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Otro once de septiembre
En letra impresa nº 818   |  10 de Septiembre de 2007
 
(Publicado en La Razón, 10 de septiembre de 2007)
 
Otro 11-S sin otro 11-S. El sexto sin segundo. Lo que no pasa debería ser a veces gran noticia, porque puede ser mucho más importante que lo que acontece. Quizás no haya dos sin tres pero a veces conseguimos que no haya segundo tras un primero. Hiroshima y Nagasaki, en una pieza, se han quedado sin segundo y por tanto no han abierto una serie. Hasta ahora. De eso se debe tratar también con el megaterrorismo.
 
Hay tragedias que marcan para toda la vida, y no sólo individual, pero el impacto psicológico se va difuminando hasta alcanzar una cierta fecha de caducidad. Desde el “recordad el Álamo” los americanos han sido instados a tener presente otras desagradables sorpresas. Lo que importa no es el piadoso homenaje a los muertos sino la prevención de los peligros que siguen vivos. En este sexto aniversario la intensidad del sentimiento se ha desvanecido hasta para muchos de los más próximos, pero no la de la amenaza. Es poco probable que llegue a desaparecer por completo. El recuerdo llega a producir hastío, pero desdeñar lo que tiene de advertencia es irresponsable. La posibilidad de ataques terroristas no ya de similar envergadura sino mucho más letales y perturbadores puede que acompañe a la humanidad durante toda su existencia, como el espectro nuclear. Los medios y técnicas de destrucción mejoran inexorablemente. Es el reverso de nuestros avances. Y la tecnología no es desinventable. Lo que cambiará son las motivaciones. Unas se irán, otras vendrán. No se trata ya de recordar, si no de insertar el hecho en nuestra cultura, en nuestra educación por tanto. No hacemos a los niños paranoicos cuando les creamos automatismos respecto a las precauciones que comporta cruzar una calle. Los hacemos razonablemente prevenidos. Los medios crecen, las motivaciones fluctúan, la prevención deberá estar a la altura, empezando por nuestras mentes, por muy doloroso que sea para las ilusiones y ortodoxias gochistas y para conservadores que tienen que estar pidiendo continuamente que les perdonen la vida por serlo.
 
El 10 de septiembre, el 99.99% de la humanidad hubiera desechado la mera hipótesis de lo que sucedió el día siguiente como producto de una mente  enfermiza. Poco a poco muchos han vuelto a la misma configuración mental. Han roto el vínculo entre el pasado y el futuro y las conmemoraciones les resultan cada vez más molestas. Negar que la lucha contra esa aborrecible posibilidad participa de ciertas características de una guerra se ha convertido en necesidad ideológica y conveniencia electoral.
 
Por su parte bin Laden considera que el recordatorio vale la pena, y ya se sabe, del enemigo el consejo. Él tiene que enardecer a sus huestes, nosotros que contenerlas y  derribarlas. Ha tratado de hacer lo primero sin inducirnos demasiado a lo segundo. Ha sacado el pasado 7 su primer vídeo original, no un refrito, desde noviembre del 2004 y su primer audio desde junio del 2006. Si es auténtico, confirma que está vivo, lo que siempre es objeto de duda. Y que quiere seguir explotando su leyenda. Ha sobrevivido gracias a medidas de seguridad tan drásticas que lo han condenado a un tremendo aislamiento. Desde su soledad inspira a los energúmenos de su pelaje, pero poco control efectivo podrá ejercer. Una reciente “estimación” de Inteligencia americana dice que sus capacidades, por tanto su peligrosidad, han aumentado. Sin duda se ha subido a la cresta del mayor activismo de los Taliban. El jefe de todos los espías en Washington ha vuelto a advertir de un gran atentado. Intentos pequeños, por su dimensión o por haber sido abortados muy prematuramente ha habido bastantes. Pero nada que se acerque al listón del 11-S. Por falta de ganas no habrá sido, y que la marca permanezca imbatida no deja de ser un fracaso permanente para el promotor del nuevo califato. Pero quizás haya hecho de la necesidad virtud y haya renunciado a las inalcanzables uvas del magno terror para evitar una gran reacción como la que siguió al derribo de las torres neoyorquinas. En uno como en el otro caso el éxito se lo pueda anotar Bush con toda justicia.
 
Pero no hay nada que invite a dormir sobre los laureles. El informe del Inspector General de la CIA a finales de agosto señala que la Agencia disponía de datos suficiente para haber parado el golpe de septiembre del 2001. La imagen del dibujo infantil que se obtiene uniendo puntos numerados vuelve a ser pertinente. El problema es conectarlos adecuadamente cuando los puntos son miles y no están numerados. Es un problema estructural que no tiene solución. Pero las cosas van mejor sabiendo lo que se busca y aumentando los recursos destinados a la búsqueda. Eso es lo que han hecho todos los servicios del mundo. De ahí la multiplicación de éxitos preventivos, con el de Alemania de hace unos días. Pero no basta. La complacencia sería suicida. Acabar con los santuarios de los terroristas y poner contra la pared a los regímenes que los cobijan, apoyan y utilizan no es menos importante que las medidas puramente defensivas. Como ha reconocido la fiscal del 11-M, un juicio no lo revela todo. Puede incluso que sea de utilidad muy limitada, sobre todo si la investigación responde a juegos políticos. La amenaza no amaina.


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