En el caso Carod hay dos cosas que levantan especial indignación. Por un lado, la miseria moral de ir a negociar con los que matan. La bajeza de pedir una discriminación territorial de sus víctimas. La villanía de querer utilizar el terror para obtener réditos políticos. Hay por tanto quién en la actitud de Carod Rovira y Ezquerra Republicana de Cataluña sólo ve torpeza, soberbia y deslealtad al Gobierno del que formaba parte y a su presidente. Pero yo veo, además de todo eso, maldad. Veo la maldad de quién está dispuesto a pactar con los terroristas para lograr un objetivo que les es común: acabar con España.
La segunda razón que causa profunda indignación son los efectos de esa actuación. En un momento en que ETA se encuentra más debilitada que nunca, en un momento en que los terroristas tienen serias dificultades para expresarse con el único lenguaje que saben, la sangre y la muerte, un pobre hombre cargado de maldad les ofrece un balón de oxígeno político, les permite protagonizar esta campaña electoral y les hace sentir a los terroristas una fuerza y un protagonismo que ya no tienen. La interlocución política de ERC ofrece a ETA una justificación, un sentido y una esperanza para seguir matando.
Pero lo peor del caso es que una vez que se descubre la vergüenza, ERC no sólo no destituye a su secretario general por su error y por su indignidad, sino que el partido en su conjunto da amparo y asume la inmoralidad de un diálogo político con los terroristas. Es más, no sólo no lo destituyen, sino que lo proponen como cabeza de lista a las Elecciones Generales en un intento de legitimar en las urnas lo que es ilegítimo y condenable por los principios más básicos de la democracia.
En esta grave situación, el señor Maragall, que podría haber pasado a la historia como un mero candidato frustrado pasará a la posteridad como el president que no supo estar a la altura de las circunstancias. Desde que se desató la crisis, al señor Maragall sólo le han preocupado dos cosas. La primera es cómo conservaba su sillón presidencial recién estrenado. La segunda es cómo demostraba que en Cataluña mandaba él, no Madrid.
La primera reacción de Maragall fue antológica. Su castigo fue despojar a su conseller en cap nada menos que de las atribuciones en política exterior de la Generalitat. Sorprendía no sólo la severidad del castigo ante la levedad de la falta y la deslealtad, sino además que en la mente del president, las relaciones con un grupo terrorista vasco fueran una cuestión de relaciones exteriores. Difícil que ETA hubiera aspirado a tanto cuando concertó la entrevista.
Cuando la presión del resto de su partido y de buena parte de la sociedad catalana le obligó a tomar medidas más drásticas, Maragall se vio obligado a llegar a un acuerdo amistoso con Carod que más que un acuerdo era un engaño. Así, el señor Carod se iba del Gobierno, pero lo hacía cuando quería y porque quería. Aún más, lo que entonces no se dijo es que había además un pacto secreto para que Carod volviera a su despacho de la Generalitat tan pronto como hubiera pasado la tormenta.
Ahora, tras el repugnante anuncio de tregua de ETA para Cataluña, Maragall se ve en la obligación de deshacer el acuerdo anterior y comprometerse públicamente a que Carod Rovira no vuelva a su Gobierno en esta legislatura. Pero no sólo mantiene el acuerdo con ERC, sino que sustituye a Carod por una persona de su entera confianza personal y que comparte con él la misma posición sobre el terrorismo.
Conseguir y mantener el poder es algo legítimo para todo partido y cualquier dirigente político. Pero hay principios que no pueden traicionarse por el mero ansia de poder. La primacía de la libertad, la dignidad de las víctimas y la lucha contra el terrorismo son probablemente los más importantes de esos principios fundamentales. A Maragall le ha faltado el valor para enfrentar el problema con el honor que implica su cargo. Manteniendo su acuerdo con ERC se está haciendo cómplice de una política no sólo errónea, sino profundamente inmoral.
Siempre he defendido que el tripartito catalán tendría un coste para el conjunto del PSOE. Sinceramente, no creí que tanto. Al final, esta crisis no sólo ha puesto a descubierto las miserias de Maragall, sino la falta de autoridad de Zapatero, la división profunda del PSOE y la carencia tanto de un modelo de Estado definido como de la firmeza exigible en la lucha contra el terror.