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Maliki tiene que irse
Colaboraciones nº 1918   |  10 de Septiembre de 2007
 

(Publicado en The Washington Post, 31 de agosto de 2007)

El gobierno del Primer Ministro iraquí Nouri al-Maliki ha tenido más de 15 meses para intentar pacificar a la insurgencia sunita ofreciendo acuerdos nacionales en materia de distribución del petróleo, elecciones provinciales y des-baazificación. No ha hecho nada de esto. En su lugar, el general David Petraeus ha pacificado un considerable número de tribus sunitas con concesiones a la autonomía local, armas y apoyo americano a la hora de combatir conjuntamente a al-Qaeda.
 
La estrategia de Petraeus no es muy agradable. Conlleva riesgos. Pero ha sido eficaz.
 
El gobierno de dominio chiíta en Bagdad, no obstante, no está contento con las acciones de Petraeus. Un importante ayudante de Maliki se quejaba de que dejará un Irak como "sociedad armada y milicias".
 
¿Y qué piensa que es Irak hoy? Excepto en que muchas milicias sunitas que en tiempos disparaban a americanos ahora están disparando a al-Qaeda.
 
La naturaleza de la guerra está cambiando. En julio, el 73% de los ataques que provocaron bajas norteamericanas en Bagdad procedían de militantes quitas, no sunitas. Maliki no es ningún idiota. Conforme más tribus sunitas son pacificadas, puede ver las orejas al lobo del capítulo militar final de esta guerra: el considerable poder de la maquinaria militar norteamericana volviendo lentamente su atención -- y sus armas -- contra los extremistas chiítas.
 
De los muchos errores cometidos en Irak, quizá el más serio sea no haber destruido a Moqtada al-Sadr y los restos de su desigual ejército cuando le teníamos acorralado y derrotado en Nayaf en el 2004. Como consecuencia, tenemos que hacerle frente del nuevo. El incremento de efectivos ya ha iniciado incursiones letales y significativas en los fuertes del Mahdi en Bagdad.
 
Sadr está en sus últimas horas. El miércoles, después de que muchos fueran abatidos en los combates entre chiítas en Karbala, solicitaba una moratoria de seis meses sobre todas las operaciones militares con el fin de permitirle "rehabilitar" sus cada vez más desorganizadas fuerzas.
 
Al mismo tiempo sin embargo, Maliki nos está denunciando por aniquilar en nuestras incursiones en zonas chiítas. La separación entre Washington y Bagdad se está abriendo. Solamente se expandirá mientras Maliki esté en el poder.
 
Bien, Maliki no es ningún amigo de Sadr o de Irán. Sabe que si finalmente prevalecen, se lo comerán crudo. Pero Maliki es demasiado débil temperamental y políticamente para realizar la maniobra decisiva en la otra dirección -- hacia los moderados sunitas y chiítas -- con el fin de realizar los compromisos nacionales necesarios.
 
Así que fuerza sus apuestas. Visita Irán y, después, durante una visita siria, responde a los llamamientos del Parlamentó iraquí a disolver su gobierno diciendo, "Aquellos que hacen tales comentarios están molestos por nuestra visita a Siria", y advirtiendo macabramente que Irak "sabe encontrar amigos en otra parte".
 
Maliki no es solamente débil, sino de poca confianza. El tiempo se agota. Hace tiempo que debimos haber comenzado a trabajar para reemplazar este gobierno disfuncional -- digamos, cuando Stephen Hadley redactaba su memorándum filtrado el pasado noviembre sobre el fracaso de Maliki.
 
Hasta el ministro de exteriores francés, al volver de un reciente viaje a Irak para mejorar relaciones, pedía el reemplazo de Maliki. (Uno puede dar por descontada su disculpa posterior como pro forma). Tales sugerencias son denunciadas con frecuencia como hipócritas y contrarias a la democracia. Tonterías. En un sistema parlamentario, un gobierno sirve solamente si continúa inspirando confianza.
 
 ¿Alguien imagina que Maliki disfrute de la confianza de la mayoría de los iraquíes? Si no es el caso, el parlamento, en representación del pueblo, tiene todo el derecho a votar una moción de censura y disolver el gobierno.
 
¿Y entonces? En lugar de buscar una nueva coalición como inestable sustituto, la mejor alternativa son nuevas elecciones. Y esta vez no repetiremos el error de elecciones por lista, un sistema diseñado casi para dar lugar a coaliciones inestables y el liderazgo de la fuerza militar.
 
El Senador Lindsey Graham, volviendo de dos semanas de servicio en la reserva en Irak, observaba que el receso parlamentario de agosto fue beneficioso porque permitió a los miembros saber de primera mano de los enfadados habitantes regionales que exigen compromiso político y paz. Pero el problema con el sistema actual es que los diputados iraquíes no son elegidos por sus ciudadanías regionales. Son elegidos por los jefes del partido.
 
Una muestra de los países que han elegido esta absurda forma de democracia -- Italia, Israel y la Alemania de Weimar -- da una idea de los sistemas balcanizados de política por lista electoral a los que inevitablemente dan lugar. Con el sistema del distrito electoral -- miembros elegidos según una verdadera entidad geográfica -- los jeques de Anbar se estarían sentando en el parlamento negociando en representación de los sunitas, en lugar de los miembros de un partido sunita falsamente nacional que no representa nada.
 
Las elecciones nuevas no son la panacea. Costará mucho tiempo organizarlas -- lo cual es el motivo de que debiéramos haber estado trabajando hacia esto desde hace meses. Pero la reconciliación desde abajo que está teniendo lugar realmente en las provincias podría -- y lógicamente debería -- estar haciendo posible la reconciliación nacional en Bagdad. No podemos esperar para siempre a Maliki sin hacer nada.


 

 
 
Charles Krauthammer fue Premio Pulitzer en  1987, también ganador del National Magazine Award en 1984. Es columnista del  Washington Post desde 1985.
 
 
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