputa interna para intentar tomar el poder en el partido y, con él, los regalos del poder autónomo nacionalista.
Pero el PNV es un partido mucho más complejo, con una base social amplia y extraída de todos los sectores de la sociedad nacionalista, vertebrada hace décadas por el victimismo mistificador, unas gotas de fundamentalismo católico, un esencialismo racista escasamente reprimido y un oportunismo político rampante. Y eso crea un escenario complejo para la disputa interna, con guiños, engaños y juegos de espejo.
Como, durante los últimos treinta años, solo diez menos que lo que padecimos a Franco, el nacionalismo vasco no ha hecho más que fortalecerse en el poder, instaurar un régimen y repartir beneficios a sus accionistas, la historia parece conformar sus planteamientos.
Todo esto hace posible que, a pesar de enfrentamientos, amenazas y subidas de tono coyunturales, el PNV siga considerando a ETA “uno de los nuestros”, utilizando las amenazas terroristas para cambiarlas por concesiones al PNV, agitando la secesión como amenaza y a la vez como posibilidad y ofreciendo la estabilidad en Madrid a gobiernos minoritarios a cambio de medidas concretas que fortalecen el poder regional nacionalista, a sus clientes y a su red de apoyos y contraprestaciones.
Pero no es el objeto de este artículo detenerse en las crisis del PNV que darían para un estudio histórico riguroso y necesario, sino desvelar como una determinada visión de ese nacionalismo permite que, en cada crisis, el nacionalismo vasco (y los otros por razones parecidas) encuentra fácilmente instrumentos nuevos para desarrollar una política que fortalece su poder.
Si desde los partidos que tienen presencia en todo el territorio nacional no se tiene en cuanta estos elementos, no solo no se harán diagnósticos precisos de las crisis presentes y futuras, y las maniobras, en el nacionalismo vasco sino que se adoptará un lenguaje que los nacionalistas manejan como maestros y en función del cual los partidos mayoritarios en España cuando tienen necesidad de apoyos para gobernar acaban por convertirse en marionetas de aquellos.
El PNV y “el proceso de paz”
La actitud del PNV durante el actual “proceso de paz” ha sido toda una demostración de cómo la realidad desbordó ese tacticismo y descolocó el escenario de la lucha partidaria.
Inicialmente el PNV fue cogido desprevenido por la arriesgada maniobra del presidente Rodríguez Zapatero de acortar los tiempos iniciando un proceso de conversaciones con ETA sin una preparación previa del terreno. Aunque parecía que el momento era de eso, de preparación del terreno, los enviados del presidente pasaron rápidamente de los prolegómenos, aceptaron discutir sobre una hipotética mesa de partidos y el gobierno comenzó a enviar signos de distensión penitenciaria a ETA mientras multiplicaba los gestos de optimismo.
En esa coyuntura, en aquellos primeros momentos, el PNV hizo un discurso de estímulo al “proceso” pero comprendió que si no se hacía un hueco en el escenario para aparecer como protagonista “de la paz”, iba a sufrir una derrota política. Por su cabeza política se pasó el fantasma de un tripartito social-comunista-abertzale tras el fin de ETA que sacaría al sacrosanto nacionalismo del poder y sus regalías.
Pero el maximalismo de ETA pronto puso demasiados obstáculos y el PSOE necesitó al PNV para intentar cerrar un acuerdo en torno a la “mesa política” la que habría de elaborar un calendario de negociación para “elevar el marco jurídico futuro de Euskadi”.
Y ese fue el terreno de Imaz, Urkullu y los suyos, que participaron finalmente en las conversaciones de Loyola junto a PNV y Batasuna para allanar el camino al “cambio de marco político”. Es en ese marco en el que se estrechan las relaciones personales entre Imaz y Rodríguez Zapatero, en que colaboran para intentar que Batasuna no lleve las cosas al límite, y en el que el gobierno y los suyos descubren al “buen nacionalista”.
La discusión sobre Navarra en ese ámbito constituye un buen ejemplo de la forma de maniobrar de unos y de otros. Desde el principio el gobierno de Rodríguez Zapatero aceptó un acuerdo por Navarra, digan lo que digan ahora los portavoces. La discusión sólo estuvo en los plazos y en cómo presentar ese acuerdo a los españoles.
El PSOE pedía tiempo, saber como iban a quedar las elecciones navarras y las generales antes que comenzar a aplicar el acuerdo. Y el PNV, que es una fuerza minoritaria en Navarra, tampoco tenía prisa si contaba con el acuerdo con el PSOE sobre el futuro.
Hay que tener en cuanta un dato en el que se repara poco. En un hipotético acuerdo de integración de Navarra y Euskadi, con un solo parlamento para las cuatro provincias, probablemente el PNV no ganaría las elecciones sino que sería el PSOE la fuerza mayoritaria. No es un dato a despreciar.
Pero ETA sí tenía prisa. Necesitaba tener un buen acuerdo en la mano, tangible, para mantener el “alto el fuego” y no podía depender de unas elecciones navarras en las que un acuerdo podía acabar siendo impulsado por una alianza PSOE-Nafarroa Bai, una coalición que agrupa desde el PNV hasta la extrema izquierda que renunció al terrorismo pero no a la secesión, en lugar de un bloque en el que estuviera Batasuna u otras siglas gestionadas por la banda terrorista.
Cuando ETA, a través de Batasuna, exigió un acuerdo firmado, con plazos y compromisos por escrito, el sueño del PNV se vino abajo. En aquella última reunión donde se oficializó que no era posible un acuerdo, fue el PNV el más duro con Batasuna ya que con el bloqueo el camino hacia una alianza estable para reformarlo todo se venía abajo.
Eso explica en parte la especial alusión al PNV en el comunicado de ETA de fin de la tregua y su acusación durísima sobre sus poderes y sus beneficios económicos.
Esta posición, contra ETA aunque aprovechando sus crímenes, y contra España aprovechando incluso los acuerdos con los gobiernos de España, explica el alma del PNV. Hay una constante en el PNV que refleja por todos sus poros políticos: una concepción mesiánica del PNV en relación con el pueblo mítico vasco, una concepción alejada de toda modernidad y liberalismo al superponer al sujeto colectivo sobre el individual; y un propósito de construcción de una superestructura vasca lo mas cercana posible a un Estado donde el nacionalismo gobierne for ever y contra España. Las discusiones sobre qué camino no incluyen un debate sobre la meta y los motivos.
Claro que hay que hacer acuerdos con los nacionalistas vascos, aprovechando y profundizando sus contradicciones, como hacen ellos, y apoyándose siempre en los partidos del bloque constitucional. Pero convertir al PNV en el gran protagonista de la solución del problema territorial de España es algo más que un error estratégico.
Durante algún tiempo Felipe González consideró que la solución del problema balcánico requería a Milosevic como actor y el ex presidente español quiso mediar en un acuerdo. Luego reconoció públicamente que el dirigente serbio no era “parte de la solución sino parte del problema”.
No es una alegoría sobre España sino sobre la historia de los conflictos y sus actores. El nacionalismo identitario es una ideología contraria a las libertades sea cual sea su grado, su táctica o sus movimientos. Desde esta posición hay que sentarse con sus dirigentes: con toda la ilusión pero con ninguna confianza.